Capítulo 1; Parte I: Nuestro futuro.
Las vacaciones de invierno estaban a la vuelta de la esquina, y aunque habíamos hecho una lista casi interminable de cosas que queríamos hacer juntas, había una en particular que pesaba más que todas las demás. No era solo un plan… era una decisión que podía cambiarlo todo.
—¿En qué piensas, Haruki? —preguntó Yumiko desde frente, inclinándose apenas hacia mí.
Sus dedos se deslizaron con suavidad por mi cabello, apartando con cuidado algunos mechones de mi flequillo, insistente en traerme de vuelta al momento. Ese gesto suyo, delicado pero decidido, siempre lograba desarmarme.
Levanté la mirada y la observé con atención.
Fue ella… quien me hizo atreverme a imaginar un futuro. Quien me empujó a apostar todo, incluso cuando las probabilidades estaban en nuestra contra. Y esta última decisión… era el paso definitivo para que ese futuro dejara de ser un sueño y se volviera algo real. Algo nuestro.
Solté una pequeña risa por lo bajo, más nerviosa de lo que quería admitir, y tomé su mano antes de que se alejara. La llevé hasta la mesa, sin soltarla, sintiendo el leve temblor de sus dedos entre los míos.
La habitación del hotel era pequeña, algo descuidada. Las paredes tenían marcas, la luz era tenue y el ambiente, en general, resultaba un poco deprimente. No era un lugar en el que alguien soñaría quedarse… pero era lo que teníamos. Un refugio temporal en los suburbios de New Tokyo, donde las reglas parecían diluirse lo suficiente como para dejarnos existir sin tantas miradas.
Bajé la vista hacia nuestras manos entrelazadas y comencé a jugar con sus dedos, recorriéndolos con lentitud, como si intentara memorizar cada detalle.
—¿De verdad estás segura de esto? —pregunté finalmente, sin dejar de tocarla.
Tardó un instante en reaccionar, como si no hubiera entendido de inmediato a qué me refería. Luego, con un gesto suave pero decidido, llevó su mano libre a mi mejilla, obligándome a mirarla.
Sus ojos celestes… siempre lograban acelerar mi pulso.
—Lo estoy —respondió, su voz más suave—. ¿Estás dudando?
Negué apenas con la cabeza, aunque mis dedos se tensaron ligeramente.
—Sabes que no pienso renunciar a ti —murmuré—. Pero lo que vamos a hacer… te afecta más a ti. Eso es lo que me preocupa.
Sentí cómo mis manos se cerraban en pequeños puños, incapaces de liberar la tensión que se acumulaba en mi pecho. Yumiko no tardó en reaccionar; tomó mis manos entre las suyas, cubriéndolas por completo, y ese calor logró calmar, aunque fuera un poco, lo que sentía dentro.
—Ya tomé una decisión —dijo con una seguridad que contrastaba con la suavidad de su voz—. No voy a dar marcha atrás. No estoy haciendo nada incorrecto… y aunque tenga un precio, estoy dispuesta a pagarlo si eso significa tener un futuro contigo.
Mis dedos se relajaron poco a poco. Deslicé mi mano entre las suyas hasta entrelazar nuestros dedos, buscando ese punto de conexión que siempre me anclaba.
Nos quedamos en silencio, mirándonos.
—Yumiko, yo…
Ella no me dejó terminar.
Se inclinó apenas y sus labios rozaron los míos en un beso breve, suave… pero lleno de intención. No necesitó decir nada más.
Fruncí el ceño ligeramente, más por costumbre que por molestia real.
—Yo debería besarte, no tú a mí.
Ella ladeó la cabeza, divertida.
—¿Ah, sí? ¿Había alguna regla sobre eso?
Solté un suspiro, cruzándome de brazos por un instante antes de mirarla de nuevo.
—Desde ahora sí.
—¿No te gustó? —respondió con un tono casi juguetón—. Me pone triste~
—Sabes que no es eso… —murmuré, bajando un poco la voz—. No me disgusta…
Su risa fue inmediata, ligera, sincera.
