¡Emergencia!
“¡Rápido niñas, tenemos que salir ya! ¡No da tiempo de que se cambien el pijama, vámonos así!” les digo a mis hijas con desesperación y respiración entrecortada mientras tomo, con manos temblorosas, mi bolsa, las llaves del coche y de la casa. Tenemos que llegar al hospital lo antes posible. Hace un momento recibí una llamada urgente del hospital en donde está internada mi mamá y me dijeron que estaba muriendo y que, si quería ir a despedirme, debía de ir inmediatamente. Me sorprende que mi hermana no me haya hablado primero porque ella está montando guardia hoy, aunque el pensamiento desaparece de mi mente tan pronto como aparece. En este momento solo puedo pensar en mi madre.
Me subo al coche y cuando están todas mis hijas dentro, arranco sin pensar en el camino, mientras pasan por mi mente recuerdos fugaces de mi vida a lado de la de mamá. Cumpleaños comiendo un pastel hecho por ella, noches largas de pláticas interminables, consejos de maternidad y de vida.
Voy encima del límite de velocidad, con las manos blancas de la fuerza con la que sostengo el volante, mis hijas hablan pero yo no escucho. Vuelta a la derecha, otra más en la misma dirección, tres cuadras más tarde doy vuelta a la izquierda…
Llegamos al hospital después de lo que parece una eternidad, me estaciono en el primer lugar que encuentro y corremos hacía el cuarto de mamá. Está en el cuarto piso del hospital por lo que vamos por el elevador que ya nos espera abierto. Mi hija Aina se bajó antes del coche para pedir el elevador y no perder tiempo.
Ojalá que el elevador subiera más rápido porque cada segundo que pasa es una agonía. Afortunadamente es casi la una de la mañana y no hay tráfico y tampoco hay visitas en el hospital. De no ser así, tardaríamos mucho más en llegar. Con el tráfico de la ciudad, probablemente seguiríamos atoradas en el tráfico.
En cuanto se abre la puerta del elevador en el piso cuatro, yo salgo disparada por el pasillo de luces blancas y estériles. Un camillero que está moviendo una camilla vacía se tiene que apartar de mi camino porque no me fijo por donde paso. Solo me importa llegar a tiempo y no puedo concentrarme en nada más.
Doy vuelta a la derecha, luego a la izquierda, mi corazón late con fuerza y tengo la respiración agitada. Finalmente, por fin veo el cuarto al fondo del pasillo ¿Por qué tiene que estar hasta el fondo? ¿Por qué no puede estar más cerca? ¿Será la vida burlándose de mí? Alargo la mano para abrir la puerta cuando aún faltan unos pasos para llegar. En cuanto le doy la vuelta a la manija, entro al cuarto en donde está mi mamá acostada con la piel pálida y la abrazo cómo si fuera la última vez porque probablemente lo sea.
“Te amo mamita, te amo con todo mi corazón” digo mientras contengo las lágrimas, quiero abrazarla más fuerte pero temo romperla.
Está respirando con dificultad y su pulso está bajando. Con cada exhalación siento como se le escapa la vida. Le sostengo la mano y acaricio su pelo suave mientras mis hijas se despiden, no las escuché llegar, probablemente venían tras de mi. Veo la escena conmovida mientras una lágrima rebelde baja por mi mejilla. Siento su pulso disminuir poco a poco en su muñeca y cada vez su respiración es más débil.
Me quedo en la misma posición durante lo que parecen ser horas y un instante a la vez mientras le repito incansablemente que la quiero. Ya no siento el pulso, pero la máquina parpadeante indica que aún le queda algo de vida. No noto cuánto tiempo pasa en realidad cuando escucho un sonido silbante que indica que su corazón se detuvo por completo. Cierro los ojos y escucho a lo lejos a una enfermera decir la hora de la muerte y veo a enfermeras y doctores moverse pero ya no me fijo en lo que hacen. Solo sé que mi mamá ya no está y ya no quiero aguantar las ganas de llorar pero no me salen las lágrimas. Es como si mamá se hubiera llevado mis lágrimas consigo.
“Bibi ya está en un lugar mejor, ya nada le duele mami” escucho decir a Aina y me consuela con un abrazo.
