Hybrid Lux

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Sinopsis

Algo se filtra desde más allá de lo concebible, alterando las reglas que alguna vez definieron lo real. Es primordial… y ajeno a toda moralidad. Antiguo e incomprensible en esencia. Y desde su aparición, ha roto toda monotonía… como si algo esencial hubiera dejado de encajar. Pero su sola presencia deja una certeza imposible de ignorar: Ya nada volverá a ser como antes.

Genero:
Scifi
Autor/a:
YANBRA LEANIX
Estado:
Completado
Capítulos:
11
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

DESPERTAR.

La ciudad de San Luis todavía dormía.Era cerca de las cinco de la mañana — cuando un hombre se levantó. Una madrugada de mediados de octubre. Afuera corría una brisa fresca y suave, y la noche conservaba esa calma extraña que existe justo antes de que empiece el día.Se movió con cuidado por la casa, casi sin hacer ruido. La costumbre de salir temprano estaba tan incorporada que cada gesto parecía automático: vestirse, lavarse la cara, preparar lo necesario para irse.Su nombre era Diego. Tenía cuarenta años.Trabajaba como técnico especializado en parques eólicos y solares. El trabajo lo obligaba a estar fuera de casa por días, a veces semanas enteras.Mientras terminaba de prepararse, abrió la heladera y recorrió el interior con la mirada.—¿Viste una botellita con agua que dejé anoche? —preguntó, sin darse vuelta.Lucía, que se había levantado, todavía con sueño, negó con la cabeza.—No, ni idea.Diego cerró la heladera y se colgó la mochila del hombro. Antes de salir, Lucía habló de nuevo, con un tono distinto, más cargado.—Antes de irte… ¿por qué no hablás con él?Diego entendió enseguida a cuál de sus hijos se refería.—No te preocupes. Su comportamiento es normal a su edad… ya se le va a pasar.Lucía asintió, aunque no parecía del todo convencida.—Bueno… me voy, que se me hace tarde —dijo Diego.Se acercaron y se dieron un beso corto, de despedida. Luego, Diego salió de la casa y se perdió en la madrugada.Unas horas más tarde, ya de día, la casa volvió a llenarse de sonidos.Desde afuera se escuchaban pájaros, algún auto pasando a lo lejos y un perro ladrando en una casa vecina. Lucía se levantó y fue despertando a Thiago, de doce años, y a Emilia, de siete. Les recordó que se apuraran, que se vistieran, que el colegio no iba a esperar.Mientras los chicos desayunaban y terminaban de prepararse, caminó hasta el cuarto del otro hijo.Abrió la puerta apenas.—Me voy a llevar a los chicos al colegio.Desde la cama salió un “ok” apagado, medio dormido.Emilia, que había entrado detrás de su madre, se adelantó y dijo sin pensar:—Levantate, vago.Lucía la sacó del cuarto enseguida, cerró la puerta y no dijo nada más.Minutos después, salió de la casa con Thiago y Emilia.Cerca de las nueve de la mañana, Lucía volvió. La luz del día entraba fuerte por las ventanas; la casa estaba despierta, pero quieta. Fue directo al cuarto del hijo mayor.Él seguía durmiendo, con la cabeza tapada por las colchas, inmóvil.—Levantate —le dijo, sin alzar la voz—. Me voy un rato, tengo unas cosas que hacer.No hubo respuesta.Lucía cerró la puerta y volvió a salir.Más tarde, regresó otra vez. Apenas entró, notó que todo seguía igual. La misma quietud, el mismo silencio detenido.Esta vez estaba molesta.Abrió la puerta del cuarto sin cuidado.—¿Hasta cuándo vas a seguir durmiendo? —le recriminó—. Levantate, hay cosas que hacer en la casa.Fue hasta la ventana y corrió las cortinas, dejando entrar la claridad de golpe.—Bueno, má… ya me levanto —respondió él desde la cama, con la voz espesa.—Dale —dijo Lucía, antes de salir del cuarto.Cuando la puerta se cerró, desde debajo de las colchas asomó una mano. Buscó el teléfono sobre la mesa de luz y miró la hora: 11:16.Lo dejó otra vez en su lugar y se acomodó de nuevo en la cama. Soltó un suspiro largo. No de sueño, sino de cansancio.—Tampoco es tan tarde —murmuró.Lucas, diecisiete años.Al rato, salió finalmente de la habitación. Caminaba descalzo, con un joggin negro y una remera negra, arrastrando apenas los pies. Tenía el cabello casi hasta los hombros, desordenado, cayéndole sobre los ojos.Fue hasta el comedor y se sentó.La televisión estaba prendida. Un noticiero de la mañana mostraba imágenes repetidas: crímenes, asesinatos, violencia, problemas en distintas partes del mundo. Voces graves, zócalos rojos, noticias que parecían siempre las mismas.Lucas miró la pantalla unos segundos, con expresión cansada.