El primordial: El Despertar del Mestizo.

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Sinopsis

Bajo el cielo perpetuamente gris de Edimburgo, la vida de Samwell se resume en libros, apuntes y la compañía incondicional de su mejor amiga, Sara. Pero la calma de una noche de estudio se quiebra con un estruendo que no pertenece a este mundo. Al investigar, se topan con Dante: un chico tan carismático como arrogante, cuya presencia parece alterar las sombras de la ciudad. Dante asegura ser muchas cosas, pero Samwell pronto descubrirá que las apariencias son el velo más peligroso, especialmente cuando la verdadera naturaleza -la suya propia- comience a reclamar su lugar.

Genero:
Scifi
Autor/a:
RickJames.
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

El golpe de Miller le dolió. El sabor metálico de la sangre le corría por la boca como agua tibia. Samwell cayó al suelo con un golpe seco, pero su instinto —ese extraño zumbido que siempre le avisaba de los desastres— le obligó a intentar levantarse antes de que el siguiente impacto llegara.

Gracias a que otros compañeros reaccionaron a tiempo, lograron frenar a Miller. El profesor de educación física intervino entonces, con gritos que parecían querer reventar los tímpanos de todos en el gimnasio.

—¡Señor Miller! ¿Qué le he dicho sobre las peleas?

—Él comenzó —mintió Miller con una calma gélida que puso los pelos de punta a Samwell.

Samwell sintió una punzada de calor en el pecho. Estaba harto.

—Sí, claro. Todos sabemos que tienes problemas de ira y que te desquitas con todo el mundo porque, en el fondo, eres alguien demasiado... sensible.

El silencio que siguió fue sepulcral. El sexto sentido de Samwell se transformó en una alarma ensordecedora. Miller se zafó con una fuerza inhumana, lanzándose hacia él con un rugido que no sonaba del todo humano. Solo la rápida intervención del entrenador, que lo arrastró hacia la salida, evitó que el gimnasio se tiñera de rojo.

—¡Estás muerto, maldita rata! ¿Me has entendido? ¡MUERTO! —el grito de Miller rebotó en las paredes mientras lo sacaban a rastras, dejando a Samwell temblando, no de miedo, sino por la extraña energía que acababa de percibir en el aire.

—Ven, sentémonos —dijo Sara, tirando de él hacia las gradas. Con una delicadeza que contrastaba con la furia que Samwell sentía vibrar en su pecho, ella comenzó a limpiar la sangre de su mejilla.

—¡Auch! —exclamó él, encogiéndose—. Con cuidado...

—¡No te quejes, que lo intento! —le regañó ella, aunque sus ojos verdes delataban preocupación—. ¿Por qué fue la pelea esta vez? ¿Otra vez la tarea de química?

Samwell asintió, apretando los puños. Sentía un frío extraño recorriéndole la columna, un hielo que no tenía nada que ver con el clima. Era como si su propia sangre estuviera bajando de temperatura para compensar el calor de la humillación.

—Pensé que lo tenía controlado, ¿vale? —murmuró, quitándole el pañuelo para presionarlo contra su labio roto.

Sara lo miró con esa mezcla de cariño y decepción que solo ella sabía darle. Tras un beso rápido en la coronilla y una promesa silenciosa de hablar más tarde, lo dejó solo.

Fue entonces cuando el mundo cambió.

El gimnasio, lleno del eco de los balones y los gritos de otros estudiantes, pareció sumergirse en agua. El aire se volvió pesado, denso, y una presión gélida le oprimió los pulmones. Samwell se tensó; su sexto sentido no solo zumbaba, ahora chillaba. Volteó hacia lo más alto de las gradas, donde las sombras eran más espesas. No vio nada, pero sintió una mirada violeta y afilada clavada en su nuca.

—Ahora me estoy volviendo paranoico —susurró, intentando ignorar que los vellos de sus brazos seguían erizados.

