Anákthesis

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Sinopsis

Para todos los que necesiten un refugio, un consejo o simplemente compañía entre estas páginas: este libro es para ustedes. Porque “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”, y el verdadero sentido de vivir está en estar ahí para los demás.

Genero:
Drama
Autor/a:
valentina corsini
Estado:
Completado
Capítulos:
25
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Un dia a la vez

Un día a la vez

Las pestañas me pesan más de lo que deberían, y la cama se siente un refugio demasiado cómodo, un abrazo tibio que me invita a quedarme un día más, sumergida en su mullido abrazo. Pero el deber llama, persistente, implacable, y el trabajo no puede esperar; así que, a regañadientes, dejo que mi cuerpo se levante, buscando una luz que despeje el sueño y ponga en orden los pensamientos revueltos.

Tanteo el velador, mi mano rozando la superficie fría hasta encontrar el interruptor. Por un instante, me felicito en silencio por mi acierto, un pequeño triunfo matutino antes de enfrentar el mundo. Presiono el botón y la luz me golpea con fuerza, demasiado intensa para estas horas de la mañana. Parpadeo, cierro los ojos, como intentando absorber su claridad de manera gradual.

Mi teléfono descansa sobre el escritorio, al otro extremo del cuarto, silencioso y expectante. Dudo por un instante: ¿debería ir por él primero, enfrentar mensajes y notificaciones antes de enfrentarme a mí misma? La respuesta se impone con lógica fría: primero vestirme. Me pongo de pie y camino hacia el placard de dos puertas, junto a la ventana que deja entrar una rendija de luz pálida.

La ropa que dejé preparada desde la noche anterior me provoca un agradecimiento casi cómplice hacia mi “yo” del pasado, ese que pensó en mí cuando la vida parecía demasiado caótica para hacerlo. Entre tonos grises y negros, un acto mínimo de rebeldía me sonríe: mis medias naranjas, brillantes y desafiantes, como si dijeran que incluso en la rutina puedo conservar un poco de mi esencia. Me las pongo lentamente, sintiendo cómo un pequeño gesto puede cambiar el ánimo de todo un día.

Mientras me miro al espejo, la luz se refleja en mis ojos aún somnolientos, y por un instante, me permito un suspiro que mezcla resignación y expectativa. Hoy, como cada día, se presenta ante mí como una página en blanco, y aunque los días pueden sentirse iguales, sé que en cada uno hay espacio para algo inesperado, algo mío.

Me cambio lo más rápido que puedo y agarro el teléfono para ver la hora. Las 06:00 a.m. brillan en la pantalla de bloqueo, cegándome por un segundo, un destello frío que me recuerda que el mundo ya está despierto, aunque yo apenas lo esté. Suspendo un instante la mirada, dejando que mis párpados se acostumbren a la luz digital, y decido que es momento de despabilarme y comenzar la rutina matutina.

06:00. Ya estoy. Levanto las persianas con un movimiento automático y corro las cortinas, dejando que los primeros rayos de luz entren y recorran la habitación. La claridad parece dibujar un camino invisible sobre el suelo, guiándome a moverme, a despertar.

06:10. Camino al baño con pasos medidos. Me lavo la cara y siento cómo el agua fría me pellizca la piel, arrancándome los últimos restos de sueño. Me cepillo los dientes con la precisión de un ritual, y el aroma a pasta fresca me da una sensación mínima de control sobre lo que será un día largo. Peino mi cabello lentamente, dejándolo caer sobre mis hombros, y por un instante me observo en el espejo, evaluando si hoy me reconozco.

06:25. Mis perros esperan con paciencia, sus ojos llenos de confianza y expectación. Les doy de comer mientras en la cocina preparo un café que huele a promesa de energía y un tostado que empaqueto para llevar al trabajo. El aroma del café se mezcla con la luz de la mañana, creando una pequeña burbuja de normalidad antes de enfrentar la rutina diaria.

06:40. Me detengo frente al espejo, me doy un último vistazo y respiro hondo, sintiendo cómo el aire llena mis pulmones y despeja los rincones de la mente.

—Un día a la vez… un día a la vez —me repito en voz baja, dejando que la frase resuene como un mantra, un pequeño recordatorio de que cada jornada puede ser enfrentada paso a paso.

