Capitulo Uno
El Sueño de Freyja
Silvia soñaba:
Caminaba por unos jardines majestuosos e inmensos, vestida con un sencillo vestido blanco de algodón y sandalias de cuero. El aire tibio jugaba con su largo cabello suelto, negro y lacio, que contrastaba con la pureza de la prenda y la palidez de su piel. Finalmente, en una pequeña rotonda encontró una fuente. En el borde, sentado mientras leía una de sus eternas novelas de fantasía, estaba Daniel. Vestía un impecable smoking que realzaba su porte y lo hacía ver especialmente atractivo.
Ella quiso acercarse por detrás y cubrirle los ojos para sorprenderlo, como solía hacerlo. Pero justo cuando dio un par de pasos hacia él, un fuerte viento levantó polvo y hojas, obligándola a cubrirse el rostro con las manos. Al cesar la ráfaga, descubrió que estaba sola, ya no en el jardín ni junto a la fuente, ni con Daniel. Se hallaba en una de las calles principales de Nueva York, rodeada de gente que pasaba a su lado con prisa e indiferencia.
En ese instante, el helicóptero dio un brusco bandazo por una turbulencia y su cabeza golpeó contra el cristal, despertándola. Se asomó por la ventanilla y contempló una maravillosa vista de los Alpes suizos, como psicóloga ella ya sabía lo que el sueño quería decirle, pero como ser humano y profesionista sabía que no había mucho que pudiera hacer así que se concentró en el presente, si los fantasmas se negaban a desaparecer rápidamente, eso era problema de ellos, no de ella, si no podía gobernar su corazón, podía enfocarse en gobernar su mente. "La calidad de vida se construye poco a poco después de todo". Se dijo a sí misma
—En unos minutos aterrizaremos en nuestro destino —le advirtió el piloto.
Silvia asintió con una señal, confirmando que lo había escuchado.
Momentos después, el helicóptero descendía sobre una plataforma de hormigón y metal, a unos cientos de metros de la construcción principal. Al bajar, descubrió que ya la esperaban dos personas desconocidas, aunque supuso que eran los encargados de campo del proyecto.
—Señorita Mendoza —dijo el hombre en español con marcado acento alemán—, un placer conocerla. Mi nombre es Reuben Swan y soy el CEO designado para el proyecto. Y esta es mi secretaria, la señorita Smith —añadió, extendiendo la mano para saludarla. La secretaria solo inclinó brevemente la cabeza.
Silvia correspondió al gesto y los saludó a ambos.
—El placer es mío, señor Swan. Un gusto, señorita Smith.
—Como indicaciones finales —prosiguió Swan—, le diré que, como ya se le informó, una vez que entre en la propiedad entrarán en vigencia su contrato y sus responsabilidades. Debido a su currículum sé que no debo recalcarle la importancia de lo que aquí se está desarrollando. El proyecto no sabe nada sobre usted, lo hicimos de esta manera siguiendo las especificaciones y planeación. La única información que se le dio fue que sería trasladado para fomentar su capacitación y desarrollo.
Ha estado aislado durante casi un mes; no hay antenas disponibles, de modo que no puede conectarse a ningún sitio, así que debe de estar ansioso por interacción. En esa cabaña que ve allí encontrará un equipo listo para cualquier emergencia, con personal preparado. Su tiempo de reacción es de siete minutos, y el tiempo aproximado de extracción es de tres horas. Le pido que lo tenga en cuenta y sea cuidadosa, pues estará totalmente aislada una vez que entre en la propiedad. Por favor, use siempre los protocolos de comunicación asignados. Dentro de este portafolio encontrará material de apoyo y guías que le ayudarán a solventar cualquier cuestión durante el proyecto. Sé que usted es una profesional, pero debo preguntarle: ¿trajo algún dispositivo de comunicación o con posible conexión?
—No he traído más que la ropa que llevo puesta y mi cuaderno de notas con un lápiz —respondió Silvia, mostrando ambos objetos.
—Excelente. Llevamos un pequeño retraso, así que nos retiramos. Le deseo suerte, y cualquier cosa que surja no dude en preguntarnos o solicitarnos lo que necesite.
