Fuera de juego

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Sinopsis

Amelia Foster tiene un único objetivo: convertirse en una gran periodista. Inteligente, ambiciosa y completamente enfocada en su futuro, no piensa permitir que nadie vuelva a romperla después de la relación que casi destruyó la confianza que tenía en sí misma. Por eso, cuando llega a Blackstone University, decide mantenerse alejada de distracciones, especialmente de chicos como Logan Hayes. Logan es todo lo que Amelia detesta: arrogante, impulsivo y demasiado consciente del efecto que provoca en los demás. Capitán del equipo de fútbol americano y estrella indiscutible del campus, está acostumbrado a que todos caigan ante él sin esfuerzo. Rodeado de fama, fiestas y rumores, parece exactamente el tipo de persona del que Amelia debería mantenerse lejos. Sin embargo, ignorarlo comienza a ser imposible. Porque detrás de la seguridad que Logan muestra frente al mundo, Amelia empieza a descubrir una versión de él que nadie más conoce. Y mientras las discusiones, la tensión y una atracción imposible de negar crecen entre ambos, los dos terminan atrapados en algo que jamás imaginaron sentir.

Genero:
Romance
Autor/a:
Lu
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: Un proyecto


Amelia

La impuntualidad y yo tenemos una relación bastante tóxica, la odio y la detesto con todo mi ser, justamente por eso odio aún más cuando la impuntual soy yo.

Los pasillos de la universidad están medio vacíos mientras prácticamente corro con el bolso golpeándome el costado y el celular en una mano. Las únicas voces que se escuchan son las de algunos profesores dando clase detrás de las puertas y las risas aisladas de estudiantes que todavía siguen afuera.


De todos los edificios dentro del campus, obviamente mi salón tenía que quedar en los últimos bloques.


Perfecto.


El viento frío golpea mis mejillas mientras atravieso el patio central de la universidad. Mi ciudad es preciosa, sí, pero también tiene ese clima engañoso donde nunca sabes si vas a congelarte o sudar cinco minutos después. Las luces amarillas alrededor del campus hacen que todo se vea bonito, casi cinematográfico.


Casi.


Porque yo estoy demasiado ocupada maldiciendo el tráfico como para apreciarlo. Subo las escaleras del bloque de comunicaciones casi sin aire y cuando llego al salón, la puerta ya está cerrada.


Mierda.


Tomo aire antes de abrir, el profesor levanta la vista apenas entro y varias personas giran la cabeza hacia mí.


—Buenas días, señorita Cruz.


Su tono tranquilo hace que me dé todavía más pena.


—Buenas días, profesor —respondo con una sonrisa incómoda.


Intento entrar lo más rápido y silenciosamente posible mientras siento varias miradas encima mío. Camino hasta mi puesto al lado de Ela, que apenas me ve empieza a sonreír como si estuviera a punto de burlarse de mí.


Ela Moreau parece salida de Pinterest incluso en clases donde debemos madrugar, tiene la piel clara, el cabello rubio y ondulado cayéndole por la espalda y unos ojos miel enormes que siempre parecen estar brillando por algo. Hoy lleva unos jeans negros ajustados, botas altas cafés y un suéter crema oversized que le deja un hombro descubierto.


—Alguien se levantó con el pie izquierdo —susurra apenas me siento.


Hago una mueca mientras saco mi cuaderno.


—Ni me lo digas. El tráfico es una mierda.


Ela se ríe bajito.


—Tranquila, cariño. Sobreviviste.


—Apenas.


El profesor continúa la clase mientras intento acomodar mi respiración y concentrarme.


—Como les decía —habla mientras escribe unas palabras en el tablero—, un reportaje no es simplemente recopilar información. Si quieren hacer periodismo de verdad, necesitan aprender a observar.


Levanto la mirada automáticamente, ahí está la razón por la que amo esto, porque mientras muchos creen que el periodismo solo se trata de cámaras bonitas y titulares llamativos, para mí siempre ha sido otra cosa.


Escuchar.


Analizar.


Encontrar historias donde los demás no miran.


—La gente suele responder lo obvio en una entrevista —continúa el profesor Walker caminando lentamente por el salón—. Su trabajo no es quedarse con lo obvio. Su trabajo es incomodar un poco. Hacer preguntas que obliguen a la otra persona a pensar.


Varias personas empiezan a escribir.


—¿Y cómo sabemos cuándo estamos cruzando un límite? —pregunta una chica al frente.


—Cuando la pregunta deja de tener intención periodística y empieza a ser morbo.


Asiento apenas.


Eso tiene sentido.


—Un buen reportaje no se basa solo en información —dice él—. Se basa en humanidad.


Ela se inclina apenas hacia mí.


—Dios, amo esta clase.


—Yo amo graduarme pronto —murmuro.


Ella suelta una risita.


El profesor sigue explicando mientras proyecta ejemplos en la pantalla.


Habla sobre: estructura narrativa, entrevistas, observación del entorno, credibilidad, investigación y la diferencia entre contar hechos y contar historias.


—Quiero que entiendan algo importante —dice apoyándose sobre el escritorio—. Las personas no recuerdan datos. Recuerdan emociones.


Un chico al fondo levanta la mano.


—Entonces, ¿qué hace que un reportaje sea bueno?


El profesor sonríe apenas.


—Que haga sentir algo.


Silencio.


Incluso yo dejo de escribir por un segundo.


—Ahora —continúa— vamos a hablar del proyecto final del semestre.


Eso hace que varios se acomoden inmediatamente en sus asientos.


Ela me mira y yo la miro, ambas sabemos que probablemente nuestra estabilidad emocional está a punto de desaparecer.


—El proyecto será en grupos de dos personas —dice mientras revisa unas hojas— y no, no escogerán ustedes los grupos.


Varias quejas se escuchan al instante.


—Profesor, eso es muy cruel.


—Precisamente por eso funciona —responde él sin inmutarse.


Ela se tapa la boca para no reírse.


—Cada grupo tendrá que realizar un reportaje completo sobre una actividad extracurricular dentro del campus. No quiero trabajos mediocres ni entrevistas superficiales. Quiero contexto, investigación, observación y una narrativa real.


Empieza a nombrar grupos y temas: debate estudiantil, grupo de teatro, equipo de natación, voluntariado.


Hasta que finalmente:


—Amelia Cruz y Ela Moreau.


Ela literalmente aprieta mi brazo emocionada.


—Sí, gracias Dios.


Yo sonrío automáticamente porque, trabajar con Ela es probablemente lo mejor que pudo pasarme.


—Su tema será...


El profesor revisa la hoja, y entonces dice las palabras que inmediatamente me hacen perder la sonrisa.


—El equipo de fútbol americano de la universidad.


Silencio.


Ela abre la boca emocionada.


—¡NO PUEDE SER!


Yo, en cambio, cierro los ojos lentamente.


No.


