Saga Studio Axè: Lucía en Rosa

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Sinopsis

Lucía tenía doce años cuando su mundo empezó a romperse. El acoso escolar, la inseguridad y el miedo la obligaron a empezar de cero en un nuevo instituto, donde aprendería que crecer no siempre significa hacerse más fuerte… sino sobrevivir a lo que duele. A lo largo de los años, entre veranos inolvidables, amistades que sostienen y amores que marcan para siempre, Lucía descubrirá quién es realmente. Pero la vida no se lo pondrá fácil: una enfermedad inesperada, una relación que no sabrá estar a la altura y decisiones que cambiarán su destino pondrán a prueba todo lo que creía saber sobre sí misma. Y entonces aparece él. Entre segundas oportunidades, heridas que sanar y una historia que parecía imposible, Lucía tendrá que decidir si está preparada para dejar atrás su pasado… y permitirse ser feliz. Porque a veces, perderlo todo es el único camino para encontrarse. “Studio Axè: Lucía en Rosa” es una historia de crecimiento, amor y superación que te hará reír, llorar y creer, una vez más, en las segundas oportunidades.

Genero:
Young Adult
Autor/a:
Ker
Estado:
En proceso
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1. Día cero

Era 2002. Lucía tenía doce años. Era una chica no muy alta, con el pelo largo y castaño, los ojos marrones y todavía con cuerpo de niña. Era su primer día de clase en un instituto nuevo. El curso anterior, Lucía había sufrido acoso por parte de algunos compañeros y tuvo que ser cambiada a otro centro. Llevaba todo el verano apenas comiendo, decía que estaba gorda y que quería adelgazar.

—Mamá, no quiero ir…—le dijo a su madre aquella mañana. Su angustia era palpable.El corazón le latía con fuerza y el miedo al rechazo y a las burlas era tan fuerte que le entraban ganas de llorar solo de imaginarse de nuevo entre la multitud. Esa mañana no había querido desayunar, el nudo que tenía en el estómago no le había permitido ingerir nada, tampoco la noche anterior había cenado.—Cariño estarás bien, sabes que tienes que ir a clase—. La abrazó con fuerza y besó su cabeza, intentando tranquilizarla. La verdad era que ella también estaba nerviosa—. Vamos Luci, que llegaremos tarde—. Le acarició con ternura la mejilla y se encaminó hacia la calle.La chica resopló. Se puso la mochila azul en el hombro, los llaveros que llevaba colgados en ella tintinearon al chocar entre sí, y salió detrás de su madre para subir al coche. Se hundió en el asiento de atrás, ceñuda. Se puso los cascos y empezó a canturrear “La playa” de La Oreja de Van Gogh que le cantaba en los oídos su discman plateado. Carmen, su madre, la observaba preocupada por el retrovisor.—Cariño, recuerda que después vendrá tu hermano a buscarte.La chica asintió sin levantar la cabeza. Carmen suspiró. Sabía que su hija sufría por todo lo ocurrido el año anterior, sólo pedía que ésta vez todo fuera bien. Si sus compañeros se atrevían a conocerla, su Luci era una niña encantadora.—Hija, hemos llegado—. Ambas salieron del coche y Carmen abrazó a su hija de nuevo—. Te quiero, Lucía.—Ay, mamá, suéltame—. Replicó encogida de vergüenza.