La Mentira de la Luna

Sinopsis

La muerte fue solo el principio. Junozomi murió como vivió: solo, rodeado de violencia y desprecio. Sus padres lo mataron antes de que pudiera cumplir los dieciséis. Pero en el cielo, entre nubes que nunca tocan el suelo, una diosa distraída y solitaria le ofrece un trato. -Te daré una segunda vida -dice Tsuki, y su sonrisa oculta una verdad que no revela. Reencarnado como Tatsumi, hijo de una familia amorosa en un mundo de magia y monstruos, deberá ocultar su oscuro pasado mientras entrena para evitar la visión que la diosa le mostró: un futuro de cenizas y muerte. Pero no está solo. Akane, una semihumana loba de mirada feroz y cola inquieta, se convertirá en su mejor amiga y en algo más que no se atreve a nombrar. Y Juno, la voz del odio que habita en su interior, será su aliado más peligroso. Entre la lealtad de una loba y la presencia cada vez más humana de una diosa que empieza a sentir lo que no debería, Tatsumi descubrirá que la segunda oportunidad no es un regalo. Es una promesa que deberá pagar cara. La mentira de la Luna acaba de empezar.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
T.T Gonzalez
Estado:
En proceso
Capítulos:
19
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Prologo

Todavía puedo evocar con una nitidez dolorosa el hedor a tabaco barato mezclado con el punzante aroma del alcohol. Pero lo que más me quema no es el olor, sino sus insultos; esas palabras que lanzaban con el desprecio de quien mira un error de la naturaleza. Mi diario, el único refugio de mis pensamientos, no era sagrado para ellos: lo usaban como pretexto para abusar de mi cuerpo, para recordarme que nada me pertenecía. Recuerdo el sabor metálico del hierro llenando mi boca; un sabor que, para mi desgracia, se había vuelto tan cotidiano como el aire que apenas me dejaban respirar.

Aquel día, cuando regresé de la secundaria, intenté lo de siempre: volverme invisible, desaparecer en las sombras de la casa. Fue inútil. Me encontraron, y esta vez la furia en sus ojos era distinta, más oscura. Los golpes llovieron con una saña que supera cualquier rutina de dolor anterior. Y mi madre... ella solo se limitaba a observar, como quien mira una mancha en la pared que no logra quitar.

—Mírate, eres basura —soltó con una frialdad que me caló más que cualquier impacto—. Alguien como tú ni siquiera merece el espacio que ocupa.

Antes de que pudiera procesar el vacío en sus palabras, sentí el estallido en mi costado. La bota de mi padre se hundió en mis costillas con una fuerza brutal. Algo dentro de mí se quebró con un sonido seco, definitivo, y el aire abandonó mis pulmones. Intenté desesperadamente recuperar el aliento, pero el oxígeno me negaba la entrada. Comencé a toser ese líquido espeso, caliente y amargo, viendo cómo la conciencia se me escapaba entre borbotones de sangre. Al final, el mundo se desvaneció en lo que parecía un sueño... uno eterno.

Pero la eternidad resultó ser extrañamente lúcida. Me vi a mí mismo desde fuera, un espectador de mi propia tragedia. Mi cuerpo yacía en el suelo, encogido en esa posición fetal que tanto había usado para protegerme, una cáscara vacía que ya no sentía nada. Una amargura ácida me subió por la garganta al darme cuenta de que, incluso muerto, mi alma seguía intentando esconderse de ellos.

Elevé mis manos frente a mi rostro y la incredulidad me golpeó con la fuerza de un rayo. Eran translúcidas, como el cristal bajo la luz de la luna. Era un ser de puro espíritu, alguien que ya no encajaba en ese mundo de suciedad y llanto. No hubo tiempo para despedidas, ni las quería. Una fuerza invisible y arrolladora me arrancó de aquella habitación mugrienta, elevándome hacia el firmamento a una velocidad que desafiaba toda lógica.

Mientras atravesaba el techo hacia el cielo, el dolor agónico de mis costillas simplemente se esfumó. Fue reemplazado por una calidez acogedora, un abrazo de luz que me obligó a cerrar los ojos por última vez en mi vida anterior.

Al abrir los ojos, la oscuridad de mi habitación había sido reemplazada por una claridad infinita. Me encontraba en un lugar que desafiaba toda lógica: el cielo. El suelo no era sólido, sino una extensión de nubes densas que se hundían ligeramente bajo mis pies. Por un segundo, el vértigo me revolvió el estómago; sentía que en cualquier momento el vapor cedería y me precipitaría al vacío.

