Lovection, o como cuestionar la lógica del amor

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

En un mundo hiperdigitalizado, Shawn Oak se resiste a aceptar que el romanticismo ha muerto, aunque el peso de la madurez y la asfixiante rutina de la gran ciudad amenacen con demostrarle lo contrario. Harto de una soledad forzada, decide dar un paso desesperado y registrarse en Lovection, un exclusivo y prometedor programa de citas que garantiza encontrar la química perfecta en menos de seis meses o la devolución de su dinero. Sin embargo, el infalible algoritmo de la compañía está a punto de enfrentarse a su mayor reto. Shawn no es un usuario común; es un introvertido analítico y un idealista indomable. ¿Podrá una fría base de datos empaquetar y domesticar el alma de una anomalía humana?

Genero:
Scifi/Romance
Autor/a:
d3llyan
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Shawn

Reinaría un silencio absoluto si no fuese por el suave canto de los pájaros mañaneros que se filtra incluso tras la ventana cerrada. En una era donde ya no tienes un ruidoso y molesto tic-tac, el humano ha sustituido esa molestia por permanecer medio-dormido mientras mira con ansiedad como el reloj de la pantalla de su móvil se mueve aceleradamente mientras un hombre perezoso gira sobre su cama tratando de descansar los breves instantes que le quedan antes de que suene su alarma.

Con la idea de que su accidentado descanso se va a ver definitivamente interrumpido es incapaz de encontrar el más breve reparador sueño por mucho que cierre los ojos, y antes de volver a voltear su cuerpo sobre unas desordenadas mantas, suena la alarma y Shawn suspira como si con aquel gesto pudiese liberar toda su frustración.

El tema Wake-up de su saga de videojuegos favorito se había convertido en una música que ahora detestaba escuchar. Poner música que te gusta como despertador es una pésima idea, pero era una lección que había aprendido demasiado tarde. Shawn volvió a resoplar y se alzó de la cama sin remolonear ni un segundo más.

–Sagittarius, apaga la alarma. –

La inteligencia artificial obedeció, y la melodía dejó de sonar.

Shawn se quitó el pijama y buscó el par de calcetines que se había quitado la noche anterior, uno de ellos en el suelo de la habitación, pero el otro en territorio desconocido.

–Sagittarius, enciende la luz del dormitorio. –

Shawn buscó por el suelo, sobre él aún estaba la ropa que se había quitado la noche anterior. Miró bajo la silla que había frente a su escritorio, una silla en la que había tanta ropa amontonada que había que mudarla para poder sentarse sobre ella, pero tampoco estaba por allí. Después fue hacia la cama y miró bajo las mantas. Había unos tres calcetines, pero ninguno eran la pareja del que ya tenía sobre su mano, incluso tuvo la tentación de coger uno de ellos y ataviarlo como compañero, algo que no sería la primera vez que hiciese, pues ¿quién se fija en los calcetines de una persona cuyos tobillos están siempre cubiertos?, pero antes de rendirse a esa posibilidad miró debajo de la cama, encendió la linterna del móvil para poder ver mejor, y entre un montón de pelusa, allí estaba, el otro calcetín.

Shawn alargó el brazo y lo recogió. Sopló y lo sacudió levemente con su mano para tratar de desprender de él alguna pelusa pegada y, una vez quedó presentable, se atavió con los dos.

Recogió unos vaqueros de entre el montón de ropa que había sobre su silla, y se lo puso para justo después ajustar su cinturón y percibir que incluso la última hebilla le dejaba bastante apretada.

–Estoy engordando. – Reflexionó y se deshizo de un cinturón que ya no necesitaba para mantener el pantalón.

Era algo extraño, pues su cuerpo tenía un metabolismo rápido, o quizá eran los primeros signos de madurez.

Tal vez aquel era el primer aviso de que definitivamente algo estaba cambiando en su cuerpo y aunque trató de no pensar demasiado en ello, fue una idea que le abordó mientras terminaba de ataviarse con el resto de ropa.