—Vale, vale, ya me voy.Se despidieron con la mano y el coche arrancó. Lucía cerró los ojos, con la mochila colgada a su espalda, el pelo recogido en una coleta alta, y vestida con unos vaqueros y un jersey ancho. Quería disimular su cuerpo y la ropa ancha era lo que más servía a su propósito. Se armó de valor y, esquivando alumnos por doquier, entró en el edificio de ladrillo visto.Al entrar se sintió un poco aturdida con tanto ruido. Sólo se veían chicos y chicas de varias edades corriendo de aquí para allá, grupitos riendo, gritos, voces, conversaciones, el rechinar de las suelas de goma al chocar repetidamente contra el suelo, olor a sudor, a libros nuevos, a colonias mezcladas,…y una arcada subió por su garganta. Por suerte, logró dominarla. Se maldijo, su cuerpo no cooperaba a que se sintiera más tranquila y eso la ponía todavía peor. Cogió con los dedos las asas de su mochila para subirla un poco más en su espalda y, con un poco de suerte, desaparecer debajo de ella. Se dirigió al salón de actos junto a todos sus compañeros de curso: primero de la ESO. Se sentó en una de las decenas de sillas que estaban colocadas delante del escenario y se dispuso a escuchar a la directora, al coordinador de estudios y a los distintos tutores de cada clase. Sentada en su silla, no paraba de escuchar a las dos chicas de atrás que no dejaban de hablar. Se giró para pedirles silencio.—Perdonad, ¿Podéis hablar más bajito? Es que no me entero—. Susurró amablemente, señalando con el pulgar hacia el escenario.—Perdona, ya nos callamos. Por cierto, yo soy Carolina y ella es Érica—. Las chicas sonrieron haciendo un gesto de disculpa.—Oh, yo soy Lucía—. Respondió ella algo nerviosa y con las mejillas encendidas. Les devolvió la sonrisa, todavía insegura pero con algo más de confianza. Acababa de llegar y ya empezaba a conocer a gente. Aunque en su rostro había una sonrisa, internamente no dejaba de pensar que, quizás sólo habían sido simpáticas y, en realidad, no pretendían ser sus amigas.Los primeros días fueron bastante caóticos, como es de esperar en una clase con treinta alumnos de entre once y doce años. La suerte quiso que Lucía, Carolina y Érica estuvieran en el mismo aula. Enseguida se empezaron a formar grupos dentro de la clase: estaban los populares, los frikis, los estudiosos,… Evidentemente, la mayoría de éstos, además, estaban separados por chicos y chicas. Por lo que Lucía entendió, muchos de sus nuevos compañeros venían del mismo centro, así que la mayoría ya se conocían entre sí. Las tres chicas, que habían conectado enseguida, se sentaban juntas en primera fila, detrás de ellas, solían estar los populares y en un rincón, los frikis.Con el pasar de los días, Lucía se fue abriendo a sus nuevas amigas, que, aunque se conocían desde pequeñas, no dudaron en hacerla sentir una más del grupo. Ella, todavía no se creía la suerte que tenía y a veces, algún pensamiento traicionero se colaba en su mente. Un día, en medio del bullicio del patio y entre mordiscos de bocadillos, se armó de valor y les contó los problemas que había tenido en el centro del que provenía.—Tuvieron que cambiarme porque sufría acoso escolar…—dijo bajando la mirada. Un nudo se había instalado en su estómago por el recuerdo y por el miedo a sentir el rechazo de sus nuevas amigas.—¿Qué? Yo es que no entiendo a la gente…Pero mira, si no te hubieras cambiado no nos habríamos conocido—. Las tres terminaron riendo, y Lucía agradeció que se lo hubieran puesto tan fácil.Hablaban de música, de libros y también de chicos.—¿Os habéis fijado en Gabriel?— soltó un día Lucía.—Vaya, vaya ¿Así que te gusta el popular? — se burló cariñosamente Carol.—Venga no seas mala, es muy guapo…— replicó Lucía mirándolo desde la otra punta del patio.—Si guapo lo es…— Suspiró Érica—. El problema, Lu, es que aquí dentro —dijo señalándose la cabeza— tiene serrín.Las tres estallaron en carcajadas.