Recuerdos de un alma

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Sinopsis

Tadeo es un niño perseguido por visiones de un pasado que no le pertenece. Un pasillo oscuro, una presencia que lo acecha y el eco de una vida que no debería conocer. Años después, un joven despierta en una realidad marcada por el olvido. Pero los fragmentos de una memoria ajena comienzan a emerger, obligándolo a confrontar una verdad que ha estado oculta durante décadas. Dos tiempos unidos por un secreto que se niega a descansar. Una historia donde la frontera entre la vigilia y el sueño es tan frágil como la propia identidad. https://www.amazon.com.mx/dp/B0H2FQZGYP

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Completado
Capítulos:
5
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Clasificación por edades:
18+

Cap. 1 Un día en la escuela


Era la hora del recreo. Los rayos del sol caían intensamente sobre el patio. Los niños y niñas dejaban oír sus agudos gritos por todo el lugar. Brincaban, reían y corrían; los columpios rechinaban con cada movimiento, como un lamento metálico que se mezclaba con el bullicio. Entre aquel ruido se escuchaba también el golpeteo de un balón que chocaba, de vez en cuando, contra el cemento.

El patio de juegos era considerablemente grande. Tenía una pequeña cancha de fútbol rápido, un área verde con pasto bien cuidado y, por un costado, algunos columpios y un pasamanos donde los niños jugaban sin parar.

Pero Tadeo yacía sentado en una banca, contemplando la nada. Sus ojos se perdían entre las carreras de sus compañeros, ajeno al mundo al que todos parecían pertenecer, menos él. A un costado tenía su almuerzo intacto; no había dado ni una sola mordida.

De pronto, una pelota golpeó su cabeza. El dolor fue leve, pero lo sacó de sus pensamientos.

—¡Tadeo! —gritó David desde la cancha—. ¿Vas a jugar o qué? ¡Mueve el trasero amigo, que nos están masacrando!

Tadeo se puso de pie de un salto; alzó las cejas y sus ojos se abrieron como platos.

—¿Qué? ¿En serio? —exclamó.

—Sí —le contestó—. Apúrate, vamos perdiendo. ¡Saúl es muy mal portero!

—¡Oye! ¡Y ustedes son pésimos para defender! —dijo Saúl, frunciendo el ceño.

—¡Que se venga de portero! —gritó otro niño.

—Ve por la pelota, cayó por allá —señaló Tobías.

Tadeo corrió hacia el balón, que había rodado hasta detenerse junto a unos arbustos floridos. Cerca de allí, un grupo de niñas reía mientras otras saltaban la cuerda. Una de ellas volteó al ver la pelota; se acercó curiosa antes de que él llegara y la levantó. Lo miró a los ojos y sonrió.

—Ten… —Zussy le extendió el balón, pero lo sostuvo un segundo más de la cuenta—.

Te he visto solo varios días… ¿estás bien? —dijo, sin mirarlo, mientras jugueteaba con sus pies.

—Sí, no es nada… —respondió Tadeo, bajando la mirada—. Creo que solo estoy un poco cansado.

—¿Te gustaría jugar con nosotras? —preguntó Zussy, señalando a sus amigas.

—Tal vez otro día. Ahora creo que jugaré fútbol, pero gracias —respondió antes de correr hacia la cancha.

Zussy lo siguió con la mirada un instante. Quiso decirle algo más, pero no se atrevió.

Comenzaron a jugar, pero la mente de Tadeo parecía en otra parte; a veces se quedaba más tiempo del necesario contemplando a un niño o el movimiento de sus tenis al correr.

De pronto, un chico se acercó velozmente, burlando la defensa, y tiró. Aun así, Tadeo logró atajarlo, pero al intentar despejar, su pie apenas rozó el balón; este avanzó unos metros y quedó en posesión de un delantero del equipo contrario. Trató de recuperarlo, pero su oponente fue más rápido y anotó gol.

Sonó la alarma del recreo y, camino al salón, sus amigos le reclamaron:

—¡Perdimos por culpa de Tadeo! —gritó Tobías.

—¡No es cierto! —protestó él—. Ya iban perdiendo.

