Dorothea, 1567

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Sinopsis

Una Mujer que hace lo que tiene que hacer.

Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capitulo único

El vestido de Dorothea caía desordenadamente hacia delante sobre su espalda, hubiera sido mentira si te dijera que caía delicadamente, porque en realidad no paraba de moverse. Nada en esa situación podía verse delicado, tal vez mirando alrededor podrías encontrar la delicadeza en el candelabro de bronce que reposaba en la mesa de noche, pero el rastro de la vela derretida tampoco te dejaría apreciarlo bien. Los movimientos que sacudían la mesa de noche tampoco eran delicados, de hecho podría decirte que cada vez se apreciaban más fuertes. Por suerte no habia nada mas que el candelabro que pudiera caerse, pero como un soldado en batalla resistía en su lugar sin moverse ni un centímetro, y es que la cera se había colado por las rendijas de la vieja madera haciendo que quede clavado en su lugar. 

El vestido de Dorothea si era delicado, con bordados hechos a mano, de un color rosa viejo, con puntilla, volados y accesorios que lo volvían digno de una mujer noble. Muy diferente a su acompañante, y aunque no puedo apreciar en detalle, si puedo decirte que el barro de sus zapatos, la camisa blanca manchada y su boina de lana con los bordes gastados dejaban muy en claro que no era un noble. De todas formas a Dorothea no parecía incomodarle la diferencia de clases, así como tampoco parecían incomodarle las manos sucias de aquel hombre tocando la piel de sus caderas para poder sujetar cada vez que una embestida la sacudiera. Y cada vez que eso pasaba la cama con el dosel de madera de donde estaba agarrada se movía golpeando la mesa de noche, y aunque los gemidos eran cada vez más altos y la mesa de noche estaba cada vez más lejos, el candelabro seguía ahí, estancado en la madera vieja como si nada lo perturbara o como si el mundo no se le moviera por debajo.

El cabello rubio de Dorothea se mantenía en su lugar aunque las gotas de sudor le cayeran por la frente y así tenía que ser, porque entrar y salir de esa habitación no podía generarle ningún cambio en su apariencia, solamente en su corazón. Justo donde su esposo no lo viera.

Y tratando de ocultar la sonrisa que se dibujaba en su rostro, subió a las plantas superiores. Al tercer piso específicamente, donde otro hombre la esperaba. Dorothea no necesito seguir ocultando su sonrisa, porque cualquier rastro de felicidad se borró de su mente cuando lo vio ahí sentado esperándola. Con su vaso de Whisky en una mano, sentado en el sillón como si fuera dueño de la vida. Tal vez lo era, y tal vez por eso Dorothea no lo quería, porque ella nunca podría querer a alguien que se creyera dueño, y mucho menos que se creyera dueño de su vida.

Aquel hombre vestido de traje, impoluto, con las manos limpias y bien peinado se levantó de su asiento al verla llegar. La ventana del balcón ya estaba abierta dejando entrar el grito de un pueblo que ya no aguantaba más. De la mano, como marido y mujer, como esposo y esposa, como hombre y esclava, salieron hacia el balcón a observar. Dorothea creyó por un segundo que este acto se convertiría en algo más que presencia, y si bien tenía razón se arrepintió de haberlo creído.

Mientras los gritos de los obreros llenaban sus oídos, sus ojos celestes se posaron en el rostro de su esposo, el no miraba al pueblo que se quejaba bajo sus pies, con la mirada en alto, observaba el campo que se veía a lo lejos, con la cosecha a medio sembrar y las chozas de madera sacando humo por sus chimeneas, la leña cortada en un costado y las mujeres lavando en el lago. Dorothea se quedó observando lo mismo que su esposo, pudo ver a los niños jugando en un claro cerca de sus casas. La mano de aquel hombre se posó sobre la de ella en la baranda del balcón, la vista de Dorothea pareció desconectarse por un momento ante ese acto, y te mentiría si dijera que pudo ocultar su mueca de asco, pero los hombres bajo sus pies no llegaban a verla y su esposo no la miraba a ella. Su mirada fija en el fuego y su sonrisa alta en el cielo, como si él fuera dueño de la vida. Y a Dorothea no le gustaba que nadie fuera dueño de la vida.

Por la noche, bajo el silencio de la muerte, los ojos de Dorothea fijos en el dosel de la cama esperaban. Esperaban como siempre esperaron, con su azul brillante lleno de esperanza.

El bufido de su esposo se escuchó a su izquierda, interrumpiendo el silencio que dejó el fuego en la cosecha, y esa fue la señal que Dorothea esperaba, para dejar de esperar.

Como buena amante que siempre había sido, se subió a horcajadas del hombre que dormía a su lado, acomodó la ropa que se interponía y debajo de su almohada sacó la navaja con la que algún hombre la había amenazado alguna vez.

Su cabello rubio caía delicadamente por un lado de su cara y se balanceaba junto con ella cuando subía y bajaba. Y hubiera sido mentira si te dijera que algo en esa habitación no era delicado, porque todo mostraba la presencia que solo un noble podría tener. Tal vez podrías encontrar algo de desagrado al ver la sangre brotar a montones manchando las sábanas blancas, pero quedaba extremadamente delicada sobre los pechos de Dorothea que no paraban de rebotar.

Los ojos de Dorothea se perdieron en el horizonte cuando salió al balcón, nada ni nadie la haría bajar la vista hacia el bullicio de la multitud. Esta vez ningún hombre estaba a su lado para ignorar los reclamos de los obreros, y esta vez, su hombre era el que quemaba la cosecha junto con las casas.

Esa noche, mientras se escuchaba el silencio de la muerte nuevamente, la puerta de su habitación sonó con el golpe seco que solo el puño de hombre podría dar. Ella abrió, su sonrisa no se ensanchó como lo hubiera hecho 10 años atrás. Pero si cojio. Esta vez se quito el vestido, su pelo rubio se despeino con el movimiento y sus gemidos llenaron la lugubre habitacion de color. La vela en la mesa de noche cayó al suelo, intacta, porque nunca se había prendido.