Chapter 1
En el barrio Fátima, ahí cerquita del Canal en Bluefields, la paz era un mito urbano. En esa casa no se necesitaba despertador; los gritos de la familia tenían la potencia de una sirena de Defensa Civil anunciando un huracán. Si no eran las hermanas agarradas de las greñas, era la mamá pegando el color a todo pulmón.
En medio de ese caos vivía Brady Sánchez. Para Brady, el estruendo de su casa era solo ruido de fondo para las melodías que daban vueltas en su cabeza. Él no quería ser uno más del montón; él soñaba con los escenarios. Ya se había codeado con el mero Ranchero de Bluefields, don Martín, y juntos habían puesto a vibrar a la gente con "El Verano". Pero ahora, Brady traía algo más fuerte entre manos: una joya llamada "Guerrero soy".
Ese día, Brady aplicó su rutina favorita: levantarse tarde. Pero el descanso le duró poco. Al salir del cuarto, se topó con el campo de batalla: Anabel y su otra hermana estaban en pleno "round", mientras su mamá, en un despliegue de puntería digno de las mejores ligas, le lanzó una paila a Anabel con una técnica que dejaría a Rapunzel como una principiante.
[El Despertar de un Guerrero]
Ni mente le puse al alboroto de mi casa. Eran las nueve y tenía que irme para la finca, así que salí a mandadear algo rápido. Iba en las nubes, tarareando una melodía y pensando en qué letra nueva escribir, cuando de pronto: el estruendo de una bocina, un golpe seco y... oscuridad total. Pún. Se acabó el mundo.
Cuando abrí los ojos, pensé que me había muerto, pero el cielo no podía ser tan nítido. Estaba en una montaña, y a la par mía, una cascada caía con un agua tan cristalina que hasta daba sed. El viento me pegaba en la cara y me hacía sentir más vivo que nunca, a pesar del pijazo que me acababan de dar.
Me fijé en mi ropa y pegué el brinco: andaba un atuendo más raro que el lugar, nada que ver con mis camisas de siempre. Y en la mano, cargaba una flauta extraña, tallada con unos símbolos que brillaban. Me acerqué a la orilla del agua para ver quién era el que estaba ahí y, ¡por Dios! Casi me enamoro de mí mismo. Estaba bello, precioso, una cosa de locos. Si antes me quería, ahora mi autoestima andaba más alta que el volcán Cristóbal. Estaba en otro nivel.
Caminé un poco y me topé con una esfera de cristal. En cuanto la toqué, se partió en dos y un mapa gigante se extendió por todo el aire, iluminando el bosque.
—¡Ideay! —exclamé con la boca abierta— ¿Esto es magia o qué onda?
[Capítulo 2: El Forastero de la Montaña]
Me puse a travesear ese mapa, toque que toque, hasta que por fin divisé una ciudad. "Esto parece un cuento o uno de esos animes que se clava la Angelina", pensé soltando una risa. Pero ni modo, quedarme ahí parado admirando el paisaje no me iba a dar de comer, y la verdad, el lugar estaba bien bonito pero ya me estaba aburriendo.
Me puse en marcha. Crucé un sendero que era una belleza, lleno de flores de todos los colores, pero pasaba algo raro: cada vez que las rozaba con las manos, las pobres se marchitaban al suave. "Será mi mala vibra", me dije, aunque en el fondo me dio curiosidad saber quién era el dueño original de este cuerpo tan acabado de fábrica antes de que yo apareciera aquí.
Caminé un buen tramo, atravesé un bosque y me hundí en un pantano hasta que, por fin, divisé una aldea. Llegué con la lengua de fuera, pero llegué.
—Muy bien, ya estoy aquí —dije, tratando de recuperar el aire mientras entraba.
Pero no había dado ni tres pasos cuando dos hombres me cerraron el paso. Eran guardias, y no tenían cara de muchos amigos.
—¡Hey! ¿Y vos quién sos? —soltó uno, midiéndome de arriba a abajo.
Me puse serio y, para que no sospecharan, les empecé a hablar así todo fino, como hablan ellos:
—Disculpe, oficial, yo vengo de allá arriba, de la montaña —les dije, fingiendo que andaba perdido—. Es que me desorienté un poco.
Los guardias se quedaron viéndose las caras, como que no muy me creían.
—¿O sea que vos venís de allá arriba? —preguntó el otro, asombrado.
—Así es. ¿Vosotros sois de aquí? —les solté, metiéndole más ganas al acento castellano.
—Sí, aquí servimos. ¿Y qué andabas haciendo vos por esos rumbos tan altos?