Fue entonces cuando la vi.

Una figura se aproximaba a través de la neblina. Era una mujer baja, esbelta, de una belleza que solo podría describir como el alba saludando a un nuevo día. Se detuvo frente a mí y, sin previo aviso, me regaló una sonrisa de oreja a oreja.

—Hola, Junozomi —dijo con naturalidad.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo. ¿Cómo sabe mi nombre? En mi vida anterior, nadie te sonreía así a menos que buscara algo a cambio o planeara lastimarte después. Retrocedí un paso, apretando los puños inexistentes de mi cuerpo espiritual.

—¿C-cómo sabes mi nombre? —pregunté, con la voz tambaleándose entre el terror y la curiosidad.

—¡Oh, lo siento! Jeje... vaya modales para una diosa, ¿no? El no presentarse... —soltó una risa nerviosa, rascándose la nuca.

Me quedé estupefacto. ¿Se está burlando de mí o es que todos los dioses son así de despistados? No me fiaba de esa risa, se sentía demasiado humana para ser un ser supremo.

—¿Diosa? —la miré de arriba abajo con incredulidad—. Espera... ¿Tú eres una diosa?

—Lo soy. Aunque me veas como alguien normal, yo soy la Gran Diosa Tsuki —afirmó, inflando el pecho con un orgullo casi infantil.

—Tsuki... —murmuré. Era un nombre lindo, pero el peso de la realidad me golpeó de nuevo. Bajé la mirada y hundí los hombros, aceptando la derrota antes de terminar la frase—. Entonces... yo estoy…

—Sí. Estás muerto, Junozomi —confirmó ella. Su tono juguetón cambió de golpe a uno más suave, cargado de una compasión que me resultó incómoda—. Es una pena terrible lo que te sucedió, pobre alma destrozada. Tus padres... ellos fueron monstruos.

Sus ojos se clavaron en los míos, intentando adentrarse en los rincones más oscuros de mi alma. Sentí un rechazo inmediato. No me mires así, como si fuera un perro callejero. ¿Qué sabrá una diosa del infierno si vive en este país de nubes de algodón?

—¡Lo fueron, Tsuki! ¡Fueron unos bastardos! —exclamé, sintiendo cómo el ácido del resentimiento me quemaba la garganta. La miré fijamente, queriendo que viera a través de mis ojos todo el odio y el daño que ellos me habían causado—. ¿Qué pasa? ¿Te quedaste sin palabras? Dime de una vez... ¿Por qué estoy en este jodido lugar?

La atmósfera cambió en un parpadeo. El aire vibró con una presión abrumadora y la voz de Tsuki adquirió un matiz de amenaza que me erizó la piel.

—¿Por qué? Esa es la pregunta, ¿no? —se acercó a mí, su presencia se volvió gigantesca, asfixiante—. Estás aquí porque yo te permito estarlo. Y estoy aquí porque vengo a ofrecerte una segunda oportunidad.

—¿Segunda oportunidad? —repetí, sosteniendo la mirada sin ceder ni un milímetro ante su presión—. ¿De qué mierda hablas, loca? Ya estoy muerto. ¿Acaso crees que soy un ingenuo?

Me quedé firme, negándome a apartar los ojos de ella, aunque su presencia me hacía vibrar hasta los huesos. No iba a ser el perro apaleado de nadie, ni siquiera de una diosa.

Tsuki me observó en silencio durante un segundo que pareció eterno. En su mente, el asombro empezaba a ganarle a su orgullo:

Esos ojos... me gusta cómo me desafían, pensó la diosa mientras me estudiaba con una mezcla de sorpresa y fascinación. Puedo ver a través de ellos; son tan oscuros, tan profundos... No tengo ninguna duda. Él será el cambio que necesita el mundo, ya sea para bien o para mal.

De pronto, la tensión se rompió cuando Tsuki soltó una carcajada que resonó en todo el vacío. Puso una mano sobre mi hombro y, al hacerlo, sentí cómo la presión abrumadora que me asfixiaba se disipaba por completo.

—Eres alguien interesante, Junozomi —dijo ella, todavía con rastros de risa en su voz—. Eres digno de mi total atención.