—Pero por tu culpa perdimos más. Se hubiera quedado Saúl de portero.

—¿Ven? Se los dije —exclamó Saúl.

—¡Cállate, Saúl! —dijo otro niño.

—¡Déjenme en paz! —respondió Tadeo, frunciendo el ceño y entrando al salón.

Era un aula amplia y colorida. Los pupitres estaban bien alineados y, a primera vista, no había deterioro en las instalaciones. Al entrar, dejaron de discutir.

La maestra era una mujer joven. Lucía un vestido largo y vistoso. Su semblante era dulce y tierno, pero su voz no lo era tanto. En cuanto escuchó el alboroto, pidió silencio y procedió con la clase.

—Muy bien, niños, abran su libro en la página 32 —dijo la maestra—:

“El ojo que piensa una línea es un punto que se pone a caminar.” Esto lo dijo el artista Paul Klee…

Ella continuó leyendo.

Tadeo sostenía la barbilla, la cabeza ligeramente inclinada; los ojos fijos en el pizarrón… pero ausentes.

En el aire, una mota de polvo danzaba dentro de un rayo de sol: subía, bajaba, giraba.

El mundo se le fue apagando alrededor. La voz de la maestra se volvió un zumbido lejano, diluido entre los murmullos.

La maestra lo observó y notó que estaba distraído.

—Tadeo —dijo—, ¿qué formas ves en el dibujo?

Él parpadeó, sacudiendo ligeramente la cabeza.

—¿Eh? ¿En qué página estamos, maestra?

—En la 35.

—Ah… estas parecen unas macetitas —respondió.

—Muy bien. ¿Puedes leer el siguiente párrafo?

Tadeo leyó con esfuerzo; aún no dominaba bien la lectura.

—Gracias, Tadeo. Zussy, por favor, continúa tú.

Zussy tardó un instante en reaccionar. Estaba mirando de reojo el perfil de Tadeo, con la punta del lápiz rozando sus labios. Cuando escuchó su nombre, dio un pequeño respingo y buscó la línea en el libro a toda prisa, avergonzada.

La clase avanzó y, finalmente, sonó el timbre. Los niños se levantaron rápidamente. Los pupitres se movían en todas direcciones; se escuchaba el sonido del metal friccionando contra el suelo.

—Con calma, niños. Acomoden sus pupitres y guarden sus cosas. No salgan corriendo, vamos a hacer una fila —indicó la maestra.

Tadeo se quedó guardando sus cosas, apacible. Los que estaban formados ya habían salido; él era de los últimos. Justo cuando estaba por irse, la maestra lo llamó:

—Tadeo, ¿puedes venir un segundo?

—¿Estás bien? Te noto distraído últimamente. Participas menos y parece que algo te preocupa. ¿Pasa algo con algún compañero o en casa?

—No, maestra, estoy bien. Dijo con la mirada baja.

—¿Seguro? —insistió—. ¿Hay algo que quieras contarme?

Tadeo negó con la cabeza.

Ella suspiró y buscó algo entre sus cosas.

—Bueno —dijo, sacando una hoja—. Quiero que lleves esta nota a tus padres, ¿de acuerdo?

Tadeo asintió y guardó la hoja en su mochila.

Las puertas de la escuela se abrieron y los niños comenzaron a salir como un río alegre que corría hacia la libertad. Entre ese mar de personas, Tadeo levantó la mirada y la encontró ahí, haciéndole una seña con la mano: era su mamá, que lo esperaba junto al auto. En cuanto la vio, su cara se iluminó y corrió hacia ella.

—¿Cómo te fue en la escuela, corazón? —preguntó con una sonrisa.

—Bien, mamá.

—Qué bueno, amor. Sube al auto.

—¿Te dejaron tarea? —preguntó mientras manejaba.

—Sí… ¿puedo hacerla después de jugar?

—No, ya sabes que primero se hace la tarea. Después puedes jugar.

—Ok… está bien, ma —respondió él, con los hombros caídos.

Alexa lo miró de reojo y sonrió.

—Eres igual a tu padre, siempre quieres dejar lo difícil para después.

—No es difícil —dijo Tadeo, riendo—, solo aburrido.