Ahí fue donde me salió lo nica inventero:
—Andaba recolectando unas hierbas medicinales para mi madre, señor guardia —dije con cara de santo.
El guardia me miró la flauta y el atuendo, pero al final se apartó.
—Vale, pues. Entrá entonces —dijo, dándome paso.
Caminé por la ciudad y lo que vi me revolvió el hígado. Era el mismo cuento de siempre, pero en otro mundo: gente elegante que se creía dueña de la vida de los demás solo por ser "nobles", maltratando a los pobres que apenas tenían para mantenerse en pie. Tanta fortuna y tanto poder, pero ni un gramo de cerebro; se les olvida que en esta vida nada es para siempre y que la codicia no se come.
En eso, un carajito se me acercó llorando de hambre. Me fijé que el niño tenía maná, o sea, magia, pero era un rastro tan pequeñito que no le alcanzaba ni para crear un bocado. Ahí entendí la jugada: estos nobles usan la magia solo para la guerra o para lucirse, desperdiciando el verdadero potencial de ese don.
Me agaché para quedar a la altura del pequeño y le acaricié la cabeza.
—Está bien, yo te voy a dar de comer —le dije con seguridad.
—¿En serio, señor bonito? —me preguntó con sus ojitos brillantes.
"Señor bonito", ideay, hasta el niño me lo confirmó. Cerré los ojos y me concentré. De pronto, mi mente se llenó de símbolos y números, como si estuviera resolviendo una ecuación maestra. Mis manos empezaron a vibrar y la flauta brilló con una fuerza salvaje hasta que, ¡pum!, se transformó en un lápiz brillante.
Mis manos se movían solas, como poseídas por el ritmo de una canción, y dibujé en el aire un símbolo que mi mente me dictaba. El suelo empezó a zumbar y un brillo cegador envolvió la calle. Cuando la luz bajó, ahí estaban: montones de canastas llenas de comida fresca. La gente se quedó con la boca abierta, y yo, con el pecho inflado, empecé a repartir comida a todo aquel que lo necesitaba.
Terminé de repartir la última canasta mientras la gente me rodeaba, llamándome "salvador". Pero la alegría duró poco. Una de las niñas, emocionada por su comida, se tropezó por accidente con un tipo que destilaba arrogancia por los poros.
—¿Qué te pasa, asquerosa rata? —rugió el Noble, soltándole una patada a la pequeña que me hizo hervir la sangre.
El hombre se giró hacia mí con los ojos inyectados en odio.
—¡Oye, tú! —me gritó acercándose— ¿Cómo te atreves a darle comida a estas ratas? ¿Es que estás ciego?
Señaló con el dedo un cartel donde se leía clarito: Prohibido alimentar a los plebeyos por orden del Rey Rock.
—A mí qué... —le solté, cruzándome de brazos. Mi indiferencia lo puso peor.
—¡Lo pagarán caro! —amenazó, apuntando ahora a los niños que temblaban de miedo.
—¿Qué te pasa? ¿No te da vergüenza meterte con niños inofensivos? —le reclamé, dándole un paso al frente.
El Noble estaba que echaba chispas.
—¡Maldito! No me hables así, ¿acaso no sabés quién soy yo? —gritó, apuntándome a la cara con el dedo.
—Te lo advierto —le dije con la voz baja y pesada—, no me gusta que me apunten. Así que bajame la mano. Me vale verga lo que el Rey quiera o deje de querer, ¿me oíste?
El silencio que quedó en la calle fue sepulcral. Nadie le hablaba así a un Noble. El tipo se puso rojo del colerón.
—¡Verás mi furia! —bramó, retrocediendo un paso—. ¡Ustedes, ataquen! ¡Mátenlo! —les ordenó a sus guardias magos.
En cuanto los guardias se lanzaron contra mí, sentí un corrientazo eléctrico recorriéndome la espalda. No fui yo el que decidió; fue mi cuerpo el que tomó el mando. Agité la flauta con una fuerza que ni yo sabía que tenía y, en un parpadeo, se transformó en una varita que vibraba con un poder salvaje.
Un conjuro salió de mi boca como si lo hubiera practicado mil veces. Sentí que esa energía era capaz de borrar del mapa a medio Bluefields, pero algo dentro de mí —un instinto de control— frenó el golpe. La magia se comprimió, volviéndose más precisa y menos destructiva, justo antes de que chocara contra los ataques de los magos.
¡BUN!
El impacto fue sordo, pero la onda expansiva fue suficiente. En el momento en que mi magia tocó la de ellos, sus varitas no solo se cayeron, sino que se deshicieron en cenizas frente a sus ojos. El silencio que siguió fue más pesado que el mismo golpe.