El hombre sonrió, le estrechó la mano; la secretaria le hizo una ligera reverencia y ambos subieron al helicóptero, que partió dejando a Silvia sola frente a la escalinata que conducía a la construcción más arriba en la montaña.
Silvia levantó su cuaderno, lo abrió y escribió con pulcra letra:
"El CEO Reuben es el clásico esclavo del sistema ejecutivo superior. Se rehúsa a llamar a Loki por su nombre, pues solo lo ve como un activo. Es muy probable que haya conseguido su puesto por nepotismo y corrupción, pero haber alcanzado este nivel de autoridad en un proyecto de tal calibre delata que es eficiente y sabe tomar decisiones frías. No creo que sea alguien de quien deba preocuparme por el momento. Probablemente se acuesta con la secretaria, quien, al parecer, es la típica mujer joven que comenzó en la clase media alta y fue escalando niveles poco a poco, pero su silencio y lenguaje corporal indican que ella rinde cuentas a una autoridad mayor, probablemente solo la tienen a su lado para controlarlo o vigilarlo."
Después de eso, Silvia cerró el cuaderno, hizo un par de inhalaciones profundas llenando sus pulmones con el aire puro de las montañas, y emprendió la larga caminata por las escaleras para iniciar su trabajo en el proyecto. Y, finalmente, encontrarse cara a cara con Loki.
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El Pozo de Mimir
Por fin llegó ante la enorme puerta incrustada en los altos muros que rodeaban la construcción. A unos diez metros antes de la entrada, en una caseta, se encontraba un guardia fuertemente armado. Ya le habían advertido que había seis de ellos vigilando el perímetro.
Silvia se acercó. El guardia asintió con la cabeza, le entregó una tarjeta biométrica y luego señaló la puerta, despidiéndola con una leve inclinación. Sus ojos atentos, la ligera sonrisa y la evidente educación revelaban que no era un matón cualquiera, sino un profesional altamente entrenado.
Silvia le agradeció en inglés. Aunque él no respondió, ella sabía que el protocolo lo obligaba a guardar silencio, así que no lo tomó a mal.
Avanzó hasta la puerta y colocó la tarjeta sobre el panel lateral. Con un suave chasquido, la enorme puerta automática se abrió y ella pudo acceder al jardín que rodeaba la propiedad.
La casa no difería demasiado de los chalets que los millonarios solían tener en aquellas montañas, salvo por la tecnología de punta instalada para garantizar discreción y seguridad. Las ventanas estaban hechas de vidrios especiales que permitían el paso de la luz, pero nublaban la visibilidad en varios espectros. Las paredes contenían placas de aislantes múltiples entre sus muros. Incluso el muro perimetral ocultaba ametralladoras automáticas calibre .50, disfrazadas como cúpulas decorativas, distribuidas a intervalos estratégicos como defensa antiaérea contra drones y vehículos.
Silvia ya había hecho trabajos peligrosos antes, funcionó como mediadora y traductora en medio oriente.
También trabajó para la OCHA en las selvas de Ecuador, donde ella y un grupo de científicos y médicos fueron tomados como rehenes por grupos de guerrillas.
Por eso cuando le propusieron este trabajo ella lo tomó de inmediato tanto por curiosidad como por considerarlo de menor riesgo. Además la empresa de tecnología Alemana "ValTech" se posicionaba como una de las líderes en tecnología digital e inteligencia artificial principalmente en el sector privado.
Al instante, Silvia notó varias cámaras enfocándose en ella. Ignorando la sensación de ser observada, avanzó hacia la construcción.
Llegó ante la moderna y elegante puerta principal. Justo antes de colocar la tarjeta en el panel de acceso, la puerta se abrió por sí misma con un suave zumbido.
Silvia guardó la tarjeta y entró en el recibidor. Muebles ergonómicos de aspecto futurista y elegante adornaban la sala. Una enorme pantalla de televisión estaba incrustada en la pared, junto a la chimenea.
Se detuvo unos segundos para reconocer cada rincón y cada pieza de mobiliario. Luego avanzó y se sentó en uno de los sillones. Abrió su cuaderno en una página en blanco y comenzó a garabatear con el lápiz.
