Un día más
La mañana llegaba antes que el sol.
Nunca faltaban por las mañanas los aullidos del perro del vecino, las voces de las personas en la calle atravesando las cortinas o el sonido metálico de la cortina de la tienda de don Carmelo levantándose lentamente. Era lo mismo de todos los días.
Daniel abrió los ojos cuando escuchó el sonido de una moto pasar a lo lejos.
Ya eran las cinco y media.
No necesitaba un reloj para saberlo.
La ventana entrecerrada dejaba entrar una luz tenue junto con el calor de las calles, que poco a poco comenzaba a encerrarse dentro de la habitación.
Se quedó mirando una mancha de humedad en el techo durante unos segundos, todavía atrapado entre el sueño y las ganas de no levantarse.
En la habitación continua, su madre dormía con la televisión encendida.
La luz azul iluminaba apenas su rostro cansado.
Daniel bajó lentamente los pies de la cama para no hacer ruido. El concreto estaba frío. Caminó despacio hasta la pequeña cocina y abrió el refrigerador buscando algo para desayunar.
Dentro solo había una jarra de agua, unas tortillas envueltas en una bolsa y medio limón seco.
Nada más.
Cerró la puerta lentamente.
En la calle alguien gritó:
-¡Ya callen a ese maldito perro!
Daniel se asomó por la ventana. Dos vecinos discutían por los ladridos de Canelo, el perro viejo y flaco de don Gustavo, el vecino de al lado.
No era raro.
Ese perro siempre molestaba a cualquiera que pasara por la calle. El mes pasado había mordido a un hombre que iba en bicicleta, así que don Gustavo había optado por dejarlo amarrado en el techo.
Doña Carmen también salió a reclamar, como siempre. Nunca perdía la oportunidad de quejarse de los vecinos, aunque se molestaba cuando alguien mencionaba a su hijo drogadicto.
Daniel tomó su uniforme de la silla. La camisa todavía tenía manchas que no habían salido desde la semana pasada. Se la puso de todos modos.
Mientras se cambiaba, escuchó a su madre despertarse detrás de él.
-¿Ya te vas?
La voz le salió rasposa y cansada.
Daniel volteó.
-Sí.
Ella miró hacia la cocina, como si hubiera recordado algo.
-No hice desayuno.
-No importa.
Y era verdad. Ya estaba acostumbrado.
Su madre guardó silencio durante unos segundos.
-Tu tío vino ayer.
Daniel dejó de abrocharse la camisa.
-¿Ese viejo borracho otra vez?
Ella asintió lentamente.
Su tío siempre llegaba oliendo a cerveza, hablando demasiado fuerte y prometiendo cosas que nunca cumplía. A veces llevaba regalos baratos cuando se sentía culpable. Otras veces solo traía problemas.
-Te dejó esto.
Ella sacó unos billetes arrugados de su bolsa.
Daniel los observó en silencio. No necesitaba preguntar de dónde había salido ese dinero.
Tomó los billetes y los guardó sin decir nada.
Cuando salió de la casa, el cielo comenzaba a teñirse de un color carmesí que apenas podía apreciarse entre los cables viejos que cruzaban las calles. El olor desagradable de un hombre borracho tirado sobre la acera se mezclaba con el aire caliente de la mañana.
Daniel caminó con las manos en los bolsillos.
Conocía cada grieta de esas calles. Cada pared rayada. Cada casa abandonada. Cada esquina donde se reunían hombres que parecían no tener prisa por morirse.
Entonces levantó la mirada.
Ahí estaban otra vez.
Cinco pájaros negros alineados sobre un cable viejo.
A veces se preguntaba cómo se sentiría ser uno de ellos. Vivir sin preocupaciones y tener la libertad de alzar el vuelo en cualquier momento.
Por un instante sintió envidia.
Ellos también estaban atrapados entre ruido, postes oxidados y calles rotas... pero todavía podían irse volando cuando quisieran.
Mientras él tenía que quedarse ahí.
Tal vez por el resto de su vida.