Alfiler de Perlas

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Sinopsis

¿Qué harías si tu exmejor amiga te llama para proponerte un canje: el perdón a cambio del hombre que siempre has amado? Luisa Escalante de la Garza dirige una exitosa boutique de vestidos de novia y comparte su existencia con una socia implacable: Lulú, una pequeña cara parlante incrustada en su propio rostro. Ambas habitan un mismo cuerpo, pero comparten una única obsesión: Yanis Font, el amor de juventud que marco a Luisa para siempre. Cada 2 de diciembre, Luisa cose en secreto un traje para sí misma, alimentando la promesa de una fuga amorosa que nunca ocurrió. Sin embargo, su rutina de silencios y encajes se rompe con una llamada del pasado. Mariana Céspedes, la antigua amiga que arruinó su adolescencia, agoniza en el Hospital Metropolitano Cristiano. Mariana le suplica perdón antes de morir y le ofrece algo imposible a cambio: Yanis, el hombre que Luisa lleva veintidós años esperando. Arrastrada por el odio y la voz insaciable de Lulú, Luisa entra al hospital sin imaginar que todo forma parte de una trampa. Allí, ha sido elegida como la víctima propiciatoria de un retorcido ritual sexual y deseos nunca consumados.

Estado:
En proceso
Capítulos:
14
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El llamado de la moribunda

Luisa sostenía el auricular del teléfono entre el hombro y la oreja mientras la pequeña boca incrustada en su mejilla izquierda mascullaba reproches a cada clienta que llamaba.

—¿Rebajas? — rezongó Lulú—. La última vez que dimos rebajas fue a Diana la desagradecida, y ni a la boda te invitó.

—¿Vestidos de primera comunión? —continuó la boca—. ¿No saben leer? Esto es Mundo Novia.

—¿Un intercambio con una influencer? ¡No somos beneficencia!

Años atrás aquellas impertinencias la enloquecían. Ahora le bastaba con respirar hondo y recordar que solo ella podía escuchar a Lulú.

Luisa siguió tomando medidas sobre el maniquí y contestando el teléfono alternativamente, como si no oyera nada. Como era tradición en su negocio, les había dado el día libre a sus empleadas. A puerta cerrada, trabajaba en chándal y descalza. Quería estar sola y cómoda para terminar el vestido de novia del dos de diciembre. Antes de la una de la tarde.

Miró el reloj de agujas de la pared: las doce y cuarenta y cinco. Última puntada.

Salió del taller de costura en la trastienda, llevando en un gancho el atuendo bien planchado. Subió al escaparate frontal y colocó el vestido recién terminado al maniquí de la vitrina. El reloj de cuco de la pared en la sala de exposición dio la una de la tarde. Luisa sonrió satisfecha y se dijo con esperanza: «Tienes que volver por mí».

Al bajar del aparador, Luisa se detuvo al oír el viento alisio arrastrar hojas sobre el techo con el sonido de arañazos metálicos. «Los Nortes», los llamaba su abuela, «y siempre traen voces antiguas».

La quinta llamada de ese día no fue de una clienta.

—Boutique Mundo Novia. La atiende Luisa Escalante de la Garza —dijo, estremeciéndose, como si aquel viento helado hubiera entrado por su espalda. La pequeña boca en su mejilla se frunció.

Del otro lado de la línea, llegó una respiración húmeda, trabajosa, seguida de una tos que parecía arrancada del fondo del pecho.

—Por favor... necesito que vengas al hospital.

La impresión hizo que Luisa se picara el dorso de la mano con una aguja. Contuvo un insulto y clavó la aguja en el alfiletero, con furia. Había reconocido esa voz aunque ahora la escuchara al otro lado del tiempo.

Mariana Arce Céspedes.

No la veía desde hacía veintidós años. No se hablaban desde el día en que le arruinó la vida.

—¿Anda para qué quiero ir a un hospital? —preguntó fingiendo indiferencia comercial—. Si no va a comprar nada, no vuelva a llamar, señora.

Ruborizada por verse expuesta igual que cuando era adolescente, Luisa apuntó el mando hacia el escaparate y una cortina de acero descendió automáticamente sobre él, ocultándolo del mundo exterior. El interior de la tienda se quedó en penumbras.

Iba a colgar cuando la tos regresó, más violenta. Después vino un jadeo pequeño, vergonoso. Contra su voluntad, Luisa preguntó:

—¿Qué te pasa?

—Nada que no se resuelva dentro de muy poco —suspiró Mariana—. Gracias, Luisa. Sigues siendo la misma chica buena.

Lulú enseñó los dientes.

—Dile que le tengo un buen remedio. Estricnina.

Luisa apretó la mandíbula. Años enteros intentando arrancarse de encima aquella etiqueta. Chica buena. La que perdona. La que calla. La que pierde.

—¿Qué quieres? —dijo Luisa, fingiendo ecuanimidad.

«Precisamente hoy», pensó. Y sintió ganas de llorar.

—Cumplir la promesa que te hice hace años.

Las manos de Luisa empezaron a sudar.

—No me importa.

—Sí te importa. Lo sigues esperando.

Los latidos de su corazón se aceleraron.

Mariana tosió otra vez y luego remató, con una crueldad intacta:

—Cada dos de diciembre te coses un vestido de novia. No para venderlo. Para estar lista por si él regresa.

Luisa se tuvo que sostener de la mesa de corte.

—Cállate. ¿Quién te ha contado todo eso? ¡No tienes por qué saberlo!

—También te pones la lencería blanca. Por si llama a tu puerta de noche.

—¡Cállate!

—Hablé con él, Luisa. Lo convencí.

Lulú empezó a reír incrédula.

—Miente. Es otro de sus trucos.

Luisa cerró los ojos.

—No te creo. ¿Por qué debería creerte?

La respuesta consiguió que Luisa sonriera y se sobresaltara a la vez.

—Me estoy muriendo, Luisa. Él está aquí conmigo. Si tardas... volverás a perderlo.