Shawn salió del dormitorio y se dirigió al salón principal, el cual constaba de un reducido espacio donde había un corto sofá, una mesita, un monitor sobre la pared, dos sillas y una mesa de madera. Al otro lado de la sala, una pequeña cocina americana, y a la cual se dirigió.

Shawn abrió uno de los armarillos y de él recogió un sobre de té verde, mientras agarraba una de las tazas que había puesto a secar tras lavarlas en el fregadero, y llenarla de agua para justo después meterla en el microondas y ponerla un minuto a calentar.

Esperó el minuto con el té en sus manos y su mirada perdida en una ventana que apenas reflejaba los primeros rayos de luz. En su mente seguía debatiendo sobre si estaba perdiendo definitivamente su juventud.

El microondas pitó y Shawn abrió la compuerta para sacar la taza y hundir el té en el agua caliente. Generalmente le gustaba el té con azúcar, pero recoger el bote donde se guardaba, hundir una cucharilla y recoger dos cucharas para disolverlas sobre el agua era un ejercicio que le producía tanta pereza que decidió que mejor se lo tomaba así, sin más.

Esperó uno o dos minutos, agitó ligeramente la taza, y una vez apreció que el color del agua se volvía verde, tomó el té a pesar de que el agua aún quemaba un poco al tomarla.

Terminó y miró el reloj, el cual marcaba las siete y ocho, y sin perder un segundo más dejó la taza sobre la encimera y se dirigió al baño, donde lo primero que hizo fue mirarse al espejo para apreciar su aspecto.

Un par de rebeldes granitos aparecieron cerca de sus fosas nasales, y de los cuales se desprendió rápidamente apretando la piel intensamente con sus uñas. Una vez sin ningún puntito blanco amenazando con reclamar toda la atención de su rostro, se fijó en su pelo, un pelo ondulado y rebelde con el que rara vez se levantaba y tenía el aspecto que él desearía. Trató de ajustarlo con sus dedos, pero éste se resistía y entonces mojó su mano con un poco de agua para ver si así lo moldeaba, pero quedó aún peor.

Shawn resopló y mientras seguía revisando su aspecto despeinado apreció que tenía más canas de las que lograba recordar.

Agarró una que estaba en el centro de su cabellera, la cual se erguía de punta como si estuviera realmente orgullosa de ser una molestia. Shawn la agarró y la arrancó para luego observarla entre sus dedos, justo antes de soltarla y dejarla volar. Recogió su cepillo, lo mojó, puso la pasta sobre el mismo, e higienizó sus dientes apreciando que al escupir había ligeros rastros de sangre debido a la fragilidad de sus encías.

No le dio mayor importancia, pues era algo a lo que ya estaba acostumbrado.

Lavó el cepillo, lo dejó sobre el vaso, se limpió el resto de dentífrico que había quedado sobre sus manos con el dorso de su mano y se dirigió con paso ligero al salón, recogió su mochila, se la puso a un hombro, agarró las llaves y abrió la puerta de su piso para justo después echar la llave, atravesar el pasillo, y llamar al ascensor.

Vivía en un sexto, por eso prefería no bajar escaleras desde tan temprano. El ascensor parecía venir de pisos superiores, y cuando llegó, al abrir las puertas mostró a un muchacho de unos veinti-tantos, con su ropa desgarbada, su mochila, y su cabello más estilizado y cuidado.

–Buenos días. – Rezó él mientras se internaba y recibió apenas un susurro de respuesta del joven.

Era un muchacho con el que Shawn ya se había cruzado alguna vez. Teorizaba que debía vivir en alguno de los dos pisos de arriba, y tenía pinta de universitario.

Shawn lo miró de reojo y recordó con nostalgia sus despreocupados e inocentes años como joven estudiante, unos años que le encantaría rememorar o volver atrás, una idea rara para un tipo que aún tiene un aura juvenil y que tampoco es tan mayor.

Una vez llegaron al piso bajo, el joven se atravesó para salir como si le urgiera salir, y Shawn tuvo que detener el paso para no chocar contra el muchacho. Le sorprendió que un estudiante se viera tan acelerado, pero no lo pensó más y salió de su edificio.

