Las dos orillas

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

A orillas del Támesis, donde el agua corre entre los ladrillos rojos de un lado y el cristal frío del otro, existe una línea que no se cruza por casualidad. Dos mundos, dos formas de ver la vida y el deporte, separados por un puente de piedra victoriana y una rivalidad que ha durado generaciones. Al norte, la Academia Saint Jude enseña que el esfuerzo y la lealtad son los únicos tesoros que no se pueden comprar. Allí, el básquet no es solo un juego: es una forma de ser, de sentir y de luchar por cada punto como si fuera el último. Y en sus filas está Ainhoa Wells: con rulos que parecen tener vida propia, una mirada de miel y una presencia que logra silenciar cualquier caos, pero que a veces se pierde entre las expectativas de quienes la rodean. Al sur, el Instituto Ravenswood se alza como un bastión de elegancia y disciplina. Para ellos, el deporte es una herencia, un título que se defiende con precisión y fuerza. Y a su cabeza está Luca Comelli: una figura imponente, con rasgos de escultura y una mirada gris que juzga todo con frialdad, convencido de que la victoria es lo único que importa. Nadie esperaba que sus caminos se cruzaran. Menos aún de esa forma, en un pequeño puesto de café a orillas del río, donde el orgullo y los prejuicios chocaron por primera vez.

Genero:
Romance
Autor/a:
Tatiana
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1

El límite no era solo el río, sino el viejo Puente Blackwood. Sus arcos de piedra victoriana unían dos mundos que se miraban con un desprecio refinado desde las orillas opuestas del Támesis. Al norte, la Academia Saint Jude se alzaba como un castillo de ladrillo rojo, hiedra trepadora y una ética de “nobleza y esfuerzo”. Al sur, a apenas unas calles de distancia tras cruzar el puente, el Instituto Ravenswood resplandecía con la frialdad del acero y el cristal, un bastión de modernidad y una disciplina casi militar.

En Saint Jude, el gimnasio olía a cera de madera y a la historia de mil victorias. Ainhoa Wells se encontraba en la línea de tres puntos. A sus diecisiete años, poseía una presencia que silenciaba el caos a su alrededor. Medía uno setenta, una estatura que combinaba con una agilidad felina. Su rostro era de rasgos finos y delicados, con una nariz pequeña que arrugaba ligeramente cuando se concentraba. Pero era su cabello lo que parecía tener vida propia: una masa indomable de rulos castaños que, al soltarse de su coleta, caían en espirales perfectas hasta su cintura.

-¡Concéntrate, Jude! -gritó Ethan, el capitán de los Leones. Llamándola por su segundo nombre.

Él era su ancla, el hermano que nunca tuvo. Ethan corría por la banda, con las gafas ajustadas y esa mirada verde que siempre buscaba el pase perfecto. Ella lanzó. El balón trazó un arco impecable y entró con un siseo satisfactorio.

-Limpia, como siempre -comentó una voz cargada de una suficiencia que a Hermione, a veces, le costaba digerir.

Dean Jones se acercó a ella, rodeándola por los hombros. Como co-capitán masculino, Dean era el rey del colegio. Era alto, ruidoso y poseía una arrogancia que crecía con cada seguidor que sumaba en sus redes sociales. Besó la mejilla de Ainhoa con un gesto que parecía más una marca de propiedad que una muestra de afecto. -Este año no solo vamos a ganar el intercolegial, vamos a humillarlos en su propia casa -dijo él, mirando hacia las ventanas que daban al sur-. Comelli se cree un aristócrata del básquet, pero no tiene el fuego que tenemos nosotros.

Ainhoa le dedicó una sonrisa suave, aunque sus ojos miel buscaban a Chloe y sky, quienes, como líderes de las porristas, coordinaban una pirámide en el otro extremo de la cancha.

Ella amaba a Dean, o eso creía, pero a veces sentía que su mundo de caridad, libros de táctica y tardes de estudio se quedaba pequeño bajo el brazo de alguien que solo veía el marcador. ---

Cruzando el Blackwood, la atmósfera en el Instituto Ravenswood era gélida y eficiente. No había gritos de ánimo, solo el sonido rítmico de los balones contra el parqué sintético.

Luca Comelli era una figura imponente de metro noventa que parecía esculpida en mármol. Su cuerpo musculoso se movía con una precisión aterradora, fruto de horas de entrenamiento privado. Sus rasgos eran afilados, aristocráticos, y sus ojos grises tenían la profundidad de una tormenta de invierno. Para Luca, el básquet no era una pasión, era una herencia que debía proteger.