—Sólo se preocupa del deporte…— Terminó Carol.Pero las tres se quedaron mirando al grupo de chicos que jugaban al fútbol.Las clases terminaron y Lucía se fue para casa en autobús. De camino, estaba pensando que quizás, ese curso, no sería tan malo como temía. Las primeras semanas le habían dado buenas sensaciones.—¡Ya estoy en casa!— Gritó al entrar por la puerta.—Hola cariño, ¿Cómo ha ido el día?— le preguntó su madre.—Bien mamá, Carol y Érica son las mejores —. Dijo con entusiasmo—. Mañana por la tarde queremos ir a la biblioteca, al salir de clase.—Me alegro mucho, Luci—. Carmen sonrió—. Pues me parece perfecto, pronto empezaréis con los exámenes, ¿No?Lucía asintió.La tarde siguiente en la biblioteca, las chicas repasaron ciencias y lengua, pues la semana siguiente tenían exámen.—Mira, Carol, aquí pone que la capital es Soria, no Segovia —susurró Lucía, señalando el mapa con el bolígrafo.Carolina resopló, divertida, sin enfadarse.—¿Ves, Érica? Por eso Lucía se sienta con nosotras, es la única que sabe algo. ¡Si te vas, te quemamos los libros!— Bromeó Carol, empujándola suavemente con el codo.Lucía rió. Era una risa que le salía fácil, ya no tan forzada como en el coche con su madre. Le gustaba ser la que sabía, le gustaba que no se rieran de ella por ser "la lista". Era un lugar seguro, aunque parte de ella se preguntara cuándo se rompería aquella bonita amistad.Cada día que pasaba, Lucía se sentía un poco mejor dentro de esa clase, más o menos hablaba con todo el mundo pero era ver a Gabriel con su sonrisa y las piernas le temblaban. Sus amigas la animaban a que hablara con él, pero su confianza en sí misma todavía estaba demasiado baja. A veces, se sorprendía a sí misma delante del espejo ensayando un saludo o una frase que nunca se atrevería a decirle. Después se quedaba mirando su reflejo y preguntándose cómo alguien como Gabriel, se iba a fijar en alguien como ella. Luego pensaba en sus amigas y suspiraba. Carolina tenía unos bonitos ojos almendrados y el pelo largo, liso y negro como la noche, Érica en canvio, tenía el pelo rojo y la piel clara, ambas eran muy guapas. Seguro que alguien como Gabriel, se fijaría primero en sus amigas que en ella. Luego sacudía la cabeza y pensaba en otra cosa. Quería a sus amigas y, si a Gabriel le llegara a gustar alguna de ellas, pues se iba a conformar.Muchas tardes, después de clase, las amigas iban a casa de una o de otra, a la biblioteca, al parque, incluso al cine. Se dejaban los libros de Harry Potter, de Las crónicas de la torre y de El señor de los anillos, compartían CD's de Malú, La oreja de van gogh y los concursantes de OT, todo un fenómeno del momento, incluso se intercambiaban revistas de la SuperPop y la Bravo; donde salían sus cantantes y actores favoritos y algunos chicos guapos que decoraban las paredes de su habitación. También hacían todos y cada uno de los tests que aparecían en las revistas y se lo pasaban en grande. Las carpetas de las chicas estaban todas cubiertas con fotos de Bustamante, Bisbal y Álex Casademunt; Leonardo Dicaprio y Orlando Bloom eran el toque internacional.Una tarde, en casa de Érica estaban las tres hojeando los últimos números de sus revistas favoritas.—Venga decídete, ¿qué test quieres hacer: el de popularidad o el de que actriz serías?— Le preguntaba Érica a Carol haciendo poses.—Buff, creo que prefiero leer el horóscopo—. Se rió—. Lu, ¿Tú qué prefieres?—Me quedo con el póster—. Sentenció agarrando el póster central de la revista. En él, un joven Orlando Bloom salía sin camiseta.