Afinidad Inesperada

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Sinopsis

Park Soojin despertó en una bodega de la universidad y vio algo que no debía. Cha Junha, el sunbae perfecto, también lo vio a él. Desde entonces, Soojin intenta escapar de una presencia que lo sigue incluso cuando no está. Junha, en cambio, solo sabe una cosa: quiere volver a mirarlo. La pregunta es quién apartará la vista primero. Y qué pasará si ninguno lo hace.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Jmb_Lowell
Estado:
En proceso
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo I

La primera cachetada llegó tan rápido que Soojin ni siquiera entendió qué había sido ese sonido: un golpe seco, cortante, como si algo se hubiera quebrado dentro del aula.

Sobresaltado en su escondite, aún aturdido por el sueño, permanecía encogido entre el archivador metálico y la pared cubierta de polvo. El olor rancio de aquel salón, usado por el consejo académico como bodega, le devolvió de golpe la noción de dónde estaba. Y con ello, la certeza brutal de que no estaba solo.

Contuvo la respiración por un momento.

Al mirar a través de la rendija, distinguió las piernas de dos personas, sombras tensas bajo la luz blanca que caía desde el tragaluz. No entendía del todo la escena, solo fragmentos: la voz de una mujer, quebrada de rabia; la quietud insoportable de Cha Junha, inmóvil frente a ella.

—¿Eso es todo? —escupió ella.

Soojin no podía verla bien, pero escuchó el tirón áspero de la tela antes de entenderlo. La mujer lo había agarrado del saco con fuerza, como si odiar aquellas palabras no bastara para soltarlo. Hubo un forcejeo breve, contenido, más violento por lo que callaba que por lo que mostraba. Otro golpe, esta vez más sordo, no de una mano contra la piel sino de un cuerpo contra el escritorio.

Junha no dijo nada.

Y ese silencio fue peor.

La mujer volvió a hablar: cobarde, miedo, esconderse y, entre todo eso, un año. Palabras sueltas, ardientes, como chispas escapando por debajo de una puerta cerrada. Él no entendía la historia completa. No sabía qué había pasado antes de llegar allí. Pero conocía de memoria esa clase de rabia: la que no nace del odio sino de algo más parecido a la vergüenza. La que busca un cuerpo donde caer porque no sabe dónde más ponerse. Había estado en el lugar de Junha alguna vez, del otro lado, y recordaba demasiado bien cómo dolía ser la razón de una furia que nadie iba a admitir en voz alta. Entre las estelas de luz, ella arremetía una y otra vez contra el cuerpo de Junha. Desde su escondite, Soojin la oía más de lo que la veía. La tela crujiendo, los golpes sordos, la respiración quebrada. Ella se aferraba a su saco como si arrancárselo pudiera hacerle daño de verdad, como si soltarlo doliera aún más.

Junha la dejó hacerlo.

Cuando habló, su voz fue tan baja que Soojin apenas lo oyó, un nombre y no uno cualquiera.

—Ya basta, Lee Yeong-hwa.

No dijo nada más. Ni una disculpa, ni una excusa, ni una explicación capaz de amortiguar el filo de aquello. Solo esas palabras, limpias y frías, como una puerta cerrándose en la cara.

Durante un instante no se oyó nada. Desde la oscuridad, Soojin solo pudo pensar una cosa: si lo descubrían allí, más le valía que la tierra se lo tragara entero.

Después, el chasquido del bolso al ser recogido. El roce de unos zapatos girando sobre el piso. Pasos. El sonido de la puerta abriéndose. Luego cerrándose de golpe.

Soojin esperó. Con su cuerpo temblando, mientras rogaba porque todo hubiera terminado ahí en medio del silencio.

El corazón le latía demasiado fuerte. Le parecía imposible lo que acababa de presenciar. Contó mentalmente, sin saber por qué. Uno. Dos. Tres.

Entonces escuchó la puerta otra vez.

Un sonido más leve. Más controlado, que aflojó su cuerpo de golpe.

¡Se fueron! pensó. El alivio apenas alcanzó a tocarlo.

Cuando una mano irrumpió entre las sombras y se cerró sobre su brazo.

Soojin soltó un jadeo ahogado antes de que lo arrancaran de su escondite con una brusquedad que le hizo chocar el hombro contra el archivador. El metal vibró con un quejido hueco. No tuvo tiempo de resistirse. Junha lo tironeó una vez, con violencia seca, y luego lo arrastró hasta el espacio abierto del aula, allí donde la luz caía de lleno.

El resplandor le golpeó la cara.

Soojin alzó la vista, desorientado, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido.

La claridad bañó el rostro de Soojin, el cabello revuelto por el sueño, el polvo prendido a la manga, el pecho aún agitado. Sus ojos lo sostuvieron apenas un instante. La vista de Junha cayó después a la boca, entreabierta todavía por el sobresalto. Soojin notó cómo aquellas pupilas se dilataban levemente mientras le miraba. Una descarga eléctrica le recorrió la mano con una brusquedad absurda. Su agarre cedió antes de que pudiera entender por qué.

Al mirarlo, Soojin notó que tenía la mejilla enrojecida. El saco seguía arrugado donde habían tirado de él. La mandíbula se le marcaba con una tensión que no era solo rabia. Era peor. No supo nombrarlo, pero lo sintió de inmediato en el silencio que se abrió entre ambos. Y, aun así, en ese instante quedó suspendida una amenaza densa, viva, casi hostil, como si allí se hubiera instalado algo que ninguno de los dos sabía mirar de frente.

Junha fue el primero en romperlo.