—¿Eh? —La miré con total desconcierto ante su repentino cambio de humor. Una sonrisa nerviosa e incómoda se dibujó en mi rostro sin que pudiera evitarlo.

¿Pero qué le pasa a esta mujer?, pensé, dándole una mirada de reojo. Primero me amenazó y ahora se ríe como si nada... Esto no tiene sentido. De todos los dioses que existen, me tuvo que tocar esta rarita.

—Me halagas, supongo... —murmuré, tratando de ignorar que su mano seguía sobre mi hombro con una calidez que me resultaba ajena. Di un pequeño paso atrás para recuperar mi espacio—. Pero sigo sin entender de qué oportunidad hablas. ¿Qué es lo que realmente quieres de mí?

—¡Oh, es verdad! Jeje... —Tsuki soltó una pequeña risa nerviosa y se acomodó un mechón de su cabello, blanco y fino como la seda, tras la oreja. Su aura imponente se desinfló un poco, volviendo a esa actitud distraída que tanto me desconcertaba—. Perdón por eso. Como verás, soy la Diosa Tsuki, que significa "Luna". Yo, como deidad, puedo interferir en ciertos temas; específicamente cuando se trata de muertes por accidente o, como en tu caso, muertes que ocurren mucho antes del tiempo debido.

Me miró con una seriedad repentina, como si estuviera recitando un manual que acababa de memorizar mientras me explicaba las reglas de su mundo.

¿Antes de tiempo?, repetí en mi mente. Una amargura vieja me apretó el pecho. ¿O sea que se supone que debía vivir más años en ese infierno de casa? Qué broma tan pesada.

Solté un suspiro largo y la escaneé de arriba abajo una vez más. Seguía pareciéndome demasiado joven, demasiado... inexperta para ser un ser supremo.

—Entonces... ¿Tú ya has hecho esto antes? —pregunté, entornando los ojos—. ¿Lo de reencarnar a otras almas? Porque, siendo una deidad, no estoy tan seguro de que sepas realmente lo que estás haciendo.

Espero no estar en lo cierto, pensé con un escalofrío. Si ella falla, ¿qué me pasará a mí?

—¡Claro que lo he hecho antes! ¿Por quién me tomas, eh? —Tsuki se puso las manos en las caderas y proyectó su torso hacia mí, fingiendo una indignación que no lograba ocultar su nerviosismo—. ¡Lo he hecho desde hace miles de años, querido!

Apartó la vista de mí haciendo un puchero; evidentemente, le había herido el orgullo. Pero mientras me daba la espalda, su mente era un caos:

¿Cómo se atreve este chico?, se dijo Tsuki a sí misma, irritada. ¿Está insinuando que yo, la Gran Diosa Tsuki, nunca lo he hecho? Demonios... tiene razón. Es la primera alma que me envían en milenios. ¡Pero no le daré el gusto de saberlo!

—¡Escúchame, mocoso! ¡No dudes de la Gran Diosa Tsuki! —exclamó, dándose la vuelta y señalándome con el dedo mientras intentaba recuperar su aire de grandeza.

—¿Qué? ¿Mocoso yo? Pero si tú eres más baja que yo... En todo caso, la "mocosa" aquí eres tú, Tsuki —respondí, imitando su gesto de señalar mientras una sonrisa genuina se dibujaba en mi rostro.

Sin darme cuenta, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Por un segundo, imité su gesto de señalarla, y una sensación de ligereza me recorrió el pecho. Vaya... ¿hace cuánto que no me sentía así? Incluso en esta situación absurda, era la primera vez en años que no sentía la necesidad de esconderme o de encogerme ante alguien.

—¡Como sea! Estamos perdiendo tiempo importante, Junozomi —interrumpió ella. Su expresión se volvió seria de golpe y, antes de que pudiera reaccionar, me tomó firmemente por las manos—. Escucha, te daré una oportunidad más. Llamémosla una "segunda vida".

Sentí el calor que emanaba de sus palmas; era una sensación extraña pero tranquilizante. Me explicó que me enviaría a un mundo lleno de magia, reyes, dragones y mazmorras. Sonaba como los libros y animes que solía ver en Japón, pero mi instinto de supervivencia me puso en guardia.

Nadie da nada gratis en esta vida, ni siquiera una diosa, pensé mientras la observaba con cautela.

—De acuerdo, Tsuki... ¿y cómo será este proceso? —pregunté, tratando de mantener la calma a pesar de los nervios.