No, no, no.


Cualquier cosa menos eso.


Ela prácticamente rebota en el asiento.


—Camila, ¿tú entiendes lo bueno que está el capitán del equipo?


La miro con absoluta seriedad.


—¿Tú entiendes lo insoportables que son los jugadores de fútbol?


Ella pone los ojos en blanco.


—Eso es exactamente lo divertido.


—Claro, porque entrevistar egocéntricos musculosos gritando "bro" cada tres segundos suena fascinante.


Ela empieza a reírse mientras yo dejo caer la cabeza sobre la mesa dramáticamente.


—Voy a reprobar este proyecto.


—Vas a enamorarte de uno y yo voy a disfrutar verlo.


Levanto la cabeza inmediatamente.


—Antes muerta.


Y sinceramente, en ese momento, lo digo completamente en serio.


La clase termina unos minutos después y apenas el profesor sale del salón, Ela prácticamente salta de su asiento. Yo guardo mis cosas con calma mientras ella sigue hablando sin parar sobre el proyecto como si acabaran de darle la mejor noticia de su vida.


En serio, no entiendo cómo puede emocionarse tanto por un grupo de hombres que probablemente tienen menos neuronas funcionales que músculos.


—Amelia, esto es una señal del destino —dice mientras caminamos por el pasillo—. Lo siento muchísimo por ti porque claramente me voy a terminar enamorando de uno de ellos.


Ruedo los ojos tan fuerte que estoy segura de que casi puedo verme el cerebro.


—Ela, debes encorvarte y dejar de vivir en las nubes. Esos idiotas solo te romperán el corazón.


Ella gira la cabeza hacia mí con una expresión ofendida dramática mientras acomoda su bolso sobre el hombro.


—Amiga, tú estuviste con uno que era todo lo contrario a ellos y mira cómo terminaste: con el corazón roto igual.


La miro lentamente y después me llevo una mano al pecho fingiendo dolor.


—Golpe bajo.


Ela se ríe inmediatamente.


—Solo digo la verdad.


—Eso no tiene nada que ver.


—Claro que sí. Tú satanizas a todos los hombres populares desde lo de Ethan.


Hago una mueca apenas escucho ese nombre.


—No los satanizo. Solo tengo sentido común.


—Ajá.


—Ajá qué.


—Que estás traumada.


Le saco el dedo del medio discretamente mientras caminamos hacia las escaleras y eso solo hace que se ría más fuerte.


El aire frío nos golpea apenas salimos del edificio de comunicaciones. A esa hora el campus se ve precioso; las luces cálidas iluminan los caminos de piedra y los edificios antiguos parecen todavía más elegantes bajo el cielo oscuro. Algunos estudiantes siguen caminando entre bloques con cafés en las manos mientras otros se quedan hablando cerca de las residencias.


Caminamos hacia la biblioteca central mientras Ela sigue hablando sobre el proyecto con una emoción que honestamente me preocupa.


—No puedo creer que nos tocara el equipo de fútbol americano.


—Yo sí puedo. Mi suerte es horrible.


—Tu actitud es horrible.


Suelto una risa bajita.


—También.


Entramos finalmente a la biblioteca y el ambiente tranquilo me hace sentir mejor al instante. El olor a café recién hecho mezclado con libros viejos siempre logra relajarme un poco. Hay estudiantes repartidos por todas partes: algunos estudiando en silencio, otros dormidos sobre los escritorios y unos cuantos hablando en voz baja cerca de las computadoras.


Las luces cálidas hacen que todo se vea acogedor.


Ela deja su bolso sobre una mesa cerca de las ventanas y yo hago lo mismo antes de caminar hacia los estantes de periodismo.


—Voy a buscar algo sobre reportajes narrativos.


—Y yo voy a hacer investigación de campo.


La miro sospechosamente.


—Eso sonó peligrosamente falso.


Ela sonríe inocentemente mientras saca su celular.


Cinco minutos después regreso con varios libros entre los brazos y la encuentro viendo una foto de un tipo sonriendo frente a la cámara.


Obviamente.


—¿Qué haces?


Ela levanta el celular inmediatamente.


—Ese es Logan Hayes.


Observo la pantalla apenas unos segundos.


Cabello oscuro ligeramente despeinado, mandíbula marcada, sonrisa confiada y la típica expresión de hombre que sabe perfectamente que es atractivo.


Sí.


Definitivamente parecía el tipo de persona que me caería mal.


—Quarterback. Capitán del equipo. Último año —continúa Ela emocionada—. Todo el mundo en la universidad habla de él.


Me siento frente a ella mientras dejo los libros sobre la mesa.


—¿Y eso se supone que debe impresionarme?


—Dicen que es demasiado mujeriego y que vive de fiesta en fiesta.


—Qué sorpresa.


—Pero también dicen que es inteligente.


La miro lentamente.


—Amiga, me estás dejando asombrada.


Ela suelta una carcajada tan fuerte que una chica en otra mesa nos manda una mirada asesina.


—Estoy hablando en serio. Una chica de mi clase de fotografía dijo que él tiene una beca académica además de la deportiva.


—Wow. Un hombre funcional. Qué exótico.


—Eres insufrible.


—Y tú demasiado fácil de impresionar.


Ela me ignora completamente y vuelve a mirar el celular.


—Además, míralo bien.


—No quiero.


—Míralo.


Suelto un suspiro dramático y vuelvo a mirar la foto.


Sí, era atractivo.


Ridículamente atractivo, de hecho.


Y precisamente por eso parecía un problema.


—Tiene cara de romper corazones profesionalmente.


—Tiene cara de besar increíble.


La miro con absoluta decepción.


—Qué profunda reflexión.


Ella sonríe orgullosa de sí misma mientras deja el celular a un lado.


—Bueno, dejando de lado mi futuro esposo, ¿cómo vamos a hacer esto?


Abro uno de los libros mientras apoyo los codos sobre la mesa.


—Primero necesitamos permisos de grabación si queremos entrar a entrenamientos o vestidores.


Ela asiente.


—También deberíamos solicitar entrevistas individuales. El profesor dijo que necesitábamos contexto humano, no solo hablar del deporte.


—Exacto. Y probablemente tendremos que hablar con el entrenador antes que con los jugadores.


Empiezo a anotar algunas cosas en mi cuaderno mientras hablo.


—Necesitamos observar dinámicas del equipo, horarios de entrenamiento, partidos, estadísticas... todo eso.


Ela me observa escribir con una sonrisa divertida.


—Te emociona más de lo que quieres admitir.


Levanto la vista inmediatamente.


—No me emociona el fútbol.


—Te emociona investigar.


Odio que me conozca tanto.


—Tal vez un poco.


Ela sonríe triunfante.


—Sabía.


—Pero eso no cambia el hecho de que probablemente todos ellos sean insoportables.


