Capítulo I: Cuando el Mundo aprendió a congelarse.
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Sucumbida en la desgracia, miedo, terror y desesperanza se encontraba el mundo, la primavera había dejado de florecer, el verano de brindar calor y el otoño de envejecer, ¿Por qué?, porque el invierno los había congelado en el tiempo y dado paso con voracidad, el invierno no había llegado como una tormenta, no hubo truenos que anunciara su venida, no aparecieron advertencias y mucho menos dioses descendiendo para anunciar el fin, el invierno simplemente llego, fuerte, voraz y como un posible error.
Primero, el frio se volvió persistente, extraño y desconocido, los inviernos en las ciudades se alargaron de manera inesperada, al principio duraron apenas unas semanas, luego meses hasta atraer la catástrofe.
Las cosechas humanas se vieron terriblemente afectadas, hambruna en todo su esplendor, los animales, ya sean grandes u pequeños migraron o murieron en el camino y los ríos… los ríos se congelaron de manera permanente.
La humanidad resistiendo, hasta que el frio que se suponía debía ser una sola estación, se quedó para siempre, cubriendo, tapando y bañando el mundo entero en una total capa de hielo, nieve y escarcha eterna que arrasaba con una fuerza descomunal a todo aquel que se interpusiera en su camino y así, convertirlo en su total voluntad..
La primera ciudad en caer no fue tomada por la majestuosa nieve blanquecina, sino más bien por el silencio que sus habitantes había hecho al ir perdiendo la vida de manera lenta y desesperada, no importaba cuantas prendas se pusieran, el viento helado los mataba en segundos y pese a tener puertas cerradas, las hogueras eran cruelmente apagadas por la fría brisa del invierno.
El mundo cambio su forma total de nombrar las cosas, el frio ya no era clima y el invierno ya no era simple estación, era presencia.
Y entonces, aparecieron, no emergieron y mucho menos nacieron, ellos ya estaban ahí desde antes.
En los bordes del bosque blanquizo, entre la ventisca fría y en el reflejo del hielo, las sombras que no proyectaban sombra en si se hicieron presentes, formas que no debían sostenerse estaban ahí, temibles y aterradoras criaturas hechas de lo que el invierno olvido al crear vida.
Los primeros humanos en verlos no lograron sobrevivir lo suficiente para describirlas, gruñían y mataban sin misericordia alguna.
Los segundos tampoco lo lograron, pero los terceros aprendieron y entendieron gracias al sacrificio de los demás.
Aprendieron, comprendieron y estudiaron a no mirar directamente, a no seguir huellas que no dejaban rastro en la nieve blanquecina y a no escucha cuando el congelante viento pronunciaba e susurraba nombres que nadie jamás había dicho antes.
Los llamaron de muchas formas, pero ninguno era correcto; sin embargo, todas significaban lo mismo: Muerte que caminaba y atacaba sin dudar.
Para cuando los reinos entendieron lo que ocurría y la gravedad de la situación, ya era demasiando tarde y solo quedaba resistir.
Elyndor fue uno de los últimos reinados en caer, no por fuerza, sino por terquedad.
Sus murallas seguían en pie, débiles pero en pie, sus maravillosas torres aun perforaban el cielo gris y en el corazón de cada ciudadano latía la voluntad de seguir adelante y pelear por su vida.
Pero incluso ahí, en aquel ultimo reinado en pie, el invierno arraso.
No como un enemigo. Como un inesperado y activo huésped.
Las calles que antes solían rebosar de vida, ahora estaban cubiertas de total nieve escarchada.
Cada puerta de hogar que se abría era un riesgo para los habitantes, cada débil fuego encendido una poderosa esperanza a la cual aferrarse, cada lenta y casi inexistente respiración humana lanzada en el aire, una letal cuenta regresiva y esto mismo carcomía al príncipe heredero de dicho reinado.
De nombre Kaelan Arvarth, Hijo único y príncipe heredero del imperio de Elyndor, se encontraba en lo alto del bastión, observando, analizando y sufriendo el dolor de su pueblo entero.
