Prólogo
Cuando el agente de la policía dio la orden y las puertas de metal de aquel contenedor se abrieron con un chirrido oxidado, nadie esperaba ver aquello. Primero llegó solo el olor a orina seca mezclada con vómito, sal y sangre vieja. Alguien retrocedió por instinto y entonces los vieron, eran decenas de ojos brillando en la oscuridad como pequeños animales acorralados; ojos grandes, rojos de tanto llorar, ojos que no entendían por qué el mundo de pronto había decidido ser así de cruel.
Niños pequeños amontonados, sentados en el suelo, algunos acostados unos sobre otros porque ya no había espacio suficiente para separarse. Cuerpos pequeños con huesos marcados y piernas flacas cubiertas de moretones oscuros que no eran recientes. Algunos no levantaban más de medio metro del suelo, otros se aferraban a sus camisetas rotas, demasiado grandes para sus cuerpos. Sus caras manchadas de suciedad, de miedo, el tipo de miedo que no debería existir en alguien que aún no sabe leer, ni escribir.
El más pequeño sostenía la mano de otro un poco mayor con sus dedos temblorosos. Miró al hombre uniformado frente a él con una expresión que no era infantil, sino rota.
El agente de policía tardó unos segundos en reaccionar porque nadie estaba preparado para ver la infancia empaquetada como mercancía, eso no te lo enseñaban en la Academia. Lo más perturbador fue que aquel contenedor había sido descargado de un barco como cualquier otro, sin sospechas, sellado y legal. Esa noche en el puerto alguien había decidido que esos niños no eran personas, eran una carga más y por suerte el mundo acababa de descubrirlo.