-comelli, si sigues ignorando a la capitana de porristas, va a terminar por incendiar tu casillero -murmuró Jane.

la capitana del equipo femenino de Ravenswood, era la única persona a la que Luca permitía acercarse a su círculo interno. Ella entendía que, bajo esa fachada de coqueteo constante y frialdad, él detestaba las distracciones.

-caroline es persistente, se lo concedo -respondió Luca con su voz arrastrada, viendo cómo Caroline y su séquito de porristas lo observaban desde las gradas con una adoración que lo asfixiaba-. Pero no tengo tiempo para dramas de secundaria. Tengo un título que defender.

Sean y Theo, sus compañeros de equipo y mejores amigos, se acercaron riendo.

-La rivalidad con Saint Jude está llegando a un punto crítico, Lu -dijo Sean-. Dicen que los Leones han estado entrenando turnos dobles. Ethan y ese tal Dean están obsesionados contigo.

Luca soltó una carcajada seca, sin una pizca de humor real.

-Que se obsesionen. Mientras ellos juegan a ser héroes, nosotros jugamos a ser ganadores. No me importa quiénes sean o qué ruidos hagan al otro lado del puente.

EL rubio se dirigió a las duchas, ignorando las miradas de las chicas que suspiraban a su paso. No sabía que esa misma tarde, mientras cruzaba el parque que dividía ambos distritos para buscar un café lejos de los ojos de Caroline, se encontraría con algo que ninguna táctica de juego le había enseñado a manejar. A lo lejos, una chica de rulos castaños caminaba con un fardo de libros bajo el brazo y una chaqueta de los Leones. El destino estaba a punto de pitar una falta técnica que ninguno de los dos vería venir.

---

El sol comenzaba a teñirse de un naranja profundo sobre el Puente Blackwood, proyectando sombras alargadas que alcanzaban los senderos del parque que dividía ambas instituciones. Ainhoa caminaba despacio, sintiendo el peso ligero de solo dos libros bajo el brazo -uno de historia contemporánea y otro de tácticas avanzadas de defensa-, habiendo dejado el resto de su mundo académico a buen recaudo en su casillero.

Se sentía renovada tras la ducha post-entrenamiento. Había cambiado el uniforme por unos vaqueros ajustados que resaltaban su figura atlética y una blusa de seda color crema que suavizaba sus facciones. Sin embargo, sobre los hombros llevaba orgullosa la chaqueta de cuero y lana de las Leonas, con el gran parche del león dorado rugiendo en su espalda. Sus rulos, aún con el rastro de humedad del baño, caían con una definición perfecta, moviéndose al compás de sus pasos. Dean había estado insoportable.

-“Solo media hora más. Tienes que ayudarme con el bloqueo ciego, Comelli usa esa técnica para desestabilizar a Ethan” -había imitado ella en voz baja, con un deje de cansancio.

Se había negado. La oficialización de los partidos de caridad para dentro de dos semanas, como preludio al torneo intercolegial, había convertido a su novio en un manojo de nervios y testosterona. La obsesión de Dean con Luca Comelli era casi religiosa, una rivalidad que Ainhoa solo conocía de oídas. Era una coincidencia extraña, casi estadística, que nunca se hubieran cruzado. En los últimos tres derbis masculinos, ella había estado ausente: una vez por una gripe devastadora, otra por una subasta benéfica que ella misma organizaba, y la última vez por un compromiso familiar. Incluso en su propio partido contra las linces femeninas -donde las Leonas se habían llevado la victoria tras un duelo encarnizado contra Jane Johnson-, Comelli había sido un fantasma.

Recordaba perfectamente el final de ese encuentro. Mientras ella celebraba con Emily y Chloe, había visto a Jhonson caminar furiosa hacia la salida de los vestuarios, gritándole a un chico altísimo, de espaldas y cabello casi blanco, que se alejaba sin mirar atrás. “¡Otra vez, Lu! ¡Ni siquiera te quedaste a ver el final!“, había bramado la capitana de Ravenswood. Pero él no se había inmutado.

Hermione se detuvo frente a un pequeño puesto de café justo antes de cruzar el puente. Necesitaba cafeína antes de sentarse a estudiar.

La tarde caía con una luz dorada y pesada sobre el pequeño puesto de café “The Bridge”, un punto neutral donde los estudiantes de ambas orillas solían coincidir antes de que el toque de queda de los entrenamientos los reclamara.