—Amelia, literalmente estudias periodismo. Nuestro trabajo consiste en hablar con personas insoportables.


No puedo evitar reírme.


Porque lamentablemente tiene razón.


Abro mi laptop y empiezo a escribir una lista rápida de cosas que necesitamos para el proyecto mientras Ela sigue viendo información del equipo.


—Mañana deberíamos ir al departamento deportivo —digo finalmente—. Si conseguimos acceso temprano tendremos más tiempo para grabar.


Ela asiente emocionada.


—Y tal vez conozca al amor de mi vida.


—O una ETS.


Ella me lanza un papel arrugado directo a la cara mientras yo empiezo a reírme.


Y por primera vez desde que el profesor mencionó el equipo de fútbol americano, la idea del proyecto deja de sonar tan terrible.


Cuando finalmente salimos de la biblioteca ya es bastante tarde y el campus está mucho más vacío que antes. Ela sigue hablando mientras caminamos hacia el estacionamiento, aunque ahora el tema principal de conversación sigue siendo, tristemente, el equipo de fútbol americano.


Yo apenas la escucho, estoy demasiado cansada para seguir discutiendo sobre hombres sobrevalorados con complejos de superioridad.


El aire frío de Seattle golpea mi cara mientras acomodo mejor mi bolso sobre el hombro. Siempre me ha gustado esta ciudad. Tiene ese equilibrio raro entre movimiento y tranquilidad. Los árboles alrededor del campus ya empezaron a cambiar de color por el otoño y las calles iluminadas hacen que todo se vea bonito incluso a altas horas de la noche.


Casi cinematográfico. Porque un estruendo de gritos y risas rompe completamente la tranquilidad, Ela gira primero y yo después, y ahí están.


El equipo de fútbol americano caminando por el estacionamiento como si fueran celebridades saliendo de una alfombra roja. Un grupo de chicas va detrás de ellos riéndose exageradamente de cualquier cosa que dicen, como perritos falderos desesperados por atención.


Ruedo los ojos automáticamente, nunca me interesaron, nunca estuve pendiente de ellos, nunca los veía realmente, nunca estuvieron dentro de mi campo de visión y ahora, aparentemente, están justo en el centro de él.


—Mira, mira —susurra Ela golpeándome el brazo apenas—. El de la sudadera negra es Logan Hayes.


No hago el esfuerzo de buscarlo demasiado, aunque inevitablemente mis ojos terminan encontrándolo, alto, relajado y rodeado de personas. Riéndose de algo mientras camina con una seguridad irritante.


Sí.


Definitivamente tenía energía de problema.


—Tiene demasiada cara de "sé que soy atractivo" —murmuro.


Ela sonríe.


—Porque lo sabe.


—Qué horror.


Ella se ríe mientras seguimos caminando hacia nuestros autos.


—Nos vemos mañana, amargada.


—Nos vemos mañana, desesperada.


Ela me manda un beso exagerado antes de entrar a su carro y yo finalmente llego al mío. Apenas cierro la puerta, el silencio me envuelve y agradezco instantáneamente estar sola otra vez.


Dejo caer la cabeza unos segundos contra el asiento antes de encender el auto.


El tráfico nocturno de Seattle sigue siendo horrible incluso a esa hora. Las luces rojas de los carros se extienden por las avenidas mojadas mientras avanzo lentamente entre calles llenas de cafeterías, edificios antiguos y pequeños restaurantes abiertos.


La radio suena bajito de fondo mientras conduzco y muy a mi pesar, mi cabeza vuelve otra vez al proyecto, al equipo, a las entrevistas, al capitán arrogante del que aparentemente toda la universidad habla. Suelto un suspiro, necesito urgentemente dejar de pensar en eso.


Tardo unos veinte minutos en llegar a casa. Vivo en una zona tranquila de la ciudad, llena de árboles enormes y casas antiguas con porches iluminados. La nuestra no es exageradamente lujosa, pero sí hermosa: ventanas grandes, paredes claras y un jardín que mi mamá cuida casi religiosamente.


Apenas entro, el olor a comida caliente me recibe inmediatamente.


—¿Amelia? —escucho la voz de mi mamá desde la cocina.


—Sí, llegué.


Dejo las llaves sobre la mesa de la entrada y camino hasta la cocina donde ambos están todavía despiertos.


Mi mamá está sentada en la isla de la cocina revisando unos papeles con lentes sobre la nariz y una taza de café al lado. Sigue siendo una de las mujeres más elegantes que conozco incluso después de jornadas eternas de trabajo. Tiene el cabello castaño recogido desordenadamente y esa mirada observadora que siempre me ha intimidado un poco.


Mi papá, en cambio, está apoyado contra el mesón viendo algo en su tablet mientras termina una llamada.


—Te llamo mañana temprano —dice antes de colgar.


Levanta la vista apenas me ve.


—La futura Pulitzer ha llegado.


Hago una mueca.


—Estoy demasiado cansada para tus chistes.


Mi mamá sonríe apenas.


—¿Cómo estuvo la clase?


Me dejo caer sobre una de las sillas.


—Nos asignaron el proyecto final.


—¿Y?


—Tengo que hacer un reportaje sobre el equipo de fútbol americano.


Mi papá suelta una risa inmediata.


—Eso suena entretenido.


—Eso suena como mi peor pesadilla.


Mi mamá cierra los papeles lentamente.


—Los deportistas suelen tener historias interesantes.


La miro.


—Tú dices eso porque literalmente entrevistaste políticos corruptos durante veinte años.


Ella sonríe con tranquilidad.


—Y aun así los jugadores de fútbol americano siguen siendo más difíciles.


No puedo evitar reírme, crecí escuchando conversaciones como esa, mi mamá es periodista desde antes de que yo naciera y mi papá es director de uno de los canales de televisión más importantes de Seattle. Básicamente crecí entre cámaras, estudios, entrevistas, libretas y salas de edición.


Mientras otros niños veían caricaturas, yo me sentaba en el piso de la oficina de mi mamá escuchándola corregir artículos, suupongo que por eso nunca tuve dudas sobre qué quería hacer con mi vida, el periodismo siempre estuvo ahí, siempre fue mío.


Ceno algo rápido con mis papás mientras hablamos un poco sobre nuestras rutinas del día. Mi mamá insiste en servirme más comida aunque claramente ya estoy llena y mi papá sigue revisando correos del canal desde su tablet mientras intenta fingir que nos está escuchando al mismo tiempo.


La dinámica en esta casa siempre ha sido así: ocupados, cansados, pero presentes.


Después de despedirme de ellos, subo finalmente a mi habitación arrastrando un poco los pies por el cansancio. Apenas cierro la puerta detrás de mí, siento cómo todo el estrés del día empieza a bajar lentamente.