—Es... ¡es magia prohibida! —gritó uno de los magos, con la cara más pálida que un papel, saliendo en carrera como alma que lleva el diablo. El otro no se quedó atrás y le siguió los pasos.
El Noble se quedó ahí, temblando, pero todavía con la boca floja.
—¡Maldito! ¿Cómo te atreves a usar ese tipo de magia? —me gritó, aunque las piernas le fallaban.
—Largate —le solté, levantando la varita como si fuera a lanzarle un segundo round.
No necesitó que se lo dijera dos veces. El hombre se dio media vuelta y salió pegando gritos, dejando una nube de polvo detrás.
—¡Wow, señor bonito! —exclamó la niña, todavía con los ojos como platos— Usted es muy amable por ayudarme, de verdad muchas gracias.
Yo solo le di una sonrisa de medio lado, acomodándome la ropa.
—Tranquila, solo hacía mi trabajo... aunque técnicamente no me toca, pero es que ando medio aburrido —le dije restándole importancia—. Bueno, ahí nos vemos.
Me di la vuelta y me puse en marcha, dejando atrás la ciudad. Daba pesar ver aquellas ruinas, pero yo no soy albañil ni era el momento de ponerme a levantar paredes. Salí de la aldea decidido a ver qué más me ofrecía este mundo.
Iba cruzando el bosque, disfrutando del silencio, cuando de pronto unos ruidos extraños rompieron la paz. De la nada, un grito desgarrador:
—¡AYUDAAAA!
Me puse en guardia al suave. En eso, vi venir a una dama hermosa, de esas que parecen sacadas de un cuento, corriendo como si el diablo la viniera persiguiendo. La mujer se tropezó y, por la trayectoria que traía, iba directo a mis brazos. Cualquiera hubiera pensado que este era el momento romántico de la novela, pero yo simplemente me hice a un lado con toda la frialdad del mundo.
¡Pum! La pobre cayó de cara contra el suelo.
No es por ser malo, pero mi autoestima no me deja andar de colchón de nadie. Me quedé mirándola un segundo, pero mi atención se desvió rápido: detrás de ella venía un monstruo que no jugaba, era una bestia enorme que hacía vibrar el suelo con cada paso.
Me quedé parado, midiendo a la gran criatura con la mirada. Nunca en mi vida, ni en las historias más locas de Bluefields, había visto un animal tan feo y tan grande. La chica, que al parecer era una aventurera por la facha que andaba, se levantó del suelo toda polvosa.
—¡Callate y corre! —me gritó desesperada—. Esa criatura es poderosa, ¡nadie más que los Héroes pueden derrotarlo!
Yo solté una carcajada que resonó en todo el bosque.
—¿Huir? Ja... ¿Vos crees que yo voy a salir pegando carrera? Eso no es forma de llamarse mago. Huir es la cosa más vergonzosa del mundo, niña. Un verdadero mago no huye... ¡canta!
La dama me quedó viendo como si me faltara un tornillo, frunciendo el ceño.
—¿Qué canta? —repitió confundida.
—Obvio —le dije, extendiendo lo que en ese momento era mi varita.
—¿Es en serio? —se burló ella—. ¿Esa cosa ridícula podrá matar a una Eries? No me hagás reír y corré de una vez.
Ni mente le puse a la doncella. Me concentré al cien. Ya le iba agarrando la onda a este asunto: esta flauta se transforma en el objeto que yo piense o que necesite para mi bien. Y para mandar a dormir a esta bestia, lo que necesito es...
En ese instante, la flauta soltó un brillo que casi nos deja ciegos. Entre mis manos, el aire empezó a vibrar y la luz tomó forma sólida, alargada y fría. Cuando el resplandor bajó, lo que sostenía no era madera ni plástico.
—Una Katana de Sable Fantasma —susurré, sintiendo cómo el filo azulado cortaba hasta el viento.
La bestia soltó un rugido que hizo temblar hasta las hojas de los árboles, levantando esas tenazas enormes dispuestas a hacerme picadillo. Yo ni me inmuté; me puse en postura de combate, sintiendo el peso de la Katana de Sable Fantasma en mis manos.
—¡Oye, tené cuidado! —gritó la doncella, retrocediendo un poco.
—¡Ja! Yo no soy ningún débil —le solté mientras me lanzaba al ataque—. ¡Y que empiece el show!
