El hombre de mil rostros.
Prólogo: Arcano XIII.
Fué hurgar entre tanto miedo hasta desaparecerme. Hay finales inevitables con desbordes insuficientes; momentos donde el caos hace lo suyo en tiempos de dudas. Purgar mi alma de todo aquello que me desnuda. Que para silenciar mi arte deberán asesinarme. Destierro de la mente, el alma me arrancaste. Porque la transformará la escritura naciente, que como punto de fuga se expande. Soltar el guion que me escriben las pieles, redirigiendo la vereda a la voz intacta de la muerte.
Capítulo I: “El hombre de mil rostros.”
Se sentía el aroma de una noche tormentosa de verano. Húmedo al tacto hasta empalagarte el paladar para que termines pidiendo otra cerveza. Siempre fue buen camaleón, al menos, para mí, lo sigue siendo. Convincente en su argumento; mejor dicho, conveniente… Sabía poner hasta las comas cambiando así la culpa de dueño, el ceño me quedó fruncido de querer entenderlo.
Se interna en el ajuar de las polleras asomándose por las columnas del boliche, espiándome. Su rostro, iluminado por ráfagas intermitentes de luces de neón, parece cambiar cada vez que las sombras lo cubren.
Por un segundo es el hombre que amé; al siguiente, es un extraño con ojos de cazador que espera el momento exacto para atacar. La música del lugar retumba en mi pecho, pero el trueno que suena afuera es más real. Él cree que tiene el control, que su disfraz de observador silencioso es perfecto. Lo que no sabe es que, después de tantas máscaras, yo he aprendido a reconocer el brillo de sus ojos, incluso cuando intenta ser nadie.
Se acomoda sus doradas joyas del Barrio Chino, dejando entrever su piel morena a través de una camisa desgastada de hace cuatro navidades atrás. Engreído el vago, se toma un mate mientras se encama con una adolescente. Sobre el hombro de esa chica, me mira. Sabe qué dar de sí mismo para mantener a su presa cerca. Creyéndose dueño de la vereda musicalizada por un DJ pedorro fiel creyente del RKT al palo y de mi oxígeno.
La primera gota de lluvia sobre el techo de chapa, un disparo que nadie más escuchó. La besa. La besa apasionadamente mirándome fijo a los ojos, en mi cuerpo: quietud. Solté la cerveza.
Me puse mi campera rompeviento con agujeros en los bolsillos y me fui. La lluvia veraniega tiene ese calor incorporado en cada mililitro de agua: Como si la olla de los fideos que cociné al mediodía se pasara de rosca. Crucé la Avenida llena de pozos y barro. Sonreí.
El escenario se asemejaba a mi sentir: un desborde inevitable, un enchastre necesario. Las gotas limpiaron mi rostro del delineador, pero no quitaron el asco. Hay manchas que el agua del cielo no alcanza a tocar.
No quería volver a casa. Los pasillos vacíos me iban a devolver el eco de sus mentiras, y la plaza, que fue un hogar durante años, se volvió ruido mental.
Cada banco, cada árbol de ese parque donde tantas veces nos perdimos, ahora eran testigos mudos de una estafa que no quise ver venir. Caminé por el centro de mi ciudad, esquivando los charcos que reflejaban las luces de los semáforos, hasta que mis pies decidieron por mí.
Caí en el único bar donde sabía que él no estaría. Al menos, no sus tatuajes tumberos en el cuello que tanto me gustaba apretar, esa tinta negra que se me quedaba grabada en las palmas de las manos y que ahora sentía como una quemadura. Él no encaja acá, entre la madera lustrada y el olor a café viejo.
Los vinilos en las paredes son muy decorativos, círculos negros que giran en un tiempo que no le pertenece.
Afuera ya está diluviando, un rugido sordo que golpea el ventanal y hace que la ciudad se vea borrosa, como si alguien le hubiera pasado un dedo húmedo a un dibujo al óleo.
Me senté en el rincón más oscuro, donde la luz apenas llega. El barman, un tipo que parece haber visto pasar mil tormentas iguales a la mía, me puso una servilleta de papel sobre la mesa sin decir palabra. Me saqué la campera rompeviento. Los agujeros en los bolsillos se sentían como bocas abiertas, gritando la verdad de mi economía y de mis soledades.
En la mesa del rincón, un hombre de traje impecable le explicaba algo a un socio con gestos medidos, casi ensayados. Tenía esa forma de mover las manos, una elegancia impostada que te hacía creer que tenía la solución a todos tus problemas. Era el Argumento Conveniente.