Mi habitación siempre ha sido mi lugar favorito de la casa, es elegante, pero cálida. Las paredes son color crema y las luces amarillas alrededor de los estantes hacen que todo se vea acogedor incluso de noche. Tengo una ventana enorme junto a mi escritorio desde donde se alcanzan a ver las luces de Seattle y una estantería llena de libros, cámaras viejas, revistas de periodismo y fotografías familiares.


Mi cama está llena de almohadas y mantas suaves que mi mamá insiste en comprarme cada vez que sale de viaje.


También hay pequeños detalles que hacen que el lugar se sienta mío: velas aromáticas, polaroids pegadas cerca del espejo, notas escritas a mano y una pila de cuadernos donde anoto ideas cada vez que algo se me ocurre.


Dejo el bolso sobre una silla y camino hasta el baño mientras me quito los aretes, no tardo mucho en cambiarme. Me pongo un short cómodo gris y una camiseta enorme de la universidad que probablemente alguna vez fue de mi papá. Después me desmaquillo y amarro mi cabello castaño en un moño desordenado antes de dejarme caer sobre la cama.


El cansancio me golpea casi inmediatamente y aunque intento revisar algunas cosas del proyecto en el celular, mis ojos empiezan a cerrarse solos, no pasa mucho tiempo antes de que el sueño termine apoderándose completamente de mí.


El sonido de mi alarma a la mañana siguiente debería ser considerado un método de tortura, abro los ojos lentamente y lo primero que siento es cansancio. No extremo, pero sí ese agotamiento molesto de quien claramente necesitaba dormir una hora más.


Gruño bajito mientras busco el celular a tientas hasta apagar la alarma, la luz fría de la mañana entra por las ventanas y me obliga a esconder la cara un momento entre las almohadas antes de reunir fuerzas suficientes para levantarme.


Camino medio dormida hasta el baño y me meto a la ducha esperando que el agua caliente haga el milagro de convertirme en una persona funcional.


Por suerte, funciona un poco, cuando termino, envuelvo mi cabello largo en una toalla y vuelvo a mi habitación mientras reviso la hora en el celular.


Abro el clóset rápidamente y termino escogiendo unos jeans azul oscuro de cintura alta, botas negras y un suéter beige ajustado de mangas largas que combina perfectamente con el clima fresco de Raven Hollow. Encima me pongo una chaqueta de cuero negra porque probablemente hará más frío en la tarde.


Me seco el cabello y dejo mis ondas castañas naturales sueltas cayéndome por la espalda, aunque acomodo algunos mechones delanteros detrás de las orejas. Mi mamá siempre dice que heredé exactamente su mismo cabello y no está equivocada.


Después voy hasta el espejo y me maquillo apenas un poco: corrector,rubor suave, máscara de pestañas y brillo labial. Lo suficiente para verme despierta.


Mis ojos verde oliva todavía se ven ligeramente cansados, pero al menos ya no parezco un cadáver universitario. Cuando finalmente salgo del cuarto con el bolso al hombro, mis papás ya están en la cocina.


Mi mamá está terminando de servir desayuno mientras mi papá lee las noticias desde el celular.


—Buenos días, dormilona —dice él sin levantar mucho la vista.


—No molestes.


Mi mamá sonríe apenas y coloca un plato sobre la isla.


—Te hice desayuno.


Camino hasta ella, pero reviso la hora y siento ganas de llorar.


—No puedo, mamá. Si no salgo ya voy a llegar tarde otra vez y hoy tengo demasiadas cosas que hacer.


Ella frunce un poco el ceño.


—Amelia, no puedes vivir solo de café.


—Observa cómo lo hago profesionalmente.


Mi papá se ríe mientras tomo una manzana y las llaves del auto.


—¿Hoy empiezas lo del reportaje?


Asiento.


—Tenemos que ir al bloque deportivo para hablar con el entrenador y pedir permisos de grabación.


Mi mamá me mira con diversión.


—Buena suerte sobreviviendo a los egos deportivos.


—Gracias por la fe.


Me despido rápido de ambos y salgo de la casa antes de que mi mamá intente obligarme a desayunar otra vez.


El tráfico de la mañana en Seattle es muchísimo peor que el de la noche anterior. Tardo más de lo normal en llegar a la universidad y cuando finalmente logro entrar al estacionamiento, prácticamente agarro el celular antes incluso de apagar el auto, le escribo un mensaje a Ela.


"Ya llegué, voy para el bloque de deportes"


"YA ESTOY AQUÍ y déjame decirte que este lugar huele a testosterona y decisiones cuestionables"


Responde y no puedo evitar reírme mientras bajo del auto.


El bloque deportivo queda bastante apartado del resto de edificios académicos, nunca había venido demasiado por aquí. Apenas entro, noto inmediatamente la diferencia, el ambiente es completamente distinto, el aire está cargado de sudor, desodorante masculino y arrogancia.


Hay trofeos por todas partes, fotografías gigantes de equipos universitarios y grupos de atletas caminando por los pasillos como si fueran dueños del campus. Los de baloncesto son escandalosos. Los de natación parecen vivir permanentemente cansados.


Pero los de fútbol americano...


Dios.


Ellos tienen otro nivel de ego completamente distinto.


Varios chicos enormes pasan junto a mí riéndose fuerte y empujándose entre ellos mientras algunas personas literalmente se quedan mirándolos caminar.


Encuentro a Ela apoyada cerca de una pared con un café en la mano y expresión emocionada.


—Mira este zoológico —susurra apenas llego junto a ella.


Suelto una risa bajita.


—¿Ya sabes cómo vamos a hablar con el entrenador?


Ela asiente.


—Pregunté en recepción. Su oficina está al fondo del pasillo.


Empiezo a caminar junto a ella mientras observo alrededor.


Algunos jugadores voltean a mirarnos apenas pasamos y honestamente no sé si es porque reconocen que claramente no pertenecemos aquí o porque Ela sigue mirándolos como si estuviera en una tienda de lujo.


—Compórtate —murmuro.


—Estoy siendo profesional.


La miro y sonríe inocentemente.


—Más o menos.


Cuando llegamos al final del pasillo, Ela y yo nos detenemos frente a una puerta de madera oscura con un pequeño letrero metálico en el centro.


COACH DANIELS

Entrenador Principal — Football Program


Debajo hay otro cartel más pequeño:


TOCAR ANTES DE ENTRAR


Ela me mira y yo la miro.


—Tú eres la sociable —susurra.


La observo con incredulidad.


—Tú eres literalmente la que quiere casarse con uno de ellos.


—Precisamente por eso estoy nerviosa.


Suelto una risa bajita antes de levantar la mano y tocar suavemente la puerta.


Nada.


Frunzo un poco el ceño y vuelvo a tocar, esta vez un poco más fuerte.


—Pase —dice una voz grave desde el otro lado.


Tomo aire lentamente antes de abrir, la oficina es mucho más elegante de lo que esperaba. Amplia, organizada y con ese típico olor a café fuerte y papeles viejos. Hay estanterías llenas de trofeos, fotografías del equipo durante distintos años y varios cascos firmados acomodados cuidadosamente detrás del escritorio principal.