Ya había movimiento en las frías y mañaneras calles de Liathcathair, la ciudad donde Shawn residía, una urbe que alcanzaba fácilmente el millón y medio de habitantes.

La boca de metro se encontraba atravesando dos calles hacia el sur.

La mayoría de los viandantes también se dirigían a ese lugar, era lo normal, poco había que hacer en un área residencial, toda la actividad estaba en el centro de la urbe.

Shawn llegó al metro, pasó su bono, y esperó que el siguiente tren apareciese, el cartel rezaba dos minutos. Durante esos instantes aprovechó para sacar los auriculares, conectarlos a su smartphone y poner música subiendo el volumen del aparato al máximo. Observó alrededor y se fijó en que esperando en el andén había unas diez o quince personas, casi todas trabajadoras, algún anciano que despertaba demasiado temprano, pero nada realmente curioso.

Se fijó en una elegante chica que esperaba cerca de la línea del vagón, la cual sujetaba su maleta con ambas manos, y que tenía la cabeza cabizbaja mientras esperaba el tren. Cuando ésta alzó la vista y cruzó los ojos con los de Shawn, éste desvió la mirada. Una vez fuera de peligro, Shawn dejó de hacerse el despistado y volvió a mirar a la chica, ésta volvía a mirar al suelo como si sus pensamientos estuvieran hundidos sobre aquel asfalto y Shawn se preguntó si estaría preocupada por algo.

No tuvo tiempo para reflexionar más sobre esa idea, pues llegó el tren, el cual paró y abrió sus puertas para que unos pocos pasajeros abandonaran el vagón y Shawn ajustara su mochila sobre su pecho para internarse en el interior del tren.

Una vez dentro lo inspeccionó y apreció que había varios asientos vacíos, asientos que la gente que había cerca dejaba estratégicamente aislados para que, si intentabas tomar alguno de ellos, tuvieras que tomarte la molestia de invadir el espacio de esa persona para que ésta se hiciese a un lado y te permitiese tomarlo. No era una acción para tomar contacto, todo lo contrario, era una acción en la que esas personas trataban de poner una frontera para asegurarse de que la mayoría de la gente no se molestase en atravesar aquel espacio para tomar asiento, por esa razón Shawn siempre prefería ir de pie, además sentarse en el metro era asumir una serie de riesgos que en una gran ciudad es mejor evitar, como sufrir el mal olor de algún vagabundo, una señora con demasiadas ganas de hablar, un tipo que abarcase demasiado espacio o una muchacha que ante el más mínimo roce te mirase como si fueras un acosador.

A medida que el metro iba haciendo paradas, el vagón se iba incrementando de viajeros. Era una constante en el día a día, y aunque Shawn a veces lo podía considerar agobiante, es algo a lo que también uno se iba acostumbrando.

Sin darse cuenta las personas iban estrechando cada vez más el espacio. En ese momento, Shawn percibe que la chica a la que observó esperando el vagón estaba justo frente a él, empujada por la inercia de tanto viajero, hasta el punto de que sus cuerpos se rozaban cada vez que había un brusco movimiento del tren.

Shawn se puso nervioso, podía sentir hasta el delicioso perfume de la muchacha, y trató de girar la cabeza para desviar su atención, pero no podía evitar mirar por el rabillo del ojo, mientras que la chica, seguía allí en pie: tímida, cabizbaja, indefensa ante la multitud.

No era una escena intima, cualquiera que haya viajado en hora punta y haya sufrido una situación parecida sabría que, más bien, es una escena incómoda, un reducido espacio cuyas posibilidades son de todo, menos positivas.

Cuando un hombre está tan cerca de una mujer, hay una delgada línea entre parecer un tipo abrumado por la falta de espacio o un depredador encantado por la proximidad de una desprotegida presa.

Las manos de Shawn eran, en ese momento, sus principales enemigas. Debía ajustarlas en algún lugar que no diese lugar a ningún tipo de malinterpretación. Son esos instantes cuando el viaje se hace más largo y pesado, rezando porque la chica no acabe tambaleándose hacia él, y haya un contacto en el que ella alce la mirada y le observe con una mirada mezcla del miedo y el asco.

