Capitulo 1: Encuentro en el Internado Saint-Just
El internado Louis de Saint-Just se alzaba como una fortaleza de piedra gris y disciplina férrea, un monumento al linaje y a la rectitud que Dante despreciaba con cada fibra de su ser. Al cruzar el umbral de los pesados portones de hierro, el ruido del mundo exterior desapareció, reemplazado por el eco rítmico de cientos de mocasines lustrados marchando hacia las aulas. Los alumnos, uniformados con sacos oscuros que lucían el escudo de la institución en el pecho, se movían con una precisión mecánica, como soldados en formación. Dante, en cambio, se sentía fuera de lugar.
Caminaba detrás de su abuelo, intentando ignorar las miradas de reojo de los demás chicos. El vestíbulo era un laberinto de mármol reluciente y techos altísimos que hacían que su ansiedad rebotara contra las paredes. ¿Qué diablos hacía en ese lugar? La pregunta no dejaba de darle vueltas en la mente. Su padre y su abuelo lo habían decidido por él, con esa suficiencia de quienes creen tener la última palabra sobre la hombría ajena.
—Muévete, Dante. Deja de arrastrar los pies —gruñó su abuelo sin siquiera mirarlo.
Ingresaron a la oficina del director, un espacio cargado de olor a coñac y humo de los puros. El director, un hombre de facciones gélidas, se puso de pie para estrechar la mano del anciano. Dante se quedó a un lado, apretando las correas de su mochila, sintiéndose más como una mercancía defectuosa que como un nieto.
—Aquí lo tienes —dijo el abuelo, señalando a Dante con un gesto despectivo—. Mi nuera lo crió entre algodones, sobreprotegido, siempre escondido tras sus libros. Necesita que le quiten esas mañas. Lo envío aquí porque confío en que Saint-Just lo convertirá en un hombre. Necesita disciplina y, sobre todo, mano dura.
El director asintió con una lentitud calculada, y por un instante, Dante captó cómo ambos hombres intercambiaban una mirada cargada de una complicidad maliciosa. Un pacto silencioso de autoridad que le revolvió el estómago. Era una sentencia.
Sin una sola palabra de despedida, ni un roce en el hombro, su abuelo salió de la oficina, dejándolo atrás como quien abandona un fardo. El silencio que quedó en la habitación era denso, interrumpido solo por el rasgueo de una pluma sobre el papel. Dante no se atrevía a moverse; sentía la mirada del director sobre él como un peso físico.
—Tu abuelo es un hombre de convicciones claras, Dante —dijo el director finalmente, recostándose en su sillón de cuero. Sus ojos, fríos y calculadores, recorrieron al chico de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en sus lentes—. Y tiene razón en algo: te falta temple. Pero no te preocupes. Aquí en Saint-Just nos especializamos en moldear el carácter. Lograremos exactamente lo que tu padre y tu abuelo buscan que seas. Ni más, ni menos.
Dante tragó saliva, sintiendo que el aire de la oficina se volvía escaso. ¿Qué buscan que sea? ¿Un soldado? ¿Una sombra de ellos mismos?
—Ahora, vete —ordenó el hombre, señalando la puerta con un gesto lánguido—. Tus cosas ya han sido llevadas a tu habitación compartida; el delegado de tu año se encargará de orientarte y entregarte tu horario. No tolero la impuntualidad, así que busca tu primera clase de inmediato. Estás perdido, ¿verdad? Camina por el ala este y no te distraigas.
Dante asintió rígidamente y salió del despacho. Ya a solas en el pasillo, se sintió pequeño, desorientado bajo la inmensidad de los techos góticos. El nudo en su garganta era casi tan pesado como los libros de cálculo que cargaba. Saint-Just le parecía un monstruo de mil pasillos. Sus lentes se le resbalaban por el sudor de la nariz mientras intentaba recordar las indicaciones del director, sintiendo una mezcla de rabia contenida y humillación que le quemaba el pecho.
Solo sé invisible. Es solo un semestre, se repetía, pórtate como si no existieras y todo saldrá bien.