El resto de la tarde fue un borrón de voces distantes y pasillos que se sentían más largos de lo normal. Samwell intentó concentrarse en las clases, pero el zumbido en su nuca no se apagaba. Al sonar el timbre final, el alivio fue momentáneo; Sara lo esperaba en la salida, ajustándose la mochila con determinación.

—Ni creas que te vas a casa a curarte las heridas solo —le dijo ella, entrelazando su brazo con el suyo—. Tenemos el examen de química mañana y la señora Gable nos dejó las llaves de la biblioteca. Es el único lugar donde Miller no se atreverá a entrar.

La biblioteca de la escuela era el único lugar donde el zumbido en la cabeza de Samwell se calmaba. Era un laberinto de estanterías de madera alta y olor a papel viejo. La señora Gable, la bibliotecaria, les guiñó un ojo antes de salir por la puerta trasera.

—No se queden hasta muy tarde, chicos. Y asegúrense de que la cerradura encaje bien al salir —les recordó con una sonrisa.

Por un par de horas, todo fue normal. Sara repasaba sus notas de historia y Samwell intentaba concentrarse en las fórmulas de química, aunque el pañuelo en su mejilla todavía le recordaba el golpe de la tarde.

Sentados en la mesa del rincón, bajo la luz mortecina de una lámpara de escritorio, el silencio de la biblioteca se sentía menos pesado. Sara suspiró, dejando caer la cabeza sobre el libro de química.

—¿Alguna vez te has preguntado si seremos así siempre, Sam? —preguntó ella de repente, mirando una mancha de tinta en la madera—. Ya sabes, nosotros contra el resto de los idiotas del instituto.

Samwell soltó una risa seca, todavía presionando el pañuelo contra su labio.

—Bueno, al menos tenemos un buen promedio. Eso cuenta para algo, ¿no?

—Hablo en serio. A veces siento que tú estás... en otro lugar. No es solo que seas tímido, es como si estuvieras esperando que algo pase —Sara lo miró fijamente, con esa intuición suya que a veces lo asustaba—. Mi madre dice que tu familia tiene esa "mirada de viaje". Como si este pueblo fuera solo una parada de autobús. ¿Tu madrastra te ha dicho algo sobre mudarse de nuevo?

Samwell bajó la mirada. Su madrastra siempre había sido un misterio de respuestas cortas. "Somos gente de paso, Sam", le decía siempre.

—No hablamos mucho de eso. Sabes cómo es ella. Solo trabajamos, leemos y tratamos de no llamar la atención.

—Entiendo... -Divagó mirando el techo de la biblioteca- Oye ¿Y qué te dice tu sexto sentido al respecto? -Vio la mirada de confusión de Samwell y se acomodó en la silla- A ver te explico, siempre te pones rígido cada vez que sientes que algo pasará ¡Y termina pasando! Cómo aquella vez que casi nos pilla mi madre viendo películas indecentes, si no hubieras dicho nada nos habría pillado y tal vez le hubiera dado un infarto por ver semejante aparato reproductor masculino en la televisión.

— Si bueno, -prosiguió su amigo entre risas- nos ha salvado de muchas ocasiones. Y ya que lo mencionas, nunca me he puedo "rígido" cuando le menciono con respecto al cambio rutinario de casas. -Concluyó un poco pensativo— A veces desearía ser como tú, Sara. Que mis únicos problemas fueran decidir a qué universidad ir y no si Miller va a decidir usarme de saco de boxeo.

Sara le puso una mano sobre la suya, apretándola suavemente.

—Oye, al menos me tienes a mí para limpiarte la cara. Y no eres un bicho raro, Sam. Eres... especial. No sé cómo explicarlo, pero tienes algo que los demás no.

Samwell le dedicó una sonrisa tímida, de esas que rara vez mostraba. Por un segundo, el frío en sus venas pareció derretirse.

—Gracias, Sara. De verdad.

—De nada. -Dijo con una amabilidad inmensa que le dio paz a Samwell, pero duro muy poco. En ese instante, los vellos de sus brazos se erizaron, un frío abrazador le recorrió por la columna y su vista se detuvo en la puerta de la biblioteca— Ahora, -prosiguió Sara- deja de ser sentimental y dime qué rayos es un enlace covalente, porque mi cerebro va a explot...