—Lo mismo de siempre —murmuró.Desde la cocina llegó el ruido de ollas y cubiertos. Lucía apareció al rato.—¿Y? ¿Qué pasó, nos caímos de la cama? —le dijo, acercándose.Lucas la miró e hizo una mueca apenas perceptible.Lucía se sentó a su lado.—¿Pudiste dormir algo o no? —preguntó, en tono burlón.—¿Qué pasó, te levantaste chistosa hoy? —respondió él.—Un poco —dijo ella, sonriendo.Lucas volvió la vista al televisor.—¿Qué estás haciendo de comer? Huele rico.—Estofado de cordero —contestó Lucía—. ¿Vas a comer?—Más vale.—Bueno, pero recién lo puse. Va a estar dentro de un rato.—Ah, bueno.—¿Y cómo está el día? —preguntó él.Lucía señaló la ventana.—Y… vos verás. ¿Por qué no salís afuera y lo ves?Lucas miró hacia el vidrio.—No… mejor me quedo acá adentro —dijo—. Más tranquilo.Lo dijo con ironía.Lucía acercó un poco más la silla y lo miró de frente.—¿Qué te pasa a vos, hijo?—Oh… ¿ya vas a empezar? —respondió él.—No sé qué te pasa —dijo ella—. No querés salir, ya no te juntás con tus amigos…—¿Qué amigos, má? Yo no tengo amigos.—Dormís casi todo el día, estás siempre encerrado… no es vida la que estás llevando.Lucas se levantó de la silla.—Uhh, má, esto ya lo hablamos. Lo hablé con vos y con el papá. ¿O no te acordás de la discusión que tuvimos?Lucas nunca había sido demasiado distinto, pero antes sonreía más. Se lo veía más liviano. Disfrutaba estar con su familia, compartía momentos simples con sus padres y hermanos. Estaba en quinto año del secundario. Le iba bien en el colegio; era inteligente, aunque nunca quiso sobresalir. Evitaba destacar, evitaba llamar la atención.Tenía dos amigos, aunque solo se veían en el colegio. No era de juntarse mucho fuera de ahí.En esos recuerdos, Diego aparece distinto. Juega, se ríe, está presente, sobre todo con los más chicos. Con Lucas, en cambio, nunca supo bien cómo conectar. Su carácter retraído y silencioso siempre fue una barrera difícil de atravesar.Todo iba relativamente bien hasta que algo empezó a quebrarse. Una especie de depresión fue consumiéndolo de a poco. Le empezó a ir mal en el colegio. Se peleó con uno de sus amigos. Hubo una suspensión. Después, perdió el año.Eso desató una discusión fuerte con Diego. Una pelea cargada, intensa, en la que tuvo que intervenir Lucía.Después de ese episodio, los tres acordaron que Lucas no volvería al colegio y que rendiría libre.—Bueno, ya está —dijo Lucía—. No hablemos del asunto. Andá a lavarte, así comemos.—No —respondió Lucas—. Primero voy a hacer las cosas.—¿Qué cosas?—Las cosas que me dijiste que había para hacer.Lucía tardó unos segundos en recordar.—Ah… no, no. Te estaba jodiendo para que te levantaras.Lucas abrió los brazos, confundido.—Bueno… entonces me voy a lavar un poco.Lucía miró el celular.—Uh, mirá la hora… me voy a buscar a los chicos.Se levantó apurada, agarró las llaves y, antes de salir, dijo:—Fijate la comida, que no se pegue.—Ok —respondió Lucas.Lucía se fue.Más tarde volvió con los chicos. Almorzaron los cuatro, sin demasiadas palabras. Después, Lucas regresó a su habitación y se acostó otra vez.Como casi siempre.Pasó el tiempo mirando videos en el celular: relatos de misterios, cosas paranormales, fenómenos inexplicables. Siempre le habían atraído esos temas. Desde chico.De niño había visto cosas extrañas. Sombras, presencias, sensaciones difíciles de explicar. Durante años tuvo sueños recurrentes con un sol oscuro suspendido en el cielo. Siempre era el mismo sueño. Siempre esa sensación de estar siendo visto por algo demasiado grande para entenderlo. Nunca encontró una explicaciónAsí eran sus días. Siempre la misma rutina. Levantarse, comer, volver a acostarse. No salir, ni siquiera al patio. Ayudar de vez en cuando en la casa. Desvelarse casi todas las noches hasta las dos o tres de la madrugada.Esa noche, con la casa en silencio, volvió a pensar en la discusión con su madre.Mi mamá tiene razón, pensó. Quizás no debí hablarle así.Suspiró.