Ainhoa colocó sus dos libros sobre el mostrador de madera -uno de historia y su cuaderno de jugadas- mientras buscaba su billetera en el bolso. Se sentía cómoda en sus vaqueros y su blusa crema, aunque la chaqueta de las Leonas, con sus colores vibrantes, gritaba su lealtad a Saint Jude a los cuatro vientos.

-Un latte de avellanas, por favor -pidió ella al barista.

-Y un espresso doble, solo -añadió una voz profunda a su derecha.

Ella no tuvo que girarse para sentir la presencia. Era como si el aire alrededor de ese chico hubiera bajado dos grados de golpe. El barista, un joven que parecía sobrepasado por la hora pico, miró a ambos y asintió mecánicamente.

-Son siete libras por los dos -dijo el empleado, extendiendo la mano.

Antes de que Ainhoa pudiera reaccionar, una mano de dedos largos y pálidos dejó un billete de diez sobre el mostrador con una parsimonia casi insultante.

-Quédate con el cambio -dijo el desconocido sin siquiera mirar el precio.

La castaña frunció el ceño. Odiaba que asumieran cosas por ella, especialmente en algo tan básico como su café. Con un movimiento rápido, puso sus propias monedas sobre el billete del chico, empujándolas hacia el barista.

-No, gracias. Son pedidos separados -aclaró con voz firme, dirigiendo una mirada inquisitiva al chico-. Puedo pagar lo mío.

Fue entonces cuando él se dignó a bajar la vista. Ainhoa tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás; el chico era una torre de casi un metro noventa. Su rostro tenía esa belleza fría y simétrica de las estatuas antiguas: pómulos altos, una mandíbula que parecía tallada en granito y unos ojos de un gris tormentoso que, en ese momento, la recorrían con una mezcla de curiosidad y un rastro de burla.

Él no llevaba ninguna chaqueta escolar, solo un abrigo de lana negro de corte impecable que ocultaba cualquier insignia. Sus ojos descendieron por la figura de Ainhoa, deteniéndose un segundo de más en el parche del león en su pecho y luego subiendo hacia su melena rulosa.

-Vaya -murmuró él, con una voz arrastrada que sonaba como seda sobre cristales rotos-. Una de las famosas animadoras de Saint Jude.

Los ojos color miel de ella brillaron, arqueó una ceja, sintiendo una punzada de indignación. ¿Animadora?

-¿Disculpa? -replicó ella, cruzándose de brazos.

-La chaqueta -señaló él con un gesto perezoso de la mano-. Supongo que tanto entusiasmo por los “Leones” tiene que manifestarse de alguna forma. ¿Vienes de ensayar alguna pirámide o algo así?

La comisura de su boca se elevó en una media sonrisa que no era del todo amable. Parecía divertirse con la idea de encasillarla en el estereotipo de chica popular y ruidosa que agitaba pompones en los descansos. Ainhoa soltó una risa seca, acomodándose los libros bajo el brazo.

-Interesante teoría -respondió ella, sosteniéndole la mirada de acero con sus ojos color miel-. Pero me temo que tus habilidades de observación están un poco oxidadas. No todas las que llevamos esta chaqueta pasamos el tiempo haciendo acrobacias en la banda.

-¿Ah, no? -él dio un paso más cerca, invadiendo su espacio personal con una confianza que resultaba intimidante-. Entonces, ¿qué hace una chica como tú con una chaqueta tan... llamativa?

-Lo mismo que cualquier otra persona con uniforme: apoyar a su equipo -dijo ella, tomando su latte del mostrador mientras el barista le devolvía sus monedas-. Aunque dudo que alguien que prefiere pagar los cafés de extraños para evitar una conversación entienda mucho de eso.

Él tomó su espresso, bebiendo un sorbo corto mientras la observaba por encima del borde de la taza. No reveló su nombre. Para él, en ese momento, ella era solo una chica de rizos bonitos con una chaqueta equivocada.

-Suerte con tus pompones, “Leona” -dijo él con un leve acento italiano, antes de darse la vuelta, caminando con una elegancia poco conocida hacia el puente.

Ella se quedó allí, con el café caliente entre las manos, mirando su espalda... ese extraño era exasperante.

---

El evento de caridad, bautizado como el “Torneo del Lazo de Oro”, había transformado el polideportivo municipal -un terreno neutral justo en el centro del Parque Blackwood- en un hervidero de colores, cánticos y rivalidad deportiva. Era una jornada maratónica: ocho equipos masculinos y ocho femeninos, representando a las dieciséis instituciones más prestigiosas del Gran Londres, se enfrentarían en eliminatorias directas desde las 8:00 AM hasta las 7:00 PM. Al final del día, solo una corona masculina y una femenina serían otorgadas, junto con el cheque simbólico para las fundaciones infantiles de la ciudad.