Se detuvo en seco. Un estridente sonido proveniente de a fuera de la biblioteca hizo que se detuviera en plena frase.

—¿Escuchaste eso? —Miró a su amigo y, sin sorprenderse, se había fijado que era obvio.

—Si, lo escuché. Quédate aquí, voy a ver.

—Ni lo sueñes, voy contigo. No me quedaré sola. —Y sin resongar, ambos caminaron hacia la puerta.

Caminaron de puntillas, como si el más mínimo roce de sus zapatos contra el suelo pudiera delatarlos. El pasillo principal de la escuela estaba sumergido en una penumbra azulada, interrumpida solo por las luces de emergencia que bañaban las taquillas con un brillo fantasmagórico.

—Sam... —susurró Sara, apretando el brazo de su amigo—. El ruido vino de la zona de los casilleros de deportes.

No era solo un ruido. Era un sonido rítmico, un clanc, clanc metálico seguido de un crujido de piedra. Samwell sentía que el aire se volvía más espeso con cada paso. Su sexto sentido no era un zumbido ahora; era una presión física en el pecho, como si el oxígeno se estuviera agotando.

Caminaron silenciosamente a la cancha de basket y entraron a la zona de casilleros. El ruido se hacía cada vez más fuerte con forme avanzaban, y a Samwell le costaba respirar con cada espacio que recortaban entre ellos y el ruido.

Al ver cuidadosamente por la orilla de un casillero, notaron una sombra, alta y con la ropa rasgada, destruyendo el piso con un pico. El clancn que emitía el instrumento al chocar con el suelo eran tan agudo que sentía vibrar sus tímpanos. De repente, la forma de la persona comenzó a parecerle familiar, había visto esa ropa esa mañana, pero ahora estaba toda sucia y rota.

—Miller... -Habló Sara sin poder controlar el tono de su voz al mismo tiempo que Samwell le tapaba la boca. El silencio que siguió fue absoluto. El chico dejó de picar el suelo y giró lentamente.

Había muy poca luz, pero fue visible notar que no había iris en sus ojos, solo cuencos negros que parecían dos abismos. Su piel era grisácea con venas negras brotando de ella.

—Escorias de la creación, —siseó una voz que salió de la garganta de Miller, pero que no le pertenecía. Era una vibración gutural que hizo que la piel de los dos jóvenes se erizara- interrumpen la misión que me encomendaron.

La criatura soltó el pico y empezó a avanzar hacia ellos, no caminando, sino con un trote animal, distorsionado.

—¡Sara, corre! —Gritó Samwell, justo cuando iba a correr detrás de ella, fue empujado hacia los casilleros con una fuerza brutal, que al chocar lo dejo sin aliento.

—¡SAMWELL!

—¡Sara, corre! —Repitió. Intentó levantarse pero Miller se puso encima de el y cerró sus manos en su cuello, apretando con una fuerza inhumana. Su vista comenzaba a tornarse negra, su forcejeo se hacía inútil.

De repente, logró respirar. Miller había desaparecido. Luego de unos segundos su conciencia regresó, levantó la mirada y vio al bravucón a unos metros de distancia, intentando levantarse. Su vista buscó fue a Sara, que veía detrás de él, impactada.

Siguió su vista y lo vio, era un chico, más alto que él, vestido con jeans, camisa y chaqueta negra, de su cuello sobresalía un tatuaje de puntas tan oscuro como las cuencas de los ojos de Miller, pero lo que más sobresaltaba de el eran sus ojos color violeta. Por una fracción de segundos pudo ver que brillaban pero de repente se oscurecieron. Camino con calma hacia el cuerpo de Miller, el ya estaba de pie, y miró al chico con asco.

—La sangre desterrada no debería estar aquí .

—"Sangre desterrada"... —repitió el chico gótico sin emoción alguna—. Lo dice el perro faldero más bajo de los demonios, a quien tratan peor que a la escoria.