—¿Qué hacías husmeando ahí, patética rata fisgona?

La voz no sonó alta. Ni siquiera especialmente dura. Y, sin embargo, Soojin sintió que el pecho se le cerraba.

Parpadeó una vez, todavía con el brazo caliente donde Junha lo había sujetado.

—Nada, yo... estaba dormido.

Junha soltó una risa sin humor.

—Claro.

Soojin tragó saliva. La luz seguía cayéndole de lleno en la cara, como si lo exhibiera. Quiso apartarse, pero Junha volvió a cerrarle la mano sobre el brazo antes de que pudiera dar un paso.

—Dime de una vez ¿Cuánto viste?

—Nada.

La respuesta salió demasiado rápido.

Los dedos de Junha se tensaron. La marca en la mejilla seguía ahí, pero no era solo eso. El arrastre de lo que acababa de pasar, sumado al malestar punzante de saberse visto, le empujaba la voz hacia un filo más hiriente.

—No te hagas el idiota.

Soojin levantó la vista de golpe. El miedo seguía ahí, sí, latiéndole en la garganta, pero debajo ya empezaba a moverse otra cosa. Una irritación vieja, conocida. La sensación insoportable de que alguien acostumbrado a salirse siempre con la suya creyera que podía ponerle la mano encima solo porque era más pequeño.

—Te dije que estaba dormido.

Junha dio un paso hacia él.

—Y yo te dije que no te hagas el idiota.

Había rabia en su voz ahora. No mucha. La justa para volverse peligrosa.

Soojin intentó irse, pero Junha lo sostuvo con más fuerza y lo empujó apenas, lo suficiente para hacerlo retroceder contra el borde de un escritorio. El golpe no fue fuerte, pero bastó para que en él una llama se encendiera.

No otra vez.

Había reconocido demasiado rápido esa clase de fuerza: la que no buscaba una respuesta, sino un cuerpo más próximo donde caer.

Le miró con el aliento corto.

Junha debió ver algo en su cara, porque por un instante pareció tensarse aún más.

—Si abres la boca... —empezó.

No terminó la frase. Soojin se movió antes.

Giró sobre sí mismo con rapidez, bajando el hombro, buscando el ángulo en lugar de la fuerza. La mano de Junha resbaló apenas de su brazo. Fue suficiente. Soojin se zafó con un tirón seco y, en el mismo impulso, lo desestabilizó lo justo para obligarlo a echar un pie atrás.

No fue una llave limpia ni bonita, apenas un reflejo viejo, aprendido muchas caídas atrás, pero bastó.

Junha trastabilló un paso.

Y ese único paso pareció enfurecerlo más que cualquier palabra.

Soojin no esperó.

Se inclinó de inmediato, atrapó su bolso del suelo y lo colgó del hombro con manos torpes. Luego retrocedió dos pasos, sin dejar de mirar a Junha, como si no terminara de creer lo que acababa de hacer.

—No vi nada —mintió, respirando demasiado rápido—. Y aunque hubiera visto algo, me importa una mierda.

Después echó a correr.

—¡Oye!

La voz de Junha lo alcanzó cuando ya había salido al pasillo. Pero no miró atrás. Bajó el primer tramo de escaleras casi de un salto, con el corazón golpeándole las costillas y el cuerpo todavía temblando por la adrenalina. Escuchó pasos detrás de él apenas unos segundos después, por lo que apretó más el paso.

Junha lo seguía, y el silencio de esa persecución le resultó peor que cualquier grito. Bajó un piso tras otro.

Las suelas golpeaban los escalones con ecos desordenados, el bolso rebotándole contra la cadera, el aire quemándole la garganta. Y, aun así, mientras giraba en el descanso del tercer piso, una certeza absurda le cruzó la mente:

Era más rápido; lo supo porque la distancia no se acortaba del todo y por la respiración furiosa que seguía oyendo detrás, demasiado cerca para tranquilizarlo, pero no lo bastante como para atraparlo.

Y también Junha debió notarlo, porque el sonido de sus pasos cambió. Se volvió más pesado. Más agresivo. Como si aquella pequeña ventaja —ridícula, infantil, casi ofensiva— lo irritara todavía más.

Soojin no se detuvo.

Ni siquiera cuando comprendió que esa tarde no estaba escapando solo de una amenaza.

Estaba huyendo de un depredador que acababa de fijar en él sus ojos.

No supo en qué momento exacto dejó de escuchar los pasos de Junha. Solo notó el silencio de golpe, como si alguien hubiera arrancado una presencia del aire. Aun así, no se atrevió a frenar. Siguió bajando, hasta que las piernas empezaron a dolerle y la adrenalina le nubló el borde de la vista.

Arriba, en el rellano donde se había detenido, Junha permaneció inmóvil.

El hueco de la escalera se abría ante él como una grieta oscura. A lo lejos aún resonaban, cada vez más débiles, los pasos de Soojin alejándose.

Tenía la mejilla enrojecida y su saco arrugado. Con la respiración ya casi bajo control.

Entonces se acomodó lentamente la solapa con una mano, fingiendo que nada había pasado, y bajó la vista hacia el vacío, como si pudiera seguir viendo al chico a través del concreto.

No parecía derrotado. Y tampoco furioso.

Había una sombra peor en su cara, quieta: una dureza nueva, más peligrosa que cualquier arrebato. Soojin quizás se le había escapado. Pero eso no cambiaba nada. Junha lo encontraría.

Y cuando volviera a tenerlo delante, Soojin sabría que aquella huida solo había servido para darle tiempo al miedo que había comenzado a cazarle.