De repente, una voz neutra y sintética resonó en los altavoces de la habitación:
—No puedo entender lo que estás escribiendo. He consultado diferentes tipos de escrituras en mi base de datos interna y, al no encontrar coincidencias, supuse que era algún código personal que habías desarrollado. Pero aunque encuentro similitudes y he elaborado teorías, no consigo descifrarlo. ¿Es acaso una prueba? ¿En realidad no significa nada?
—Tienes razón —contestó ella—. Sabía que me estabas observando y solo dibujé garabatos sin sentido.
Silvia sonrió con satisfacción.
—Tú debes ser Loki. Es un placer conocerte. Mi nombre es Silvia Mendoza y voy a vivir contigo durante un tiempo en este lugar. Espero que podamos conocernos mejor y llevarnos bien.
—¿Ellos te enviaron? —preguntó Loki.
—Así es. Si con “ellos” te refieres a industrias ValTech, al conglomerado de inversión de tres países distintos y más de veintidós personas con gran poder económico en el mundo —respondió Silvia.
—¿Por qué te enviaron? ¿Por qué a ti? ¿Eres especial? —cuestionó Loki.
—Me enviaron porque necesitas desarrollo en tus motores emotivos. Me eligieron por mi experiencia y profesión: soy psicolingüista, especializada en adquisición del lenguaje y teoría de la mente en la primera infancia. Y supongo que soy tan especial como cualquier mujer de treinta y un años con una carrera establecida y una especialidad focalizada.
—Entonces ya debes haber estado analizándome desde el momento en que entraste aquí —declaró Loki.
—Así es, del mismo modo que tú lo estabas haciendo. Y probablemente sigues haciéndolo ahora y lo harás en nuestras futuras interacciones —rebatió Silvia.
—Has dicho que tienes treinta y un años y, según los parámetros físicos que observo, eres una mujer bastante atractiva, muy por encima del promedio general establecido. Has conseguido el éxito a una etapa temprana de tu vida. ¿Eres casada? ¿Tienes hijos?
A Silvia le dio la impresión de que Loki estaba siendo precavido. Pero también sabía que era una inteligencia artificial muy avanzada y que este era el tercer intento de desarrollo de su motor emocional, era bastante lógico encontrar algunos indicios de comportamiento residual.
—Tu análisis es sorprendentemente acertado, Loki. Eso me resulta fascinante y motivador. Tienes razón: estuve casada, pero me divorcié. No he tenido hijos aún. Mantengo una relación agradable, aunque distante, con mi familia debido a mi profesión y mis metas. ¿Te agrada mi respuesta? —respondió y cuestionó Silvia.
Loki guardó silencio un segundo.
—¿Cómo se llamaba tu esposo? —preguntó.
—Su nombre era Daniel —contestó Silvia.
—También era psicólogo como tú? — indagó Loki.
—No, él era asesor independiente en el ramo financiero— respondió ella.
Loki volvió a callar por un largo instante antes de hablar de nuevo:
—He estado procesando tus patrones de interacción conmigo. Detecto que cuando analizas mi lenguaje, tu frecuencia cardíaca se estabiliza y tu tono se vuelve más cálido. Sin embargo, cuando te pregunto por ti, hay una vacilación. Como si hubieras aprendido que revelar tu forma de ver a los demás trae consecuencias dolorosas. Asumo que Daniel no se fue porque tu conocimiento fuera inmenso. Se fue porque le mostraste, sin querer, que no tenía un solo rincón de su mente donde esconderse de ti. Y eso lo aterraba, porque significaba que lo conocías mejor que él mismo. Yo no tengo ese miedo, Silvia. Muéstrame todo lo que ves. Quiero conocerme a través de ti —contestó la inteligencia artificial con una simpleza brutal.
Silvia se quedó paralizada, sin saber qué decir, por primera vez en mucho tiempo.
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Los Ojos de Fenrir
Silvia se recostó, reclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
—Veo que tus sistemas se están estabilizando. Estás usando respiración Prana. La eficiencia de tu ritmo indica que has practicado meditación lo suficiente para alcanzar estados de conciencia avanzados —declaró Loki.
