Capítulo I: El Milagro de Bortscha
El televisor de la sala de descanso parpadeaba con una imagen saturada de colores pastel. En la pantalla, una mujer de sonrisa impecable caminaba por un jardín de lavandas. “En M.I.R.A.C.L.E., tu paz es nuestra prioridad. Ven y redescubre tu luz”, decía la voz en off, tan dulce que resultaba empalagosa.
Aaron Taylor apartó la vista de la pantalla y miró su café frío. El contraste era casi violento. Al otro lado del cristal reforzado de la oficina, no había lavandas, sino un pasillo de baldosas grisáceas iluminado por el parpadeo errático de un fluorescente que llevaba semanas pidiendo un cambio.
—Cinco años —susurró para sí mismo, ajustándose el gafete donde su nombre aparecía debajo de un logotipo que alguna vez le pareció esperanzador.
Bortscha era un pueblo hermoso, sí. Pero era la clase de belleza que tienen los cementerios antiguos: elegante, solemne y llena de cosas enterradas que nadie quería nombrar. Todos sabían que el hospital no se mantenía gracias a la caridad, sino al dinero de los Rogers. Esa familia, la “Familia del Fuego”, cuya leyenda era el motor secreto de la economía local. Los lugareños bajaban la voz cuando un Rogers pasaba por la calle principal, esperando el momento en que sus ojos se perdieran y el fuego de su linaje terminara por consumirles el juicio.
Aaron se puso de pie. El frío del edificio parecía filtrarse por debajo de su bata blanca. Caminó hacia la salida de la zona administrativa, pasando frente al gran tablero de metal donde las siglas del hospital estaban grabadas con una precisión quirúrgica:
M: Medicar
I: Investigar
R: Regular.
A: Actuar.
C: Controlar
L: Liderar
E: Experimentar
Se detuvo un segundo en la última letra. Experimentar. Era la palabra que nadie pronunciaba en voz alta frente a los familiares, pero que resonaba en los gritos nocturnos que subían desde los sótanos.
— ¿Otra vez mirando el cartel, Aaron? —La voz de Elise D’Amico la especialista encargada de los pacientes de pabellón azul lo sacó de sus pensamientos. Ella estaba apoyada en el marco de la puerta, sosteniendo una carpeta con una fuerza innecesaria—. Deberías acostumbrarte. Sabes que aquí las leyendas pesan más que los diagnósticos.
—Este lugar me da escalofríos, Elise —admitió él, sintiendo ese nudo familiar en el estómago—. Llevo cinco años aquí y jamás me acostumbraré a pasar mis días trabajando en este sitio. Es como si las paredes recordaran cada secreto que el pueblo intenta olvidar.
Elise soltó una risa seca, carente de humor.
—El pueblo no olvida, Aaron. El pueblo simplemente paga para que nosotros guardemos sus monstruos. Por cierto, deberías ir a tu sección. Dicen que el Grupo 2 está agitado. Al parecer, la pequeña “Jackill” Rogers ha vuelto a tener uno de sus “episodios”.
Aaron asintió en silencio. Mientras caminaba hacia el ala de psiquiatría, no pudo evitar pensar en Allen, en Jade y en todos esos hilos invisibles que conectaban a los que vestían batas blancas con los que vestían uniformes de paciente. En M.I.R.A.C.L.E., la cordura era una moneda muy cara, y él empezaba a sentir que se estaba quedando sin fondos.
Aaron se despidió de Elise con un gesto rápido y cruzó la pesada puerta doble que dividía la administración del área clínica. Al entrar al pabellón del Grupo 1, el aire cambió; olía a desinfectante industrial y a ese aroma metálico que Aaron asociaba con el miedo reprimido.
—Doctor Taylor, todo en orden por aquí —informó un enfermero, entregándole la tableta con las constantes de Ivan, Phillip y Alice.
Aaron recorrió el pasillo con la mirada. Ivan Bohr estaba sentado en un rincón de la sala común, trazando figuras invisibles en el aire, mientras Phillip Gómez y Alice Durand mantenían una calma tensa bajo la vigilancia de las cámaras. Parecía un día tranquilo para sus pacientes, pero el estruendo que venía del ala contigua decía lo contrario.
A través de los cristales reforzados, pudo ver a Iris Montgomery la nueva interna. Era su tercera semana y su rostro, usualmente compuesto, estaba pálido. Frente a ella, Jackeline “Jackill” Rogers forcejeaba con dos guardias mientras soltaba una risa que no encajaba con su apariencia frágil.
—¡No es la primera vez, Iris! —Le gritó Aaron desde su posición, tratando de darle ánimos—. ¡Sigue el protocolo de regulación! ¡Es una Rogers, no dejes que note tu duda!
Iris asintió frenéticamente, tratando de recordar que, en este lugar, “Actuar” y “Regular” (la A y la R de sus siglas) eran órdenes, no sugerencias. Aaron suspiró. Sabía que Iris aprendería por las malas que en Bortscha, el apellido Rogers pesaba más que cualquier sedante.