La volteo a ver y le devuelvo el abrazo. Es una niña muy sensible y madura para su edad. Tiene apenas 15 años pero su forma de entender a las personas en momentos difíciles es única. Además, se parece tanto a mí cuando tenía su edad. Tiene ojos castaños, cejas pobladas, sus labios son carnosos, aunque el inferior es ligeramente más grueso que el superior. Es de estatura media, ni muy alta ni muy baja, tiene el pelo largo hasta la cintura pero casi siempre lo trae recogido en una media cola, una trenza o una coleta alta.
Mientras tanto me llama la doctora y me dice que tengo que firmar documentos y realizar los trámites de defunción. Finalmente suelto a Aina y aparto la mirada.
Tengo que dejar a un lado mi dolor, encargarme de todos los asuntos del hospital, organizar el funeral y el entierro que era lo que ella quería. Paso el resto de la noche firmando documento tras documento, una tarea que parece interminable. Me piden revisar el cuerpo de mi mamá que parece dormir en paz con su cara serena y firmar más documentos que eximen al hospital de cualquier responsabilidad legal. Debo coordinar el traslado del cuerpo hasta la funeraria y asegurarme de que todo esté listo para el velorio. Afortunadamente esto no es muy complicado gracias a que mamá se aseguró de tener todo arreglado para su funeral. Siempre fue muy previsiva con todo, se aseguró de arreglar hasta los detalles de su muerte.
Ahora viene lo más difícil, darle la noticia a familia y amigos. No sé cómo hacerlo, ¿qué digo?, ¿lo hago a través de llamada, mando mensaje al grupo familiar o publico la noticia en redes sociales? Al final decido que a lo mejor las tres opciones son buenas. Primero le hablo a mis tías y amigos de mamá para avisarles porque ellos no tienen celular ni redes sociales. Después redacto un mensaje corto con la ubicación adjunta en el grupo que dice: Hola familia, espero que estén bien. Mando este mensaje para avisarles que mi mamá falleció anoche y su velorio se realizará hoy en la dirección adjunta. Es claro y concreto, pienso en agregar otras cosas para que sea menos seco, pero no se me ocurre nada. La publicación en redes es muy similar y no tengo energía para hacer más. Decirlo en voz alta o incluso escribirlo lo vuelven algo real, no es algo que esté soñando y no es algo que me esté imaginando.
Voy a casa a darme un baño, vestirme y maquillarme un poco para despedirla arreglada como ella siempre quiso. Me pongo un vestido negro midi de manga larga que mamá me había regalado para ese momento.
“Quiero que te veas muy guapa en mi funeral” recuerdo que dijo mamá cuando me acompañó a comprarlo. “Ay mamá, pero si para eso falta mucho, estás muy fuerte todavía” recuerdo haberle contestado hace apenas unos meses. Termino el atuendo con un juego de aretes y collar de perlas que me regaló hace unos años después de que le dijera que eran mis favoritos y unos stilettos bajos. Contemplo mi reflejo en el espejo mientras pienso en lo impredecible que es la vida y cómo es que puede cambiar o terminar de un momento a otro, sin previo aviso. Que ironía.
Además, me doy una vuelta por el cuarto que, hasta hace unos días, ocupaba mamá para recoger el conjunto de ropa en el que quería que la enterraran, unos aretes de zafiros coronados con brillantes y un collar a juego. Todo el peso de la realidad por fin cae con fuerza sobre mi mientras realizo esta tarea y me doy la oportunidad de sentir todo por primera vez. El dolor de saber que no voy a volver a verla, el coraje de no haber podido tenerla por siempre, el alivio de saber que ya no sufre más… Cuando termino de empacar sus tacones favoritos y cierro la maletita, finalmente comienzo a llorar.
Hasta hace una semana desayunábamos juntas en la terraza de la recámara y ahora sé que eso no va a volver a pasar. Contemplo todo, que permanece exactamente igual que como lo dejó, Parece que en cualquier momento se va a asomar con una sonrisa tierna a invitarme un pan dulce con café, y también parece mentira que la realidad sea tan devastadora, pero debo ser fuerte y seguir adelante. Me quedo unos minutos sentada en la que solía ser su cama y acaricio la frazada tejida de lana con la que dormía hasta que consigo las fuerzas necesarias para convencerme de pararme y afrontar el día.
Decido salir del cuarto, me dirijo a la cocina y preparo un desayuno rápido para llevarle a mis hijas a quienes Ricardo, su papá, dejó en la funeraria a primera hora de la mañana ya arregladas. Él les compró algo de comida de camino a la casa funeraria, pero nos espera un día largo por lo que prefiero empacar comida de más.
