Adolescente de Porquería
Prólogo
Recuerdo mi infancia, en especial los momentos de soledad —que, si me lo preguntan, es donde surgían las mejores ideas para jugar.
Un juego en específico que solía jugar por las tardes era sobre lanzamientos. Marcaba números de forma ascendente, con algún lápiz que encontraba: 10, 20, 30… así hasta llegar al número 100. Era tan fácil: era tan pequeño y lograba esos puntos sin esfuerzo. Y después, cuando crecí, aquellos 100 puntos eran más lejanos. ¿Por qué? Era la misma pared, la misma tiza.
Yo, al igual que Daniel, luché por esos 100 puntos. Esa era la meta.