Qᴜɪᴇʀᴏ Rᴏʙᴀʀᴍᴇ A Lᴀ Nᴏᴠɪᴀ

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Sinopsis

El destino de los hermanos Soykan está marcado por la ambición y la sangre. Gokhan, el primogénito, ha sido designado como heredero del imperio de su padre, el temido mafioso turco Vladimir Soykan. Para asegurar la alianza con la mafia rusa, debe casarse con Zarya Romanov, la sobrina del influyente político Dimitry Varkolak. Pero Gokhan no soporta la idea de un matrimonio que lo ate, así que obliga a su gemelo, Gokal, a suplantarlo mientras él disfruta de su libertad. Gokal, cansado de cargar con las culpas de su hermano, acepta a regañadientes... sin imaginar que conocer a Zarya lo cambiará todo. Lejos de ser la mujer superficial que esperaba, Zarya se muestra fuerte, inteligente y con un carácter que lo atrapa sin remedio. Gokal se enamora de ella, aun sabiendo que pertenece al destino de otro. Cuando Gokhan regresa dos días antes de la boda para reclamar lo que considera suyo, Gokal se enfrenta al mayor dilema de su vida: obedecer a su familia y entregar a Zarya, o seguir a su corazón, aunque eso signifique traicionar a su propio hermano y arriesgarlo todo para robarse a la novia en secreto.

Genero:
Erotica/Romance
Autor/a:
Minary92
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Pʀᴏ́ʟᴏɢᴏ

Qᴜᴇᴅᴀ ᴇꜱᴛʀɪᴄᴛᴀᴍᴇɴᴛᴇ ᴘʀᴏʜɪʙɪᴅᴏ ʀᴇᴘʀᴏᴅᴜᴄɪʀ ᴏ ᴄᴏᴍᴘᴀʀᴛɪʀ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴᴛᴇɴɪᴅᴏ ꜱɪɴ ᴍɪ ᴄᴏɴꜱᴇɴᴛɪᴍɪᴇɴᴛᴏ.

ᴇꜱᴛɪᴍᴀᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ:

ɴᴏ ᴘʟᴀɢɪᴇꜱ ɴɪ ᴀᴘᴏʏᴇꜱ ᴇʟ ᴘʟᴀɢɪᴏ

ʀᴇꜱᴘᴇᴛé ᴍɪ ᴛʀᴀʙᴀᴊᴏ ʏ ᴇʟ ᴇꜱꜰᴜᴇʀᴢᴏ Qᴜᴇ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴʟʟᴇᴠᴀ, ᴅᴇ ᴀɴᴛᴇ ᴍᴀɴᴏ ɢʀᴀᴄɪᴀꜱ ᴘᴏʀ ꜱᴜ ᴛɪᴇᴍᴘᴏ.

ᴛᴏᴅᴏꜱ ʟᴏꜱ ᴅᴇʀᴇᴄʜᴏꜱ ʀᴇꜱᴇʀᴠᴀᴅᴏꜱ ©

La larga mesa de roble estaba colmada de manjares, pero el aire en el comedor de los Soykan se sentía más pesado que el vino oscuro que llenaba las copas. Vladimir Soykan, con la mirada gélida que había heredado de años en la cima del poder, se acomodó en la cabecera. Sus hijos, los gemelos tan parecidos en rostro, pero al mismo tiempo distintos en el alma, lo observaban en silencio.

— Ha llegado el momento — dijo Vladimir, con esa voz que nunca admitía réplica —. Este año me retiro del negocio. Y será Gokhan, mi primogénito, quien se quede al mando.

Gokhan se limitó a asentir, con una leve sonrisa confiada. Era lo esperado: él había nacido tres minutos antes que su hermano, y esos tres minutos bastaban para marcar toda una vida.

— Gracias, padre. — Su tono era firme, seguro, como si hubiese ensayado esa respuesta cientos de veces.

Pero la seguridad se quebró con la siguiente frase de Vladimir.

— El liderazgo exige estabilidad. Dentro de un mes te casarás con Zarya Romanov, sobrina de mi viejo amigo Dimitry Varkolak.

El tenedor de Gokhan chocó contra el plato. Tosió, ahogándose casi con el vino. Matrimonio. Aquella palabra le resultaba más amarga que el vodka sin hielo. Su vida estaba hecha de conquistas fugaces, de libertad sin ataduras. Una sola mujer era sinónimo de condena.