—¡Silencio, insolente mocoso! —rugió la criatura.

Se abalanzó sobre el chico, pero este reaccionó con una velocidad sobrehumana. Lo interceptó en el aire, le sujetó el brazo y se lo torció con un movimiento seco. Acto seguido, le asestó una patada precisa en la pierna; el sonido del hueso de Miller quebrándose resonó en todo el vestuario, un crujido nítido y perturbador. Sin embargo, el demonio no profirió ningún grito de dolor, solo un bufido de impaciencia.

Samwell, hundiéndose más y más contra los casilleros metálicos, contemplaba la escena totalmente impactado. Su mente logró regresar a la realidad cuando notó un movimiento en su campo de visión: era Sara, quien desde una esquina segura le hacía señas desesperadas para que se acercara. De manera torpe y arrastrándose, logró llegar hasta ella. El chico gótico ni siquiera se molestó en mirarlos; su atención estaba fija en su presa.

—¿Estás bien? —le susurró Sara, con los ojos fijos en las marcas moradas que rodeaban el cuello de Samwell.

—Estoy bien, tranquila —respondió él, sin poder apartar la vista del extraño, que se había alejado un metro de Miller y lo observaba con un gesto de profundo asco.

—Sabes perfectamente que aquí no está lo que buscas, ¿cierto? —dijo su csrcelero, ladeando la cabeza con indiferencia—. Si te tuvieran tanta fe como para encomendarte una misión importante, te habrían dado una pista más sólida. No estarías cavando agujeros como un topo ciego.

—¡SILENCIO! —gritó el poseído.

Fue un alarido tan agudo y sobrenatural que obligó a Samwell y a Sara a taparse los oídos con fuerza. Como respuesta, el desconocido dio un paso al frente y aplastó el codo de Miller con su bota, rompiendo otro hueso con una frialdad aterradora.

—¡Basta! —exclamó Samwell, dando un paso involuntario hacia ellos. Sara intentó detenerlo pero ya su amigo había avanzado dos pasos.

Fue en ese momento cuando el chico gótico lo miró, entrecerrando sus ojos violetas con una chispa de sorpresa, como si acabara de registrar su presencia por primera vez.

—¡Detente! ¡No puedes lastimarlo así! —suplicó Samwell.

El chico miró a Miller, quien mantenía sus cuencas negras fijas en Samwell, y luego volvió a mirar al joven de las gafas.

—¿Acaso ves que le duela? —preguntó con voz plana, mientras mantenía el pie presionando el codo destrozado.

—No, pero...

—Entonces cállate y no te entrometas —sentenció, volviendo su atención a la amenaza.

—¡Es un estudiante de la escuela!

—insistió Samwell con desesperación—. ¡No puedes simplemente lastimarlo así!

—Es cierto —secundó Sara, colocándose valientemente al lado de su amigo—. Acabo de llamar a la policía. Vendrán en cuestión de minutos, así que suéltalo.

El chico soltó una risa seca, sin rastro de humor.

—Eres una mentirosa. No has llamado a nadie —sentenció él sin siquiera mirarla—. Solo murmurabas palabras de ánimo para intentar salir de tu escondite.

Sara, sorprendida por la precisión del chico, intentó mantener la compostura, aunque sus manos temblaban.

—Bueno... ¡pero la llamaré si no te detienes ahora mismo!

—De todas maneras lo harás. Es tu instinto de nerd; ese sentido que tienen todos los ñoños de querer delatar a los demás —la regañó, lanzándoles una mirada de absoluta desaprobación—. Pobres niños... Como muestra de mi simpatía, les diré la verdad: su querido amigo no es él en realidad. Un demonio ha parasitado su cuerpo y por eso se ve así.

—Espera, espera... —intervino Samwell, negando con la cabeza—. ¿De verdad crees que nos vamos a creer ese cuento? ¡Los demonios no existen!

El chico gótico les dedicó una sonrisa macabra, una expresión tan cargada de oscuridad que un escalofrío recorrió la columna de ambos amigos.