Mientras hablaban, un automóvil apareció de golpe, cortándoles el paso. Alexa giró el volante tan rápido que el cinturón le apretó el pecho. El chirrido de las llantas les perforó los oídos, Asustada, tocó el claxon.

—¡Dios! ¡Deberían tener más cuidado! ¡Casi nos chocan!

Tadeo se aferró al asiento.

—¿Estás bien, ma?

—Sí, solo fue un susto…

Siguieron conduciendo hasta llegar a una casa muy bonita, modestamente amplia y de color blanco. La entrada era de asfalto decorado con piedra; el pequeño camino de la cochera a la puerta estaba rodeado de flores de distintos colores. A un costado de la casa había un jardín con una mesa de metal y un par de sillas.

Tadeo entró corriendo antes que su mamá.

—¡Espera, Tadeo! ¿Por qué tanta prisa? Ven, ayúdame a bajar unas cosas del carro.

—Mi papá dijo que hoy iba a salir temprano de trabajar, por eso quiero terminar la tarea antes, para jugar con él —explicó Tadeo.

—No deberías confiarte tanto. Sabes que a veces se queda más tiempo.

—Pero me lo prometió. Sé que lo hará —respondió Tadeo, con el ceño fruncido.

Ya dentro de la casa, Alexa acomodaba las compras mientras Tadeo hacía la tarea. Notó que la lonchera estaba intacta.

—Tadeo… ¿por qué no te comiste tu lonche?

—No tenía hambre, ma —contestó en voz baja.

—Te he dicho que no me gusta que dejes tu comida. Es la tercera vez que lo haces este mes. Ven, te voy a preparar algo.

—Está bien —dijo, mientras sacaba algo de su mochila—. La maestra me dio esto —agregó, entregándole una hoja.

Alexa la tomó y la leyó en silencio.

Levantó la mirada, suspiró y miró a su hijo.

—¿Qué pasa, Tadeo? ¿Por qué no estás poniendo atención en clase? ¿Tiene que ver con las noches en las que no puedes dormir?

Tadeo se encogió de hombros.

—No sé… tal vez —balbuceó.

—Ya van varias veces que te pasa. Creo que necesitas dormir más temprano… y nada de ver televisión antes de dormir.

—Sí, mamá… está bien.

Más tarde, el sol comenzaba a ocultarse.

Tadeo se acercó a la puerta del patio y se asomó al exterior. Se quedó un momento sujetando la malla, sin moverse.

Al poco tiempo regresó al centro del patio con los hombros caídos y se tumbó en el suelo. Comenzó a jugar en la arena con unos carros y camiones que tenía cerca. Al rodar uno de ellos, lo rompió por accidente.

El “crack” del plástico al romperse le devolvió un eco extraño en la cabeza.

Se quedó con las llantas en una mano y el chasis en la otra; lo miró fijamente, y un escalofrío le recorrió la espalda.

Un vestigio amargo intentó volver…

algo parecido a un recuerdo, o a una sensación que no sabía nombrar, pero se le escurría antes de poder alcanzarlo.

El cielo se teñía de tonos naranjas y rosados. Desde la ventana del comedor, Alexa lo observaba con ternura mientras secaba unos platos. Le parecía que el niño pasaba demasiado tiempo pensando para su edad.

En ese momento se escuchó cómo se abría la puerta del patio.

—¡Papá, papá! —gritó Tadeo, corriendo a abrazarlo—. ¡Sí llegaste!

El papá sonrió y le revolvió el cabello con la mano.

—Sí, chaparro, una promesa es una promesa.

—Ven, vamos a jugar —dijo Tadeo, sujetándolo del brazo.

La noche estaba por caer. Apenas los últimos rayos de luz iluminaban el pasto. Ambos se quedaron, jugando con una pelota. Ambos sonreían y reían.

—¿Vas a salir más temprano mañana? —preguntó Tadeo—. Mamá me dijo que tengo que dormir más temprano…

—No creo, hijo. Hemos tenido mucho trabajo… —dijo, bajando la mirada—. Pero te prometo que el fin de semana te compensaré —continuó con una sonrisa.

—Ok…-murmuró.