—Quizás tenga que agarrar coraje y salir una vez más al mundo —murmuró—. Me aprisioné yo mismo. Tengo que volver a empezar.Miró la hora: 2:30 a. m.Dejó el celular en la mesa de luz, se tapó la cabeza con las colchas y cerró los ojos.Lucas se despertó sobresaltado.Tardó unos segundos en ubicarse. Lo primero que notó fue que ya era de día: una claridad pálida se filtraba a través de las cortinas. Parpadeó un par de veces, todavía aturdido, y estiró la mano hacia la mesa de luz para agarrar el celular.La pantalla no respondió.Apretó el botón una vez más. Nada.—Lo que faltaba… —murmuró—. Me olvidé de cargarlo.Intentó prender el velador. La lámpara tampoco encendió. El cuarto seguía envuelto en una penumbra extraña, a pesar de la luz que entraba desde afuera.Frunció el ceño.—¿Se cortó la luz?Se levantó de la cama y fue hasta el interruptor de la pared. Lo accionó varias veces, pero no pasó nada. Ningún zumbido, ninguna señal.Suspiró, convencido.—Sí… se cortó.Abrió la puerta de su habitación y salió al pasillo.Entonces lo notó.El silencio.No era un silencio común. No se escuchaban pájaros, ni autos a lo lejos, ni perros ladrando, ni siquiera el sonido habitual de la casa. Todo estaba inmóvil, como detenido. Las cortinas seguían corridas, el televisor estaba apagado, confirmando la falta de luz… pero había algo más. Una calma demasiado profunda, incómoda.Lucas avanzó unos pasos.—¿Má? —llamó, sin alzar demasiado la voz.Nadie respondió.Pensó que tal vez todavía era temprano y que su madre y sus hermanos seguían durmiendo. Caminó hasta el cuarto de Lucía y abrió la puerta.La habitación estaba vacía.La cama hecha. Ningún rastro de ella.El estómago se le encogió un poco.Fue entonces al cuarto de sus hermanos. vacío también.Lucas se quedó parado en medio del pasillo, inmóvil.—¿Y adónde se fueron todos…? —se preguntó en voz baja.En ese mismo instante, algo se escuchó.Era una voz. O mejor dicho, eran varias.Un murmullo lejano, distorsionado, como si viniera desde todos lados a la vez. Voces superpuestas: la de un anciano, la de un hombre adulto, una mujer, un niño. Balbuceaban algo incomprensible, arrastrando las palabras, resonando en eco.Lucas pegó un salto.—¡¿Qué mierda?! —exclamó, con el corazón acelerado.Giró sobre sí mismo, buscando el origen del sonido. No había nadie. El murmullo se desvaneció tan rápido como había aparecido.El pánico lo atravesó de golpe.Salió corriendo de vuelta a su habitación, cerró la puerta de un portazo y apoyó la espalda contra ella, respirando agitado.—¿Qué carajos fue eso…? —susurró.Entonces, las voces volvieron.Lucas se tapó las orejas con las manos, apretando fuerte, como si así pudiera silenciarlas. Permaneció así unos segundos eternos, hasta que, de repente, el sonido cesó otra vez.Temblando, se animó a salir.—¿Mamá? ¿Thiago? ¿Emilia? —empezó a llamar, cada vez más fuerte.No hubo respuesta.La angustia empezó a crecerle en el pecho. Fue entonces cuando notó algo raro en la luz que entraba por la ventana del comedor. No era normal. Tenía un tono apagado, extraño.Se acercó y corrió la cortina.El día estaba… mal. Movido por una mezcla de miedo y curiosidad, salió de la casa.El cielo estaba completamente cubierto por nubes oscuras que reflejaban una luz azulada, irreal. No había viento, ni siquiera una brisa leve. No había autos, ni personas, ni ningún signo de vida. La calle estaba desierta.El silencio era absoluto.De pronto, las voces regresaron.Esta vez, todas al unísono.—Lucas.El nombre resonó en el aire, envolviéndolo.Lucas quedó paralizado en medio de la calle, girando la cabeza desesperado. Las voces parecían provenir de todas partes al mismo tiempo, repitiendo su nombre una y otra vez, como si fueran una sola.—¿Quién…? —gritó—. ¿Quién me llama?Las voces cambiaron. Se volvieron más graves, profundas, casi monstruosas.—Lucas.Antes de poder reaccionar, sintió una fuerza invisible que lo levantó del suelo. Su cuerpo se elevó sin resistencia, como si no pesara nada. Las nubes se abrieron de golpe y el cielo se iluminó.El sol apareció.No era amarillo.Era una enorme esfera de fuego azul que cubría todo el firmamento, rodeada por rayos negros que se extendían hacia afuera como grietas vivas en el cielo.Lucas sintió un latido atravesarle el cuerpo entero. Luego otro. Y otro. Un dolor insoportable lo consumió desde adentro, como si sus órganos, sus huesos, cada parte de él estuviera ardiendo.Gritó.Mientras el dolor lo deshacía, un pensamiento se le cruzó por la mente:¿Así que este es el fin?.