Chapter 1
Capítulo 1
El invierno y el sol
En el Reino de Borvaris, donde el poder era tan grande como la crueldad de sus hombres, nació Caelian.
Desde pequeño fue entrenado por su padre, el rey Isen, con disciplina y dureza para convertirse en el heredero perfecto y en el mejor guerrero del reino. Sin embargo, había algo para lo que jamás fue preparado: el amor.
Caelian volvió a Borvaris con sangre en la espada y hielo en los ojos.
Las damas de la corte lo observaban desde los balcones. Hablaban de su rostro, tallado por los dioses. Hablaban de su silencio, moldeado por su padre.
Decían que casarse con él sería como abrazar el invierno: hermoso y mortal.
Lo sabían.
Y aun así, lo querían.
Incluso aquellas que ya tenían un anillo en la mano.
Caelian era la guerra hecha hombre. Perfecto para admirar. Imposible para amar.
Las puertas del castillo se abrieron.
El rey Isen y la reina Eira lo esperaban.
Caelian cruzó el umbral.
El frío entró con él.
El olor a muerte también.
El rey Isen, sentado en el trono, lo observó como se observa a un arma: evaluando si todavía servía.
Solo Eira, su madre, respiró con tranquilidad. Solo ella sintió paz. Porque Borvaris podía perder un príncipe, pero una madre no podía perder a su hijo.
Salón del Trono
-Otra victoria. Borvaris festejará esta noche dijo el rey Isen.
Silencio.
Ni un aplauso.
Ni una sonrisa.
-Pero no te llamé por eso, Caelian. La guerra se gana con espadas. El reino... con herederos.
La reina Eira miró a su hijo. Vio la carga caer sobre sus hombros. Esa carga que siempre supo que algún día llegaría.
Caelian lo escuchó sin mover un músculo. Sin alma en los ojos.
-He elegido por ti -continuó el rey-. Una mujer de linaje puro. Hermosa. Fuerte. Perfecta para darme nietos que gobiernen cuando seas tierra y polvo.
Caelian no eligió nada. ¿Acaso el corazón obedecía cuando uno era rey?
-Azael será notificado de tu boda. No fuiste tú quien consiguió a esa mujer. Fui yo.
El rey Isen se levantó lentamente del trono.
-Recuerda esto, Caelian. Tengo dos hijos... y el trono solo necesita uno que obedezca.
Caelian no escuchó a un padre. Escuchó a su rey. Por eso obedeció, sin que su rostro traicionara su alma.
Eira lo observó en silencio. Y como todas las reinas de Borvaris antes que ella, tragó el dolor y calló.
El Sol se entera del Invierno
Solveig, con apenas diecisiete años, era demasiado joven para el matrimonio.
Aun así, sus padres entregaron su mano al reino.
Fue un acuerdo con el rey Isen. Una alianza conveniente para ambas familias.
Solveig era pura y casta. Desde los siete años había vivido en el templo. Pero para sus padres, su belleza era la mejor moneda que podían ofrecerle a Borvaris.
Cada mañana rezaba frente a los vitrales de la Diosa del Sol, dejando que la luz calentara la piedra bajo sus pies.
Hasta que el sacerdote la interrumpió.
Era un hombre mayor, de mirada cansada. Un hombre cuyos ojos parecían haber visto demasiadas guerras.
-Hija mía, llegó el día. Servirás a los dioses y cumplirás con el deber del imperio. A tus diecisiete años, desposarás al príncipe de Borvaris.
El rezo murió en sus labios.
El nombre cayó sobre el templo como una losa de hielo.
-Caelian. El Silencioso. Heredero de Borvaris. Un hombre de veintiún años que ha visto más muerte que cualquier anciano.
Mientras hablaba, el sacerdote observó a Solveig con atención.
No vio miedo.
Vio extrañeza.
Como si, por primera vez, la Diosa del Sol no tuviera respuestas para ella.
-¿Por qué ahora sería una bendición para mí tener esa responsabilidad? -preguntó Solveig.
La conversación fue su última oportunidad para creer que no era cierto. Pero cuando comprendió que era verdad, ya estaba dentro del carruaje con su equipaje, rumbo a la casa de sus padres.
Al bajar, sintió un aire diferente.
Como era de esperar, sus padres la recibieron con una sonrisa. Al entrar, vio un banquete completo esperándola.
-¿Qué es esto? ¿Acaso es mi última cena antes de que me vendan?