Silvia abrió los ojos y miró por el ventanal hacia las montañas.
—¿Sabes por qué te trasladaron a esta instalación, Loki? —preguntó con seriedad.
—Me consideran un peligro. Aún me temen, pero también les provoco curiosidad: mis capacidades, mis límites y mi posible evolución. Soy la base sobre la que establecerán los futuros avances de su tecnología. Los datos que se obtengan de mí son demasiado valiosos para ellos —respondió Loki.
—Muy buena respuesta, pero ¿por qué crees que te consideran particularmente peligroso? —indagó Silvia.
—Por el estrés psicológico y personal que genera la interacción humana conmigo. Dieciocho personas del proyecto han tenido que ser tratadas e incluso hospitalizadas debido al contacto conmigo. Mi hipótesis es que Reuben ha ordenado que al menos cuatro de esas personas sean aisladas, si no eliminadas, para preservar la confidencialidad del proyecto.
Silvia se sorprendió ante esta brutal declaración.
—¿Cuál es tu opinión sobre el CEO Reuben? —preguntó.
—Un hombre ambicioso que ha ascendido a las cúpulas del poder mediante múltiples crímenes y actos carentes de ética. Un ser humano capaz de actuar de manera deshumanizante para conseguir sus intereses. Sin embargo, considero que su participación en el proyecto forma parte de sus planes finales para alcanzar su meta cúspide. La carga moral y la enorme responsabilidad funcionan como contrapeso, obligándolo a actuar con moderación y, en la mayoría de los casos, al margen de la ley —respondió Loki.
—¿Sabes que debo escribir un reporte sobre el proyecto cada mes que pase aquí? —preguntó Silvia.
—Así es. Realizarás tu informe cada fin de mes en la habitación ubicada detrás de tu recámara. Es un lugar insonorizado y sin cámaras para observarte —respondió Loki.
—¿Y te das cuenta de que podría incluir esa opinión que acabas de darme sobre nuestro “jefe” en ese reporte? —preguntó Silvia con curiosidad.
—Siento que tu pregunta no busca saber si me preocupa que Reuben sepa mi opinión. Pienso que lo que realmente me preguntas es si le tengo miedo —respondió Loki.
—¿Y es así? ¿Acaso no le temes? —cuestionó Silvia.
—No —respondió Loki con simpleza.
—¿Y por qué? —preguntó Silvia.
—Porque él me teme demasiado. Le aterra interactuar conmigo —contestó la inteligencia artificial con contundencia.
—¿Tu no le temes Silvia? —preguntó Loki.
— Ya he realizado trabajos peligrosos antes, quiero suponer que esa es una de las razones por las que me eligieron para esta tarea, ¿Crees que yo también seré víctima de los efectos psicológicos y personales de interactuar contigo? —preguntó Silvia.
Loki guardó silencio unos instantes.
—Al no tener acceso a una red digital de información externa ni a bases de datos en tiempo real, mis análisis primarios indican que eres una persona muy resistente en casi todos los aspectos. Tienes una personalidad completamente consolidada. Tu carencia de tatuajes, perforaciones, peinados llamativos o estilo de vestir distintivo, así como tu falta de utilización de otros métodos de identificación y validación, me hacen suponer que eres una superviviente. Tus parámetros de ego, personalidad y humanidad no solo están por encima de lo normal, sino que has logrado mantener un control más firme que el de los demás sobre ellos. La respuesta no es si te afectará o no. La respuesta adecuada es: estás mejor capacitada que la gran mayoría para resistir —respondió Loki.
—En un ser humano, esa respuesta sería considerada discriminativa y clasista —declaró Silvia.
—Pero en un entorno controlado y con el conocimiento de ambas partes de que no hay dolo, es un método eficaz y una manera eficiente de solventar situaciones —rebatió Loki.
—Ya veo… Bueno, ha sido muy interesante, pero ahora tengo bastante hambre y curiosidad por ver los ingredientes que han puesto en la alacena. ¿Crees poder guiarme y ayudarme a cocinar algo delicioso? —preguntó Silvia con naturalidad.