Rocco se acerca desde atrás, moviendo la cola y buscando sus mimos matutinos, y caigo en la cuenta de que no vi a Lula en toda la mañana. El pensamiento se desvanece en cuanto ella aparece, saltando con entusiasmo y reclamando atención.

—Buen día, chicos —les digo mientras acaricio sus cabezas, sintiendo cómo su calor y cariño me conectan con el presente—. Debo irme más temprano hoy, pero cuando regrese prometo tomarme un momento para ustedes.

Ellos me miran con ojos llenos de confianza, como si entendieran que la vida puede ser rápida y exigente, pero que siempre hay espacio para la rutina de afecto que nos une. Ese instante, pequeño y sencillo, se convierte en un refugio antes de salir al mundo que me espera más allá de las paredes de este hogar.

Sus miradas de decepción me persiguen mientras agarro el abrigo, un peso invisible que se suma al de mi conciencia. Sé que es por lo poco que los he visto esta semana, entre el trabajo y mis propios silencios. Cargo mis cosas: la computadora, unos papeles sueltos, la mochila que siempre se siente demasiado ligera o demasiado pesada según el día. Salgo del departamento y el aire frío me golpea la cara, recordándome que el mundo no espera a que uno esté listo.

Al bajar las escaleras del edificio, mis ojos se posan en mi bicicleta celeste, estacionada entre las demás. Un nudo se forma en mi pecho: algo tan simple como un vehículo, y sin embargo tan mío, me da la sensación de sostener mi propia libertad en sus ruedas. La oscuridad lúgubre que envuelve al pueblo y a quienes vivimos aquí es casi tangible, un manto pesado que se adhiere a los edificios, a las aceras y a los rostros de la gente que se cruza conmigo. Es tan embriagadora que resulta fácil perderse en ella. Pero yo no. Mi bicicleta, con su color celeste, destaca entre todas las demás, todas en tonos apagados, grises y negros. Al igual que mis medias naranjas, es mi pequeño faro, un ramo de luz que me recuerda que aún hay color, aún hay algo que me pertenece, aunque todo lo demás parezca desvanecerse.

Vivo en Valle Azul, un pueblo olvidado por el tiempo y por quienes podrían recordar que existimos. Casas cubiertas de humedad y destrozos, ventanas empañadas que apenas dejan ver la vida interior. Rostros cansados que parecen cargar con décadas de resignación, y niños con miradas demasiado serias, demasiado tristes para su corta edad. Eso es lo que más abunda aquí: la sensación de que todos hemos aprendido a conformarnos, a aceptar que la rutina y la penumbra son inevitables.

Me monto en la bicicleta, sintiendo cómo el frío recorre mis manos hasta los huesos y cómo el manubrio tiembla bajo mis dedos. Justo cuando estoy a punto de pedalear hacia la calle principal, escucho una voz que rompe la quietud de la mañana:

—¡Corazón! ¿Cómo estás? —dice María desde atrás, con esa energía que siempre parece capaz de iluminar cualquier rincón sombrío.

Mi corazón da un pequeño brinco, y por un segundo, siento que la penumbra de Valle Azul retrocede, dejando solo el eco de la risa posible y la calidez de la amistad que siempre llega justo a tiempo.

A María la mueve el chisme; muchos dirían que es la vocera del pueblo, la que siempre sabe lo que pasa antes de que el resto siquiera sospeche que algo ocurrió. No la juzgo. Su sonrisa, cuando logra contarte algo que no sabías o cuando la sorprendes con una noticia que no le llegó, es tan genuina que vale la pena observarla, incluso en medio del gris que parece haberse instalado en Valle Azul como un manto permanente.

—¡María! ¿Cómo anda? Yo estoy muy bien, gracias. —Respondo con sinceridad, aunque una parte de mí disfruta del pequeño juego que se avecina.

—En tres días es mi cumpleaños, ¿lo sabías? —su sonrisa se ensancha, como si hubiera conquistado un pequeño trofeo invisible. Yo ya lo sabía, pero decido permitir que su alegría crezca un poco más, mi travesura silenciosa.

—¿En serio? Gracias por contármelo… lo lamento, no tenía idea. —Pronuncio las palabras con un tono casual, fingiendo sorpresa mientras observo cómo su expresión se ilumina.

La sonrisa de María se hace aún más grande, como si el mundo entero se hubiera reducido a este instante de triunfo personal.