Me fijé en un detalle: estas criaturas tienen una visión "ahí no más", no ven muy bien de lejos. "Esa es la mía", pensé. Aprovechando mi velocidad, me deslicé con movimientos livianos, como si estuviera bailando una de mis canciones, y con dos tajos precisos le volé dos patas. La criatura bramó de dolor, pero antes de que pudiera celebrar, me encajó un golpe con una de sus pinzas que me mandó a volar por los aires.
—¡Maldito, tiene fuerza! —dije, cayendo de pie como los gatos pero sintiendo el cimbronazo.
—¡Te lo dije! ¡Es demasiado poderoso! —insistió la muchacha desde la orilla.
—¿Podés cerrar el pico de una vez? No seas tan chismosa —le grité, ya medio irritado por sus comentarios.
—Vaya, qué grosero —murmuró ella, pero yo ya ni le puse mente.
Corrí de nuevo hacia la batalla, decidido a ensartarle el sable en otra de las patas para dejarlo manco. Pero para mi sorpresa, cuando lancé la estocada, la bestia atrapó el filo del sable con una de sus pinzas. ¡Qué curioso! Parece que esta "Eries" sí puede ver mi arma fantasma.
En un parpadeo, mi katana se desvaneció, volviendo a su forma original de flauta. Con ese truco logré zafarme del agarre de la pinza justo a tiempo. Me sacudí el polvo y me acomodé el cabello; no importa qué tan feo esté el pleito, la facha es lo primero.
—Muy bien —dije con una sonrisa de lado—. Es hora de cantar.
Cerré los ojos y dejé que una melodía potente inundara mi mente. La flauta empezó a vibrar y se transformó en un objeto extraño, algo que emitía un ruido agudo y ensordecedor que hacía retumbar el suelo.
—Me fijé que los de tu especie tienen los oídos más frágiles que un cristal —le grité a la bestia entre el estruendo—. ¡Y aquí tengo un regalito para vos!
El ruido era tan violento que la Eries empezó a retroceder, retorciéndose de dolor y soltando chillidos desesperados. Aproveché el "zaperoco" y, en un segundo, mi flauta volvió a ser la Katana de Sable Fantasma. Lancé una ráfaga de cortes rápidos que dejaron a la criatura bañada en su propia sangre. Pero la bestia, en un último arranque de furia antes de caer, me alcanzó a rayar el brazo con una de sus pinzas.
Sentí el ardor del tajo, pero no me detuve. Esa Eries había decidido pelear conmigo hasta la muerte, y yo no la iba a dejar con las ganas.
Mi katana se transformó una vez más, esta vez en mi Varita Prohibida. Mis labios se movieron solos, como poseídos, soltando un conjuro que ni el mismo Diablo ha escuchado jamás. Fue un susurro sin palabras, un secreto del universo que salió de mi garganta con una fuerza devastadora.
Y de pronto... ¡BOOM! El bosque entero pareció explotar en una luz blanca que lo borró todo.
Narra Lyra:
La luz fue tan intensa que me dejó ciega por unos segundos; sentí que la onda expansiva me iba a mandar a volar hasta el otro lado del bosque. Cuando por fin la niebla se disipó, lo vi. Ahí estaba ese joven, de pie, impecable, mirando el cuerpo destrozado de la Eries. Me quedé helada. ¿Cómo pudo hacer eso él solo? Ni siquiera los escuadrones de caballeros se atreven a enfrentar a una bestia así sin refuerzos.
Narra Brady:
Me quedé viendo los restos de la bestia. La verdad es que todavía no tengo idea de quién soy ni cómo terminé en este cuerpo, pero de algo estoy seguro: mi objetivo es cantar y descubrir la verdad detrás de este poder.
—Oye —dijo la doncella, acercándose con una cara de asombro que no podía con ella—. ¿Quién sos? ¿Cómo pudiste derrotar a esa bestia? Solo los Héroes de alto rango tienen tanto poder.
—Soy Brady, mucho gusto —le dije, sacudiéndome un poco la ropa.
—¿Brady? Nunca había escuchado ese nombre en las crónicas de héroes —murmuró ella, todavía procesando el desastre a nuestro alrededor—. ¿Sos un mago?
—Emm... la verdad, no sé —le respondí, y era la pura verdad. Yo solo sé que mi flauta hace lo que yo quiero.
—No pues, tenés toda la facha de un mago —insistió ella, mirándome de arriba a abajo—. Además, vi que usaste magia... algo diferente. Sos un mago excelente, ¿por qué no te unís a la Academia de Magia?
—Por cierto, ¿cuál es tu nombre? —pregunté, aunque la verdad me daba un poco igual, pero había que ser educado.
—Me llamo Lyra, mucho gusto —dijo ella, recuperando un poco la compostura.
