Introducción
Despierto una mañana calurosa, escuchando a los pájaros cantar, los carros tocar el claxon y el ruido de una ciudad que nunca parece detenerse. Camino hacia el espejo del baño y observo mi reflejo, pero no veo únicamente al hombre que soy hoy; veo también al niño que fui antes. Ese niño que necesitaba un abrazo, ayuda para vestirse, el que lloraba por miedo, el que se asustaba con facilidad y pensaba que el mundo era mucho más pequeño de lo que realmente era.
Ese niño todavía vive dentro de mí. No desapareció con el tiempo ni con las responsabilidades. Simplemente aprendió a guardar silencio mientras la vida avanzaba demasiado rápido. Hoy, al verme frente al espejo, entiendo que no solamente crecí yo; también cambió el mundo.
Antes, las familias se reunían en casa para celebrar la Navidad alrededor de una mesa sencilla. No importaba si la cena era humilde; lo importante era estar juntos. Hoy, muchas veces esperamos esas fechas para viajar, presumir fotografías o buscar experiencias más caras y rápidas. Antes heredábamos ropa de nuestros hermanos mayores y eso era normal; ahora vivimos rodeados de marcas, tendencias y redes sociales que nos hacen sentir que nunca es suficiente.
Vivimos en un mundo globalizado donde todo cambia constantemente. Las costumbres, la manera de convivir, las relaciones humanas y hasta los sueños parecen moverse al ritmo del mercado y la tecnología. A veces parece que el mundo avanza demasiado rápido y nosotros apenas intentamos alcanzarlo.
Mi historia también cambió con ese mundo. La muerte de mi padre marcó un antes y un después en mi vida. Más adelante también perdí a mi abuela, una de las personas que más amor me dio. Desde entonces entendí que crecer no solamente significa cumplir años, sino aprender a sobrevivir incluso cuando el dolor todavía sigue presente.
A los veinte años tuve que trabajar mientras veía cómo otras personas de mi edad podían estudiar sin preocuparse tanto por el dinero o las responsabilidades familiares. Muchas veces sentí que mis sueños se alejaban, pero seguí adelante. Hoy, a mis veintiséis años, finalmente estoy cumpliendo uno de mis mayores sueños: estudiar Relaciones Internacionales.
Y mientras estudio el mundo, también entiendo mi propia historia. Comprendo cómo ciertos eventos vuelven a repetirse, cómo las crisis transforman sociedades enteras y cómo la humanidad parece olvidar rápidamente las lecciones del pasado. La pandemia, las guerras, la desigualdad, la migración y las crisis económicas son ejemplos de un sistema global que conecta a todos, pero que también puede romperse de un momento a otro.
Este ensayo no solamente habla de la globalización. Habla también de mi niño interior observando cómo el mundo se transforma. Habla de la nostalgia, del dolor, del crecimiento y de la forma en que las experiencias personales también se conectan con los cambios internacionales. Porque, al final, entender el mundo también es entendernos a nosotros mismos.