Fabulas Para La Vida por LizzyVerdejo en Inkitt
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Fabulas para la vida

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Sinopsis

Fabulas sobre y para la vida

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13+

El hijo de la luna y la violeta

En un valle escondido entre frondosas montañas, donde las luciérnagas parecían pequeñas estrellas caídas del cielo, crecía una flor distinta a todas las demás.

No era la más grande ni la más alta, pero brillaba bajo la luz de la luna como si guardara un pedacito de noche entre sus pétalos.

Se decía que quien se acercara demasiado a aquella flor terminaría enamorado de su perfume para siempre.

Y así fue. Una noche, el hijo de la luna descendió al valle.

Era un muchacho alegre, de ojos profundos y corazón inquieto.

Había recorrido bosques, mares y caminos en busca de algo que ni él mismo sabía nombrar.

Cuando vio la violeta iluminada por la luz plateada, su corazón latió con tanta fuerza que creyó que el cielo había escuchado sus anhelos. Estaba cautivado por su belleza serena.

Ella también lo miró con curiosidad.

Al principio, hablaban todas las noches.

Él le contaba historias de estrellas fugaces y cielos lejanos.

Ella le hablaba de las raíces, de la lluvia y de la paciencia de las flores. Sin embargo, ella era reservada, dulce y silenciosa, como las flores que florecen despacio.

Y, como no recibía la intensidad que esperaba, el muchacho creyó equivocadamente que aquella flor no le quería.

Pensó: «Tal vez no le importo».

«Tal vez su corazón mira hacia otro jardín».

Y, por miedo al rechazo, se marchó.

Viajó por muchos caminos.

Persiguió otras luces.

Intentó convencerse de que había hecho lo correcto.

Pero ninguna flor brillaba igual, ninguna hacía latir su corazón con la misma calma y tempestad a la vez.

Entonces comprendió su error.

No había huido porque ella no fuera especial, había huido porque temía amar y ser herido.

Así que regresó… Pero esta vez no volvió como un viajero distraído, volvió dispuesto a quedarse.

Regó la tierra alrededor de la violeta.

La protegió de las heladas.

Se quedó a su lado incluso durante las tormentas.

Y aunque muchas veces ella guardó silencio, él siguió intentando demostrarle con hechos lo que antes no supo expresarle con palabras.

Entonces, una noche, la luna descendió sobre el valle y le habló suavemente.

—Pequeña, debes escuchar tu corazón.

La florecilla tembló apenas.

—¿Por qué volvió ahora? —¿Por qué no entendió antes lo que sentía?

La luna resplandeció con más fuerza sobre el río plateado antes de responder.

—Porque algunos corazones son torpes antes de ser valientes.

Hay chicos que necesitan perder aquello que tienen para darse cuenta de cuánto lo aman realmente.

La violeta guardó silencio.

—Pero escucha bien —continuó la luna—, no todas las flores están obligadas a dar una segunda oportunidad.

Y, si tu corazón ya no lo ama, debes decírselo con sinceridad.

Porque jugar con el amor de alguien que ha vuelto dispuesto a darlo todo puede destrozar incluso a la roca más fuerte. Pero, hermosa florecita, tampoco cierres tu corazón solo por orgullo o miedo.

A veces, los errores no nacen de la maldad, sino de la inmadurez.

Y hay quienes cambian cuando descubren el verdadero amor.

El valle quedó en silencio.

A lo lejos, el hijo de la dama blanca seguía esperando junto al río, con el corazón cansado y lleno de esperanza al mismo tiempo.

Porque hay dolores que nacen del rechazo y otros que nacen de no saber nunca qué habría pasado de no haber sido valiente y honesto con los sentimientos.

La luna miró a la bella flor por última vez y susurró:

—No le regales tu amor por lástima. No le cierres el corazón por orgullo. Solo escucha la verdad que hay en tu interior.

Esa noche, mientras todos dormían, una pequeña violeta abrió lentamente sus pétalos hacia la luz de la luna, como si por primera vez estuviera dispuesta a hablar con el corazón.

El joven esperó sin exigir respuestas, porque había aprendido algo importante: el amor verdadero no obliga a quedarse, solo espera ser visto con honestidad.

Y cuentan que, desde aquella noche, las violetas brillan más intensamente bajo la luz de la luna llena, porque aún recuerdan la historia del muchacho que tuvo que perderse para descubrir a dónde pertenecía su corazón.

*Moraleja: Hay corazones que huyen del amor no porque no sientan, sino porque temen ser heridos. Sin embargo, amar de verdad también significa aprender a ser valiente, reconocer los propios errores y regresar con humildad. Pero quien fue lastimado tampoco está obligado a abrir nuevamente su corazón: el amor sincero no se mendiga, no se impone y no nace de la culpa, sino de la honestidad de dos almas capaces de mirarse sin miedo.

A veces, las personas cambian cuando comprenden el valor de aquello que estuvieron a punto de perder, y dar una segunda oportunidad no es debilidad cuando nace desde la verdad del corazón. Porque perdonar no significa olvidar el dolor, sino permitir que el amor tenga la posibilidad de crecer de una forma más madura, consciente y sincera.

Al final, el verdadero amor no pertenece a quien más insiste, sino a quienes aprenden a elegirse con verdad, paciencia y libertad.

*Dedicatoria: Esta historia está dedicada a esos amores adolescentes que, aun siendo torpes e inmaduros, se sienten inmensos y verdaderos. A los corazones jóvenes que aman por primera vez sin comprender del todo sus propios miedos, y que muchas veces se alejan no por falta de amor, sino por temor a no ser suficientes o a terminar heridos.

Como madre, he aprendido observando que algunos sentimientos necesitan tiempo para madurar, y que hay personas que solo comprenden el valor de aquello que aman cuando sienten la posibilidad de perderlo. También he visto que crecer emocionalmente implica aprender a ser honestos con uno mismo y con los demás.

Esta fábula nace de esa mirada: de los amores que dudan, que se equivocan, que regresan y que, aun entre silencios y heridas, intentan aprender a amar de una forma más sincera y valiente.

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1. El hijo de la luna y la violeta
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