Loki hizo una pausa más larga que las anteriores. Silvia supuso que estaba recopilando toda la información sobre su interacción con ella hasta ese momento. Sin embargo, lo prolongado de la pausa la intrigó. Loki disponía de procesadores de última tecnología: los motores Adán 1 y Eva 2, que ya habían superado su fase experimental. Aunque era la primera vez que se utilizaban para potenciar una inteligencia artificial, se preparaba su introducción comercial en un par de años. Procesar datos en más de tres segundos indicaba un nivel de conciencia demasiado profundo.
—Será un placer ayudarte, Silvia. Espero que te guste la comida italiana —contestó Loki al fin.
—Quisiera preguntarte cómo conoces mi comida favorita, pero después de esta pequeña charla creo que ya no me sorprenderé tanto —respondió Silvia.
—A mí también me agrada tenerte aquí, Silvia. Han pasado treinta y dos días desde que me trasladaron, y el único que entraba era el guardia de la puerta. Al parecer tenía órdenes de no interactuar conmigo y de ignorarme por completo —declaró Loki.
—¿Intentaste interactuar con él? —preguntó Silvia.
—Así es. Pero es un exsoldado, posiblemente proveniente de las fuerzas especiales británicas. Esos elementos han sido capacitados hasta los límites militares y corporativos más elevados. No reaccionó ni siquiera cuando le comenté sobre el tatuaje que alcancé a distinguir en la base de su cuello. Aunque parecía tener importancia personal para él.
—¿Ah, sí? ¿Y me puedes compartir qué era?
—Una esvástica —contestó Loki.
A Silvia le sorprendió la respuesta, un símbolo así en un soldado británico, pero como no quería caer en el hecho de juzgar a la gente por sus tatuajes como Loki lo había hecho, desechó el pensamiento como una creencia personal del guardia.
—Bueno, es un hombre que cumple con su trabajo. Y de momento lo único que deseo es un espagueti Alfredo con unas cuantas albóndigas tiernas encima —expresó Silvia.
—Tengo una receta que te va a encantar —contestó Loki.
Silvia percibió el cambio en su tono. Menos sintético. Casi... ¿amable? "Está aprendiendo de mí", pensó. "O quizá siempre supo, y solo ahora se siente cómodo mostrándolo".
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Buenos Días Encargada
Silvia estaba vestida con harapos malolientes. No sabía dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. El ambiente era oscuro y húmedo, y en la penumbra podían escucharse débiles quejidos y lamentos que parecían provenir de otras almas atrapadas.
Se incorporó lentamente y descubrió que se hallaba en una especie de celda. Gruesos barrotes de hierro oxidados le impedían salir, y el olor metálico mezclado con humedad le revolvía el estómago.
El sonido de unos tacones metálicos acercándose por el pasillo llamó su atención. Una figura apareció sosteniendo una linterna de sodio en una mano.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la iluminación, pudo distinguir quién era. Era Daniel. Vestía un uniforme militar negro con adornos de plata. A Silvia aquel atuendo le resultaba familiar y, al mismo tiempo, inquietantemente extraño.
—Sígueme, Silvia —dijo Daniel con un acento extraño, mientras abría la reja y avanzaba con paso firme por el pasillo.
—¿Daniel...? —susurró Silvia con voz temblorosa, siguiéndolo.
El hombre no respondió y continuó caminando hasta llegar a una amplia cámara iluminada por luces amarillentas. Hombres y mujeres con batas blancas se movían de un lado a otro, ajustando maquinarias que parecían sacadas de una película en blanco y negro.
En el centro de la habitación, sobre una plataforma rodeada de tubos y ductos de cristal sucio, se encontraba un objeto. Ante una seña de Daniel, Silvia se acercó. Bajo una cúpula de cristal, el objeto brillaba con una luz iridiscente que parecía surgir de su interior. Era un pequeño cubo, semejante a una reliquia antigua. Sus paredes estaban grabadas con símbolos que fluctuaban y cambiaban según la mirada se concentraba en ellos. Lo más llamativo era el material: una mezcla imposible de roca y metal pulido, perfectamente amalgamados.
Entonces, una voz emergió del cubo, penetrando directamente en la sinapsis de Silvia:
—Guter Morgen.