—Muy bien, ¿y dónde queda esa academia, Lyra?
—Pues queda en la Ciudad Celeste —respondió ella con orgullo.
—¿En serio? ¿Y vos sos de ahí?
—Así es, yo estudio ahí. Me mandaron a este bosque solo para recoger una encomienda —explicó, aunque después de ver lo que pasó, dudo que se quiera quedar sola mucho tiempo.
—Umm... comprendo —dije, pensando que tal vez en esa ciudad encuentre respuestas sobre mi flauta y por qué mi música es tan poderosa.
—Ja... entonces esto se pone interesante —dije, acomodándome la flauta al cinto.
—¿Interesante por qué? —preguntó Lyra, que no me quitaba el ojo de encima.
—Porque es hora de descubrir una canción —le solté con una sonrisa de esas de "sobrado".
Lyra frunció el ceño, más confundida que un ciego en un tiroteo.
—Vaya... ¿por qué siempre decís frases de "canción" y esas vainas? —me reclamó—. Por cierto, ¿qué es eso?
Me detuve en seco y la quedé viendo como si le hubieran salido dos cabezas.
—Mmm... ¿no sabés qué es la música? —le pregunté, incrédulo.
—¿Qué es la "música"? —repitió ella con total seriedad—. ¿Es una clase de hechizo o una clase de monstruo?
Solté un suspiro pesado y negué con la cabeza.
—Ideay, sos alguien bien rara —le dije frunciendo el ceño.
—¡¿Yo rara?! —brincó ella, cruzándose de brazos y poniéndose al brinco—. ¡El único raro aquí sos vos, mijo!
No pude aguantar y solté la carcajada en su cara.
—Jajajaja —me reí burlándome de su tamaño y de su ignorancia—. Callate, enana, que ya vas a aprender.
Y así, casi sin darme cuenta, empezó mi viaje hacia la Academia de Magia. Por supuesto, la loca de Lyra se coló en el camino y andaba conmigo como si alguien la hubiera invitado; es bien metida la chavala, pero ni modo, la necesitaba para que me guiara porque yo en estos rumbos ando más perdido que un turco en la montaña.
Caminamos por un sendero que era una belleza, lleno de flores de todos los colores. Lyra andaba emocionada, tocándolas y sintiendo su aroma, y yo... pues, no pude evitar sonreír al verla así de tranquila. "¡Ideay, Brady! Concentrate, no te me ablandés ahora", me dije a mí mismo para recuperar la facha de guerrero.
Seguimos dándole a la "pata" y cruzamos un puente que estaba todo fregado, más peligroso que el pasadizo del Canal allá en Bluefields. Pero después de tanto sudar la gota gorda, por fin la divisamos. Ahí estaba: la gran Ciudad Celeste. Era una cosa enorme, imponente, con torres que parecía que le hacían cosquillas a las nubes.
Entramos a la ciudad y, aunque las torres eran una maravilla, la gente que vivía ahí no tenía muy buena tinta. Se les notaba la prepotencia en la cara. No habíamos caminado ni dos cuadras cuando vimos la escena: una señora, con la cara llena de angustia, se le acercó a un mago que vestía ropas carísimas.
—Por favor, ¿usted es mago? —le preguntó ella con esperanza.
—Así es —respondió el tipo, apartando la mano de la señora con un gesto de asco—, pero yo solo atiendo a gente noble, no a personas como usted.
La señora, desesperada, se arrodilló ante él. Al ver eso, sentí que la sangre me hervía. Que una persona tenga que humillarse así ante un maldito solo por un poco de ayuda es algo que no soporto.
—Si besás mis zapatos, tal vez te ayude —soltó el muy desgraciado con una sonrisa burlona.
—¡Hey, señora! —le grité, rompiendo el silencio de la calle.
—¿Qué pasa, joven? —dijo ella, levantando la cabeza con los ojos llorosos.
—Levántese de ahí. Yo la voy a ayudar —le aseguré, dándole un paso al frente y quedando cara a cara con el mago.
El tipo soltó una carcajada cínica, midiéndome de arriba a abajo.
—Jajaja. Oye, tú... no sé de dónde venís, pero se nota que sos nuevo por aquí —me dijo con desprecio.
—Así es, soy nuevo —le respondí, acomodándome la flauta con toda la calma del mundo—. Y también soy un mago de alto rango. Podría decirte que mi música es mucho más cool que cualquier truco barato que vos sepás hacer.CONTINUARA
ESCRITORA : ANGELi.S.O
FECHA DE NUEVA PARTE :05/05/2026