El Reino de las Rosas Marchitas

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Sinopsis

Hace años, el reino de Salazar era conocido por su riqueza y grandeza… hasta que el rey murió y su hijo, Edmundo Salazar, subió al trono. Desde entonces el castillo se volvió frío. No había bailes. No había música. No había flores. Edmundo gobernaba con distancia y arrogancia, convencido de que el amor volvía débil a las personas. El pueblo lo respetaba… pero también le temía. Mientras tanto, en un pequeño territorio aliado, vivía Clemencia Ponce de León, hija de una familia noble arruinada. A diferencia de la corte, ella prefería los jardines, los animales y los libros antiguos. Todos decían que tenía “el corazón demasiado puro para ese mundo”. Una noche, durante el baile del solsticio, ambos se conocen. Edmundo la considera ingenua. Clemencia lo considera triste. Y eso lo enfurece.

Genero:
Romance
Autor/a:
zIRi
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capitulo 1 - El castillo que olvido como respirar

Habia una regla no escrita en el castillo Salazar.

No era la de no hablar en los pasillos despues de medianoche, aunque esa tambien existia. No era la de no mirar directamente al rey durante los banquetes, ni la de no mencionar el nombre de la reina madre frente al servicio. Todas esas reglas estaban, si, flotando en el aire como polvo viejo.

Pero la mas importante era mas simple que todas.

No hagas ruido innecesario.

Bautista lo habia aprendido a los doce años, el primer dia que cruzo las puertas del castillo con sus botas demasiado grandes y una carta de recomendacion de su tia, que trabajaba en las cocinas. El mayordomo de entonces — un hombre con cejas como dos orugas grises — lo habia mirado de arriba abajo y le habia dicho, sin preambulo:

"En esta casa, los sirvientes son sombras. Las sombras no hablan, no tropiezan y sobre todo no rien."

Bautista tenia ahora cuarenta y dos años. Llevaba treinta en el castillo. Habia visto nacer al principe, habia visto morir al rey viejo, y habia visto al principe convertirse en algo que ya no sabia como llamar.

No monstruo. Esa palabra le parecia injusta.

Pero tampoco hombre. Al menos no del todo.

Esa mañana, como todas las mañanas, Bautista recorrio los pasillos del ala este antes del amanecer. Era su rutina: revisar que las velas estuvieran apagadas, que los tapices no hubieran acumulado demasiado polvo durante la noche, que ninguno de los jovenes ayudantes hubiera dejado algo fuera de lugar. El castillo era grande y el rey notaba todo. Incluso — especialmente — lo que no debia notar. Se detuvo frente al salon principal.

La puerta estaba entreabierta, lo cual era inusual. Normalmente permanecia cerrada con llave desde la muerte del rey anterior. Era uno de esos lugares del castillo que existian en teoria pero no en la practica: un salon enorme, con techos tan altos que desaparecian en la oscuridad, y ventanales que en otro tiempo habian dejado entrar el sol por las mañanas.

Bautista empujo la puerta con cuidado.

Edmundo estaba de espaldas, frente al ventanal mas grande. Vestia de negro, como siempre. Tenia las manos enlazadas detras de la espalda y miraba hacia el jardin, o hacia lo que habia sido el jardin — ahora no era mas que tierra oscura y rosas que florecian en un color que no debia existir en las rosas: negro, profundo, sin matices.

No se volteo cuando Bautista entro.

No dijo nada.

Bautista tampoco.

Eso era lo que habia aprendido en treinta anos: con el rey viejo, el silencio era comodidad. Con Edmundo, el silencio era la unica forma honesta de comunicacion que les quedaba.

Despues de un momento que podia haber durado segundos o minutos, el rey hablo:

"Llega mañana."

No era una pregunta.

"Si, su majestad", dijo Bautista. "La senora Ponce de León y su dama de compañía.

He preparado las habitaciones del ala sur, como se indico."

Edmundo no respondio de inmediato. Siguio mirando el jardin con esa expresión que Bautista habia aprendido a leer con los años: no era ira, aunque se le parecia. Era algo más parecido a la concentracion de alguien calculando el peso de algo que todavia no cargaba.

"Bien", dijo al fin.

Bautista espero. Cuando el rey usaba ese tono — corto, definitivo, como una puerta que se cierra — significaba que la conversacion habia terminado. Se retiro en silencio, como una sombra, como le habian ensenado. Pero antes de salir, miro una vez mas hacia el jardin. Las rosas negras se movian levemente, aunque no habia viento.

Bautista no era un hombre supersticioso. Pero tampoco era tonto.

Algo iba a cambiar.

No sabia si para bien o para mal. En este castillo, era dificil saber la diferencia.

~

La noticia habia llegado diez dias antes, en una carta con el sello del Consejo de los Cinco Territorios.

Edmundo la habia leido una vez, la habia doblado con la misma precision con la que hacia todo, y la habia dejado sobre el escritorio sin decir nada. Mas tarde, Bautista la encontro en la chimenea, convertida en ceniza.

Pero el contenido ya lo sabia todo el castillo, porque los castillos son organismos vivos y los secretos no sobreviven mucho tiempo dentro de sus muros:

El rey Edmundo Salazar tomaria esposa.

Clemencia Ponce de León, hija del conde Aurelio Ponce de Leon — una familia noble, si, pero arruinada desde hacia tres generaciones — llegaria al castillo para un periodo de adaptacion de seis meses antes de la ceremonia oficial.

Era, en terminos diplomaticos, un matrimonio de conveniencia mutua. Los Ponce de León recuperarian su posicion. El reino de Salazar estableceria alianza con sus territorios del sur.

Edmundo, en terminos menos diplomaticos, habia dicho exactamente una cosa sobre el asunto:

"Que no toque nada."

Era un castillo grande. Habia suficiente espacio para dos personas que no quisieran estar en el mismo.

~

Lo que Edmundo no habia considerado — lo que nadie en el castillo habia considerado — era que Clemencia Ponce de León probablemente no era el tipo de persona que esperaba instrucciones antes de tocar las cosas.

Pero eso lo descubrirían mañana .

Fin del Capitulo 1

Continuará en el Capitulo 2:

"El baile del solsticio"