—Veeengaaa, te lo doy porque Gabriel se le parece mucho, si no, me lo quedaba yo—. Respondió Érica guiñandole un ojo cómplice.Lucía se puso colorada y las otras dos se pusieron a reír. La chica les tiró un cojín a la cara y las risas aumentaron de intensidad.Por fin Lucía ya no se sentía la rara, era una más en un pequeño grupo y cada día deseaba ir a clase. Su madre daba las gracias todas las noches por ver sonreír a su pequeña.A menudo, en clase se ponía algo nerviosa, pues Gabriel se sentaba en la segunda fila en el asiento de al lado de detrás del suyo, quizás se lo imaginaba pero a veces, le parecía que él la miraba disimuladamente. Cuando se lo comentó a sus amigas, Érica asintió. Ella intentaba ignorarlo, pero no siempre lo conseguía, cada vez que sentía sus ojos sobre ella se le sonrojaban las mejillas, el corazón le latía más fuerte y empezaba a mordisquear el bolígrafo que tuviera en la mano en aquél momento, también se sumaba el temblor involuntario de su pierna. Aún así, sus notas volvieron a ser las mejores de la clase.En los recreos, el grupo se sentaba siempre en el mismo lugar, desde allí, tenían una buena perspectiva de todos sus compañeros, sobre todo de los que jugaban al fútbol un poco más lejos. Y aunque las conversaciones empezaran hablando de deberes, profesores y asignaturas, era inevitable que día tras día, los ojos de las chicas se fijaran en Gabriel. Cada vez que éste marcaba un gol, al corazón de Lucía parecía que le crecían alas al verlo reír y celebrar abrazado a sus compañeros de equipo.Además de deportista, era un chico simpático y con un carisma que atraía a los demás. Siempre iba con los mismos amigos y un grupito de fans haciendo cola para ser su novia lo perseguía sin descanso.—No, jamás voy a ser una de esas…—sentenció Lucía un día—. ¡Pero si solo gritan, parecen gallinas!Las tres terminaron en carcajadas.Después de las Navidades, Lucía empezó a cambiar su forma de vestir, su cuerpo ya estaba cambiando y ella lo notó. Seguía vistiendo con ropa poco femenina pero ya no llevaba ropa tan exageradamente grande y sus amigas la aplaudieron. Su cuerpo seguía cambiando y Carmen la acompañó a comprarse su primer sujetador. Carol y Érica, ya los llevaban desde verano y también habían empezado a cambiar su forma de vestir.—Lu, ¿Por qué no vamos este sábado de compras? Ya va siendo hora que dejes de esconderte—. Le expuso Carol.—Carol tiene razón, siempre vas con ropa ancha, así nunca se fijará en ti…ni él ni ningún otro chico…— añadió Érica.Al final lograron convencerla y ese mismo sábado, se fueron de compras. No fue una renovación de armario pero sí compraron algunas prendas que ya no escondían tanto su figura.—Estás preciosa—. Le dijo Carol el primer día que se puso la ropa nueva.—¿Tú crees? No sé, no me siento del todo cómoda…— las inseguridades todavía la perseguían.—Lu, de verdad que esta camiseta te queda muy bien, y si alguien se atreve a decir alguna palabra, se las verá con nosotras—. Sentenció Érica levantando el puño.—¡Oh, gracias chicas!— Terminaron las tres abrazadas en la puerta del instituto—. Sois las mejores.Tras la charla, la actitud de Lucía cambió. Ya no intentaba esconderse y hacerse pequeña, sino que empezó a pisar fuerte y a dejar que la miraran. Y la miraron. En una cafetería, el día antes de empezar las clases causó revuelo, pero ella, de la mano de sus amigas, no dejó que le afectara, o por lo menos, lo intentó.—El siguiente paso es que te pintes los ojos—. Le decía Érica.—No, ni hablar, no me quiero maquillar—. Respondía ella.Érica resoplaba y Carol se reía.—Pues el año que viene ya verás como te maquillas—. Terminó Érica.