—Ah, ¿están seguros?

Dio dos pasos atrás y extendió los brazos. De su boca comenzó a brotar un sonido ronco y siseante que no parecía lenguaje humano. Al instante, el ambiente se volvió gélido; el oxígeno se volvió pesado, difícil de tragar, y las luces de emergencia del vestuario empezaron a parpadear con un zumbido eléctrico incesante.

Bajo el cuerpo maltrecho de Miller —quien había empezado a emitir un chirrido agudo y constante— surgieron símbolos de un color morado intenso. Líneas de luz trazaban geometrías imposibles, conectándose unas con otras hasta formar un círculo perfecto que encerraba al bravucón.

El chico continuó pronunciando aquellas palabras antiguas. Los símbolos brillaron con una fuerza cegadora mientras el cuerpo de Miller se retorcía y chillaba en una agonía inhumana. Sara se aferró al brazo de Samwell, quien la protegió con su propio cuerpo, esperando lo peor. En ese momento, el sexto sentido de Samwell estaba extrañamente inactivo, en un silencio absoluto, como si su propio poder estuviera contenido, observando la escena con la misma fascinación que él.

De pronto, del cuerpo vibrante de Miller emergió una sombra. Era una criatura encorvada, escamosa, de un color verde mohoso que recordaba a la podredumbre. Miller lanzó un último aullido de dolor antes de que el espectro terminara de desprenderse. En cuanto la sombra se posó sobre el chico, el cuerpo de Miller quedó inerte, dejando de moverse por completo.

El círculo místico seguía ardiendo en el suelo, iluminando a la cosa que acababa de manifestarse: era una aberración similar a una lagartija gigante, pero con patas musculosas como las de un perro y dos cabezas que se retorcían de forma independiente.

Su carcelero se acercó con paso firme y se puso de cuclillas frente a la criatura, ignorando el humo que aún escapaba de sus manos vendadas.

—¿Quién te envió? —preguntó con una voz que cortaba el aire como una cuchilla.

—¡Apestoso mocoso! —siseó una de las cabezas de la lagartija, mientras una de sus garras laceraba el brazo inerte de Miller—. ¡No creas que por tener sangre de alto rango puedes hacerme hablar! ¡No obedezco a traidores como tú!

El chico apretó la mandíbula con fuerza, sus ojos violetas centelleando con un desprecio gélido.

—Bueno, tampoco es que esperara que una especie tan inferior como la tuya manejara información vital. Es una lástima que tus superiores no confíen en ti.

—¡Mi amo confía plenamente en mí! —bramó la otra cabeza, retorciéndose—. Si no fuera así, no me habría encomendado esta misión a mí, y solo a mí...

—Ah, ¿en serio? —preguntó con el mismo sarcasmo punzante que había usado con Samwell—. Si es así, ¿por qué te envió a un lugar donde sabía perfectamente que no encontrarías ninguna de las cuatro reliquias?

—¡Si están! —exclamaron ambas cabezas al unísono—. ¡Personalmente me encargué de rastrear su rastro...!

—Ah... conque buscan las reliquias —concluyó con una sonrisa depredadora.

Las cabezas de la lagartija abrieron los ojos tanto que parecían a punto de salirse de sus órbitas. Retrocedió frenéticamente hasta chocar con una pared invisible que bordeaba el círculo del suelo.

—Me va a matar... El Maestro me va a matar... —gimió la criatura.

—No si te mato yo primero. ¿Quién es tu "Maestro"?

—¡No te diré nada, sangre desterrada!

En ese instante, el círculo brilló con una intensidad tan cegadora que Samwell y Sara tuvieron que cubrirse los ojos. Los aullidos de dolor de la lagartija llenaron el vestuario, distorsionando el aire. Cuando la luz finalmente se atenuó, Samwell vio a la criatura desplomada sobre el cuerpo de Miller, convulsionando violentamente. Su captor seguía de pie, observando la agonía sin un solo rastro de emoción.

—Esa información que seguiste... yo la planté —reveló, levantando una mano.