En ese momento la voz del metro anuncia su parada, pero llega un nuevo problema para Shawn. Está aislado, al lado opuesto del vagón y para poder llegar a la puerta tiene que atravesar toda una marabunta de gente que difícilmente le dejarán el espacio necesario para abrirse camino a través de él, por lo que no puede perder un instante más y trata de encaminarse hacia las puertas.

–Disculpe, perdone... –

Ante súplicas por obtener espacio apenas logró avanzar sin tener que chocar constantemente con el cuerpo de otros. Algunos ni siquiera tenían la decencia de abrirse a un lado, y es en esos instantes cuando a Shawn le gustaría dejar de ser educado y atravesar el vagón como si fuera una imparable y letal fuerza de la naturaleza, pero enseguida abandonaba esas absurdas fantasías de su cabeza y miró al tipo con una sonrisa tímida.

–Disculpe, ¿podría dejarme pasar? –

A diferencia de Shawn, el gesto del hombre no fue amable, sino frío y condescendiente. Lo observó con silencio, como si en vez de a una persona tratando de llegar a su parada estuviera viendo una sucia sanguijuela pidiéndole permiso para poder pasar. A pesar de todo, nadie quiere que un asfixiante vagón se convierta también en un terreno de conflictos, y a regañadientes el tipo hace un acto de tremenda voluntad al moverse apenas unos centímetros como si con ese espacio Shawn ya debiese sentirse lo suficientemente agradecido, y él, sin otro remedio, achucha a la señora que hay justo al otro lado porque las puertas del vagón ya estaban abiertas y apenas le quedaban unos segundos para poder salir a la estación.

Apenas lo logró por unos milisegundos, mientras sentía la presión del pitido de las puertas que se cerraban, y saliendo con un salto apresurado, miró de reojo el tren y resopló como si hubiera sobrevivido a la más tensa situación.

Una vez libre del asfixiante gentío, Shawn ajustó nuevamente su mochila, y se encaminó al exterior de la estación.

Subió las escaleras y observó un cielo gris que había obtenido ya un tono lo suficientemente claro como para deducir que el sol ya no bordeaba el horizonte.

El inconfundible ruido del tráfico, el humo, el exceso de gente por las calles, todo recordaba a un martes gris de trabajo, mientras Shawn se dirigía al edificio donde estaba el Diario Turquesa, el periódico local donde trabaja y el cual está a unos ciento cincuenta metros desde la estación que abandonó.

Por el camino observó como se ajustaban las terrazas de los cafés. Como algunas obras picaban el asfalto, haciendo un ruido tan ensordecedor que Shawn no alcanzaba a escuchar ni el más leve sonido de su propia música.

Una vez llegó a su edificio, atravesó las amplias puertas y saludó al portero antes de dirigirse a un amplio ascensor para acompañar a un buen grupo de trabajadores en su interior.

El Diario Turquesa estaba en el tercer piso, mientras que en el primero había un bufete de abogados, en el segundo una compañía de publicidad y en los posteriores un montón de oficinas de una mediana empresa de tecnología.

Shawn conocía a la mayoría de los allí presentes de vista. Apenas intercambiaba unas pocas palabras con los mismos, buenos días y adiós. Mientras esperaba hasta llegar a su oficina se fijó en que a diferencia de él, aquellas personas vestían de traje, iban bien arreglados y no tenían la apariencia de un joven becario entre un montón de profesionales.

Finalmente, Shawn llegó a la tercer planta y se adelantó.

–Buenos días, Shawn. –

–Buenos días, Britany. –

Britany era la recepcionista del diario, una muchacha menuda, pecosa y de cabello rubio rizado que siempre sonreía, aunque después de todo, eso era parte de su trabajo.

Shawn se dirigió a su mesa de trabajo, se sentó sobre su escritorio, encendió la pantalla de su ordenador, entró a su programa y vio como esa mañana ya le esperaban hasta tres artículos de opinión, los cuales también aumentarían a medida que pasasen las horas.