Genial. Ahora se burla.
—Eres muy linda cuando te pones así —añadió—. Deja de fruncir el ceño o te saldrán arrugas antes de tiempo.
Rodé los ojos, aunque una pequeña sonrisa escapó sin permiso.
Aprovechando que bajó la guardia, la empujé con suavidad pero decisión.
Terminó sobre el suelo, y yo encima de ella.
Su risa se cortó de golpe, sustituida por una expresión sorprendida que pronto se tornó en un rubor evidente. No intentó apartarme. Solo desvió la mirada, como si no supiera dónde ponerla.
No pude evitar soltar una pequeña risa.
—¿Ahora quién está nerviosa?
Acaricié su rostro con la yema de los dedos, sintiendo el calor que subía por su piel. Sus pestañas temblaron apenas.
Era… increíblemente linda así.
Mis dedos descendieron con lentitud, recorriendo la línea de su cuello hasta su clavícula. No había prisa, solo una cercanía cargada de emoción contenida. Cada reacción suya, cada pequeño gesto, se me grababa con una intensidad difícil de explicar.
—¿Quieres quedarte conmigo hoy también? —pregunté en voz baja, casi rozando su oído.
Yumiko tardó en responder. Sus labios se entreabrieron, pero no salió sonido al principio.
—Y-ya sabes mi respuesta… tonta —murmuró finalmente.
Sonreí.
—Entonces hoy tampoco vamos a dormir.
Ella se cubrió el rostro con ambas manos, avergonzada, y esa reacción solo logró hacerme reír un poco más.
Aquella noche… no fue distinta en esencia, pero sí en significado. Cada gesto, cada abrazo, cada instante compartido parecía cargar con la urgencia de quien sabe que el tiempo no es infinito.
※ ※ ※ ※ ※ ※
El día en que todo se decidiría finalmente había llegado.
Desde que abrí los ojos esa mañana, había una presión constante en mi pecho, como si cada latido me recordara que no había marcha atrás. No vería a Yumiko hasta más tarde; habíamos acordado hacerlo así. Primero, cada una debía enfrentarse a lo que le correspondía.
Las vacaciones de invierno acababan de comenzar, pero no se sentían como un descanso. La primera cosa en nuestra lista… era también la más importante.
Hablar con sus padres.
Aquellos que nunca aceptaron lo nuestro.
Aquellos que no solo se opusieron, sino que fueron más allá… hasta el punto de afectar directamente a mi familia con tal de apartarme de ella.
Uno de los afectados…
Desvié la mirada hacia mi padre.
Estaba sentado como de costumbre, con una lata de cerveza en la mano y la fotografía de mamá apoyada contra la mesa, como si no pudiera separarse de ella ni un segundo. Sus dedos recorrían el borde del marco con una lentitud ausente, casi automática, mientras sus ojos parecían perderse en algún punto que ya no estaba ahí.
El sonido del metal al inclinar la lata rompía el silencio de vez en cuando.
Había perdido su trabajo.
No por incompetencia. No por descuido.
Sino por las conexiones de los Akiyama.
Apreté ligeramente los labios.
Nunca se lo dije a Yumiko. Nunca quise cargarla con eso. Pero la consecuencia fue… irreparable.
Mamá murió.
No pudimos pagar el tratamiento que necesitaba.
El recuerdo me atravesó con una punzada seca, haciendo que mi respiración se volviera un poco más pesada.
Sería mentira decir que no los aborrezco.
En el fondo… los odio.
Ese sentimiento existe, aunque intente enterrarlo.
Pero amo a su hija.
Y por eso… me obligué a guardar silencio durante tanto tiempo. A proteger la imagen que Yumiko tenía de ellos, aunque cada vez que pensaba en lo ocurrido algo dentro de mí se retorciera.
Aun así, ella lo notó.
Siempre lo hacía.
Supongo que por eso nuestra relación secreta… terminó pesando más de lo que ambas queríamos admitir.
No había nada incorrecto en lo nuestro.