Aaron decidió dejar que la interna lo manejara tenía que supervisar las actividades al aire libre del grupo 1, le hizo señas a la morena para que dejara la habitación, le recomendó que estudiara el caso y que volviera después con sus propuestas de diagnostico. Supuso que leyendo el caso Iris entendería que dialogar o ser cordial era lo último que querrías hacer con la pelirroja de mirada desquiciada.
Mientras tanto, en el ala de “Pacientes sin cura”, el ambiente era un silencio sepulcral, solo interrumpido por el sonido de unos pasos rítmicos. Jade Armstrong realizaba su ronda de vigilancia personal. Se detuvo frente a la habitación de Bonnie.
A través de la mirilla, observó a su hermana. Bonnie estaba sentada en el suelo, de espaldas, acariciando con devoción las cicatrices de sus brazos como si fueran joyas preciosas. Jade sintió un pinchazo en el pecho, esa mezcla de amor y asco que solo la familia puede provocar. Bonnie se giró ligeramente y le dedicó una sonrisa vacía. Jade no devolvió el gesto; simplemente anotó en su carpeta: “Estado pasivo. Obsesión cutánea persistente”.
Tras cumplir con su deber familiar, Jade se dirigió al área de monitoreo del pabellón azul allí se encontraban los paciente que tenían las actitudes más “pacifistas” de todo el recinto. Se mantuvo en las sombras, observando a través del cristal unidireccional.
Allí estaba John Kennedy.
John leía un libro viejo, aparentemente ajeno al mundo. Pero Jade no era una novata. Notó cómo Elise D’Amico se acercaba a él con la excusa de revisar su pulso. La mano de Elise se demoraba demasiado en la muñeca de John, y sus dedos rozaban “accidentalmente” su cuello. Era una conducta depredadora, envuelta en un falso cuidado médico.
Jade entrecerró los ojos. Vio cómo John, sin levantar la vista de su libro, ajustaba su postura apenas unos centímetros, lo suficiente para que el contacto de Elise se rompiera. Fue un movimiento sutil, una danza de rechazo disimulado que solo alguien con el ojo analítico de Jade podría detectar.
John no quería a Elise cerca. Pero, por un segundo, el paciente levantó la mirada y sus ojos se clavaron directamente en el cristal donde Jade estaba escondida. Fue apenas un parpadeo, pero Jade supo que él sabía que ella lo estaba mirando. Y lo que fue peor: notó que, a diferencia del rechazo frío que le daba a Elise, la mirada de John hacia ella tenía una intensidad que le erizó la nuca.
Jade sintió que el pulso se le aceleraba. Esa mirada de John no era la de un paciente sedado; era la de alguien que la estaba invitando a observar el siguiente acto de su función.
Apenas unos metros más allá, en la celda contigua pero separada por un grueso muro de piedra y una reja reforzada, Bonnie comenzó a agitarse. A través del cristal de monitoreo, Jade pudo ver cómo su hermana, cuya cicatriz perfecta parecía brillar bajo la luz mortecina, empezaba a rasgarse las cutículas con los dientes. Bonnie estaba entrando en una de sus crisis de fascinación táctil.
Elise, todavía frustrada por el sutil rechazo de John, ni siquiera se percató del cambio en el ambiente. Pero John sí.
Sin apartar los ojos del cristal —mirando directamente hacia donde Jade se ocultaba— John elevó la voz lo justo para que el eco viajara por el conducto de ventilación que conectaba ambas cámaras.
—Si vuelves a abrirte la piel, Bonnie, ella no entrará hoy —soltó John. Su voz era un susurro gélido que cortó el aire como un bisturí—. Sabes que a tu “boleto dorado” no le gusta el sabor de la sangre sucia. Prefiere que estés intacta... para cuando decida que es hora de que te conviertas en parte de ella.
El efecto en Bonnie fue instantáneo. Se detuvo en seco, con los dedos a medio camino de su mejilla. Su respiración se calmó y una sonrisa distorsionada apareció en su rostro marcado.
—Intacta... —repitió Bonnie en un susurro que llegó hasta los monitores—. Para ella. Solo para ella.
Jade sintió una náusea repentina. John no solo conocía el BIID de su hermana, sino que había descifrado el lenguaje privado y retorcido que compartían las dos. Estaba usando la devoción caníbal de Bonnie hacia Jade como una correa para mantener a la fiera mansa.
John volvió a bajar la vista a su libro, pero antes de hacerlo, esbozó una sonrisa mínima dirigida a Jade. Elise, ajena a todo, anotó algo en su carpeta sobre “paciente estable bajo supervisión”, sin entender que acababa de presenciar cómo el interno más enigmático de M.I.R.A.C.L.E. acababa de arrebatarle el control del ala psiquiátrica a todo el personal médico.