¿Qué es esa luz que te abriga el corazón?

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Mateo está convencido de que la noche en el puente será la última de su vida. Golpeado por la realidad y ahogado en la desesperación, no ve ninguna razón para seguir adelante. Pero justo cuando está a punto de dar el paso sin retorno, aparece ella. Amélie Lombardo lo tiene todo: dinero, una posición social privilegiada y el amor incondicional de su padre. O al menos eso es lo que el mundo cree.

Genero:
Romance
Autor/a:
Claudia Isela
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

El monstruo de luces


Era de noche casi la madrugada, el frío de la noche calaba hasta los huesos, pero a Mateo no le importaba; el dolor que llevaba dentro era mucho más helado. Con los ojos nublados por las lágrimas y la frustración, miró hacia el vacío desde lo alto del puente. La ciudad abajo parecía un monstruo de luces que se lo quería tragar. Estaba a punto de dar el paso decisivo, convencido de que a nadie le importaría su ausencia.

-Dicen que la vista desde aquí es bonita, pero no creo que valga la pena el salto -

"Dijo una voz suave, pero extrañamente firme, a sus espaldas"

Mateo se giró bruscamente, asustado y furioso. Frente a él estaba una chica. Vestía ropa cara, un abrigo elegante y una bufanda fina que contrasta por completo con la desgastada sudadera de él. Su rostro era hermoso, pero lo que más llamó la atención de Mateo fue la paz que transmitían sus ojos.

-¡No te acerques!

-gritó Mateo, con la voz rota-.

¡Vete a tu casa, niña rica! Tú no sabes nada de la vida, no sabes lo que es el sufrimiento ni lo que es querer morirse. ¡Déjame en paz!

La chica no retrocedió. Al contrario, dio un paso al frente, fijando su mirada en él. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios.

-Tienes razón, no sé lo que es querer morir... -respondió Amelié en un susurro, mientras el viento jugaba con su cabello-. Pero sé perfectamente lo que es luchar con todas tus fuerzas cada día... y no tener la opción de vivir.

Las palabras de la chica cayeron sobre Mateo como un balde de agua fría. La rabia que lo consumía pareció congelarse por un segundo. Se quedó mirándola, buscando en sus ojos alguna burla o el típico tono de superioridad de la gente de dinero, pero no encontró nada de eso. Solo había una profunda, casi dolorosa, sinceridad.

Mateo bajó lentamente un pie del borde del puente, aunque mantuvo las manos aferradas al barandal de metal.

-¿De qué estás hablando? -preguntó él, con la respiración entrecortada-. Tienes todo. Mírate. Apuesto a que nunca has tenido que elegir entre pagar la renta o comer.

Amélie soltó una pequeña risa, un sonido extrañamente cristalino que rompió la tensión de la noche. Dio dos pasos más hacia él, acortando la distancia.

-Es verdad, no sé lo que es pasar hambre -admitió, acomodándose la bufanda-. Mi papá, Guillermo Lombardo, se ha encargado de que no me falte nada material. Pero el dinero no compra el tiempo, ¿sabes? Ni la salud. Todos los lujos de mi casa no pueden darme lo único que yo le ruego al cielo cada mañana.

Mateo la miró confundido. La luz de las farolas del puente iluminó por un instante el rostro de Amélie, y fue entonces cuando él notó una sutil palidez en sus mejillas, una fragilidad que su elegante abrigo no lograba ocultar.

-No te entiendo... -susurró Mateo, sintiendo que su propio drama pasaba a segundo plano por la curiosidad.

-No tienes que entenderlo ahora -dijo Amélie, extendiéndole la mano con una sonrisa cálida y llena de vida-. Solo quiero que te bajes de ahí. Si tienes la fuerza para saltar, tienes la fuerza para empezar de nuevo. Regálame esta noche. Vamos por un café, yo invito, y me cuentas qué es eso tan terrible que te hizo pensar que el mundo estaría mejor sin ti.

Mateo miró la mano de la chica, luego el vacío del abismo, y finalmente sus propios tenis gastados. Por primera vez en meses, sintió una pequeña chispa de calidez en el pecho.

Mientras que lentamente, soltó el barandal y aceptó su mano.