—Pues te espero el viernes en mi casa. ¡Ochenta y dos años no se cumplen todos los días! —dice, orgullosa de su hazaña antes de seguir su camino, caminando con paso firme y ese ritmo peculiar que siempre parece marcar su propio compás.

Y ese simple gesto me arranca una sonrisa también. Hay algo en ella que recuerda que, incluso en un lugar donde todo parece gris y repetitivo, todavía se pueden encontrar pequeñas explosiones de vida, momentos que te sacuden suavemente y te obligan a sonreír.

Retomo mi camino en bicicleta. La calle principal comienza a llenarse a esta hora: niños somnolientos rumbo al colegio, algunos arrastrando las mochilas que parecen demasiado grandes para sus hombros; madres apuradas que los dejan mientras hacen mentalmente la lista interminable de tareas del día, como si la vida se les deslizara entre los dedos antes de que puedan siquiera disfrutar un segundo de calma. Ese breve espacio de tiempo en el que podrían descansar, de algún modo, ya no les pertenece.

El de los diarios pasa a mi lado en su bicicleta verde oscuro, pedaleando con una constancia que parece desafiar la rutina misma. En mis veintiún años jamás lo escuché gritar para vender o repartir ejemplares; simplemente pedalea, dejando que los periódicos hablen por sí mismos. En el fondo, creo que es el mejor marketing que he visto en años: no necesita crear una necesidad, solo estar allí, firme y silencioso, ofreciendo algo que todos conocen pero que pocos se detienen a notar.

Mientras avanzo, la brisa fría me golpea la cara, mezclándose con el aroma del pan recién horneado que sale de la panadería de la esquina. Valle Azul puede ser gris, pesado y olvidado, pero todavía hay pequeños detalles que, si los observas bien, te recuerdan que la vida se abre paso incluso en los lugares más callados.

Al salir del pueblo, un cartel oxidado me despide con la frase: “Vuelva pronto”. Apenas un campo de distancia me separa de mi destino, pero incluso ese breve trayecto tiene un efecto tranquilizador, un momento para preparar la mente y el corazón para lo que vendrá.

El cementerio de Valle Azul se alza frente a mí, imponente y silencioso, como si el mundo exterior quedara suspendido al cruzar sus puertas. Y aunque pueda parecer contradictorio, está lleno de vida: el aire vibra con zumbidos de colibríes que se entrelazan entre los árboles, y mariposas de colores delicados bailan sobre las flores, transformando lo que muchos verían como un lugar sombrío en un pequeño oasis de luz y movimiento.

—Buen día, Sebas. —Saludo al portero, su rostro ilumina un espacio gris con la habitual sonrisa que parece siempre intacta, a prueba de los años y de la rutina.

—Buen día. ¿Cómo te sientes hoy? —Pregunta, inspeccionando mi cara con la precisión de quien ha aprendido a leer entre líneas. Un peso familiar se instala en mi pecho al recibir esa pregunta, una mezcla de reconocimiento y nostalgia que me recuerda que el duelo no se puede ignorar.

La idea de que estoy “bien” me ensombrece: ¿cómo podría estarlo realmente? Y a la vez, la posibilidad de quedarme encerrada en mi propio duelo me entristece de un modo que aún no sé cómo enfrentar.

—Bien, muy bien. Gracias. —Respondo con voz medida, y en el instante siguiente, las puertas se abren para darme paso, como si mi afirmación fuera suficiente para que el mundo siguiera girando.

Me monto de nuevo en mi bicicleta y avanzo unos metros más, deteniéndome a observar todo a mi alrededor. Las flores que bordean los caminos parecen competir con la luz de la mañana; cada pétalo, cada matiz, me recuerda que incluso en un lugar asociado con la ausencia, hay belleza y presencia. Los colibríes revolotean en pequeñas explosiones de color, y las mariposas parecen dibujar patrones efímeros en el aire. Las estructuras blancas y celestes se alzan impecables, cuidando con silencio el reposo de quienes aquí descansan.

El trayecto es corto, pero suficiente para tomarme un momento y respirar hondo. Aparco mi bicicleta en los bicicleteros, inhalo el aire fresco que huele a tierra húmeda y flores, y subo las escaleras hacia la recepción con un paso tranquilo pero consciente.