En una de las paredes hay una enorme fotografía panorámica del estadio lleno durante un partido nocturno. Definitivamente este hombre vive para el fútbol americano, el entrenador levanta la vista apenas entramos y noto la sorpresa inmediata en su expresión. Supongo que esperaba otra clase de visita.


Está sentado detrás del escritorio revisando unos documentos. Debe rondar los cincuenta años, tiene el cabello ligeramente canoso y una presencia intimidante incluso estando quieto. Lleva una sudadera gris con el logo de la universidad y unos lentes apoyados en la punta de la nariz.


Sus ojos pasan de mí a Ela rápidamente antes de recostarse un poco en la silla.


—Buenos días.


—Buenos días, entrenador Daniels —respondo mientras cierro la puerta detrás de nosotras...


Ela sonríe enseguida.


—Somos estudiantes de periodismo.


El hombre asiente lentamente.


—Eso explica las cámaras.


Miro hacia abajo apenas recordando la cámara colgada sobre mi hombro.


—Soy Amelia Foster y ella es Ela Moreau. Estamos en la clase de reportaje narrativo del profesor Walker.


—Ah, Walker —murmura como si eso aclarara muchas cosas—. Ya entiendo.


Señala las sillas frente al escritorio.


—Siéntense.


Ela y yo tomamos asiento mientras él deja finalmente los papeles a un lado y junta las manos sobre el escritorio.


—Entonces... ¿qué trae a dos periodistas hasta mi oficina?


Su tono no es grosero, pero claramente tiene curiosidad.


Me acomodo un poco en la silla antes de hablar.


—Tenemos un proyecto final sobre actividades extracurriculares dentro del campus y nos asignaron hacer un reportaje sobre el equipo de fútbol americano.


El entrenador arquea apenas una ceja.


—Interesante.


—La idea es hacer algo más profundo que solo hablar del deporte —continúo—. Queremos mostrar la dinámica del equipo, las rutinas, la presión universitaria... las historias detrás de los jugadores.


Ela asiente inmediatamente.


—No queremos hacer algo superficial.


El entrenador nos observa unos segundos en silencio y por un momento pienso que tal vez va a rechazarnos.


Pero entonces se reclina en la silla y sonríe apenas.


—Me gusta la idea.


Ela y yo nos miramos automáticamente.


—¿Sí? —pregunta ella.


—Claro. La mayoría de las personas solo ve touchdowns, fiestas y partidos. Nunca les interesa el trabajo que hay detrás de eso.


Hay algo en su expresión que cambia un poco cuando dice eso. Como orgullo.


—Además —continúa—, este programa siempre necesita más reconocimiento dentro del campus. Mostrar las historias humanas detrás del deporte puede ser bueno para todos.


Asiento mientras saco rápidamente mi libreta.


—Entonces... ¿podríamos tener acceso a entrenamientos y actividades del equipo?


—Por mi parte, sí.


Ela sonríe emocionada.


—¿En serio?


Él suelta una pequeña risa.


—Tranquilas, no las estoy dejando entrar al Pentágono.


No puedo evitar sonreír un poco también, el entrenador abre un cajón del escritorio y saca unos documentos mientras sigue hablando.


—Pueden asistir a prácticas, reuniones generales y algunos partidos si necesitan grabar material. También puedo avisarle al personal para que sepan quiénes son y no tengan problemas entrando a las instalaciones.


—Eso ayudaría muchísimo —digo honestamente.


Él asiente mientras nos entrega unas hojas.


—Pero hay algo importante.


Ela y yo levantamos la vista al mismo tiempo.


—Los permisos individuales para fotografías, grabaciones cercanas y entrevistas personales deben hablarlos directamente con cada jugador.


Hago una pequeña mueca mental.


Perfecto.


Exactamente la parte que menos me emocionaba.


—Tiene sentido —respondo.


—Algunos probablemente aceptarán rápido. Otros no tanto.


Ela sonríe divertida.


—¿Y quiénes serán los difíciles?


El entrenador suelta una risa nasal mientras vuelve a acomodarse en la silla.


—Créeme, señorita Moreau... eso van a descubrirlo ustedes solas.


Miro rápidamente a Ela antes de volver mi atención al entrenador. Honestamente, conseguir acceso a los entrenamientos ya era mucho más de lo que esperaba, pero todavía seguía existiendo un pequeño problema.


Bueno.


Un problema bastante grande.


—Entrenador... ¿cree que podría ayudarnos a hablar con ellos primero?


Él arquea apenas una ceja.


—¿Con los jugadores?


Asiento.


—No conocemos a ninguno y honestamente no sabríamos cómo acercarnos a pedir entrevistas sin parecer acosadoras extrañas con cámaras.


Eso parece divertirle porque una pequeña sonrisa aparece en su rostro. Ela asiente enseguida.


—Además probablemente nos ignorarían.


—O peor —murmuro—, empezarían a coquetear.


El entrenador suelta una risa nasal mientras se reclina un poco en la silla.


—Sí, eso último definitivamente podría pasar.


Fantástico.


—Hoy tenemos entrenamiento a las dos de la tarde —dice finalmente—. Lleguen a esa hora con los permisos listos y puedo presentarlas con el equipo. Una vez sepan quiénes son, estarán más dispuestos a escucharlas.


Ela prácticamente se ilumina.


—Perfecto.


Yo asiento mientras hago una anotación rápida en mi libreta.


—Muchas gracias, entrenador. En serio.


—No hay problema, Amelia.


Seguimos hablando un poco más sobre horarios, partidos y algunas restricciones para grabar dentro de ciertas áreas privadas del bloque deportivo. El entrenador Daniels resulta mucho más amable de lo que esperaba y honestamente eso hace que todo el proyecto deje de sentirse tan complicado.


Bueno, al menos por ahora.


Cuando finalmente salimos de la oficina, Ela cierra la puerta detrás de nosotras y me mira con los ojos enormes.


—Eso fue absurdamente fácil.


—También lo pensé.


Empezamos a caminar de regreso hacia nuestro bloque mientras estudiantes deportistas siguen pasando a nuestro alrededor. Algunos apenas nos miran y otros directamente observan las cámaras y carpetas que llevamos en las manos.


—Creo que el entrenador te cayó bien —dice Ela de repente.


La miro confundida.


—¿Qué?


—Te llamó Amelia como tres veces.


—Ese es literalmente mi nombre.


Ella rueda los ojos.


—Tú entiendes a lo que me refiero.


Suelto una risa bajita mientras salimos finalmente del bloque deportivo, el aire frío del campus se siente muchísimo mejor después de estar encerrada entre tanto olor a sudor masculino y testosterona. Caminamos rápido hasta el edificio de comunicaciones porque nuestra primera clase está a punto de empezar y, por primera vez en toda la semana, no soy yo la que llega tarde.