Desde el otro extremo de la mesa, Gokal arqueó una ceja y soltó una sonrisa apenas irónica.

— Felicidades, hermano — dijo, con un tono cargado de un sarcasmo que no pasó desapercibido —. Siempre supe que la jaula dorada era para ti.

Gokhan lo fulminó con la mirada. Gokal mantuvo el gesto, disfrutando en silencio de la ironía del destino: para un hombre que despreciaba los límites, el matrimonio sería su cadena más pesada.

Mientras tanto, Vladimir bebió un trago de vino, impasible. En su mundo, la obediencia valía más que los deseos personales. Y aquel matrimonio no era más que otra jugada estratégica en su tablero de poder.

Unos minutos más tarde.

La cena terminó en un silencio incómodo. Los criados retiraban los platos con movimientos rápidos y discretos, como si también ellos pudieran sentir la tensión que impregnaba el aire. El eco de los cubiertos aún resonaba en la mente de Gokhan, junto con la palabra que lo atormentaba: matrimonio.

Subió los escalones de mármol de la mansión con pasos pesados, cada golpe de su zapato contra el suelo retumbaba como un recordatorio de la jaula en la que su padre quería encerrarlo. Abrió con brusquedad la puerta de su habitación y la cerró de un portazo, dejando escapar un gruñido de frustración.

— ¡Matrimonio! — escupió la palabra como si le quemara la lengua —. ¿Qué demonios piensa mi padre?

Apoyó las manos en la cómoda de caoba, inclinándose hacia el espejo. La ira se reflejaba en su propio rostro. Se arrancó la corbata con un movimiento violento, dejándola caer al suelo.

La puerta se abrió suavemente detrás de él. Era Gokal, que lo había seguido en silencio desde el comedor. No necesitaba adivinar los pensamientos de su hermano: los conocía de memoria.

— No sé por qué te sorprendes tanto — dijo Gokal, apoyándose en el marco de la puerta con los brazos cruzados —. Después de todo, es un castigo justo.

Gokhan giró lentamente hacia él, la furia en su mirada ardía como una llama.

— ¿Castigo? — repitió con desprecio.

— Claro que sí. — Gokal dio un paso al frente —. Te has pasado años usando mi nombre para acostarte con mujeres, dejando un rastro de escándalos detrás de mi. No me extrañaria que el destino te este castigando por eso.

Un destello de burla cruzó los ojos de Gokhan.

— Deberías darme las gracias, hermano. — Su voz estaba impregnada de arrogancia —. Gracias a mis conquistas, las mujeres suspiran por ti pensando que eres yo. ¿No lo disfrutas, aunque sea un poco?

Gokal soltó una carcajada seca, sin rastro de diversión.

— Lo único que disfruto es imaginarte encerrado en esa “jaula dorada” que tanto odias.

La sonrisa de Gokhan se desvaneció de golpe. El silencio entre ambos se volvió espeso, solo roto por el repiqueteo de la lluvia contra los ventanales. Y entonces, de pronto, la chispa de una idea iluminó el rostro de Gokhan.

Se giró completamente hacia su hermano, con los ojos brillando de determinación y altanería.

— Entonces será perfecto — dijo despacio, cada palabra medida —. Tú ocuparás mi lugar.

El corazón de Gokal dio un vuelco.

— ¿Qué? — parpadeó, incrédulo —. Estás loco.

— No lo estoy. — Gokhan dio un paso firme hacia él —. Piensa en ello, hermano. Tú siempre has sido el obediente, el aplicado, el que sabe dar la cara sin meter la pata. Harás el papel del hijo ideal, el prometido perfecto para la sobrina de Dimitry. Nadie notará la diferencia.

Gokal negó de inmediato con la cabeza, dando un paso atrás.

— Ni hablar. Una cosa es que te cubra las espaldas cuando te escapas con alguna amante, y otra muy distinta es casarme en tu lugar. ¿Qué pasará cuando nuestro padre se entere?. ¿Qué pasará cuando lo descubra Dimitry?. Esto es demasiado.

Gokhan sonrió de medio lado, confiado, como si ya hubiera ganado.

— No lo descubrirán. — Su voz sonó venenosa y segura —. Hemos hecho esto desde niños. ¿Recuerdas?. Siempre que uno lo necesitaba, el otro se hacía pasar por él. ¿Por qué detenernos ahora?