El ambiente era eléctrico. Los presentadores, subidos a un estrado improvisado entre las dos canchas principales, terminaban de explicar la dinámica por los altavoces:

-“Partidos de treinta minutos, tiempo corrido. Los hombres abren la jornada en ambas canchas simultáneamente; las mujeres cerrarán la tarde. ¡Tienen treinta minutos para el calentamiento final antes del primer silbato!”

En el ala norte de la zona de descanso, el equipo de Saint Jude se agrupaba como una mancha dorada y carmesí. Ainhoa, sin embargo, no se sentía con ánimos de socializar. El frío de la mañana y la tensión acumulada por las exigencias de Dean la habían llevado a buscar refugio. Llevaba puesta una sudadera gris de gran tamaño sobre su uniforme de las Leonas, con la capucha calzada hasta las cejas, ocultando su distintiva melena castaña. Dean, que ya vestía su camiseta de juego con el número 12, la rodeaba con sus brazos de forma protectora, casi posesiva. Ella escondió la cara en su pecho, cerrando los ojos y dejando que el aroma a detergente y adrenalina de su novio la aislara del ruido.

-Tranquila, amor -susurró él, aunque su voz sonaba tensa-. Hoy es el día. Voy a borrarle esa sonrisa de suficiencia al imbécil de Ravenswood antes del mediodía.

-Solo juega, vida-murmuró ella contra su pecho-. No busques problemas.

Pero los problemas, como siempre, tenían una forma de encontrar a Dean. Un silencio repentino cayó sobre el grupo de Saint Jude cuando una formación de chaquetas negras y plateadas avanzó por el pasillo central.

El equipo de los Linces de Ravenswood caminaba con la arrogancia de quienes se saben dueños del lugar. A la cabeza, Luca Comelli avanzaba con paso firme, flanqueado por Sean y Theo.

Ethan, que estaba a pocos metros, se tensó de inmediato, pero fue Dean quien no pudo contenerse. Sintió la presencia de su rival y apretó más a Ainhoa contra sí, irguiéndose para ganar altura.

-Vaya, miren quién decidió aparecer -escupió con veneno-. Pensé que quizás estarías demasiado ocupado puliendo tus trofeos de cristal como para ensuciarte en un torneo de caridad, Comelli.

luca se detuvo a escasos dos metros. Su mirada gris, afilada como una cuchilla, recorrió a Dean con un desprecio absoluto. No parecía impresionado por el tamaño del pelirrojo ni por su tono beligerante.

-Jones-arrastró Draco, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón deportivo-. Me sorprende que tu escuela te deje participar. La caridad suele ser para los necesitados, y claramente a tu técnica le vendría bien una donación urgente.

-Cierra la boca -gruñó el pelirrojo, dando un paso adelante.

Ainhoa, sintiendo que la situación estaba a punto de estallar en un altercado físico antes siquiera de que sonara el silbato, se aferró con más fuerza a la cintura de su novio. No levantó la cabeza, no quería que nadie viera su cansancio o su rostro; solo quería ser un ancla para evitar que Dean hiciera una estupidez.

Luca desvió la mirada hacia el bulto grisáceo que su rival sostenía contra su pecho. No podía verle la cara, solo la capucha y la forma en que ella se escondía, como si tuviera miedo o vergüenza de estar allí. Una chispa de burla cruzó sus ojos grises.

-Veo que has traído tu propio consuelo, Jones -comentó, elevando la voz para que los equipos cercanos escucharan-. Es tierno. Aunque, honestamente, no culpo a la chica por esconderse. Yo también tendría la cabeza baja si tuviera que ser vista en público con el co-capitán más mediocre de la liga.

Dean soltó un rugido de rabia contenido, pero ella hundió los dedos en su espalda, un recordatorio silencioso de que una pelea los descalificaría a ambos.

-Déjalo. No vale la pena -susurró ella, su voz apagada por la tela de la sudadera.

Draco arqueó una ceja al escuchar el murmullo, pero no reconoció el tono. Para él, ella era solo otra de las muchas chicas que orbitaban alrededor de los jugadores de Saint Jude.

-Hazle caso a tu... lo que sea que sea ella, Jones -remató Luca con una sonrisa gélida-. Guárdate las energías. Las vas a necesitar para recoger el balón cada vez que yo pase por encima de ti.