Pero la invisibilidad se acabó cuando dobló la esquina del pasillo principal.
El impacto fue seco. El termo de agua que llevaba en la rejilla lateral salió volando, y el sonido del líquido golpeando el suelo fue seguido por un jadeo ahogado. Dante levantó la vista, con el corazón golpeando como un animal enjaulado, y se quedó petrificado.
Frente a él, una mujer intentaba rescatar su dignidad. Era una visión de una belleza tan perfecta que por un segundo Dante pensó que había chocado con una estatua que había cobrado vida. Era rubia, y su cabello estaba recogido con una pulcritud militar en un rodete que no se había movido ni un milímetro. Vestía una blusa de seda blanca que, momentos antes, debía verse impecable.
Pero la seda ya se había rendido. El agua la había vuelto una segunda piel, traicioneramente transparente, revelando el encaje oscuro de su brasier y la forma firme de sus senos bajo la luz de los ventanales.
Dios mío, no puede estar pasando, pensó Dante, aunque sus ojos, rebeldes y hambrientos, se negaban a subir a la cara de la mujer. Ella no gritó. En lugar de eso, Dante sintió una mirada intensa recorriéndolo, una que parecía estar midiendo su capacidad de resistencia.
—Parece que has empezado con el pie izquierdo... ¿cierto? —La voz de ella era suave, peligrosamente calmada—. Espero que tus notas sean menos caóticas que tus movimientos.
Dante seguía paralizado. Ella dio un paso hacia él y el sonido de sus tacones contra el mármol fue una sentencia. El chico bajó la vista instintivamente, solo para encontrarse con la visión de sus piernas, largas y torneadas bajo la falda de tubo, que se detuvieron a escasos centímetros de sus zapatos desgastados. El aroma de su perfume lo envolvió, nublándole el juicio.
Ella se agachó con una elegancia que contrastaba violentamente con la torpeza de Dante, pero lo hizo con una lentitud cargada de malicia. Al inclinarse para recoger el termo metálico, no hizo el menor esfuerzo por cubrirse; al contrario, permitió que Dante tuviera una visión directa y perturbadora de sus senos grandes, perfectos y redondos, sostenidos apenas por el encaje del brasier negro que se dibujaba con una nitidez absoluta tras la seda transparente de la blusa mojada.
Dante sintió que no podía respirar. Era una trampa visual de la que no podía escapar. Cuando ella estiró la mano, sus dedos rozaron los de él sobre el metal frío del termo. El contacto eléctrico hizo que Dante diera un respingo, pero ella no apartó la mano de inmediato.
—Ten más cuidado la próxima vez —dijo ella, levantándose y quedando a una distancia peligrosamente corta.
Antes de que él pudiera reaccionar, Ana levantó una mano. Sus dedos, suaves y finos, buscaron su rostro. Con una delicadeza que se sentía sensual y provocativa, acarició su mejilla, subiendo hasta rozar la comisura de sus labios.
—Tenías unas gotas de agua... —murmuró, con sus ojos fijos en los de él y una sonrisa divertida jugando en su boca.
El mundo se detuvo. Dante sentía el calor irradiando de su piel y una ansiedad que le oprimía el pecho. Ella sostuvo el contacto un segundo más de lo necesario, saboreando su pánico. Finalmente, retrocedió, le entregó el termo y, sin decir nada más, se dio la vuelta.
Dante se quedó allí, viendo cómo se alejaba. El sutil balanceo de sus caderas bajo la seda húmeda era una imagen grabada a fuego en su mente. Se llevó una mano a la mejilla, donde la sensación de sus dedos aún persistía. Sus lentes, empañados por el sudor y la respiración entrecortada, hacían que la figura de aquella mujer se viera borrosa al final del pasillo, pero la impresión de su presencia era nítida y abrumadora.
Apretó el termo con fuerza y se acomodo los lentes con dedos temblorosos.
¿Qué clase de lugar es este?, se preguntó, mientras la rabia contra su familia se transformaba en una confusión abrasadora. ¿A dónde diablos me han mandado, papá? ¿Es esto lo que querías, abuelo?