El viento golpeaba contra la piedra caliza de su enorme y majestuoso castillo y el cual se encontraba actualmente cubierto de nieve escarchada, tratando siempre de buscar grietas donde le permitiesen cruzar y contaminar el gran palacio imperial.
➤Han vuelto a moverse, Su alteza imperial.
Exclamo la voz de su capitán principal, pero Kaelan no giró y tampoco volteo a mirarlo.
➤¿Dónde?
Preguntó.
➤En el bosque del norte, mas cerca que antes, Su Alteza.
Silencio total.
➤¿Cuántos?
Volvió a preguntar el príncipe, pero esta vez, la respuesta tardo demasiado en llegar
➤N-no lo sabemos, Su Alteza.
Confirmó el hombre y hacer que Kaelan cerrase los ojos un breve instante, no por miedo, sino por cansancio, dolor y tristeza.
➤Entonces…. ¿No son pocos, cierto?
Cuestionó y al fin girarse hacia el hombre, quien rápidamente realizo una respetuosa reverencia ante el monarca y mantener la mirada baja.
➤ Perdimos otra patrulla por mis descuidos, Su Alteza, perdone mi incompetencia, por favor, mi señor.
Rogó el hombre y al mismo tiempo se arrodillaba, pero Kaelan detuvo a su capitán antes de que este lograse consumar el acto, el príncipe simplemente asintió, sonrió levemente y se alejo un poco de él, como si entendiese por completo a su capitán de sus actos, no preguntó nombres, había dejado de hacerlo hace muchos días atrás.
➤Refuercen las murallas interiores.
➤Pero eso no los detendrá, Su Alteza Imperial.
➤Lo sé.
Respondió Kaelan mientras se acercaba al borde e miraba nuevamente hacia abajo el cómo algunos ciudadanos sonreían, la ciudad seguía viva, de pie y con un poco de esperanza, de alguna forma, había logrado un poco que niños continuasen corriendo, lento pero jugando, que las personas hablasen, tal vez en voz baja pero que al menos se comunicaban y que hogueras continuasen encendidas, no muy fuertes pero encendidas y protegidas, vida reducida a lo mínimo necesario, pero había un poco de vida.
➤¿Y el sur?
➤Congelado, Su Alteza.
Un golpe de tristeza y otra palabra que ya no significaba lo mismo, Kaelan suspiró agitado, apoyó las manos en la piedra fría, sintió el hielo morder parte de su piel pero no se apartó.
➤Entonces no hay rutas.
➤No, Alteza.
Silencio otra vez, más pesado que antes.
➤Su Alteza? Disculpe mi atrevimiento, pero …. ¿Cuánto tiempo?
Cuestionó finalmente el capitán con un ligero y preocupado tono de voz y no recibir una respuesta inmediata por parte del Príncipe Heredero, no porque el monarca no desease responder, sino porque no había respuesta concreta a la pregunta de su capitán, pero aun así, Kaelan la dio.
➤Lo suficiente.
Dijo el monarca; sin embargo, no era verdad, pero era lo único que quedaba por hacer y tratar de mantener con vida y seguridad a su ya débil imperio.
Esa misma noche, el invierno avanzó, no como siempre y mucho menos en silencio, algo había cambiado, el viento frio dejo de arrastrarse y comenzó a empujar con una extraña fuerza, como si hubiese escuchado el ultimo recurso que el príncipe heredero había ordenado hacer, las murallas temblaron, no con impacto, sino más bien con increíble presión.
Y en la distancia, a más allá de la nieve y más allá del bosque, algo se movía, grande, peligroso y amenazante, no como criatura y tampoco como ejército, solo con fuerte intención.
Y Kaelan lo vio, apenas, una forma imposible de imaginar; y de entre la tormenta de nieve que empezó a arrasar con fuerza y por primera vez desde que todo había iniciado, Kaelan sintió algo diferente al cansancio.
Miedo, pánico y muerte, no por él, por sus ciudadanos, por su imperio, y por lo que venía.
Y en algún lugar que no pertenecía al mundo humano y en los mas altos coros del cielo, una orden estaba siendo otorgada.
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