Gokal lo miró fijamente, buscando en su rostro algún signo de broma. Pero no lo encontró. Gokhan hablaba en serio, con esa determinación que lo volvía peligroso.

— No, Gokhan. — La voz de Gokal salió firme, aunque por dentro dudaba —. Esta vez has ido demasiado lejos.

— ¿De veras? — preguntó Gokhan, ladeando la cabeza como un depredador que acorrala a su presa —. ¿Y qué pasará si le digo a mi padre algunas verdades incómodas sobre ti?. Después de todo, para nuestro padre eres solo la oveja negra de la familia.

Un nudo se formó en la garganta de Gokal. Su hermano lo conocía demasiado bien: sabía dónde golpear. El estigma de ser “la oveja negra” lo perseguía desde hacía años, y bastaría con una palabra de Gokhan para que su padre terminara de condenarlo.

Por un momento, ambos se miraron como dos enemigos, aunque compartieran la misma sangre.

Finalmente, Gokal apartó la mirada, exhalando con frustración.

— Eres un desgraciado… — murmuró, entre dientes.

Gokhan sonrió, victorioso.

— No, hermano. Soy un visionario. Y dentro de un mes, mientras todos crean que es Gokhan Soykan quien se casa con Zarya Romanov… yo estaré disfrutando de mi libertad.

El silencio volvió a llenar la habitación, pero esta vez no era incómodo: era el inicio de una tormenta.

Gokal salió de la habitación sin decir más nada, su mente aún tenía la conversación con Gokhan. Cada palabra de su hermano pesaba como un ladrillo en su pecho. Sabía que enfrentarse a él no era simplemente discutir: era caminar sobre un campo minado donde cualquier paso en falso podía destruir más su reputación y su lugar dentro de la familia.

Mientras tanto, Gokhan permaneció unos minutos más en su habitación, esperando el momento indicado para bajar hacia el área donde descansaba el personal.

Cuando se aseguro de que nadie lo viera, bajo por las escaleras de mármol con pasos calculados. Estás crujieron levemente bajo su peso al descender, un sonido casi imperceptible, pero suficiente para alertar a los oídos entrenados. Sabía que ella estaría esperando tras la tercera puerta a la izquierda, la que siempre dejaban entreabierta "por accidente". La madera vieja gemía al abrirse del todo cuando él la empujó con la punta de su zapato, revelando la penumbra del cuarto. El aroma a lavanda y a sudor fresco lo recibió antes incluso de verla.

Allí estaba, de espaldas a él, junto a la cama estrecha cubierta con un edredón blanco. Ella tenía puesto un conjunto de lencería en tonos lila, casi violeta bajo la luz tenue de la lámpara de noche. El sostén ceñido a su pecho los empujaba hacia arriba, creando un valle tentador entre ellos, mientras las bragas, apenas un triángulo de encaje, se aferraban a sus caderas como una promesa. Las ligas, delgadas y lilas, se enredaban alrededor de sus muslos, sujetando unas medias de red. El conjunto era una contradicción: elegante y vulgar a la vez, diseñado para excitar y desafiar.

— No sabes cuánto te he esperado — dijo ella, mientras se giraba para acercarsele sin miedo, con un hilo de voz que sugería complicidad más que sumisión.

Gokhan se permitió una sonrisa fría y segura, como siempre. Sabía el efecto que tenía, cómo podía manipular la atmósfera a su favor. Dio un paso hacia ella, lo justo para que la tensión se volviera casi tangible.

— He esperado también — respondió él, con esa mezcla de arrogancia y peligro que siempre hacía que los que lo rodeaban se sintieran atrapados en su órbita. — Pero no olvides quién tiene el control aquí.

Ella asintió, consciente de la dinámica que se jugaba. No era solo deseo; era poder, dominación y la delicada danza de la seducción que Gokhan siempre dirigía con maestría.

— Entonces… — murmuró, acercándose un poco más —, dime qué haremos esta noche.

Gokhan inclinó la cabeza, dejando que la sonrisa se curvara solo un poco, lo suficiente para que hubiera promesa en sus palabras sin necesidad de pronunciarlas.

— Lo que siempre hemos hecho… jugar — dijo, con su voz baja, cargada de insinuación y amenaza a la vez. — Desnúdate — ordenó, con su voz en forma de un latigazo que cortó el silencio.