Adentro, todo sigue la misma paleta de colores que afuera: blancos, cremas y celestes, suaves y calmantes. Me parece lo mejor, porque el entorno neutral les da protagonismo a las flores, a los detalles de la naturaleza que rodean el lugar, y permite que la sensación de paz y respeto se mantenga intacta. Aquí, incluso en medio de la rutina diaria del trabajo, es posible encontrar un respiro para los sentidos, un instante donde la serenidad se vuelve tangible y casi necesaria.

—Buen día —saluda Gretta desde detrás del mostrador. Es la administradora del cementerio, la que se encarga de las cobranzas, los permisos y de asegurarse de que todos cumplamos con nuestro trabajo. Su tono es siempre firme, pero nunca frío.

—Buen día —respondo, dejando la mochila sobre la silla—. Voy a calentar mi café y me acomodo en la oficina.

—¿Hoy no traes flores? —pregunta Heidi desde su escritorio, sin levantar demasiado la vista del monitor.

—No, ya no —digo, mientras sirvo el café en mi taza—. Se marchitan y no duran. Cada vez que tengo que reemplazarlas me invade esa sensación... La constante recordatoria de que, por más coloridas que sean las flores nuevas, también terminarán muertas.

Gretta suelta un pequeño bufido, mitad risa, mitad reproche.

—Qué sombrío para ser las siete y media de la mañana.

—Tal vez —respondo, encogiéndome de hombros antes de sentarme en mi rincón, el que ya siento como propio.

—Estamos en un cementerio, ¿no? —dice Heidi entre risas suaves, intentando aligerar el ambiente.

Sonrío apenas, mirando por la ventana. La luz del sol atraviesa los vitrales pálidos, proyectando sombras azuladas sobre los escritorios.

—No lo sé... —murmuro, más para mí que para ellas—. He visto más vida aquí que ahí afuera.

El silencio que sigue es denso, como si el aire se detuviera unos segundos. Pero Heidi, que nunca deja pasar una oportunidad para discutir una idea, levanta la vista con ese brillo desafiante en los ojos.

—El mundo está lleno de vida —dice, girando lentamente en su silla—. Es la gente la que elige no vivir en él, y solo sobrevive a pesar de todo.

Gretta se acomoda las gafas, frunce los labios y responde sin mirar.

—La charla es demasiado filosófica para ser tan temprano. El mundo es difícil y cruel. A veces, sobrevivir ya es bastante.

Heidi sonríe apenas, ladeando la cabeza.

—¿Y no crees que elegís sobrevivir porque te da miedo vivir? —pregunta, clavando su mirada en mí.

Y sin querer, una sonrisa se me escapa, amplia, honesta, inesperada. Porque, por un segundo, siento que me ha leído el alma.

El silencio que sigue no es incómodo, sino cálido. Se cuela entre el aroma del café y el rumor distante del viento que mueve las flores afuera. En ese instante, pienso que quizá tiene razón. Que tal vez todos aquí, en este cementerio lleno de flores que mueren y vuelven a florecer, estamos aprendiendo —a nuestra manera— a volver a vivir.

—No, la vida es dura. No trabajo aquí porque me guste, no elegí quedarme embarazada, no llevo a mis hijos a un colegio público porque me parezca gracioso cómo los demás niños se comunican entre sí debido al mal vocabulario que hay en sus casas, no elijo que mi marido me haya sido infiel y no elijo… hago lo que puedo con lo que tengo. —Gretta habla con voz firme, pero noto cómo el peso de todo aquello se le atora en la garganta. Sus ojos, normalmente tan atentos, se nublan por un instante, y sus manos se aferran al escritorio como buscando apoyo en algo sólido.

—Tú eliges qué hacer con eso —respondo, mirándola directamente, sintiendo la sinceridad que intenta transmitirme—. La vida no es fácil. Cosas pasan todos los días. Pero tú eliges qué hacer con eso.

Sé que mi consejo, aunque simple, es el más difícil de aceptar. Porque no se trata de dar una solución inmediata, sino de entender que incluso en medio de la tormenta, cada uno tiene un margen de decisión, aunque pequeño, sobre cómo enfrentarla.

—Ya dejemos la conversación, que hay mucho papeleo por hacer. —Gretta desvía la mirada hacia los archivos, como si sus palabras quisieran arrastrarla de vuelta a la rutina.

