Prólogo

La lluvia no lo molestaba.
Cassian Blackwood llevaba cuatrocientos años sintiendo el agua golpear su piel muerta sin que una sola gota lograra recordarle lo que era sentirse vivo. La tormenta que azotaba el bosque aquella noche de octubre era violenta, efímera, innecesaria. Como los humanos. Como todo lo que respiraba.
Pero él ya no respiraba.
Estaba de pie en lo alto de la colina, con la gabardina negra pegada a su cuerpo inmóvil. Los árboles gemían a su alrededor y, allá abajo, las luces de la ciudad parpadeaban como insectos atrapados en un frasco. Él no miraba la ciudad. Miraba el bosque.
Olfateaba.
Allí abajo.
Un olor a papel viejo, a lluvia y a algo más: soledad. No la soledad ruidosa de quien grita. La soledad callada de quien ha aprendido a ser invisible para sobrevivir. Ese olor le resultaba familiar. Demasiado familiar.
Se llamaba Elara. Lo sabía porque había visto su carné de biblioteca olvidado sobre una mesa. Elara Vance. Veintitrés años. Vive con su madre. Nunca sale con amigos. Escribe en cuadernos negros.
Cassian había estado dentro de su pequeño departamento mientras ella dormía. No para acecharla. Para sentarse en su sofá roto y recordar, por un momento, cómo olía la vida de alguien que aún no se había rendido del todo.
Ahora ella estaba perdida en el bosque.
Bajó la colina sin hacer ruido. No pisó ramas, no movió hojas. La encontró encogida contra un roble, con los brazos envueltos alrededor de las rodillas y las gafas resbalando por su nariz mojada. No lloraba. No pedía auxilio. Solo respiraba hondo, con un ritmo aprendido después de años de practicar la calma en medio del desastre.
Eso lo fascinó.
No es la presa más fácil, pensó. Es la que ya no espera que nadie la salve.
—¿Estás bien?
No había levantado la voz. Las palabras salieron con la temperatura justa de un desconocido que aparece por casualidad. Un relámpago iluminó su rostro: alto, pálido, con la mandíbula tallada en ángulos imposibles y los ojos de un gris tan claro que parecían no tener fondo.
Elara levantó la cabeza.
—¿Quién…?
—Alguien que también se perdió —mintió él, y la mentira le supo a cenizas—. Vivo cerca. Puedo llevarte allí hasta que pase la tormenta.
Ella lo miró. No con miedo animal. Con una fijeza extraña, como si intentara leer en su rostro el peligro que sus instintos ya estaban chillando.
—Usted no parece perdido —dijo al fin—. Usted está demasiado seco para alguien que lleva horas bajo la lluvia.
Cassian parpadeó.
Interesante.
La gabardina seguía impecable. El agua se deslizaba sobre su piel sin mojarla, porque la muerte no absorbe la lluvia. Él había olvidado ese pequeño detalle. Y ella, una tímida bibliotecaria, lo había notado en menos de diez segundos.
Se inclinó ligeramente hacia ella. No para atacarla. Para olerla mejor.
El miedo que despedía en ese momento era delicioso, pero no era el único olor. Había también cansancio. Una fatiga tan profunda que parecía haber crecido dentro de ella durante años. Él conocía ese cansancio. Lo había sentido durante siglos.
—Tienes razón —dijo, y por primera vez en décadas no mintió del todo—. No estoy perdido. Pero tampoco sé bien qué hago aquí. Y tú... tú llevas media hora caminando en círculos. No vas a encontrar la salida sola.
Ella tragó saliva.
—¿Por qué me ayuda?
Cassian no supo responder. Podía decirle la verdad — porque me aburro, porque hueles a soledad, porque esta noche la mansión pesa más que otras noches — pero ninguna de esas respuestas era completa.
—Porque nadie debería estar tan sola como tú —dijo al final. Y fue, quizás, lo más honesto que había dicho en un siglo.
Elara dudó. La lluvia le golpeaba la espalda. El frío le temblaba en los labios. Y él, un desconocido de ojos grises y gabardina seca, le ofrecía un lugar caliente.
Al final, la soledad ganó.
Siempre ganaba en los humanos como ella.
—Está bien —susurró—. Solo una noche.
Cassian la levantó con una suavidad que le sorprendió a él mismo. Cuando los brazos de ella rodearon su cuello por instinto de supervivencia, sintió el latido de su corazón contra su pecho. Un tambor diminuto que anunciaba que seguía viva.
Él hacía mucho que no oía uno tan cerca.
La llevó a la mansión en silencio. Ella no preguntó cómo podía caminar tan rápido con ella en brazos. Él no dijo que podía oír su corazón acelerarse cada vez que él rozaba su piel.
En la puerta, antes de entrar, Cassian la miró. Tenía el pelo pegado a la cara, las mejillas enrojecidas por el frío y los ojos del color de la miel vieja tras los cristales empañados.
No era la mujer más hermosa que había visto. No era la más valiente. Pero había algo en ella —en la forma en que se encogía sin romperse, en el olor de su cansancio, en esa calma aprendida a base de noches sin nadie— que le recordaba algo que creía haber perdido para siempre.
Ganas de querer.
—Bienvenida —dijo, y la voz le sonó extraña, casi humana—. No sé por qué te traje. Pero aquí estás.
El bosque quedó atrás. La lluvia siguió cayendo. En la mansión de obsidiana, en la cima de la colina, una vela se encendió sola en la ventana del este.
Bienvenida a casa, pequeña.
La noche era larga.
Y él, por primera vez en cuatro siglos, tenía miedo de estar solo otra vez.