Ella obedeció, pero no con prisa. Sus dedos, temblorosos solo por la anticipación, se movieron hacia los broches del sostén desabrochándo los seguros uno a uno con una lentitud deliberada. La tela se aflojó, deslizándose sobre su piel como una caricia, revelando sus pechos, pesados y redondos, los pezones ya duros bajo su mirada. El sostén cayó a sus pies como un susurro, dejando solo las bragas de encaje lila, ya húmedas, pegadas a su piel. Gokhan no esperó. Deslizó un dedo bajo la cintura elástica, tirando de la tela hacia un lado, exponiendo su intimidad, ya hinchada y brillante por la humedad.

— Mírame — exigió, y ella levantó la cabeza, encontrando sus ojos.

No había ternura en su mirada, solo hambre, solo posesión. El dedo de Gokhan comenzó a trazar círculos lentos alrededor de su clítoris, sin tocarlo directamente, solo rozandolo, solo prometiendo. Ella contuvo el aliento, sus caderas se movian instintivamente hacia adelante, buscando más contacto, pero él no se lo dio. No aún.

— Esta noche — dijo, con su voz un gruñido bajo mientras su dedo finalmente presionaba, haciendo que un gemido escapara de sus labios —, vas a aprender lo que significa ser mía. Completamente.

Ella arqueó la espalda. El placer era agudo, casi doloroso en su intensidad, y cuando él añadió un segundo dedo, deslizándolos entre sus labios hinchados, ella gimió, un sonido roto y desesperado. Afuera, la lluvia azotaba los cristales con más fuerza, como si el cielo supiera lo que estaba por venir, como si la tormenta hubiera estado esperando este momento para desatarse. Gokhan sonrió, un gesto oscuro y satisfecho, mientras sus dedos se movían dentro de ella, curvándolos para rozar ese punto que la hacía temblar.

— Vas a suplicar — murmuró contra su oído, su aliento caliente le hacia que se estremeciera —. Vas a llorar. Y cuando termine contigo, no habrá ni una parte de ti que no sepa a quién pertenece.

Ella asintió, incapaz de formar palabras, mientras sus caderas se movían al ritmo que él impuso, cada embestida de sus dedos la llevaba más cerca del borde. Pero no la dejaría caer. No aún. Esto era solo el comienzo. La tormenta apenas empezaba.

Él la sostuvo del mentón, obligándola a mirarlo. Sus ojos verde-azules brillaban con un fulgor frío, casi cruel.

— No bajes la mirada. — Su voz fue un filo. — Quiero ver cómo te rompes para mí.

Ella gimió, un sonido que se ahogó contra el dorso de la mano que Gokhan le apretó contra los labios para silenciarla. No quería que nadie escuchara; el placer que él arrancaba debía pertenecerle solo a él.

Con un movimiento brusco, la empujó hacia la cama estrecha. El colchón chirrió bajo el peso de su cuerpo cuando él la tomó por la cadera y la giró boca abajo. Su rodilla presionó la espalda baja de ella, obligándola a arquearse.

— Así… — murmuró, deslizándole las bragas de encaje por los muslos hasta arrancárselas del todo. El aire frío chocó contra su piel húmeda, arrancándole un jadeo. — Así es como me gusta: vulnerable.

Se inclinó sobre ella, sus labios le rozaron la curva de su oreja.

— Esta cama… este cuarto… tu vida entera… nada de eso es tuyo ya. — Sus dientes se clavaron suavemente en su lóbulo, como un sello. — Todo lo que vez… es mío.

Su mano descendió, firme, abriendo con rudeza la carne húmeda que lo esperaba. La hizo gemir otra vez, un sonido ahogado contra la sábana blanca que ella mordía para no gritar.

Gokhan rió bajo, satisfecho con esa lucha silenciosa.

— Muérdela más fuerte, preciosa… porque lo que viene ahora va a doler.

Gokhan no se apresuró. El todavía vestido, con la camisa apenas desabotonada en el cuello, se inclinó sobre ella, imponiendo su peso con calma calculada.

Su mano recorrió la curva de su espalda hasta enredarse en su cabello, tirando de él con la fuerza suficiente para arquearla aún más. Ella jadeó, con los labios hundidos en la tela áspera de la sábana.

— ¿Sabes qué es lo más delicioso de todo esto? — susurró él, muy cerca de su oído —. Que ni siquiera necesito desnudarme para destrozarte.

