I
A primera hora de la mañana, Don Fermín, abogado de profesión y consejero directo de la Corona, llegó a Palacio. Atravesó un pasillo extenso y rígido, bajo la luz temblorosa de las lámparas de gas y un olor metálico flotante que lo acompañó hasta el salón real. Cuando el guardia real abrió la puerta, la temperatura subió apenas: la chimenea ardía con un fuego húmedo que buscaba desafiar el frío de todo el Reino Austral. Allí lo esperaba su excelencia, el rey Cavalieri, sentado en su trono de alerce envejecido, y detrás de él, en pie y en silencio, su hijo Excelsio, para la reunión semanal de consejo.
—Excelencia—dijo inclinándose—. Traigo el reporte de las recientes demandas obreras, un bosquejo de propuesta del Parlamento y… algunas novedades del norte.
El rey apenas alzó la vista al escuchar esa última palabra.
—¿Qué ha acontecido en el norte?
Don Fermín vaciló. —Son noticias lejanas, de escasa…
—Habla.
El consejero tragó saliva.—La Riane ha caído… en otra de esas incursiones del norte.
—¿La Riane? —repitió el rey en voz alta, aunque más para sí que para los demás—. Interesante.
El príncipe Excelsio no pudo contener la incredulidad.
—¿Padre, por qué habría de importarnos? Está a miles de kilómetros y en el desierto grande es habitual que las ciudades cambien de dueños.
Los dedos del rey tamborileaban con calma sobre el brazo del trono.
—No es el hecho, hijo mío, sino la velocidad. Los rianenses debieron resistir más. Y si sumamos las conquistas anteriores… —sus ojos se clavaron en Don Fermín—. ¿Qué más sabes?
—Nada más, señor. El informe era breve, información considerada de poca relevancia.
—¿De poca relevancia según quién? ¿El Parlamento? ¡No me agrada en lo absoluto que la información pase por sus manos antes de llegar a las mías!
Don Fermín inspiró hondo.
—El Parlamento está preocupado por los ceses de faena, excelencia, y la economía se debilita día a día. Permítame recordarle que, aun si estas incursiones del norte continuaran su avance, todavía tendrían que enfrentarse a los reinos de Lusmar y Altamira, y, sobre todo, al Imperio Ámtica. Solo entonces podría hablarse de un asunto de consideración política. Lo prudente, majestad, es atender a los obreros y a la propuesta parlamentaria.
El rey sonrió apenas, una mueca fatigada.
—Obreros insatisfechos, un Parlamento obstinado y la corona en medio. Mediamos, pero nadie quedará satisfecho y ambos bandos se terminarán desquitando con nosotros. A la postre, somos los chivos expiatorios del reino… qué tedio…
Excelsio frunció el ceño.—Padre, entonces… ¿por qué esa insistencia con esas incursiones del norte?
Cavalieri se incorporó del trono.
—Porque cada informe sobre ese asunto, por impreciso que sea, me deja una inquietud que no logro disipar. Hijo mío… he aprendido que cuando una sensación persiste y se rehúsa a morir, no debe ser ignorada. A eso lo llamamos intuición. Y las intuiciones, al menos, merecen un estudio más atento.
Don Fermín carraspeó. —Excelencia… una misión de exploración a tierras tan remotas implicaría un presupuesto desmesurado. El Parlamento no la aprobaría.
—No hablo de una expedición, Fermín. Solo de un explorador.
—Con el debido respeto, señor… dudo que alguno de los exploradores recién egresados pueda sostener semejante empresa. Es una tarea de altísima dificultad.
El rey arqueó una ceja.
—¿Recién egresados, dices?
Fermín parpadeó.
—¿Acaso piensa enviar a un explorador avanzado? Sería una consideración… arriesgada, majestad.
El rey volvió a reclinarse en el asiento y habló con voz firme.
—Mi estimado Fermín, nunca dejas de ser tan escrupuloso. Aun así, siempre obedeces mis órdenes. —Se volvió hacia su hijo—. Excelsio, este es el tipo de hombre del que siempre debes rodearte.
—Sí, padre.
—Le agradezco sus palabras, excelencia, aunque el Parlamento, ya lo sabe, no es tan generoso como yo con sus intuiciones.
El rey alzó la voz, enderezándose de golpe.
—¡Por supuesto que no! Seguir intuiciones exige coraje, y el Parlamento ¡Solo sabe administrar temores!
Tras pronunciar aquellas palabras, el rey dejó que el silencio se adueñara del salón y se replegó, por un instante, en sus propios pensamientos. Los cuerpos permanecieron rígidos, los muebles intentaron retener un calor que ya se escapaba y el fuego vaciló, como si el frío lo obligara a retroceder. En esa quietud, el palacio reaccionó con un crujido leve.
—Y entonces… ¿en quién está pensando, majestad? —preguntó Don Fermín, con voz contenida.
El rey fijó la mirada en su heredero.
—Excelsio, recuerdo que en una de tus interminables peroratas sobre tus lecturas mencionaste a un explorador retirado.
El príncipe titubeó.
—¿Padre… acaso te refieres a…? No… no puede ser… quiero decir… ¿A Mariátegui?
Don Fermín se removió.
—Señor, sería una elección inusual. Tengo entendido que Mariátegui lleva años entregado a asuntos teóricos y que dicta apenas unas cátedras electivas en La Academia.
—Y nadie lo toma en serio, ¿cierto? —preguntó el rey con una media sonrisa.
Excelsio intervino con cierto apuro.
—Su obra me parece más que interesante, padre.
Don Fermín continuó, con cautela.
—Mariátegui era un excelente explorador… o más bien lo fue. Sirvió con distinción en La Última Guerra, pero considere que La Sociedad lo expulsó hace años… cuando empezó a publicar tratados demasiado… abstractos.
—¡Ese es nuestro hombre! —La voz del rey adquirió un temple decidido—. Alguien que solo tiene deudas consigo mismo. Fermín, ve a buscarlo a la brevedad. Quiero que lo hagas en persona.
El consejero tragó saliva.
—Sí, excelencia… pero, ¿y los demás asuntos?
—Ya habrá tiempo para lo demás —cortó el rey, con severidad en los ojos—. Y no comentes esto con nadie.
El fuego de la chimenea crepitaba en el salón, como si el nombre de Mariátegui hubiera abierto una grieta en el destino del reino.