Capítulo 1: La primera vez que la vi
El sonido del silbato marcó el final del entrenamiento.
El eco de los botines golpeando el césped húmedo, las respiraciones agitadas y los gritos del entrenador se mezclaban bajo las luces del estadio de la Academia Seiran. Era tarde, el cielo comenzaba a teñirse de naranja y violeta, y aun así nadie parecía querer irse.
Después de todo, estaban viendo jugar a Haruto Sakamoto.
Capitán del club de fútbol.
Número diez.
El orgullo de la academia.
—¡Otra vez, capitán! ¡Hacé ese tiro otra vez!
Haruto soltó una pequeña sonrisa cansada mientras pasaba una mano por su cabello oscuro, empapado de sudor.
Era normal.
Las miradas. Los susurros. Las chicas fingiendo pasar cerca del campo solo para verlo. Los chicos queriendo ser como él.
Era algo con lo que había aprendido a vivir.
Colocó el balón frente a él.
Respiró.
Corrió.
Golpeó.
La pelota atravesó el aire como una flecha y terminó en el ángulo superior del arco.
Gol.
Otra vez.
Los aplausos explotaron alrededor.
—¡Increíble! —¡Es el mejor! —¡Haruto, salí conmigo!
Algunos se rieron.
Haruto solo levantó una mano en señal de despedida mientras se dirigía hacia el banco para recoger su bolso.
Estaba agotado.
No por el entrenamiento.
Sino por todo lo demás.
Ser admirado sonaba bien desde afuera.
Pero nadie entendía lo cansador que era sentir que siempre debías estar perfecto.
Siempre fuerte.
Siempre sonriente.
Siempre siendo el “capitán”.
Nunca simplemente Haruto.
Suspiró mientras se colgaba el bolso al hombro.
Necesitaba un poco de silencio.
Sin pensarlo demasiado, tomó el camino más largo hacia el edificio principal de la academia.
Uno que casi nadie usaba a esa hora.
El pasillo trasero de la biblioteca.
Y fue entonces cuando la vio.
Sentada sola en uno de los bancos del jardín interior.
Una chica.
Cabello largo y oscuro cayendo sobre sus hombros.
Uniforme impecable.
Piernas recogidas contra el pecho.
Un libro abierto entre sus manos.
Completamente inmóvil.
Como si el mundo alrededor no existiera.
Haruto disminuyó el paso.
No sabía por qué.
Solo…
Algo en ella llamó su atención.
Tal vez porque nadie más parecía verla.
Varios estudiantes pasaban cerca.
Nadie la saludaba.
Nadie se detenía.
Era como si fuera invisible.
Ella tampoco parecía buscar compañía.
Simplemente leía.
Con una tranquilidad extraña.
Haruto entrecerró los ojos.
La había visto antes.
Claro que sí.
En su salón.
Siempre en el último asiento junto a la ventana.
Siempre en silencio.
Siempre sola.
Nunca había hablado con ella.
Ni siquiera sabía su nombre.
Y, sin embargo…
No pudo seguir caminando.
Sus pies simplemente se detuvieron.
En ese momento, una ráfaga de viento pasó entre los árboles.
Las hojas se movieron.
Y una hoja seca cayó directamente sobre el libro de la chica.
Ella parpadeó.
Levantó la vista.
Y por primera vez…
Sus ojos se encontraron.
Haruto sintió algo extraño en el pecho.
No sabía cómo explicarlo.
No fue un golpe.
No fue un flechazo absurdo como en las películas.
Fue…
Calma.
Sus ojos eran oscuros.
Tranquilos.
Pero escondían algo.
Una tristeza silenciosa.
Como si cargara un peso que nadie podía ver.
Ella pareció sorprenderse al notar que él la estaba mirando.
Bajó la vista enseguida.
Cerró el libro.
Se levantó.
Y empezó a caminar.
—Esperá.
La palabra salió sola.
Ella se detuvo.
Lentamente giró.
Haruto sintió algo raro.
¿Por qué la había detenido?
Ni él lo sabía.
—Eh… tu libro.
La hoja seguía atrapada entre las páginas.
La tomó y se la entregó.
