CAPÍTULO 1: LA GEOMETRÍA DEL DOLOR
Berlín. 03:14 AM.
El sonido de la lluvia contra el cristal del Audi blindado no es música para Elias. Son impactos de 4.5 gramos de agua cayendo a una velocidad constante. Su cerebro los cuenta sin querer. 122 impactos por decímetro cuadrado. Es un ruido blanco que lo mantiene cuerdo mientras espera.
Elias no usa guantes, a pesar del frío que muerde los dedos. Necesita el tacto. Sus manos son su herramienta más precisa; están llenas de pequeñas cicatrices, restos de su huida del orfanato a los once años, cuando aprendió que el asfalto es más honesto que las personas.
—Objetivo en visual —la voz de Klaus, su enlace en el BND, suena por el auricular. Es una voz que intenta ser amistosa. Elias la detesta—. Recordá, Elias: solo queremos el disco duro. Si hay resistencia, neutralización mínima. No queremos un incidente diplomático en Potsdamer Platz.
Elias no responde. No confía en Klaus. No confía en el auricular. No confía en la misión.
Sale del coche. El aire frío de Alemania le llena los pulmones. Se mueve con una economía de movimiento inhumana. No camina, se desliza por los puntos ciegos de las cámaras de seguridad que él ya mapeó mentalmente hace dos horas.
La Capacidad: Elias ve el mundo en vectores. Sabe dónde va a girar el guardia de seguridad antes de que el hombre lo decida, simplemente por la inclinación de su cadera y la dirección de su mirada.
Entra en el edificio de la consultora Steiner & Co., una fachada de la corporación Aethelgard.
INTERIOR. PASILLO DE SEGURIDAD - NOCHE
Un guardia aparece. Es joven, demasiado para este trabajo. Elias nota que el seguro de su arma está puesto. Un error de aficionado.
—¡Alto! —grita el guardia.
Elias no se detiene. Calcula la distancia: 4 metros. El guardia tarda 0.8 segundos en reaccionar. Elias cierra la distancia en 0.5.
El primer golpe de Elias va al plexo solar. El segundo, a la base del cráneo, medido para dejarlo inconsciente, no para matarlo. El guardia cae como un saco de arena. Elias siente un pinchazo en su propio hombro, un viejo dolor de una bala que recibió en Munich. Su cuerpo resiste más que el de los demás, pero los recuerdos de los golpes son los que realmente pesan.
Llega a la oficina central. Abre la caja fuerte usando una combinación de frecuencias acústicas. Dentro no hay dinero. Hay una carpeta de papel viejo, amarillento. Algo que no debería existir en la era digital.
En la primera página, una foto de un incendio. Una casa en la Selva Negra. 17 años atrás.
Elias siente que el aire se vuelve espeso. Sus dedos tiemblan, una anomalía en su sistema. En la esquina inferior de la foto, hay un sello de cera negra con un símbolo que reconoce de sus pesadillas en el orfanato: un círculo dividido por tres líneas secantes.
—Elias, informá. ¿Tenés el disco? —la voz de Klaus suena urgente.
Elias guarda la carpeta bajo su chaqueta, pegada a su piel.
—No hay disco —miente Elias. Su primera mentira oficial al Servicio de Inteligencia—. El despacho estaba vacío. Me retiro.
—¿Vacío? Eso es imposible, los sensores indicaban...
Elias apaga el comunicador.
Por primera vez en años, el “Algoritmo Humano” ha encontrado una variable que no puede resolver. Sus padres no murieron por un error eléctrico. Murieron por lo que hay en esta carpeta.
Mientras baja por las escaleras de emergencia, una figura lo observa desde el edificio de enfrente a través de una mira telescópica. Es una mujer. Sus dedos están en el gatillo, pero no dispara. Ella sabe lo que Elias acaba de encontrar.
Ella sabe que, a partir de este segundo, Elias ya no es un agente. Es una presa.
Elias sale a la calle. La lluvia sigue cayendo. 128 impactos por decímetro cuadrado. El mundo ha dejado de tener sentido, y la caza ha comenzado.