Dejó su mochila sobre la mesa, enchufó el portátil al monitor, sacó sus sencillas gafas y, sin pensarlo mucho más, se puso manos a la obra.

El Diario Turquesa era un periódico general, de sesgo laboralista, por eso era tan importante que los artículos no sonaran como un manual de instrucciones de la información.

Desde que la inteligencia artificial todo el peso de la redacción había caído en manos de una innumerable red de algoritmos, un momento que la población vivió con mucha tensión pensando que sería el fin de muchos puestos de trabajo, pero la realidad es que la labor de las personas no se desechó, sino que evolucionó.

Es paradójico como la inteligencia artificial pasó de ser una extensión del trabajador a qué esta situación se revirtiese, y fuese el trabajador la extensión de la computación.

El problema de la inteligencia artificial es que su redacción se percibía tan fría y lógica que era incapaz de conectar con el lector, y ahí es donde entra el trabajador humano, los editores.

No se encargaban de ajustar, agilizar o corregir los textos como hacía tiempo atrás ellas, no, la labor de Shawn y sus compañeros es dotar de factor humano cada artículo del diario, y en específico, él se encargaba de las columnas de opinión, que lejos de ser lo que ellos mismos rezan, son la subjetiva y generalista opinión del algoritmo, incluso el avatar de opinión no es más que una imagen creada por la misma inteligencia artificial, pues en ningún diario existía un periodista real detrás, sino una entidad inventada y perfectamente adaptada al profesional que cualquier lector esperaría encontrar, por eso el periodismo dejó mucho tiempo de ser un trabajo donde ser una figura mediática, y donde sus trabajadores humanos pasaban la vida siendo completamente anónimos, excepto aquellos que tienen la habilidad y extroversión de presentar en sus redes algo tan aburrido como un trabajo de maquetación en una sucesión de interesantes y trascendentales eventos.

Si Shawn intentara subir vídeos sobre su trabajo su contador de visitas apenas ascenderían del valor cero.

Una persona apresurada entró en la oficina y dejó caer tan violentamente sus cosas que incluso hizo tambalear la mesa de Shawn.

–Buenos días... – Expresó Finn con voz cansada.

Finn era el compañero más cercano que tenía Shawn. Un tipo dos años menor que parecía llevar un ritmo de vida tan alto que solía llegar tarde al trabajo, y aunque la encargada le había advertido en innumerables ocasiones, Finn siempre se encargaba de encontrar la mejor manera de apelar a la empatía de la misma para que ésta no acabara despidiéndole por sus constantes retrasos.

Hay gente que tiene ese don. Shawn estaba seguro de que si el que llegase tarde fuera él, hacía tiempo que habría perdido su empleo.

–Cinco minutos tarde. – Señaló Shawn. –Llegas temprano. – Ironizó.

–Es el metro, siempre viene con retraso... –

–Siempre dices lo mismo. – Indicó su compañero. –De todas formas da igual, por unos minutos no te van a decir nada. Ya están acostumbradas. –

–¿Qué tal fue el lunes? – Preguntó Finn mientras se ponía con su propia tarea.

–Pues como siempre: trabajar, desayunar, trabajar, almorzar, tratar de aprovechar el tiempo libre sin éxito, cenar y a la cama. –

–¿Has visto la nueva serie de eanflex? –

–Sabes que me aburren las series, Finn. –

–¡Pero tío, ésta es diferente, al principio empieza muy floja, pero cuando vas por el quinto episodio, boom, todo se pone patas arriba! –

–Cómo todas las series. –

–¿Sigues dedicándote a escribir ese ensayo? –

–Menos de lo que me gustaría. Debería haberlo acabado el año pasado. –

–Deberías dejar de dar tantas vueltas y acabarlo ya. –

–Si hiciese eso no se sentiría..., profundo. –

–¿Crees que la gente busca profundidad en un mundo donde la gente puede ver cualquier cosa a golpe de click? –

–Me gustaría pensar que aún hay un poco de resistencia analógica en un mundo gobernado por la digitalización. –

Shawn sabía que aquello era más un deseo que algo que fuese a convertirse en algo real.

