El comienzo del destino.
más, a diferencia de ti, yo no tengo una propuesta a punto de concretarse.
—Mi relación con Aarón fue bastante rápida… es muy similar a mí —la expresión de Damara delataba su entusiasmo—. Empiezo a amarlo. Es muy bien educado, sus modales en la mesa son impecables, y además tiene el don de la buena conversación.
—Me alegra mucho por ti —respondió Isabela con una sonrisa suave.
Damara bajó la mirada, inquieta.
—Eres la mayor… siento que esto debería afectarte más a ti, por tu posición en la familia. Tú deberías casarte primero. No sé qué dirá la sociedad… pero te prometo que intentaré contener los chismes.
Isabela negó con suavidad.
—No me importa. Sabes bien que no deseo casarme aún. Ir al internado a estudiar es lo que más quiero en este momento. Quiero prepararme… ser útil para el ducado.
En ese instante, la diferencia entre ambas hermanas se hacía evidente: mientras una soñaba con el amor y la vida en sociedad, la otra anhelaba algo más silencioso, pero no menos importante.
Al día siguiente, el ambiente no mejoró. La tristeza se había instalado en cada rincón de la casa, y las lágrimas ya no se ocultaban.
—¿Abuela? —Isabela abrazó a Elisa—. Te suplico que no llores… no podré partir si te veo así.
—Perdóname, mi niña… te voy a extrañar —respondió Elisa con una sonrisa temblorosa—. Pero sé que es lo que más deseas. Es una bendición que te hayan aceptado a mitad del curso.
—Trataré de ponerme al corriente lo antes posible —contestó Isabela.
—Sé que no te será difícil. Eres un ratón de biblioteca, hermana —intervino Damara con una leve sonrisa, sosteniendo una pequeña caja de terciopelo azul.
Isabela la miró con curiosidad.
—¿Es tu anillo de compromiso?
—Le pedí que lo trajera de la caja fuerte —se adelantó el duque Eduardo. Damara le entregó la caja—. Era de mi madre. Me lo confió para uno de mis hijos… y ahora es tuyo.
Isabela la tomó con cuidado y la abrió. En su interior reposaba un delicado anillo, grabado con el sello de la familia.
—¿Por qué me lo das? —preguntó, confundida.
—Eres el futuro de esta familia —respondió el duque con firmeza—. Tu posición y tu reputación nos representan a todos. Irás a un lugar desconocido, rodeada de jóvenes nobles que buscarán acercarse a ti. Antes de tomar cualquier decisión, debes recordar que cada paso que des se reflejará en tu futuro… y en el nuestro.
Sus palabras no fueron un consuelo, sino una advertencia.
—Lo que tu abuelo quiere decir —añadió Lilia, entrando del brazo de Sebastián—, es que no te comprometas con nadie… y mucho menos con alguien inferior a tu rango.
—Como yo —intervino Sebastián, con una ligera sonrisa.
—Papá… —Isabela suspiró.
—Eso no es verdad —corrigió Eduardo de inmediato—. Estoy muy conforme con tu padre. Es un buen hombre y ama a tu madre, algo poco común en nuestra sociedad. Quiero eso para ti: una buena vida, independencia… y un amor que te haga desear formar una familia. Pero no antes de que estés lista para asumir el ducado. Primero debes prepararte.
Isabela asintió.
—Lo entiendo. Prometo esforzarme
Los abrazó uno a uno, consciente de que pasarían años antes de volver a verlos.
Y mientras el carruaje la esperaba afuera, Isabela comprendió que no solo dejaba su hogar…
También comenzaba a cargar con el peso de todo aquello que la familia De La Torre esperaba de ella.