Ella dudó antes de aceptarla.
Sus dedos rozaron los de él apenas un segundo.
Y Haruto sintió un pequeño escalofrío.
—Gracias.
Su voz era suave.
Muy suave.
Casi un susurro.
La primera palabra que le escuchaba decir.
—No hay problema.
Silencio.
Incómodo.
Extraño.
Ella hizo una pequeña reverencia.
—Con permiso.
Y siguió caminando.
Haruto se quedó ahí.
Mirándola alejarse.
Hasta que desapareció detrás de una esquina.
Entonces bajó la mirada.
Algo había quedado sobre el banco.
Un cuaderno.
Lo tomó.
En la tapa había escrito un nombre.
Miyu Kanzaki.
Así que ese era su nombre.
Abrió el cuaderno con intención de buscar su salón.
Pero se congeló.
No eran apuntes.
Eran dibujos.
Muchísimos.
Todos hechos a lápiz.
Y todos…
Eran de él.
Haruto sintió que su corazón se detenía.
Una página.
Él durante un partido.
Otra.
Él riéndose con sus compañeros.
Otra.
Él dormido en clase.
Otra.
Él entrenando solo bajo la lluvia.
Había decenas.
Tal vez cientos.
Cada detalle perfectamente capturado.
Cada expresión.
Cada mirada.
Como si ella lo hubiera estado observando durante mucho tiempo.
—¿Qué…?
Pasó otra página.
Esta vez había una frase escrita abajo del dibujo.
“Las personas más brillantes suelen sentirse más solas.”
Haruto tragó saliva.
Pasó otra.
“Todos lo admiran. Nadie parece preguntarle si está bien.”
Otra.
“Se ve cansado hoy.”
Otra.
“Sonrió, pero no parecía feliz.”
Haruto sintió un nudo en el pecho.
Nadie.
Nadie nunca había notado eso.
Ni sus amigos.
Ni su entrenador.
Ni su familia.
Nadie.
Solo…
La chica que nadie notaba.
—Eso es mío.
La voz detrás de él lo hizo girar.
Miyu estaba ahí otra vez.
Mirándolo.
Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas.
Sus manos apretadas.
Nerviosa.
Haruto cerró el cuaderno con cuidado.
—Lo siento. No quise mirar, pero…
Ella dio un paso adelante y tomó el cuaderno rápidamente.
Lo abrazó contra su pecho.
—No importa.
Pero sí importaba.
Se notaba.
Quería desaparecer.
Haruto la observó unos segundos.
—¿Por qué me dibujás?
Silencio.
Miyu bajó la mirada.
—No sé.
—¿No sabés?
Ella negó suavemente.
—Me gusta dibujar cosas que llaman mi atención.
—¿Y yo llamo tu atención?
Preguntó casi jugando.
Pero Miyu no sonrió.
Solo respondió.
Con honestidad absoluta.
—Sí.
Haruto sintió que algo dentro de él se movía.
Ella levantó la vista.
Y esta vez no apartó sus ojos.
—Porque pareces triste.
Directo.
Sin rodeos.
Como una flecha.
Haruto se quedó inmóvil.
—Yo no estoy triste.
Miyu lo observó.
Como si pudiera verlo de verdad.
—Mentís bien.
Pero tus ojos no.
Haruto sintió un golpe extraño en el pecho
Nadie le hablaba así.
Nadie se atrevía.
Y, sin embargo…
No le molestó.
Para nada.
Ella dio un paso atrás.
—Perdón. No debí decir eso.
Giró para irse.
—Esperá.
Otra vez.
Ella se detuvo.
Haruto no entendía por qué seguía deteniéndola.
Solo sabía que no quería que se fuera todavía.
—¿Querés caminar conmigo?
Miyu abrió los ojos con sorpresa.
—¿Qué?
—Hasta la salida.
Ella dudó.
Mucho.
—Yo…
—Solo caminar.
Nada más.
Silencio.
Finalmente asintió.
Caminaron juntos.
Lado a lado.
En silencio.
Y, extrañamente…
No fue incómodo.
Haruto sentía una paz que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.
Nadie gritaba su nombre