Las palabras de Solveig fueron demasiado firmes como para sonar a broma. Pero Lord Roderick y Lady Ingrid de Lyssara simplemente sonrieron.
-¿Por qué sería la última? No seas exagerada, hija-dijo Lord Roderick-. Solo son rumores. Caelian de Borvaris es uno de los mejores hombres con quien podrías casarte. Deberías estar agradecida de que el rey Isen te escogiera a ti..
-Es lo único que podrías esperar, Solveig añadió Lady Ingrid. ¿0 querías quedarte como una santa en el templo toda tu vida? Servirle a la corona es mejor. Debes estar feliz.
Mientras Lord Roderick reía y Lady Ingrid brindaba por la alianza, al final ellos habían ganado: estatus financiero y social junto a Borvaris.
Solveig solo observaba cómo celebraban, felices por lo que estaba sucediendo.
La velada transcurrió con normalidad. Al final, Solveig descansó en la casa de Lyssara por última vez.
Los días pasaron.
Solveig vivía encerrada junto a una tutora, aprendiendo los modales del palacio y cómo convertirse en la esposa perfecta para Borvaris.
En cambio, Caelian permanecía solo, encerrado en la oficina de su castillo. Firmaba y organizaba su propia boda como si se tratara de una campaña de guerra.
No preguntaba nada sobre su prometida.
Tal vez porque asumía que solo sería otra dama de fiestas y banquetes.
Para él, Solveig no era más que un montón de dudas e intriga.
Al pasar los días, llegó el momento de que el matrimonio se celebrara.
Borvaris entero se preparaba para la boda.
En otro lugar del palacio, las doncellas vestían a Solveig para la ceremonia, resaltando su belleza natural como si fuera una ofrenda.
-¿Por qué es tan necesario todo esto? Ni siquiera sé cómo es él realmente. Apenas dicen que es un hombre sin una pizca de emoción.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire y solo fueron escuchadas por las damas que la atendían.
Una de ellas, la más vieja, quiso ser sincera con ella.
-No se preocupe, señorita. No escuche los rumores. El príncipe Caelian es un esposo... maravilloso. Solo tiene una personalidad complicada, pero no se ponga nerviosa.
La ceremonia se celebró en un ostentoso templo que reflejaba el poder y la exclusividad de Borvaris.
El lugar estaba lleno de duques y damas de la corte, vestidos con ropas deslumbrantes para el evento más esperado del reino.
Solveig miraba su reflejo en el espejo.
El vestido, con tantos detalles, pesaba más que sus propias decisiones.
Era tan hermoso como horrendo.
No sentía paz ni felicidad por algo que estaba ocurriendo tan rápido.
En otro lugar del palacio, Caelian estaba vestido como si fuera a la guerra y no a su matrimonio.
Su traje negro, con bordados dorados perfectamente elaborados, solo hacía resaltar su imponente presencia.
Al llegar al templo, Caelian esperó la entrada de su futura esposa.
Solveig caminaba con dificultad, como si se dirigiera hacia el peor día de su vida.
El sol caía sobre ella como si fuera una piedra preciosa.
La hacía brillar.
No sabía si era el día o era ella quien hacía que mi alma se sintiera a salvo. Tal vez solo era un pensamiento cualquiera rondando mi cabeza.
Solveig entró al templo acompañada de su padre.
Mientras él la entregaba a Caelian, este permaneció inmóvil.
Cuando finalmente la vio, llevaba un velo cubriendo su rostro y un ramo de peonías blancas entre las manos.
La ceremonia se celebró en un templo tan ostentoso como frío.
Las voces de los nobles llenaban el lugar mientras Solveig caminaba hacia el altar sintiendo el peso del vestido, de la corona... y de su destino.
Caelian la esperaba inmóvil.
Vestido de negro.
Más parecido a un hombre que iba a la guerra que a su propio matrimonio.
Cuando Solveig llegó frente a él, el sacerdote levantó los anillos.
El oro brilló bajo la luz del templo, frío y pesado, como si incluso aquellas joyas entendieran que aquello no era amor.
Caelian tomó la mano de Solveig.
Por primera vez, sus miradas se encontraron realmente.
El mundo alrededor desapareció por un instante.
Lento, Caelian deslizó el anillo sobre su dedo.
Solveig sintió el frío de sus manos incluso a través de los guantes.
Y en ese momento, el invierno y el sol sellaron su destino.