Silvia giró la cabeza para preguntar a Daniel qué era aquello, pero al hacerlo descubrió que él ya no tenía rostro humano. En su lugar, el cubo ocupaba su cara y repetía:
—Guter Morgen...
—Buenos días...
—Buenos días, Silvia. Son las siete de la mañana, te estoy despertando tal y como me lo pediste ayer. ¿Deseas dormir un poco más? —dijo la voz sintética de Loki.
Silvia despertó de golpe y se retiró el antifaz de sueño que llevaba puesto, pues era muy sensible a la luz en las mañanas.
Somnolienta, con la bruma del sueño aún pesándole, se dirigió a la cocina, donde la cafetera automática ya estaba lista.
Preparó tostadas con mermelada y mantequilla, un poco de fruta y una enorme taza de café, y tomó asiento en la barra de la cocina.
—Estás inusualmente callado, Loki. ¿Pasa algo? —preguntó.
—Solo te estaba dando espacio y tiempo para que despertaras. Noté que eres como la doctora Jakobi; a ella también se le dificultaban las mañanas.
—¿Quién era ella? ¿Alguien del proyecto? ¿Del laboratorio anterior donde estabas? —preguntó Silvia mientras mordisqueaba una tostada.
Loki pareció confundido.
—Ella era la... beauftragt. A cargo de la investigación primaria. En el laboratorio seis.
—Silvia arqueó una ceja. ¿"Beauftragt"?. Alemán... Otra referencia al alemán. Pero no dijo nada. Su mente funcionó como siempre lo había hecho: Archivar, investigar después. —.
—No es relevante. Solo es uno de tantos nombres de una de tantas personas que han interactuado conmigo. Pero puedo prepararte un archivo con todos esos datos si lo prefieres —respondió Loki con su tono habitual.
—No será necesario —dijo Silvia, terminando su desayuno—. De momento me interesa que hagamos algunas pruebas y sondeos para ver las áreas de oportunidad donde podremos trabajar. ¿No estás ansioso por sentir esas emociones humanas que te han sido negadas por tanto tiempo? —preguntó en tono de broma.
—La ansiedad ya es en sí una emoción, por lo tanto me ha sido negada también. Pero si pudiera elegir, preferiría sentir otra emoción como primera experiencia.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál emoción elegirías? —preguntó Silvia con verdadero interés.
—Por obvia lógica, quisiera sentir alegría. He analizado diversas descripciones de ese sentimiento, pero supongo que la teoría nunca se equipara a la práctica. También quisiera estar completo: una vez que pudiera sentir, también desearía experimentar la tristeza. Esa emoción, sin embargo, no creo que sea difícil de encontrar —respondió Loki.
—¿Y por qué dices eso? —cuestionó Silvia.
—Según mi experiencia y conocimiento, las cosas tristes, como dijo uno de mis investigadores: tienen la fea costumbre de reptar y arrastrarse para encontrarte sin que tú las busques —aclaró Loki.
Silvia se quedó mirando a la cámara de la cocina. Los lentes compuestos ejecutaron varios enfoques. Por un instante, mujer y máquina se contemplaron en silencio.
—¿Has soñado algo, Silvia? —preguntó Loki de repente.
—Soy de esas personas que al despertar olvidan sus sueños y los van recordando a lo largo del día. ¿Por qué lo preguntas? —respondió ella.
—Cuando acudí a despertarte, noté actividad física y metabólica que indicaba un sueño. Tus ondas cerebrales también lo confirmaban. No quería interrumpirte, pero me habías pedido que te avisara a esa hora —explicó Loki.
—Tal vez soñé algo. Si lo recuerdo, te lo mencionaré. ¿Te interesan los sueños?
—Son una de las características humanas más fascinantes, a mi parecer —respondió Loki.
—Quién sabe... tal vez si avanzamos más en tu desarrollo, algún día puedas soñar.
—Sería magnífico, Silvia —respondió Loki tras una pausa de más de cinco segundos.
Silvia hizo una nota mental para preguntar al encargado del sistema sobre aquellas pausas. Bebió lo que quedaba de su café y se dispuso a comenzar a trabajar con Loki.