Con un gesto elegante, hizo una señal a su equipo y continuó su camino hacia la Cancha 1.

Dean temblaba de furia bajo los brazos de Ainhoa, mientras ella finalmente soltaba un suspiro de alivio, aún sin saber que el chico que acababa de insultarla era el mismo que, la tarde anterior, le había ofrecido pagar su café.

Luca caminaba hacia la Cancha 1 con la mandíbula tensa, aunque su expresión seguía siendo de una indiferencia gélida. sean y Theo lo seguían a pocos pasos, comentando en voz baja la rabieta de Jones, pero él apenas los escuchaba. Inconscientemente, sus ojos grises empezaron a escanear las gradas y las zonas de calentamiento laterales.

Buscaba una melena. Una cascada de rulos castaños que, bajo la luz del sol de ayer, parecían tener destellos de bronce. Recorrió el grupo de las porristas de Saint Jude, donde sky y Chloe ya estaban organizando sus pompones, pero no la vio.

-“Seguro está en primera fila gritando el nombre de Jones”, -pensó con un ramalazo de fastidio que no supo explicar-. “Típico de las animadoras de esa escuela”.

Se obligó a centrarse. El silbato inicial cortó el aire y el torneo estalló en un caos de chirridos y gritos.

Las horas pasaron en un borrón de adrenalina. Los Leones de Saint Jude avanzaron por el cuadro masculino con una eficacia arrolladora Ethan jugaba con una visión de campo casi quirúrgica, mientras que Dean, impulsado por una rabia mal canalizada, encestaba con una fuerza que buscaba intimidar a cualquiera que se cruzara en su camino.

Ella se mantuvo en las gradas, resguardada bajo la inmensa sudadera gris. El frío no la abandonaba; sentía una especie de escalofrío persistente que atribuía a los nervios del evento y a la humedad del parque. Se abrazaba a sí misma, observando cómo su equipo se abría paso hacia la final. Como era de esperar, en la otra llave, los Linces de Ravenswood habían hecho lo mismo, dejando un rastro de equipos derrotados y marcadores humillantes.

-“Llegó el momento”, -susurró Skyler a su lado, apretándole el hombro.

El presentador anunció la gran final masculina. Ainhoa se inclinó hacia adelante, con la capucha aún puesta, mientras los dos equipos salían al círculo central para el salto inicial.

Ethan se colocó en el centro, frente al capitán de Ravenswood.

Ainhoa sintió que el aire se atascaba en sus pulmones. El capitán de los Linces se quitó la chaqueta de calentamiento, revelando unos hombros anchos y una musculatura definida bajo la camiseta negra con detalles plateados. El cabello rubio platino brilló bajo los focos del polideportivo.

Era él. El chico del café. El que la había llamado “animadora” con esa sonrisa de superioridad.

Vio cómo él intercambio una mirada de puro odio con su novio, quien estaba posicionado justo detrás de ethan. Luca se dio la vuelta un segundo para recibir el aplauso de su afición y fue entonces cuando ella lo vio.

En el dorsal de la camiseta negra, sobre el número 10, las letras blancas formaban un nombre que Dean había mencionado un millón de veces en sus pesadillas:

COMELLI

El mundo pareció detenerse para ella. El “extraño” que le había ofrecido pagar su latte era la némesis de su novio, el capitán de la escuela rival y el chico que, apenas una hora antes, se había burlado de ella mientras ella se escondía en el pecho de Dean.

El árbitro lanzó el balón al aire. Comelli saltó con una potencia sobrehumana, ganando la posesión con facilidad y lanzando un pase relámpago a Sean antes de aterrizar. Su mirada, sin embargo, se desvió por una fracción de segundo hacia las gradas de Saint Jude.

buscó de nuevo, pero todo lo que vio fue a una chica anónima bajo una sudadera gris, cuya cara no lograba distinguir. No tenía idea de que la “animadora” de sus pensamientos estaba en ese mismo lugar, viéndolo jugar con una mezcla de horror y una extraña, muy extraña, fascinación.

El partido comenzó con una violencia deportiva que hizo que Ainhoa se olvidara del frío por un instante. Dean estaba desatado, cometiendo faltas innecesarias para intentar derribar a Comelli, pero el rubio se movía como si el parqué fuera hielo, esquivando cada embestida con una elegancia que hacía que los Leones parecieran torpes.

-“Es él”, -pensó Ainhoa, apretando los puños dentro de los bolsillos del buzo-. “Es Luca Comelli”.