—Como la diosa que soy, esto será pan comido. Es algo de rutina, así que no tengas miedo, estás en buenas manos —me aseguró con una sonrisa que intentaba transmitir seguridad.

Así es, mi querido, estás en las mejores manos posibles, pensó Tsuki para sus adentros, convencida de su propia actuación. Estoy segura de que no sospecha nada...

Apreté sus manos con firmeza, aunque mi mente era un caos. Sabía que me estaba ocultando algo, pero no tenía otra opción. ¿Qué podría ser peor? ¿Morir de nuevo? Ja.

—Hay una pareja que está a punto de dar a luz a su primer hijo —continuó ella, ajena a mis dudas. Me invitó a mirar hacia el vacío debajo de nosotros—. Ahí es donde entras tú. Serás el hijo de esa nueva familia.

Al mirar hacia abajo, vi una aldea humilde y llena de vida que se sentía increíblemente pacífica. Entre las casas, divisé una vivienda sencilla y acogedora. Era exactamente lo que siempre había querido: un hogar de verdad.

—¿Qué puedes decirme de esa aldea? —pregunté con una chispa de esperanza que no sabía que aún conservaba.

—¿Te interesa la aldea Iwahashi? —respondió ella con una sonrisa cálida—. Es un lugar tranquilo, cerca de un lago y de un bosque con monstruos... ya sabes, lo normal en este mundo.

¿Lo normal?, pensé con una mezcla de duda y emoción. Si hubiera monstruos, tal vez mi nuevo padre supiera usar la espada. Eso sería grandioso.

Tsuki invocó su báculo de la nada. Cerró los ojos y comenzó a canalizar su energía, moviendo el arma en círculos lentos mientras el aire vibraba con una fuerza antigua. Su presencia, antes juguetona, se volvió verdaderamente imponente.

—¡Bajo el arco del tiempo que nunca se detiene, cruza el puente de piedra entre lo que fui y lo que seré! —recitó con una voz que resonó en todo el firmamento—. ¡Que las tierras de Iwahashi me reciban y el alma de Orerion me reclame como suya! ¡Despierta, esencia del otro mundo!

Una luz blanca empezó a envolverme. Sentí un calor acogedor mientras mi cuerpo comenzaba a desvanecerse.

—Gracias por esto, Tsuki. No lo olvidaré —susurré.

—Que te vaya bien. A partir de ahora ya no eres Junozomi; serás alguien nuevo —dijo ella, despidiéndose con la mano mientras una sonrisa serena iluminaba su rostro—. Siempre serás bienvenido de regresar aquí.

Su figura fue lo último que vi antes de que todo estallara en un resplandor blanco.

En cuanto él desapareció por completo, Tsuki dio un salto de alegría en medio del vacío. Perdió toda su compostura divina y soltó un grito de triunfo que resonó en la nada.

—¡Sí! ¡Soy la mejor diosa del mundo! —gritó, agitando los puños en el aire con una energía desbordante—. ¡Vamos, carajo! ¡Me salió a la primera! Soy demasiado buena en esto de la reencarnación, jajaja.

Se dio un par de palmadas en las mejillas, orgullosa de su actuación y de haber logrado enviar su primera alma sin que el chico sospechara de su inexperiencia. Sin embargo, a medida que la luz del rastro de Junozomi se apagaba, su risa fue disminuyendo hasta convertirse en un susurro.

—Ya se fue... —murmuró, mirando el espacio vacío donde antes estaba el chico.

Su alegría se desvaneció, dejando paso a un silencio sepulcral que parecía pesar más que antes. La inmensidad del cielo de nubes, que antes parecía majestuosa, ahora se sentía simplemente vasta y vacía. Se abrazó a sí misma, sintiendo el frío de la eternidad.

—Vaya... ser una diosa es demasiado solitario a veces —suspiró con una pizca de tristeza—. Realmente me agradaba ese mocoso.

Se quedó pensativa un momento, pero pronto una pequeña chispa volvió a sus ojos. No todo estaba perdido.

—Es verdad que estaré sola de nuevo... pero al menos podré ver a Tatsumi desde aquí. No le quitaré el ojo de encima.

Con un movimiento elegante de sus dedos, hizo aparecer una imagen flotante en el aire, una ventana hacia el mundo de Iwahashi. Se sentó en su trono, dispuesta a observar cómo aquel "error" de la naturaleza empezaba a convertirse en la leyenda que ella sabía que podía ser.