—Tomad, chicas—. Añadió Carol alargándoles unas pulseras de colores que ella misma había hecho—. Para que siempre seamos amigas, sonrió.Las tres se abrazaron.Cuando regresaron al instituto al día siguiente, algunos de los chicos parecieron percatarse de los cambios en Lucía, pues ella notaba más miradas de lo acostumbrado y no sabía qué pensar. Se ponía nerviosa y le temblaba la pierna cuando notaba que cierto chico la miraba, incluso cuando ella se giraba a coger algo de su mochila y sus miradas se cruzaban, él esbozaba una tímida sonrisa, Lucía, cómo si fuera un resorte, volvía a su posición en un santiamén y escondía la cara entre los libros mientras mordisqueaba al pobre bolígrafo. Uno de los últimos días, entre clases, uno de sus compañeros se le acercó.—Hola Lu, estaba pensando…¿te gustaría quedar mañana para ir al cine?—Lucía notó como el calor la inundaba por dentro. De repente sintió la mirada de Gabriel taladrándole la nuca.—Hola Edu, mira…— se mordió el labio, nerviosa. Notó cómo empezaba a temblarle la pierna otra vez—. No, la verdad es que no puedo, tengo mucho que estudiar— soltó de repente.—Oh, vale, quizás otro día…—Sí, mejor otro día—. Se despidió Lucía rápidamente. Salió disparada hacia el baño. Carol y Érica la siguieron.Cuando las chicas llegaron, solo escucharon el portazo seguido de un sollozo ahogado.—Lu…—Érica golpeó la puerta con los nudillos—. ¿Estás bien?—Sí…No…No sé…—más sollozos.Carol le pasó un paquete de pañuelos por debajo de la puerta, Lucía lo cogió y se sonó la nariz.—Volved a clase,… ¿podéis decirle… a la profe que no… me encontraba bien?—No te vamos a dejar aquí sola…—Por…favor…—Vale pero si tardas más de cinco minutos te venimos a buscar, y si hace falta, echamos la puerta abajo—. Sentenció Érica.Lucía soltó una risita. Las chicas se miraron y se fueron a clase, haciendo lo que Lucía les había pedido.Ya en clase, ambas hablaron con la profesora y se sentaron en sus sitios.—Psst…¿Qué le pasa a Lucía?— Escuchó Érica en su espalda. En el pupitre justo detrás del suyo se sentaba Gabriel.—Nada, no se encontraba bien, ya me has oído decírselo a la profe—. Susurró ella medio girada.—Chicos, silencio—. Gritó la profesora.En aquél momento entró Lucía con los ojos hinchados y el rostro descompuesto.—¿Estás bien, Lucía?— le preguntó la profesora. Ella asintió—. ¿Quieres que llamemos a tus padres?— La chica negó con la cabeza—. Bien, pues siéntate.La clase siguió con normalidad. Salvo por que Lucía notó los ojos de Gabriel sobre ella durante toda la hora. En cuanto las clases terminaron, la chica salió corriendo del aula, no tenía humor ni para hablar con sus amigas.Tras toda la noche intentando recuperarse, al día siguiente no quiso hablar con sus amigas cuando estas le preguntaron. Seguían sentándose cada día en su rincón del patio pero Carol y Érica respetaron su silencio.—Si algún día quieres contarnos qué te pasó, ¿sabes que puedes contar con nosotras, verdad?—le dijo Carol.Lucía asintió, extrañamente confundida. Por un lado, se sentía bien que los chicos se fijaran en ella, por el otro, todavía no estaba preparada para ser una mujer, ¡Sólo tenía trece años!De vez en cuándo, Edu se le acercaba para hablar pero no volvió a pedirle para salir, cosa que Lucía le agradeció en silencio.Después de los últimos exámenes, el primer curso había terminado. No había estado tan mal, pensaba Lucía tumbada en su cama. Tenía dos nuevas amigas y, por primera vez, le gustaba un chico. Sonrió mirando el póster de Orlando Bloom que tenía en la puerta de su habitación, al mirarlo, imaginaba que eran otros ojos los que le devolvía la mirada y otros labios los que le sonreían, canturreando “La playa” de La Oreja de Van Gogh que sonaba por los altavoces de su minicadena.