1- La Carta que Llegó Cien Años Tarde
ALDORIA La Última Casa
M.K. ALDREN
«Los Doce no murieron. Los Doce esperan.»
— Anales de la Torre Negra, año 47 d.S.
CAPÍTULO UNO La Carta que Llegó Cien Años Tarde
— LYRA —
La carta llegó dentro de un libro que no debía existir.
Lyra Vance llevaba seis años ordenando la sección de historia antigua de la Biblioteca Vesper, y conocía cada volumen como si fueran huesos de su propio cuerpo. Los conocía por el olor, por el peso, por el sonido que hacían las páginas al pasar. Por eso, cuando sus dedos rozaron el lomo del libro que estaba entre el «Tratado de los Imperios Caídos» y el «Censo de las Ciudades del Norte», supo, antes de mirarlo, que estaba mal.
Era demasiado liviano.
Y demasiado azul.
Los libros de la sección VII eran todos del mismo color: marrón quemado, ese tono que adquiere el cuero después de un siglo de manos. Este, en cambio, tenía el color del cielo justo antes de una tormenta. Atravesado por hilos de oro que dibujaban algo que no era exactamente una letra.
Lyra lo sacó del estante con dos dedos, como quien levanta algo que podría romperse.
No tenía título en el lomo.
Lo abrió por la primera página. Dentro había una hoja doblada en cuatro.
Una carta.
La desplegó sobre la mesa. El papel era grueso, casi tieso, y olía a flores secas guardadas demasiado tiempo. La caligrafía era de un negro espeso, levemente brillante, como si la tinta hubiera sido derramada y no escrita.
Y arriba, antes de cualquier saludo, su nombre.
Lyra Vance.
No «Querida Lyra». No «Señorita Vance». Solo su nombre, escrito como una sentencia.
Le temblaron los dedos.
Leyó.
Lyra Vance,
Cuando leas esto, habrán pasado cien años desde que esta carta fue escrita. No esperaré que me creas. No tendrías por qué. Pero antes de devolver el libro al estante, mira el dorso del papel.
Hay un dibujo. Lo hice yo. Es la habitación en la que estás ahora. La mesa. La lámpara verde. El tercer estante a tu izquierda, donde falta un libro porque alguien lo retiró en 1894 y nadie lo devolvió.
También dibujé tu rostro. No el de la niña que fuiste. El de la mujer que eres ahora.
Mira.
Lyra no quería darle la vuelta al papel.
Lo deseaba con una fuerza extraña, antigua, como si una parte de ella supiera lo que iba a encontrar y otra parte se negara a recordarlo.
Le dio la vuelta.
Era ella.
Un dibujo a tinta, hecho con un solo trazo, sin levantar la pluma. Una mujer joven inclinada sobre una mesa, con el pelo recogido de forma descuidada en la nuca, las cejas fruncidas, los labios entreabiertos en el gesto exacto que ella hacía cuando leía algo que no entendía. Detrás de la mujer, una lámpara verde. Un estante a la izquierda. Un hueco en el estante.
El hueco que había estado mirando, sin verlo, durante seis años.
Lyra alzó la vista despacio.
La lámpara verde. El estante. El hueco.
Se le secó la boca.
Bajo el dibujo, en letra pequeña, alguien había escrito una fecha.
17 de Brumario, año 23 d.S.
La fecha de hoy.
La señora Halric pasó por detrás empujando el carro de devoluciones, las ruedas chirriando contra los tablones.
—¿Algún problema, Vance? —preguntó, sin mirar.
Lyra cerró el libro con torpeza. La carta quedó dentro, doblada apenas a tiempo.
—No, señora. Catalogación rutinaria.
—La cara que tienes no es de catalogación rutinaria.
Lyra forzó una sonrisa. Era más rápido que explicar.
—Me duele un poco la cabeza.
La señora Halric la miró demasiado tiempo. Lyra sostuvo el examen sin apartar la vista.
—Vete a casa, niña.
—No hace falta, yo—
—Vete a casa.
Las ruedas del carro se alejaron entre los estantes.
Lyra esperó. Después abrió el libro otra vez, sacó la carta y la metió en el bolsillo interior de su abrigo, donde guardaba las cosas que no quería perder: una fotografía gastada, un medallón roto, una piedra del río.
Devolvió el libro azul al estante.
O lo intentó.
Cuando lo apoyó contra el lomo del «Censo de las Ciudades del Norte», el libro se deshizo.
No se rompió. No se quemó. Se deshizo: las páginas se separaron del lomo en un solo gesto, como si nunca hubieran estado cosidas, y se elevaron unos centímetros sobre la mesa. El cuero azul se ondulaba en el aire. El polvo, suspendido. Y entonces, sin sonido, todo cayó hacia atrás y desapareció antes de tocar el suelo.
Lyra se quedó muy quieta, con la mano todavía estirada hacia donde había estado el libro.
Pasaron diez segundos. Veinte.
No pasó nada más.
Pero en el bolsillo interior de su abrigo, contra su pecho, sintió el calor del papel.
Volvió a casa en silencio, contando los pasos.
Vivía encima de una panadería que olía siempre a algo recién quemado. Subió los tres pisos sin saludar a nadie. Cerró la puerta. Echó el cerrojo, lo cual no hacía nunca.
Se sentó en el suelo.
Sacó la carta. La desplegó sobre las rodillas.
El dibujo seguía ahí. Su rostro de hoy, dibujado hace cien años.
Y debajo del dibujo, donde antes no había nada, ahora había más texto.
Lyra parpadeó.
Las palabras seguían apareciendo. Una letra cada vez.
Bien. Ya estás en casa. Cierra la puerta.
Ya está cerrada, ya lo sé. Siempre la cierras cuando algo te asusta. Es la única costumbre que conservas de la mujer que fuiste antes.
Lyra, escúchame con cuidado.
Mañana, antes del alba, vendrá un hombre a buscarte. Veintiún años. El pelo oscuro. Una cicatriz en la ceja izquierda. Te dirá que viene en nombre de la Academia de Aldoria. Te dirá que has sido seleccionada.
Te mentirá en casi todo.
Vete con él de todos modos.
Es la única forma de que sigas viva la próxima semana.
Y, Lyra:
No le digas tu nombre completo. Todavía no.
Lyra leyó la carta tres veces.
Después la dejó sobre el suelo, se levantó, fue hasta la ventana y miró la calle vacía.
La panadera, abajo, estaba cerrando el toldo. Un gato pasó por encima de un muro. La luna acababa de aparecer entre dos chimeneas: gorda, amarilla, indiferente.
Lyra se sentó en el alféizar y se abrazó las rodillas.
Si fuera mentira, sería el truco más elaborado que alguien hubiera hecho jamás para nada.
Si fuera verdad.
No terminó esa frase.
Volvió a la carta. La levantó con cuidado.
Había aparecido una última línea. Más pequeña que las otras, escrita casi al pie del papel, como si la mano que la había trazado lo hubiera hecho temblando.
P.D.— Una última cosa. Cuando él te pregunte si tienes familia, di que no.
No es del todo cierto. Pero por ahora, lo es lo suficiente.
— Tú. Cien años antes.
Lyra Vance soltó el papel.
Tardó un minuto en recordar cómo respirar.
Y mientras volvía a aprenderlo, despacio, sintió por primera vez en su vida la certeza absoluta de que alguien, en algún lugar, llevaba muchísimo tiempo esperándola.
Mañana, antes del alba, vendría un hombre.
Y ella iría con él.
— Continuará — Capítulo 2: El que vino a buscarla