Milagro histórico.


La mañana transcurre con bastante normalidad. La primera clase es teoría audiovisual y honestamente paso la mitad del tiempo tomando apuntes mientras la otra mitad la paso pensando en el proyecto, o más específicamente...


En cómo demonios vamos a entrevistar a un grupo entero de hombres con ego de celebridad universitaria, Ela, en cambio, parece vivir su mejor vida. Cada vez que menciona la palabra "fútbol" me mira como si estuviéramos protagonizando una comedia romántica universitaria. Yo solo ignoro sus delirios.


Cuando la clase termina, ambas salimos del salón y nos dirigimos hacia unas bancas vacías cerca de la facultad. El clima está fresco y varias hojas secas caen de los árboles alrededor del campus mientras estudiantes pasan caminando con cafés y mochilas gigantes. Abro mi laptop enseguida.


—Necesitamos que esto se vea profesional.


Ela asiente mientras se sienta a mi lado.


—Porque claramente somos periodistas serias y maduras.


La miro.


Ella sonríe inocentemente.


Empiezo a redactar los permisos mientras hablamos sobre qué deberíamos incluir: autorización de imagen, grabaciones, uso académico, entrevistas, fotografías y consentimiento para aparecer en el reportaje final.


Ela corrige algunas cosas mientras yo organizo mejor la redacción.


—Deberíamos dejar espacio para número de contacto —dice ella.


—Buena idea.


—Y firma.


—Obviamente firma, Ela.


Ella me saca la lengua y sigo escribiendo. Nos toma casi una hora dejar todo listo y cuando finalmente terminamos, siento una satisfacción ridículamente grande viendo el documento organizado frente a mí.


—Okay —dice Ela—. Oficialmente parecemos adultas funcionales.


—No exageres.


Guardamos todo y vamos hasta el centro de copias dentro del campus para imprimir suficientes hojas para cada jugador del equipo. Mientras la impresora trabaja lentamente, Ela sigue imaginando escenarios completamente irreales donde alguno de ellos se enamora de ella a primera vista.


—Necesitas terapia.


—Necesito un atleta universitario obsesionado conmigo.


—Eso sonó preocupante.


Ella se ríe mientras recoge las copias recién impresas.


Después de eso todavía nos queda una última clase antes del entrenamiento. Honestamente, siento que las horas pasan lentísimo. Intento concentrarme, pero cada vez que veo las hojas de permisos dentro de mi carpeta recuerdo que en menos de una hora vamos a estar rodeadas del equipo de fútbol americano completo.


Qué emoción.


Qué horror.


Cuando finalmente termina la última clase del día, Ela y yo prácticamente salimos disparadas del salón.


—¿Crees que debimos cambiarnos? —pregunta mientras revisa su reflejo en la cámara frontal del celular.


La observo con incredulidad.


—Vamos a un entrenamiento, no a una cita.


—Todavía no sabemos eso.


—Ela.


Ella sonríe divertida mientras acomoda su cabello. Yo simplemente ajusto mejor mi bolso sobre el hombro, tomo las carpetas con los permisos y ambas empezamos a caminar otra vez hacia el bloque deportivo.


Cuando Ela y yo llegamos nuevamente al bloque deportivo, el ambiente es completamente distinto al de la mañana. Hay mucho más movimiento, más ruido y más estudiantes caminando de un lado a otro. Algunos atletas salen de los gimnasios todavía sudados mientras otros entran cargando bolsos enormes y botellas de agua.


El sonido de pelotas rebotando, silbatos y música mezclada llena prácticamente todo el edificio. Nos detenemos cerca de recepción y Ela se adelanta primero.


—Hola, ¿podrían decirnos dónde entrena el equipo de fútbol americano?


La chica detrás del mostrador apenas levanta la vista de su computadora antes de responder:


—Campo principal exterior. Salen por esas puertas y siguen el camino hasta las gradas.


Le agradecemos rápidamente y seguimos las indicaciones. Mientras caminamos, el aire frío golpea mi cara y el sonido de gritos y silbatos empieza a escucharse cada vez más fuerte.


El estadio es muchísimo más grande de lo que imaginaba. Las luces enormes iluminan completamente el campo mientras jugadores vestidos con ropa de entrenamiento corren de un lado a otro. Algunos están haciendo ejercicios físicos, otros practican jugadas y unos cuantos descansan cerca de las bancas tomando agua mientras se empujan y bromean entre ellos. Todo se mueve rápido, todo se siente intenso y un poco intimidante.


El olor a césped húmedo, sudor y aire frío llena el ambiente mientras observo alrededor intentando procesar tantas cosas al mismo tiempo.


—Dios mío —susurra Ela a mi lado—. Esto parece una película universitaria.


No alcanzo a responder porque alguien se acerca a nosotras, el entrenador Daniels, parece que nos estaba esperando.


—Muy puntuales, señoritas —dice apenas llegamos cerca de él—. Me agrada


Ela sonríe inmediatamente.


—Intentamos dar una imagen profesional.


—Y lo están logrando.


Yo sostengo mejor la carpeta con los permisos mientras intento ignorar el nudo extraño que empieza a formarse en mi estómago.


Nervios.


Genial.


El entrenador nos hace una seña para que caminemos junto a él hacia el centro del campo. Y entre más avanzamos, más consciente me vuelvo de todas las miradas alrededor.


Porque algunos jugadores ya empezaron a notarnos.


Ela se pega un poco más a mi lado.


—Estoy empezando a arrepentirme de existir —murmura.


—Mantén la dignidad y sigue caminando.


—La perdí cuando vi al rubio del fondo.


Tengo que contener una risa. Seguimos avanzando hasta que el entrenador finalmente se detiene cerca de la mitad del campo. Entonces toma el silbato que cuelga de su cuello y sopla fuerte, el sonido atraviesa todo el estadio.


Inmediatamente todos, absolutamente todos los jugadores giran hacia hacia nosotras.


Santo cielo.


El ruido alrededor disminuye poco a poco mientras varios empiezan a acercarse. Algunos se ven curiosos. Otros confundidos. Otros directamente entretenidos.


Y las miradas...


Dios.


Es imposible ignorarlas.


Unos nos miran con descaro. Otros cuchichean entre ellos. Algunos sonríen como si ya estuvieran imaginando algo y otros simplemente parecen confundidos por nuestra presencia ahí. Puedo sentir los nervios de Ela incluso sin mirarla, y los míos empiezan a crecer también.


Porque ahora entiendo perfectamente lo que el entrenador quiso decir cuando habló sobre egos deportivos. La seguridad que manejan estos hombres es absurda, por un segundo me cuesta enfocar la mirada en algo específico entre tantas personas observándonos. Pero entonces recuerdo exactamente quiénes son. Jugadores universitarios.