–Esta tarde algunos compañeros hemos quedado para jugar un partido de tenis. Nos falta una persona, ¿te apuntas? –

–Sabes que soy un paquete en tenis. –

–Eso da igual, no es ninguna competición. –

–No sé, no me divierto cuando siento que los demás me superan. – En ese momento Shawn estuvo tentado en decir que sí recordando que esa mañana ya no necesitaba cinturón, pero antes de eso, otra pregunta le vino a la cabeza. –¿Por qué os falta uno? –

–Es Ethan, tío, ¡¿te puedes creer que se ha echado novia?! –

–¿Ethan? – Repitió Shawn, pues Ethan era un compañero bastante tímido y reservado, el cual tampoco es que fuese lo más llamativo visualmente, y al cual nadie jamás habría esperado encontrar con una chica que no fuese de compañía. –¿Estás de coña? –

–No, te lo juro, nosotros tampoco nos lo creíamos, y un día nos la presentó. – Finn bajó la voz mirando a ambos lados antes de acercarse a Shawn. –Y no te lo pierdas, está buena. – Susurró como si fuese un jugoso cotilleo.

–¡¿Qué dices?! – Exclamó Shawn sorprendido. –Ahora sí que estoy convencido de que el mundo se ha vuelto loco. – Expresó en un tono algo resignado. –¿Cómo se supone que encuentra una mujer atractiva un tipo así? –

–¿Has oído hablar del programa Lovection? –

–¿Esa compañía de citas? – Dedujo Shawn. –Claro que he escuchado hablar de ella. Bombardean con anuncios cada vez que quieres ver algo. –

–Pues Ethan es la prueba irrefutable de que funciona. – Indicó Finn. –Se apuntó ahí y encontró pareja. –

–¿Pero no habían diagnosticado los programas de citas como fracasos sociales donde convertían a las personas en insatisfechas crónicas? –

–Al parecer ésta actúa diferente, con una técnica tan moderna y avanzada que son capaces de emparejarte con personas con las cuales la probabilidad de tener química está asegurada. –

–Me cuesta creerlo. –

–Incluso dicen que si no logras obtener pareja en seis meses te devuelven el dinero. –

–¿No es publicidad engañosa? –

–No, no, es real, pero es tan eficiente que nunca nadie ha tenido que hacerlo. –

A Shawn aquello le sonaba poco creíble, pero por otro lado no pudo evitar sentir cierta curiosidad, e incluso aprovechó para navegar y buscar algo de información y comprobó que la letra pequeña en la que te devolvían dinero si no encontrabas pareja en seis meses era completamente real.

Aquello le hizo pensar, quizá era la solución a su dolorosa y forzada soledad.

Se estaba haciendo mayor, estaba perdiendo su juventud, y la sensación es que no le quedaba mucho tiempo antes de verse en el terreno de gente tan madura y resignada por haber visto de todo, que se sintiera más como una compañera que como una pareja íntima, así que, tras horas debatiéndose a sí mismo, no pudo reprimirse las ganas e hizo click al botón que daba acceso a la solicitud.

Al pasar a la siguiente página, se encontró con un extenso formulario, no la página clásica donde rellenar tus datos, sino que también había preguntas, preguntas que pasaban de típicas a bastante personales, y aunque Shawn estuvo reticente en responderlas, se fijó en una letra pequeña que rezaba Indispensable que responda con sinceridad, y las cuales le obligaron a responder con cierta honestidad, pues después de todo, sólo era un formulario, nadie le iba a juzgar por hacer aquellas confesiones, pero entonces al pasar a la siguiente página ocurrió algo raro, en lugar de dar por zanjada la inscripción e ir al pago, el sistema lo dirigió a una ventana en la que le solicitó un horario para hacerle una tele-entrevista.

–¿Entrevista? ¿Qué es esto? –

Evidentemente no iba a realizarla en el trabajo, así que puso un horario en el que estuviera en casa y la subscripción quedó pausada hasta que la misma se realizase.