Llegando al velorio veo que aún no ha llegado nadie más que nosotros cuatro: Ricardo, Aina, Elena y yo. Ricardo y yo nos divorciamos hace unos años pero agradezco que esté aquí, aunque sea para acompañar a mis hijas.
Nos vamos al cuarto privado que le dan a la familia para estar solos y ahí desayunamos en silencio cuando de pronto, escucho voces que se acercan. Las reconozco inmediatamente, mi hermana llegó con su hija Julia pero no hay rastro de ninguno de sus esposos.
Me acerco a saludar e inmediatamente le doy un fuerte abrazo a Martha. Acabamos de perder a nuestra mamá. Ella me lo regresa y lloramos juntas. “Ya sabíamos lo que iba a pasar Clau” me dice Martha con una sonrisa triste.
“Pero aún así duele. Duele mucho” respondo y la abrazo con más fuerza. Nos quedamos así un rato hasta que Julia nos interrumpe.
“Bueno hay que despedirnos de Bibi y sonreír, a ella no le gustaría que estuviéramos tristes.” Lo dice con un tono aburrido y seco, como quitándole importancia a la situación.
La volteo a ver sorprendida pero ella no me ve a mi, está revisando su celular. Se ve muy guapa, es alta y tiene pelo castaño largo hasta la cintura que siempre peina a la perfección. Trae un conjunto negro perfectamente planchado y la cara cubierta de maquillaje ligero. Levanta la vista y me mira a los ojos.
“Perdón, estoy cambiando los vuelos. ¿Puedes creer que a Bibi se le ocurrió morirse el día que José y yo nos íbamos de viaje a Japón?, siempre tan ocurrente ¿verdad?” dice mientras suelta una risita. “En realidad José se está encargando de todo obviamente porque ni modo que lo haga durante el velorio pero no quiero que arruine nada. Quiero que ese viaje sea exactamente como yo quiero y salga todo a la perfección. Obviamente no pienso cancelarlo por nada del mundo, con lo que llevo planeándolo.” Vuelve a ver su teléfono y se da la vuelta.
Volteo a ver a Martha y parece ocultar el dolor que le produce el comentario de Julia, aunque ella no se da cuenta de eso. Siempre me había parecido que Julia era un poco superficial, pero no había dimensionado cuanto. Si su esposo se está encargando de todo, ¿por qué no se enfoca en velar a su abuela? Se que un viaje así requiere de mucha planeación y cambiar todo no debe de ser fácil, pero alguien ya lo está haciendo y… acaba de morir su abuela. Intento no juzgarla. No lo sé, a lo mejor es su manera de afrontar la pérdida. La evasión es un mecanismo de defensa que muchos utilizan. Sin embargo, sé que sus palabras no pasaron desapercibidas ante ninguna de las personas presentes. Incluso Ricardo parece extrañado pero no dice nada.
Conforme pasa el día veo llegar a muchas personas. Los pocos amigos vivos que quedan de mamá, primos, sobrinos, amigos míos y de mis hijas, antiguos clientes, vecinos y personas que apenas consideramos conocidos llenan la sala. A media tarde son tantas que ya no cabemos dentro y traen calidez a un día helado para mí. Me llena el corazón saber que tanta gente apreciaba a mi mamá. Muchos incluso se acercan a contarme historias de ella y a compartir su sentir conmigo. Admirada y querida por muchos, esa era ella.
Volteo a ver alrededor y busco a mi familia. Aina y Elena están acompañadas por sus amigas del colegio y por su papá. Yo perdí a mi mamá pero ellas también perdieron a su abuela. Siento culpa por estarlas acompañando en su dolor pero me da gusto ver que tienen compañía en un momento tan difícil. Martha y Julia están pláticando con unos primos lejanos en la esquina y parecen muy animadas, aunque estoy muy lejos como para escuchar algo de lo que dicen.
No obstante, de quien no veo rastro es de mi hermano Enrique. Sabía que su relación con mamá estaba fracturada pero nunca imaginé que faltaría a su funeral. Debería de estar aquí, pero por algún motivo me siento más tranquila sin él aquí.