Bajo la vista a los papeles sobre mi escritorio y comienzo a organizarlos, atendiendo el teléfono cuando suena y respondiendo con voz automática. Las horas pasan demasiado rápido, escapándose entre mis manos como si fueran granos de arena que la tormenta de mi cabeza no me permite retener.

Observo mis propias manos mientras firman, rellenan y sellan formularios. Escucho mi voz responder llamadas, dar instrucciones y confirmar datos y, sin embargo, no estoy ahí. No queda nada de lo que era o de lo que creía que era. Solo hay una máquina: brazos que trabajan, ojos que leen, boca que habla… Sin sentimientos, solo cumpliendo tareas en un ciclo interminable.

—Vamos. Termina rápido ese formulario y vámonos, que ya se nos pasó la hora. —me dice Heidi, juntando sus cosas con la misma naturalidad con la que uno guarda los recuerdos en un cajón.

—Ya terminé, lo siento. Se me ha pasado el tiempo volando. —digo en voz baja, y esa simple oración me cala profundo. No solo porque reconoce lo rápido que pasó la mañana, sino porque me recuerda que, mientras todo sigue, yo sigo atrapada en este ciclo que a veces duele y a veces simplemente vacía.

—Vamos entonces, así cierro. —dice Gretta, con un gesto que mezcla eficiencia y resignación.

Y mientras guardo los papeles, siento un pequeño vacío que me recuerda que la rutina puede ser un refugio seguro, pero también una prisión silenciosa. Cada sonido del cementerio, cada conversación, cada gesto repetido del día, se mezcla con mis pensamientos, recordándome que incluso cuando cumplo con todo lo que se espera de mí, sigo buscando algo que me haga sentir viva más allá de las máquinas y los formularios.

Me levanto despacio, acomodo los papeles que quedaron sobre el escritorio, junto mis cosas y rodeo el mueble para caminar hacia ellas.

Al salir, las saludo con una leve sonrisa que apenas alcanza a formarse, y me encamino hacia la parte de nichos del cementerio.

Camino con la seguridad de quien ha pisado este suelo más veces de las que hubiera querido. El mismo camino de siempre, las mismas losas frías que se clavan en la piel con ese tipo de frío que no se quita ni con abrigo. Las flores que nacen entre las grietas del cemento tiemblan con mis pasos, como si también entendieran el respeto que exige este lugar.

Las decoraciones claras y los colores apagados del entorno se funden con mi atuendo. Por un momento, me vuelvo parte del paisaje: una sombra más entre las cruces, un alma conocida que este sitio reconoce en silencio.

Hay rincones a los que nunca voy.

No quiero saberlo todo, no quiero aprenderme cada nombre, cada fecha, cada historia. No quiero guardar tantos detalles en mi cabeza, ni quedarme más tiempo del necesario.

Porque temo que mi alma empiece a reconocer este lugar con la misma claridad con la que mi corazón lo hace cada día, cuando deja un pedazo de sí en cada paso que doy por estos pasillos.

De pronto me detengo.

Ya los encontré.

Como todos los días, mis pies saben llegar antes que mi mente.

Los miro, y la sensación es la misma: una punzada que empieza en el pecho y se extiende por todo el cuerpo, una mezcla de vacío y costumbre.

Pienso en ellos como quien observa una fotografía que no se mueve más, pero que en la memoria aún respira.

Los recuerdo caminando.

Y ahora, no caminan.

El mundo gira, sigue ahí afuera, indiferente. Las personas que trabajaban con ellos los recuerdan cuando algo —una palabra, un olor, una canción— les devuelve su presencia por un instante.

Los desconocidos que los cruzaban cada mañana quizás se pregunten si habrán cambiado de calle, si los volverán a ver.

Sus hermanos, sus sobrinos, sus amigos… Los lloraron durante semanas, hasta que el dolor empezó a transformarse en una nostalgia más suave.

Aprendieron a recordar sin quebrarse, a dejar que las historias los acompañen sin herir.

Yo todavía no.

A mí me cuesta.

Porque hay pérdidas que no se superan, solo se aprenden a cargar.

Y la mía, todavía pesa.

Pero yo no puedo.

Y me siento aquí, en el suelo frío, esperando una sonrisa que no llega, mientras las lágrimas recorren mi cara con esa calma cruel de quien ya no puede detenerlas.