Con un movimiento fluido de sus dedos, el cuerpo de Miller se elevó unos centímetros, flotó fuera del círculo y aterrizó frente a Samwell.

—Sabía que había un infiltrado buscando las reliquias. Esperaba a alguien más interesante, no a una basura de rango bajo como tú.

—Imposible... —la lagartija comenzó a segregar un líquido verdoso y viscoso por la boca. Intentó incorporarse, pero una fuerza invisible la aplastó de nuevo contra el cemento.

—Ya veo que no me sirves para nada —sentenció su verdugo. Levantó el brazo hacia la aberración y comenzó a recitar un murmullo ininteligible que hacía vibrar las paredes.

Con su último aliento, la criatura lanzó una maldición que heló la sangre de Samwell:

—¡QUE NI LA FUERZA DEL PRIMORDIAL TE PROTEJA DE LA GUERRA QUE SE AVECINA, MOCOSO TRAIDOR! ¡QUE TU MUERTE SE ACERQUE Y VEAS TU VIDA PASAR ANTE TUS OJOS MALDITOS!

Y el chico chasqueó los dedos. Un fuego azulado y antinatural devoró el interior del círculo. El chirrido de la lagartija se volvió un estruendo insoportable; gritaba palabras que Samwell no lograba descifrar, pero notó que el otro chico sí lo hacía, pues su rostro se contrajo en una mueca de furia evidente.

Segundos después, el fuego se extinguió. El círculo se desvaneció poco a poco, dejando tras de sí únicamente un olor pútrido y ácido que quemaba la nariz. Samwell soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Miró a Sara; ella tenía la mano sobre la boca, incapaz de apartar la vista del lugar donde la criatura acababa de ser calcinada.

—Ahora —dijo el captor de la lagartija, volviéndose hacia ellos con una calma aterradora—, ustedes.

El miedo era evidente en Samwell, pero su instinto protector fue más fuerte. Se plantó frente a su amiga, ocultándola tras él.

—Si la lastimas, te las verás conmigo —amenazó con la voz temblorosa pero firme.

El chico avanzó hacia ellos soltando una risa seca y carente de alma.

—Admiro tu valentía, mundano.

A cada paso de aquel desconocido, Samwell y Sara retrocedían. El chico levantó una mano y, de la nada, una fuerza invisible golpeó a Samwell, lanzándolo varios metros hacia atrás hasta caer al suelo.

—¡Samwell! —gritó Sara, aterrorizada.

—Shh... —silenció estando frente a ella. Le acarició la mejilla con una ternura tan extraña que descolocó a Samwell—. Lo haces difícil.

—¡Déjala! —Samwell intentó levantarse, pero esa presión invisible lo mantenía clavado al piso—. ¡No la toques! ¡Desquítate conmigo, pero a ella no le hagas nada!

—Tengo que admitir que es admirable —comentó, casi para sí mismo.

—¿Qué eres? —preguntó Sara al borde del llanto—. ¿Quién eres?

Samwell vio cómo el chico le dedicaba una sonrisa que no alcanzó a ver del todo desde su posición, pero vio la reacción de Sara. El rostro de la chica se transformó en una máscara de terror puro. Antes de que Samwell pudiera gritar de nuevo, Sara se desplomó inconsciente en los brazos del chico. Él la depositó en el suelo con delicadeza, murmuró unas palabras sobre su frente y se puso en pie.

Samwell sintió que la presión desaparecía. Se levantó de un salto y lanzó un puñetazo desesperado, pero lo esquivó con una facilidad insultante. Lo intentó de nuevo, pero el extraño atrapó su puño en el aire y le propinó un golpe seco en la nariz que lo mandó de vuelta al suelo.

Con la visión borrosa, Samwell sintió cómo el joven se acuclillaba a su lado. Dos dedos fríos se posaron en su frente.

—No te preocupes —susurró el gótico, que ahora sonaba extrañamente lejano—. Aquí no sucedió nada.

Y Samwell se hundió en la oscuridad absoluta.