Decido acercarme al féretro. Es de caoba y también lo eligió mamá. Me acerco a la ventana y la veo. Parece que está dormida con sus ojitos cerrados. Se ve tan tranquila y en paz a diferencia de cómo se veía en estos últimos días de su vida. Tiene su pelo corto completamente blanco brillante, arreglado como si se hubiera peinado con tubos y agradezco que se vea tan guapa. Parece que está viva aunque sé que esa idea no podría estar más alejada de la realidad.
Siempre se arreglaba antes de salir. Aún estando enferma o en el hospital, mantenía su pelo perfectamente peinado y no podía iniciar su día sin pintarse los labios rojos o ponerse sus cremas para la cara. Le doy un último vistazo a mi mamá, le doy un besito en la frente, le agradezco por todo y me dirijo a uno de los sillones de la sala donde me encuentro rodeada de gente que me da su pésame.
Frente a mis ojos hay una infinidad de personas. Hay tanta gente en la sala que no hay ni un solo lugar vacío en los sillones. Algunas personas jóvenes se empiezan a sentar sobre el suelo. El darme cuenta de que todas estas personas están ahí para darle el último adiós a mi mamá se siente como una abrazo al corazón
Me encantaría poder quedarme sentada en uno de los sillones y seguir escuchando historias. Hay tanto que no sabía sobre ella. Me encantaría poder preguntarle todo sobre estas historias. Después de todo no puedo estar completamente presente ya que debo de arreglar el traslado de la funeraria al cementerio y asegurarme de que todo esté listo para su entierro.
Martha no me ha ofrecido su ayuda en todo el día, pero la conozco lo suficientemente bien como para no pedirle que lo haga. Sé que me dirá que no. Ayudar nunca ha sido su estilo. Siempre encuentra excusas para no hacer el trabajo. Lo tengo que hacer yo, aunque por cumplir sus últimos deseos, estoy dispuesta a hacerlo con buena actitud.
Finalmente, a última hora de la tarde ya está todo arreglado y nos dirigimos al cementerio. Estoy agotada y tengo las emociones a flor de piel pero me esfuerzo por mantenerme entera y no colapsar. Al final, este es el último adiós hacia la mujer que más admiro. Ella siempre demostró templanza y fortaleza ante los momentos difíciles y le debo mantenerme a la altura. Además, estos últimos meses de acompañarla en su enfermedad, me propuse mantenerme a su lado hasta el final.
En la procesión procuro estar lo más cerca posible del cuerpo de mamá para despedirme una última vez. Casi no tuve tiempo de velar como me hubiese gustado pero hice lo que pude.
No obstante, me recuerdo que estuve con ella todos estos años y la disfruté cada momento que tuve con ella. Este pensamiento me tranquiliza y me hace sentirme en paz conmigo misma. Me aseguré de que mis hijas puedan decir lo mismo y me siento orgullosa de eso. No estoy segura de que el resto de mi familia pueda decir lo mismo.
Finalmente llegamos a la capilla familiar del cementerio en donde descansan los restos de mi papá y de mis cuatro abuelos. El entierro es doloroso pero al mismo tiempo reconozco que es una ceremonia hermosa, el cielo está despejado y el día está soleado a pesar de que estamos en medio de temporada de lluvias, es como si el universo se hubiera puesto de acuerdo para despedirla. Trato de estar mentalmente presente y eso toma toda la fuerza que hay en mí. Cuando llega el momento de despedirme por última vez, le digo adiós con un beso al aire. “Ya estás descansando con papá” termino con un susurro.
***
“Vamos niñas, es hora de dormir” les digo a Aina y Elena mientras terminamos de cenar una pizza en silencio. Después de este día estamos agotadas y finalmente sentimos todas juntas el peso de los acontecimientos. Sólo pudimos llegar a casa y ordenar lo primero que se nos ocurrió.
“Te quiero ma” dice Aina y me da un beso de buenas noches en la frente. Elena no tarda en seguir sus pasos. “Yo también mami” dice mientras me abraza. Rodeo a ambas con mis brazos y quiero que este momento dure para siempre pero sé que es tarde y tenemos que ir a la cama para descansar.
Nos preparamos todas para acostarnos y me dirijo a mi cuarto. Me quedo pensando en que soy muy afortunada de tener a la familia que tengo. Mis hijas me acompañaron y me hicieron sentir querida. Priorizaron mi dolor por perder a mi mamá aunque ellas también sienten su muerte.
Me recuesto en mi cama y me dejo sumergir en un sueño profundo y tranquilo. Finalmente termina el que creía que sería el día más difícil de mi vida. No podría estar más equivocada.