Ahí estaba, sentado solo, sin el resto del cuerpo de mi ex, usando esa máscara de “tipo serio” que tantas veces usó para convencerme de que mis reclamos eran locuras mías.
Cerca de la barra, un pibe con gorrita y mirada esquiva no paraba de mirar hacia la puerta, como esperando que alguien —o la policía— entrara en cualquier momento. Su postura, ese encogimiento de hombros que busca pasar desapercibido, era el Camaleón del Boliche. El que se esconde detrás de las columnas para espiar sin ser visto, el que sabe desaparecer en una multitud de tres personas.
Lo más aterrador fue el tipo que estaba sentado a solo dos banquetas de mí. No hablaba, no pedía nada. Solo miraba su propio reflejo en el espejo de la estantería con un narcisismo que me dio escalofríos. Se acomodaba el cuello de una camisa imaginaria, se tocaba la mandíbula como si estuviera admirando una obra de arte. Era el Engreído. El que se creía dueño del oxígeno y de la vereda musicalizada. Sentí que el bar se achicaba. El hombre de mil rostros no estaba ahí, pero sus máscaras habían cobrado vida propia y se habían repartido en cuerpos distintos. Era como si el universo me estuviera mostrando el rompecabezas desarmado para que entendiera que nunca hubo una persona real ahí dentro, solo un desfile de personajes baratos.
—¿Te sentís bien, piba? —me preguntó el barman, notando que mis dedos apretaban el vaso hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
No contesté. Me fijé en el fondo del bar, donde las sombras eran más largas. Allí, un hombre mayor, con la mirada vacía y las manos pesadas sobre la mesa, lloraba en silencio. No era tristeza; era esa Lástima Manipuladora que él usaba cuando yo estaba a punto de dejarlo. La máscara del “pobre tipo” que necesita ser rescatado.
Me puse la campera rompeviento con un movimiento brusco. No podía quedarme ahí. Verlo fragmentado en esos desconocidos era peor que verlo besando a la adolescente en el boliche. Porque si él no era nadie, si solo era la suma de esos restos tumberos y pretenciosos, ¿entonces a quién carajo había amado yo durante cinco años? Salí de nuevo a la lluvia. El agua ya no se sentía como una olla de fideos caliente; ahora era un bautismo de hielo. Caminé rápido, huyendo de las máscaras, buscando mi propio rostro en algún charco que no estuviera contaminado por su recuerdo.
Llegué a casa con el agua chorreando de la campera, haciendo un camino de charcos en el piso que mañana me iba a tocar limpiar. Me paré frente al espejo del baño y no prendí la luz; dejé que la claridad de la calle me dibujara los bordes. Me pasé la mano por el cuello, buscando instintivamente los tatuajes tumberos que ya no estaban ahí. Mis dedos apretaron el vacío.
¿Quién es esta que me mira con los ojos rojos? Durante cinco años fui la que él necesitaba que fuera: la que perdonaba, la que remendaba camisas, la que escuchaba argumentos convenientes.
Ahora que solté el guion, me doy cuenta de que soy un papel en blanco, un rompecabezas al que le faltan las piezas más importantes.
Soy una piba que sabe limpiar edificios de cuatro pisos, pero no sabe cómo barrer la mugre que le quedó en el pecho.
Manifiesto de Odio
“Te maldigo en una idea absurda de hacerte brujería. Sentarme en medio de mi habitación con una vela roja y negra junto a tu nombre, pidiéndole en caliente a las deidades que me acompañan que te abracen en un frío más allá. Pero en vida. No podrás morir. Tendrás epifanías diarias del daño que has hecho. Que algo te impida acercarte a otra mujer sin antes romper en llanto. Tus poderes mentales ya no tienen lugar en tu boca. Habitarás una cárcel de conciencia atentando contra tu vida, pero no podrás escapar. Todo mal se te ha de multiplicar.
Una vez ya, con tu espejismo roto y siete años de mala suerte, me verás llegar en sueños ansiosos; la culpa te arrancará las uñas de raíz. La pólvora explotará en tus manos cuando quieras gatillar, y solo me iré. Seré yo quien contaminará canónicamente tu existir. Hasta el fin de los tiempos.
Arriba y abajo querrás volver a mí, como adicto. Le dedicarás tus penas a la soledad, embriagándote. Vivirás enteramente en la suciedad de tus pensamientos y ratas.
La humedad de tu alma te enloquecerá al punto de querer quitarte la vida, dándote cuenta de que mi maldición funcionó. Ahora puedes sentirlo todo, sin huir ni morir.”
Hecho está.