La chica invisible
Prólogo: La chica invisible
Hace siete años: la noche en que Nadine sanó por primera vez el jardín sagrado
Elara tenía doce años y estaba acostumbrada a que nadie la notara. La casa de la manada estaba llena esa noche; los lobos se habían reunido para una celebración que ella no entendía. Algo sobre la nueva pareja del alfa, una mujer humana de ojos verdes y manos manchadas de tierra. Nadine. La florista de la tienda del pueblo.
«Quédate fuera del camino», le había dicho su madre, sin maldad. Solo estaba cansada. Su madre siempre estaba cansada. Así que Elara se mantuvo al margen. Se escabulló por el gran salón sin ser vista, entre piernas y alrededor de las mesas, hasta que llegó a la puerta trasera. El aire frío golpeó su rostro, puro y cortante. Lo respiró hondo, agradecida por el silencio.
El jardín sagrado era su escondite. Ya nadie venía aquí. La tierra se había vuelto estéril, las flores estaban muertas y la fuente seca. Los ancianos decían que la magia de la manada se estaba apagando. Elara no entendía de magia. Solo sabía que el jardín se sentía triste, y que los lugares tristes entienden a las chicas tristes. Se sentó en el borde de la fuente seca, con las piernas colgando y las manos sobre el regazo.
Invisible, pensó. Eso es lo que soy. Invisible.
Entonces la puerta se abrió. Elara se agachó detrás de la fuente, con el corazón acelerado. Se suponía que ella no debía estar allí. Nadie debía estar allí. Nadine entró en el jardín. La pareja del alfa estaba sola. Llevaba el pelo castaño suelto, el rostro pálido y las manos le temblaban. Parecía perdida, como si no perteneciera a ese lugar, como si buscara algo que no sabía nombrar.
Elara contuvo el aliento. Nadine se arrodilló sobre la tierra muerta. Puso sus palmas sobre el suelo, cerró los ojos y susurró algo que Elara no pudo escuchar. El viento se detuvo. Las estrellas parecieron quedarse quietas. Y entonces, el suelo comenzó a temblar.
Elara se agarró al borde de la fuente con los ojos muy abiertos. Una grieta apareció en la tierra; no fue algo violento, sino suave, como si la tierra despertara de un largo sueño. Y de la grieta surgió una flor, blanca, delicada y viva. Nadine abrió los ojos. Estaba llorando.
Elara no supo por qué se movió. Debía haberse quedado escondida. Debía haberse ido sigilosamente de vuelta a la casa de la manada, de regreso a su invisibilidad. Pero sus pies la llevaron hacia adelante, sobre la piedra agrietada, hacia la mujer y la flor.
Nadine levantó la vista. «Hola», dijo, sin asustarse, sin enfadarse. Solo... con dulzura.
«Hola», susurró Elara.
«Tú también lo sentiste, ¿verdad?»
¿Sentir qué? Elara no lo sabía, pero asintió.
Nadine extendió la mano, tomó la suya y la presionó contra el suelo. Elara soltó un jadeo. La tierra estaba caliente. No fría como en invierno, ni muerta como decían los ancianos. Estaba viva, palpitando. Podía sentir las raíces de la flor, el agua muy profundo bajo la piedra y el latido lento y paciente del mundo.
«Las plantas escuchan», dijo Nadine. «No juzgan. No olvidan. Solo... esperan».
«¿Esperan qué?»
«A que alguien se acuerde de ellas».
Elara miró la flor blanca. Sintió un nudo en el pecho, no de dolor, sino como si algo se estuviera abriendo. Como si una puerta que no sabía que existía se estuviera entreabriendo. «¿Puedo volver aquí?», preguntó.
Nadine sonrió. «Creo que ya lo haces».
Esa noche, Elara soñó con un invernadero. Paredes de cristal, estructuras de hierro y flores floreciendo en colores que nunca había visto. En el sueño, era mayor; más alta, más fuerte y con las manos sucias de tierra. Ya no era invisible. Ahora la veían.
Se despertó antes del amanecer. La casa de la manada estaba en calma. Su madre aún dormía. Su padre ya se había ido a patrullar la frontera. Nadie notó que ella salía de la cama. Fue al jardín. La flor blanca seguía allí, más brillante que antes. Elara se arrodilló a su lado, tocó sus pétalos y susurró: «Me acordaré de ti».
La flor pareció inclinarse hacia ella. Y, en lo profundo de su pecho, una semilla comenzó a crecer.
Siete años después
Elara tenía diecinueve años. Ya no era invisible; ni para Nadine, ni para Saria, ni para la manada de la que, poco a poco y sin hacer ruido, se había convertido en parte. Pero a veces, en la oscuridad, aún se sentía como la niña detrás de la fuente. Observando. Esperando. Con la esperanza de que alguien se girara y la viera. El invernadero era su hogar ahora. Las plantas eran su familia. Y la rosa blanca que Nadine había cultivado esa primera noche seguía floreciendo en un rincón, como un recordatorio de que incluso las cosas muertas podían volver a la vida.
Florece donde te planten, le había dicho Nadine una vez.
Elara lo estaba intentando. Pero aún no sabía que se acercaba una tormenta. Un lobo sin nombre y sin memoria, encadenado en la oscuridad, que necesitaba que alguien se acordara de él. Y ella sería la única que podría hacerlo.