Porque, aunque ya no vivo en la misma casa que compartía con ellos, aunque el barrio cambió y la familia ya no llama, ellos siguen conmigo.

Están en cada paso que doy, en cada respiración que logro sostener.

Siento que todavía me acompañan, que sus manos invisibles me sostienen cuando el cuerpo tiembla, evitando que caiga hacia adelante cada vez que intento seguir caminando.

Las flores, ya marchitas, son el recordatorio más brutal de todo esto.

Nadie las disfrutó, nadie las miró con ternura antes de que se apagaran.

¿Y por qué ya estaban muertas cuando las puse aquí, hace apenas dos días?

Lo que tengo frente a mí no son solo flores secas; son el reflejo de lo inevitable.

Así también se marchitarán sus cuerpos bajo esta tierra, mis recuerdos de ellos, y cada una de las cosas que conocieron y amaron.

Todo cambiará.

Todo dejará de existir o será reemplazado por algo que ellos jamás podrían haber imaginado.

Pero el mundo seguirá.

El tiempo no se detendrá y, sin embargo, yo seguiré aquí: con lágrimas en los ojos, sin nadie que me sostenga, intentando no caer del todo.

—Lamento molestarte, pero… ¿Estás bien? —pregunta una voz a mi lado.

El sonido me sobresalta. No me había dado cuenta de en qué momento llegó, o si había estado allí todo el tiempo, observando en silencio.

Sus palabras flotan en el aire, suaves, dudosas, como si temiera que al romper el silencio todo pudiera derrumbarse.

¿Estás bien?

Ojalá pudiera decir que sí.

Pero hay algo en su mirada —esa mezcla de vulnerabilidad y contención— que me desarma. Sus brazos están tensos, como los de quien contiene las propias emociones, y sé que no podría mentirle.

—No… Pero gracias por preguntar —respondo con una sonrisa tímida, de esas que no llegan a los ojos.

—Perdón por la pregunta —dice enseguida, bajando un poco la voz—. Es obvio que no estás bien. Perder a las personas que amas nunca es fácil. ¿Eran tus padres?

—Sí, aun lo son, solo… No están aquí. —digo con una mezcla de incomodidad y tristeza contenida, sintiendo cómo cada palabra pesa más de lo que quisiera.

—¿Y tú a quién has venido a visitar? —pregunto, intentando romper el silencio, aunque no sé si quiero realmente hacerlo.

—A mi abuelo. Falleció hace poco.

El aire se vuelve un poco más denso, y siento que el tiempo se ralentiza mientras contemplo la respuesta.

—¿Cómo se llamaba? —pregunto, intentando mantener la conversación, buscando un puente que nos conecte.

—Alberto. Y yo soy Camilo. —Su voz tiene un dejo de timidez que no pretende ocultar la pena—. ¿Tus papás cómo se llaman?

La pregunta, formulada en presente, suena extraña, como si hubiera olvidado esos nombres hace mucho, o como si recordarlos ahora fuera un acto imposible.

—Carlos y Valeria.

Camilo inclina un poco la cabeza, y sus ojos revelan una empatía silenciosa.

—Lamento tu pérdida. De todas formas, un gusto conocerte. No te quito más tiempo.

—Igualmente, Camilo. Tal vez… Nos volvamos a encontrar —digo de pronto, dejando que las palabras escapen sin pensarlo demasiado, intentando que mi soledad no se haga tan evidente.

Pero él no responde. Solo se da la vuelta y se aleja, caminando con pasos firmes pero suaves, como un alma que ha dado lo que tenía para dar y ahora regresa a su propio silencio.

Lo observo irse, y no puedo evitar sentir una extraña mezcla de alivio y vacío.

He visto muchas personas en este lugar: sonriendo, quietas, saludando con cortesía, con los ojos perdidos en algún pensamiento; vivas y muertas al mismo tiempo, atrapadas en la rutina de recordar y ser recordadas.

Pero nunca nadie me había sacado a charlar en un cementerio.

Nunca nadie había hecho que mis lágrimas y mi silencio se sintieran compartidos, aunque fuera por un instante mínimo.

Me quedo allí, respirando el aire frío y limpio, mientras el olor de las flores secas se mezcla con la tierra húmeda.

Camilo se aleja, pero deja detrás algo que no esperaba: un pequeño espacio de humanidad en un lugar donde la vida parece haberse quedado atrás.