Jugaron un rato más hasta que anocheció por completo. Desde la entrada se escuchó la voz de su mamá:

—¡Tadeo, ya es hora de cenar!

—¡Mamá, pero estamos jugando!

—¿Y qué hablamos esta tarde?

Tadeo apretó los labios, arrojó la pelota al suelo y entró con paso brusco a la casa.

El papá lo siguió con la mirada, una ceja apenas levantada, hasta que entró a la casa y preguntó:

—¿Qué fue lo que hablaron?

—Parece que Tadeo está algo distraído en la escuela y no quiero que duerma tan tarde —respondió Alexa.

—Tal vez solo está pasando por una etapa. Los niños a veces se distraen sin razón. No te preocupes tanto.

—Mmm… tal vez tengas razón, pero no deberíamos ignorarlo. La semana pasada lo escuché en la madrugada hablando solo mientras dormía.

—Eso sí es raro —dijo Hank, inclinando la cabeza.

Más tarde, después de cenar, Alexa y Hank estaban en la mesa. Ella le enseñó la nota.

—Mira lo que me dio la maestra de Tadeo —dijo, pasándosela.

Hank la leyó con atención.

—Tienes que hablar con el niño, algo le preocupa —agregó ella.

—Sí… y si la maestra lo notó, entonces no es cualquier cosa. Ahorita voy a hablar con él —respondió el papá, terminando su café.

Se levantó y caminó hacia la habitación del niño. Tocó la puerta suavemente.

—¿Puedo entrar? —preguntó, mientras asomaba la cabeza.

Las paredes del cuarto eran de color azul cielo. A un costado había un clóset con algunas estampas pegadas en la puerta. Se apreciaba un buró al lado derecho de la cama, con un vaso de agua, y un estante del otro lado donde estaban guardados y bien acomodados todos sus juguetes; apenas había una que otra cosa fuera de lugar.

—Hola, campeón, ¿cómo estás? —se acercó y se sentó a su lado.

—Bien, papá.

—¿Seguro? Tu mamá me enseñó la nota de la maestra. Dice que no has puesto atención en clases… ¿es verdad?

Tadeo guardo silencio unos segundos.

—¿Sucede algo que quieras contarme? No pasa nada, hijo. Puedes confiar en mí, cuéntamelo.

El niño bajó la mirada, apretando levemente la sábana y moviendo los pies.

—¿Esto tiene algo que ver con esos sueños que has tenido? —preguntó Hank, más serio.

—Sí… y esta vez se sintió muy real —susurró.

—¿Sobre qué era?

—No lo sé… nunca veo nada claro. Solo escucho muchos gritos, peleas, risas… como burlas a veces… y alguien siempre me grita y me dice cosas feas. Es la figura de una persona grande… nunca logro verla bien.

—¿Y quién es esa persona?

—No lo sé, papá… es como si fueras tú, pero tú nunca me gritas.

El papá lo abrazó.

—No, hijo, yo nunca haría eso. Tranquilo, no tienes que preocuparte. Es solo un sueño, nada más.

Tadeo lo interrumpió con un murmullo:

—Me asusta mucho estar ahí… ¿y si no regreso? —balbuceó.

—Claro que regresarás, chaparro. Nada de eso es real —dijo Hank con una sonrisa.

El padre se quedó pensativo unos segundos y luego acarició la cabeza del niño.

—Duerme tranquilo y trata de pensar en otra cosa. Hoy no soñarás con eso, ya lo verás.

—Está bien, papá.

—Descansa, para que mañana no estés distraído en la escuela. Si pones atención, el fin de semana te compro ese postre que tanto te gusta, ¿sí?

Tadeo sonrió, un poco más tranquilo, y asintió.

Hank apagó la luz y salió despacio, cerrando la puerta.

Tadeo se quedó mirando el techo. La sombra del marco de la ventana se alargaba sobre la pared, formando una silueta que se movía con el reflejo de los faros de un auto que pasaba afuera.

A veces, aquella sombra parecía cambiar de forma por apenas un segundo, lo suficiente para convencerlo de que no era normal. Tadeo apretó la cobija contra su cuerpo y se cubrió el rostro.

Cerró los ojos y trató de dormir.