CAPÍTULO 1. SUEÑOS DEFORMADOS
Hay sueños que una persona rara vez recuerda... y hay otros que, al despertar, siente que jamás debió olvidar.
Sueños raros, emocionantes, deformados.
Sueños donde los lugares existen y no existen al mismo tiempo.
Así vive el ser humano dentro del mundo de los sueños: entre recuerdos incompletos, voces borrosas y emociones demasiado reales para haber sido imaginadas.
Hoy les narraré uno que tuvo Ulises.
Y fue ahí donde comenzó todo.
Al principio parecía un sueño normal.
Una ciudad enorme.
Hermosa.
Extrañamente silenciosa.
Imaginen un puente de la magnitud del de San Francisco combinado con la armoniosa ciudad de Orizaba. Calles húmedas reflejando luces rojas y amarillas, edificios antiguos mezclados con estructuras futuristas y, al fondo, un mar inmóvil que parecía demasiado oscuro para pertenecer a aquella ciudad.
Algo dentro de aquel lugar se sentía incorrecto.
Como si la ciudad hubiese sido construida usando recuerdos mezclados.
Un puente conectaba ambas partes de la ciudad, aunque por momentos parecía no terminar nunca. A veces tenía carriles infinitos. Otras veces, simplemente desaparecía entre la neblina.
En aquel sueño, Ulises se veía adulto.
Trabajaba en la agencia Toyota y había participado en la creación de un automóvil eléctrico capaz de absorber energía dos veces más rápido que cualquier otro modelo.
XT-4738 Premium.
Ese era su nombre.
El automóvil podía conducirse desde un teléfono celular, hablar con el conductor y detectar emociones humanas mediante sensores internos.
O al menos eso decía la publicidad.
Las personas sonreían demasiado.
Los comerciales aparecían en enormes pantallas suspendidas sobre edificios.
Los automóviles recorrían las calles sin hacer ruido.
Y aun así...
la ciudad se sentía vacía.
Ulises caminaba entre ingenieros, empresarios y periodistas mientras las luces blancas de la agencia iluminaban todo de manera casi artificial.
Pero había algo deformado en las personas.
Algunas repetían los mismos movimientos.
Otras parecían quedarse inmóviles por segundos, mirando hacia ninguna parte.
Incluso las voces parecían escucharse con eco.
Como si el sueño estuviera fallando lentamente.
Aquella noche ocurrió el Festival de las Luces.
Familias enteras caminaban cerca del puente principal mientras los reflectores iluminaban el mar y los fuegos artificiales comenzaban a aparecer sobre el cielo.
Todo parecía hermoso.
Perfecto.
Hasta que un automóvil negro apareció atravesando una avenida a toda velocidad.
Las personas comenzaron a gritar.
El vehículo avanzó sin conductor visible.
Atravesó las barreras metálicas del puente y cayó directamente hacia el océano.
La explosión iluminó el agua de un color naranja intenso.
Y entonces el sueño comenzó a deformarse todavía más.
Las alarmas empezaron a sonar desde distintos puntos de la ciudad al mismo tiempo.
Las luces de los edificios parpadeaban.
Las pantallas publicitarias comenzaron a mostrar imágenes incompletas.
Columnas de humo aparecieron cerca de distintas agencias automotrices mientras otros vehículos robados desaparecían entre la neblina.
Dos automóviles fueron elevados lentamente mediante una enorme polea instalada cerca de los antiguos muelles.
Permanecieron suspendidos sobre el mar algunos segundos.
Inmóviles.
Como si alguien quisiera que toda la ciudad los observara.
Después fueron soltados violentamente hacia el agua.
Ulises sintió un miedo extraño recorriéndole la piel y los huesos.
Quiso correr.
Pero algo no lo dejaba avanzar.
El puente parecía hacerse más largo.
Las sirenas de ambulancias y bomberos comenzaron a mezclarse con el sonido del mar mientras las luces rojas y azules se reflejaban sobre la neblina.
Entonces apareció el último automóvil.
Negro.
Sin placas.
Avanzaba lentamente por un viejo camino de mantenimiento cubierto por humo.
Las luces delanteras atravesaban la niebla mientras el motor rugía de una forma extraña, casi irreal.
Y por un instante...
Ulises tuvo la sensación de que aquel automóvil lo estaba observando a él.
El vehículo aceleró.
Más y más rápido.
Hasta desaparecer directamente hacia el océano.
El festival quedó completamente en silencio.
Ya no había música.
Ya no había fuegos artificiales.
Solo humo.
Sirenas.
Niebla.
Y personas inmóviles mirando el mar como si hubieran olvidado cómo reaccionar.
Ulises observó nuevamente la ciudad.
Y comprendió algo horrible.
Nada de aquel lugar parecía construido para humanos.