Ella gimió, un sonido ahogado que lo complació. La vulnerabilidad de ella frente a la solidez de su ropa, la diferencia brutal entre la piel expuesta y el traje aún impecable, era lo que mantenía el control en sus manos.

Lentamente, desabrochó el cinturón y lo deslizó entre los pasadores, dejando que el cuero chasqueara en el aire. Ella tensó los músculos, conteniendo la respiración.

Gokhan sonrió con oscuridad.

— Exacto… así. Tienes miedo y lo deseas al mismo tiempo.

El cinturón cayó contra la cama, a un costado de su rostro. Él no lo usó de inmediato. Lo dejó ahí, como una amenaza latente, como una sombra que pesaba más que un golpe.

Con la otra mano, bajó la cremallera de su pantalón y acercó su cuerpo a ella, todavía cubierto, frotándose contra su piel desnuda sin darle lo que buscaba. La hizo sentir cada línea de su deseo endurecido a través de la tela, obligándola a retorcerse.

— ¿Lo sientes? — murmuró con voz baja, grave, cargada de peligro. — Toda esta fuerza que te podría destrozar… y sin embargo, sigo decidiendo cuándo la tendrás.

Ella hundió las uñas en la sábana, mordiéndose el labio. Cada segundo se volvía insoportable, pero Gokhan no cedía. La tortura era el preludio, y él la disfrutaba como un rey saboreando el banquete antes del plato principal.

Se inclinó otra vez, presionando su torso contra la espalda de ella, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la camisa aún puesta.

— Suplica, preciosa… — su voz fue apenas un gruñido contra su oído —. Suplica y tal vez decida darte lo que tanto quieres.

Ella no respondió de inmediato; el orgullo la mantenía en silencio, aunque su cuerpo gritara lo contrario. Gokhan chasqueó la lengua, divertido, y tiró aún más fuerte de su cabello, obligándola a arquear la espalda hasta que gimió.

— Eso es lo que me gusta… resistencia — murmuró contra su oído. — Porque tarde o temprano, todas terminan cediendo.

Soltó su cabello con brusquedad y se incorporó. Sus dedos fueron a los botones de su camisa, abriéndolos uno a uno con una lentitud calculada. Cada crujido del hilo al tensarse era un anuncio de lo que vendría después. La tela se deslizó sobre sus hombros, cayendo al suelo, revelando el torso definido, la piel marcada por cicatrices que hablaban de peleas y violencia.

Ella lo miró de reojo, con el aliento entrecortado. Gokhan lo notó y sonrió con esa arrogancia fría que lo caracterizaba.

— Te mueres por tocarme, ¿verdad? — preguntó, mientras desabrochaba el botón del pantalón y terminaba de bajar la cremallera lentamente. — Pero no eres tú quien manda aquí.

Se deshizo del pantalón con un movimiento seco, quedando solo en la ropa interior, la evidente erección tensando la tela. Se acercó de nuevo, rozándola con la dureza de su deseo mientras la mantenía de espaldas.

Ella ahogó un jadeo, su cuerpo traicionándola, buscando más.

— Así me gusta… — gruñó él, tomando el cinturón que había dejado a un lado. Le levantó las muñecas y las ató con rudeza al cabecero de la cama, apretando lo suficiente para que sintiera la presión del cuero en la piel. — Ahora no tienes escapatoria.

Se inclinó sobre ella, frotándose contra su humedad expuesta, sin penetrarla todavía. Cada roce era una tortura, cada segundo un recordatorio de quién tenía el control.

— Vas a llorar por mí — susurró, deslizando la lengua por el borde de su oreja. — Y cuando lo hagas, no será de dolor… será porque tu cuerpo me suplica más de lo que tu boca se atreve a pedir.

Con un movimiento repentino, rasgó lo que quedaba de la lencería en su cuerpo. La empujó contra la cama, con sus caderas atrapándola, y al fin se liberó de la última prenda que lo separaba de ella.

La punta de su erección se acomodó en la entrada, presionando apenas, manteniéndose al borde de romperla.

— Dime que lo quieres… — ordenó, su voz áspera, cargada de amenaza. — O me iré y te dejaré ardiendo en tu miseria.

Ella cerró los ojos temblando, con el orgullo y el deseo librando una guerra dentro de ella.