Eso es todo, no celebridades, no dioses y definitivamente no hombres que vayan a intimidarme, así que enderezo los hombros y mantengo la expresión firme mientras el entrenador vuelve a hablar.


—Escuchen un segundo.


El equipo termina reuniéndose alrededor nuestro y siento demasiados ojos encima como para estar cómoda.


—Ellas son Amelia Foster y Ela Moreau. Son estudiantes de periodismo.


Varios asienten apenas y otros siguen mirándonos demasiado fijamente.


—Van a trabajar en un reportaje sobre el equipo durante las próximas semanas —continúa Daniels—. Necesitan entrevistas, permisos de grabación y acceso a algunas actividades, así que más les vale comportarse como personas funcionales.


Algunos se ríen inmediatamente.


—Eso nos deja fuera —dice alguien al fondo.


—A ti especialmente, Parker —responde el entrenador sin siquiera mirarlo.


Las risas aumentan un poco y por alguna razón eso relaja ligeramente el ambiente.


Un poco.


—Las chicas necesitan hablar con cada uno de ustedes individualmente —continúa Daniels—. Así que voy a dividir el equipo en dos grupos para que esto sea más rápido.


Ela me mira de reojo y yo respiro profundo, porque oficialmente... Acabamos de entrar directo al centro del caos.


Dejo mi bolso sobre la grama cerca de una de las bancas y me quedo únicamente con la carpeta de permisos y un bolígrafo entre las manos. El aire frío mueve ligeramente mi cabello mientras observo al entrenador dividir al equipo tal como dijo que haría.


Ela termina unos metros más lejos con la otra mitad de jugadores y honestamente le agradezco mentalmente al universo por eso. Si tuviera que soportar sus comentarios emocionados cada vez que alguno sonríe, probablemente terminaría golpeándola con la carpeta.


El entrenador Daniels señala hacia mi lado.


—Bien, ustedes con Amelia. Y por el amor de Dios, compórtense.


—No prometemos nada, coach —dice uno de ellos haciendo reír a varios.


Daniels le lanza una mirada seca antes de irse hacia el otro grupo con Ela.


Tomo aire lentamente.


Okay, puedo hacer esto.


El primero en acercarse es un chico moreno bastante alto con una sonrisa amable y el número 84 en la camiseta de entrenamiento.


—Ryan Miller —dice extendiéndome la mano—. Wide receiver y oficialmente el más agradable del equipo.


Suelto una pequeña risa mientras estrecho su mano.


—Amelia Foster. Periodismo.


—Sí, eso ya lo escuché.


Le explico rápidamente el proyecto mientras él lee el permiso por encima.


—Entonces básicamente van a invadir nuestras vidas unas semanas.


—De forma académicamente profesional.


Ryan sonríe.


—Claro.


Firma sin problema y me devuelve la hoja.


—Mientras no me hagan ver feo en cámara, todo bien.


—No prometo milagros.


Eso hace que vuelva a reír antes de alejarse.


Los siguientes minutos transcurren más fáciles de lo que esperaba. Algunos jugadores son sorprendentemente amables. Otros simplemente firman rápido sin prestar demasiada atención y continúan entrenando. Unos cuantos intentan coquetear descaradamente.


Y otros...


Bueno, otros claramente creen que el mundo gira alrededor suyo.


—¿Van a seguirnos hasta fiestas también? —pregunta uno rubio con demasiada confianza mientras juega con el bolígrafo entre los dedos.


—Solo si queremos perder neuronas —respondo.


El chico se ríe fuerte.


—Me agradas.


—Eso suena como una amenaza.


Otro jugador, muchísimo más serio, apenas me mira mientras firma.


—No graben cuando estemos perdiendo.


—¿Pierden mucho?


Eso consigue que por primera vez levante la vista hacia mí.


—Touché.


Poco a poco empiezo a relajarme. El ambiente deja de sentirse tan intimidante cuando entiendo que, debajo de tanta testosterona y ego deportivo, siguen siendo simplemente universitarios, ruidosos, demasiado seguros de sí mismos, pero universitarios al fin y al cabo.


Estoy terminando con otro jugador cuando noto algo extraño, el ambiente cambia, no de manera exagerada, solo...


Distinta, como si la energía alrededor se moviera apenas, algunos jugadores empiezan a mirar hacia atrás de mí y otros sonríen de una forma rara, casi entretenida.


Frunzo ligeramente el ceño antes de girarme.


Y ahí está.


Logan Hayes.


El capitán.


Por un segundo entiendo perfectamente el problema con los hombres demasiado atractivos. Porque Ela se quedó corta, muchísimo, la foto no le hacía justicia en absoluto.


Está caminando hacia mí con una tranquilidad irritante, todavía con el uniforme de entrenamiento ligeramente desordenado y el cabello oscuro húmedo pegándose un poco a su frente. Sus hombros son absurdamente anchos y tiene esa clase de presencia que hace que todo alrededor parezca bajar el volumen apenas aparece.


Y lo peor es que él claramente lo sabe.


Levanta apenas la mirada hacia mí y siento inmediatamente esa seguridad arrogante atravesándome de frente.


Problema.


Definitivamente problema.


Me obligo a mantener la expresión neutral cuando finalmente se detiene frente a mí.


Más cerca...


Es todavía peor.


—Así que ustedes son las periodistas —dice con voz tranquila.


Hay algo ligeramente divertido en su tono. Como si esto ya le entretuviera.


Agarro mejor la carpeta.


—Y tú debes ser Logan Hayes.


Una pequeña sonrisa aparece en la esquina de su boca.


—Supongo que ya escuchaste sobre mí.


—Es difícil no hacerlo. Todo el campus parece obsesionado contigo.


Él inclina apenas la cabeza.


—¿Y tú también?


Lo miro directamente.


—No te emociones.


Eso parece divertirlo muchísimo más de lo que debería.


Toma lentamente el permiso de mis manos y empieza a leerlo por encima mientras yo intento ignorar el hecho de que literalmente parece salido de una campaña de ropa deportiva cara.


Odio eso.


—¿Entonces van a grabarnos mientras entrenamos, hablamos y existimos? —pregunta.


—Básicamente.


—Suena invasivo.


—Puedes no firmar.


Levanta finalmente la vista hacia mí y hay algo distinto en sus ojos ahora.


Interés.


Como si estuviera intentando descifrarme.


—No pareces muy impresionada.


Cruzo los brazos ligeramente.


—¿Debería estarlo?


Una sonrisa lenta aparece en su rostro y odio admitir que esa sonrisa debería venir con advertencia de salud pública.


—La mayoría sí lo está.


—Qué suerte la tuya.


Por un segundo ninguno dice nada. Y aunque no debería sentirse así, la tensión es rara, no incómoda solo intensa. Como si ambos estuviéramos esperando que el otro retrocediera primero. Pero no pienso hacerlo.