Nada.
Pero para ellos, el problema nunca fue lógico.
Yo era mujer.
Y eso bastaba.
Aunque en New Tokyo existieran avances suficientes como para que incluso dos mujeres pudieran formar una familia… ese nunca fue el punto. Su rechazo venía de mucho más atrás, de generaciones cargadas de prejuicios que no iban a desaparecer con argumentos.
Si yo hubiera sido un hombre…
Tal vez nada de esto habría pasado.
Bajé la mirada, dejando escapar un suspiro lento.
Pero entonces…
¿Yumiko se habría enamorado de mí?
Esa pregunta siempre me dejaba en silencio.
—¿Estás bien? —la voz de mi padre me sacó de mis pensamientos.
Levanté la vista. Él me observaba con atención, aunque su expresión seguía siendo suave, paciente… como siempre.
Me acerqué y me senté a su lado. El sofá crujió ligeramente bajo mi peso.
—La verdad… no —admití, bajando la voz—. Estoy nerviosa. Tengo miedo.
Él sonrió.
Esa sonrisa…
Había algo en ella que siempre lograba calmarme, incluso ahora, cuando todo parecía tambalearse.
El recuerdo de la única vez que conocí a la madre de Yumiko cruzó por mi mente con una claridad incómoda. Su mirada cargada de desprecio, el jarrón volando en mi dirección sin previo aviso… el impacto, el sonido del cristal rompiéndose y el ardor inmediato en mi mejilla.
Instintivamente llevé la mano a esa cicatriz, recorriéndola con la yema de los dedos.
Desde ese día…
todo tuvo que ocultarse.
—No tengas miedo —dijo mi padre, inclinándose hacia mí para rodearme con sus brazos.
Su abrazo la envolvió con una calidez reconfortante, tan sólido que no dejaba espacio para dudas.
—Papá te va a proteger, pase lo que pase. Yo las apoyo.
Cerré los ojos por un instante, apoyando el rostro contra su hombro. Su olor, familiar y reconfortante, me envolvió de inmediato.
Sus palabras… me aliviaron más de lo que esperaba.
No teníamos poder.
No teníamos influencias.
Pero lo teníamos a él.
Y eso… importaba.
Así deberían ser todos los padres.
Pero no lo son.
Tragué saliva, intentando mantener la compostura mientras mis dedos volvían a la cicatriz en mi mejilla.
¿Y si esta vez… intentaban lastimar también a Yumiko?
El solo pensamiento hizo que mi cuerpo se tensara.
Mi padre debió notarlo, porque su abrazo se volvió más fuerte, más protector.
—Tu mamá también te cuida desde el cielo —añadió con suavidad—. Todo va a salir bien.
Esa fue la grieta.
Una lágrima escapó sin permiso, recorriendo mi mejilla lentamente.
Había aguantado.
Desde que mamá murió, no me había permitido llorar así.
Pero el calor de ese abrazo… la sinceridad en sus palabras… terminó por romper algo dentro de mí.
Me aferré a él con más fuerza, hundiendo los dedos en su ropa, mientras más lágrimas comenzaban a caer, silenciosas al principio, luego inevitables.
A pesar de todo lo que él había perdido…
A pesar de su propio dolor…
seguía ahí para mí.
Apoyándome.
Sin dudar.
Y eso… me daba fuerzas.
Sabía que enfrentar a la familia de Yumiko no traería nada bueno. No iba a ser una conversación justa, ni tranquila, ni mucho menos fácil. Pero tampoco podíamos seguir escondiéndonos.
Yumiko estaba dispuesta a renunciar a su apellido por nosotras.
A dejar atrás todo lo que conocía.
¿Cómo no iba a hacer yo lo mismo?
Inspiré hondo, separándome apenas de mi padre, limpiando mis lágrimas con el dorso de la mano. Mis piernas seguían temblando, como si no confiaran del todo en sostenerme.
Pero aun así…
Quiero ser fuerte.
Por ella.
No voy a permitir que nos arrebaten nuestro futuro.