Él gira el bolígrafo entre sus dedos mientras sigue mirándome.


—¿Siempre eres así o solo conmigo?


—¿Así cómo?


—Como si quisieras pelear conmigo y ni siquiera me conocieras.


Suelto una risa pequeña.


—Tal vez solo tienes cara de desesperarme.


Eso consigue una carcajada baja de su parte.


Y Dios.


Eso debería ser ilegal.


Finalmente firma el permiso con calma antes de devolvérmelo.


—Listo, periodista.


Tomo la hoja intentando ignorar el roce de sus dedos contra los míos.


—Gracias.


Él empieza a alejarse, pero después se detiene apenas unos pasos más adelante. Gira ligeramente la cabeza hacia mí y me dedica una sonrisa lenta y confiada.


—Esto va a ser divertido, Amelia.


Después sigue caminando como si no acabara de alterar completamente el ritmo de mi respiración.


Cuando finalmente termino con el último jugador, dejo escapar un suspiro que ni siquiera sabía que estaba conteniendo. Honestamente, esperaba mínimo tres rechazos, algún comentario insoportable y probablemente un ego imposible de manejar.


Pero sorprendentemente...


Todos aceptaron.


Miro las hojas dentro de la carpeta y casi me da risa verlas completamente firmadas. Algunas firmas son elegantes, otras parecen escritas por niños de primaria y unas cuantas son apenas rayones ilegibles.


Pero ahí están.


Permisos completos.


Ela aparece a mi lado unos segundos después con expresión triunfante.


—¿Tú puedes creer que sobrevivimos?


La miro.


—Apenas.


Ella suelta una carcajada mientras acomoda su cabello detrás de la oreja.


—Creo que les caímos bien.


—Creo que les entretuvimos.


—Eso también sirve.


Caminamos juntas nuevamente hacia donde está el entrenador Daniels, que sigue observando parte del entrenamiento con los brazos cruzados y el silbato colgando del cuello.


—¿Todo salió bien? —pregunta apenas nos acercamos.


Levanto ligeramente la carpeta.


—Todos firmaron.


Él arquea apenas las cejas.


—¿Todos?


—También me sorprendió.


Eso parece divertirle porque suelta una pequeña risa nasal antes de asentir.


—Perfecto. Entonces ya pueden empezar a organizar horarios y entrevistas cuando quieran.


Ela sonríe enseguida.


—Todavía necesitamos coordinar equipos de grabación, cámaras y preguntas.


—Y revisar horarios de entrenamientos y partidos —agrego.


Daniels asiente.


—Hablen conmigo cuando necesiten acceso al estadio o instalaciones específicas. Mientras avisen con tiempo, no habrá problema.


—Gracias otra vez, entrenador —digo honestamente.


—No me hagan arrepentirme.


Ela sonríe.


—Intentaremos.


Nos despedimos de él y empezamos a caminar fuera del campo mientras el entrenamiento continúa detrás de nosotras. El aire frío golpea mis mejillas y por primera vez en todo el día siento el cuerpo completamente agotado.


Pero también extrañamente emocionado, tal vez este proyecto sí iba a ser interesante.


Cuando estamos cerca de la salida del estadio, giro apenas la cabeza por inercia y entonces lo veo, Logan está apoyado cerca de una de las bancas con una botella de agua en la mano mientras escucha algo que otro jugador le dice. Pero aunque claramente está hablando con alguien mas, me está mirando directamente y cuando nuestras miradas se cruzan, una pequeña sonrisa aparece otra vez en su rostro, no logro descifrarla, no parece burlona ni arrogante, solo Intensa.


Mi estómago hace algo raro e inmediatamente aparto la vista.


—Amiga.


La voz de Ela me hace volver automáticamente.


—¿Qué?


Ella me observa con una sonrisa sospechosa.


—Nada. Solo vi eso.


Frunzo el ceño.


—¿Ver qué?


—La tensión sexual no resuelta entre tú y el capitán del equipo.


La miro horrorizada.


—Ela.


Ella empieza a reírse.


—¡Literalmente parecía una escena de película universitaria!


—Tú necesitas urgentemente dejar de romantizar hombres atractivos.


—Y tú necesitas aceptar cuando uno está coqueteando contigo.


Suelto un suspiro dramático mientras seguimos caminando por el campus.


—No estaba coqueteando conmigo.


Ela se detiene apenas para mirarme.


—Amelia. Ese hombre te miraba como si ya estuviera planeando arruinarte emocionalmente.


No puedo evitar reírme.


—Qué descripción tan específica.


—Porque es verdad.


Niego con la cabeza mientras bajo las escaleras del estadio.


—Además, a ti también te vi bastante entretenida con varios de ellos.


Eso hace que sonría inmediatamente.


—Porque algunos estaban MUY buenos.


—Ela.


—¿Qué? Uno de ellos me preguntó si tenía novio.


La observo con absoluta decepción.


—No deberías mezclar el trabajo.


Ella se lleva una mano al pecho dramáticamente.


—Mira quién habla.


—Yo no hablé con nadie fuera del proyecto.


Ela me mira lentamente.


—Te tocó Logan Hayes.


—¿Y?


—AMIGA.


Varias personas voltean a mirarnos por el grito y ella baja la voz inmediatamente.


—Te tocó el hombre más atractivo de todo este campus.


—Eso es discutible.


—No, no lo es.


Intento ocultar la sonrisa que quiere escaparse mientras sigo caminando.


—Es arrogante.


—Es sexy.


—Tiene cara de problema.


—Eso también es sexy.


La empujo ligeramente del hombro mientras ella sigue riéndose.


—No entiendo cómo seguimos siendo amigas.


—Porque soy encantadora.


—Porque me das lástima.


Ela ignora completamente eso y vuelve al tema inmediatamente.


—Además él estaba demasiado interesado en ti.


—No estaba interesado.


—Amelia, ese hombre definitivamente va a darte problemas.


Por alguna razón mi cabeza vuelve instantáneamente a la sonrisa que me dio antes de irnos y odio un poco el pequeño escalofrío que eso me provoca.


Decido ignorarlo.


—En fin —digo rápidamente para cambiar de tema—, mañana deberíamos empezar a organizar las preguntas para las entrevistas individuales.


Ela asiente mientras seguimos caminando hacia el estacionamiento.


—También deberíamos decidir qué enfoque tendrá cada jugador.


—Exacto. Algunos podrían hablar más sobre presión deportiva, otros sobre becas, lesiones, vida académica...


—Y Logan sobre cómo sobrevivir siendo absurdamente atractivo.


La miro.


Ella sonríe orgullosa.


—No pienso incluir eso en el reportaje.


—Cobarde.


No puedo evitar volver a reírme mientras saco las llaves del auto y aunque no quiero admitirlo por primera vez desde que empezó el proyecto, siento una curiosidad real por todo esto.


Especialmente por él.