Shawn pasó el resto del día dándole vueltas a aquello, incluso a veces se sentía arrepentido por haber tenido el arrebato de apuntarse a un extraño programa de citas, y no pudo concentrarse demasiado en su propia labor, hasta que finalmente llegó horario laboral llegó a su fin y Shawn regresó a casa.

Entró a su apartamento, y ordenó a Sagittarius a que encendiese la luz.

Dejó las llaves y su mochila cerca de la puerta, cerró, se acomodó sobre el sofá y se relajó mientras miraba el reloj del smartphone y esperaba nervioso que llegase la hora de su entrevista.

Finalmente la hora llegó, y apareció una petición de videollamada en su smartphone, la cual Shawn aceptó y traspasó al monitor de su salón.

Allí el televisor, presentó a un tipo con gafas, bien peinado y trajeado, que además, iba ataviado con una bata blanca como si fuese una especie de doctor, tranquilo y sentado sobre su escritorio, el cual una vez vio a su cliente, sonrió con amabilidad.

–Buenas tardes, ¿el señor Shawn Oak si no me equivoco? –

–Hola, así es. – Respondió él, aún nervioso y jugueteando con sus dedos mientras permanecía sentado y veía como la luz de la cámara de su monitor estaba encendida e indicaba que lo estaban observando.

–Soy el psicólogo Mike McCulligan y soy uno de los encargados de evaluar a los clientes. Hemos recibido su solicitud, y para ofrecerle un servicio de mayor garantía, es indispensable que le veamos y le hagamos una entrevista más personal. –

–¿Se refiere a algo así como una entrevista de trabajo? –

El doctor rió brevemente.

–Oh no, claro que no, relájese señor Oak, le haré una serie de observaciones y preguntas fáciles de responder, y por supuesto, todo ésto es estrictamente confidencial, nos enorgullecemos de preservar la intimidad de nuestros clientes. – McCulligan miró la pantalla de su monitor con interés y luego dirigió su mirada hacia Shawn. –Por lo que veo tiene usted treinta y ocho años, pero sus rasgos son más bien juveniles, eso puede ser una ventaja y, un desafío. –

–¿Desafío? –

–Verá. Normalmente en su rango de edad las mujeres no buscan una figura juvenil, sino más bien, algo más maduro, más estable. – Explicó el doctor. –No quiero decir que su biología sea mala, pero sí, peculiar, además, aunque usted tiene un trabajo y unos ingresos estables, su situación es..., discreta. –

Shawn se sentía casi ofendido, pero prefirió no añadir nada, y decidió dejar hablar al doctor.

–No es algo negativo, pero sí reduce el espectro. Por lo general las mujeres que pasan de los treinta rechazan emparejarse con un hombre que vive como si fuera un estudiante, pero no quiere decir que no haya quien lo valore, digamos que sus opciones se reducen. –

Shawn siguió escuchando con interés, mientras sentía como en la entrevista ya parecían estar devaluándolo.

–También me he fijado que tiene usted una serie de aficiones poco convencionales. – Expresó mientras miraba el monitor. –Leer, escribir, dibujar..., se puede percibir como una persona rica y profunda, pero también hay quien sentirá que usted es una persona bastante, intensa. –

–Pero, disculpe. –Rió Shawn nervioso. –¿Es normal que una persona que se inscriba en su programa se sienta como si lo estuvieran juzgando duramente? Pensé que la meta era responder con sinceridad. –

–Oh, no se preocupe por eso señor Oak, se sorprendería, no le estoy diciendo que nada de eso sea negativo, sólo que tendremos que afinar mucho más. – Prosiguió y volvió a mirar su pantalla. –Además a usted le gusta la ciencia-ficción, la fantasía, los videojuegos, el manga, los cómics y el rol.... –McCulligan hizo una mueca dolorosa. –Son aficiones que reducen aún más el espectro. –

–Entonces, ¿no pueden encontrarme a nadie? –

–No he dicho eso señor Oak, pero tal vez, estos pasatiempos sea mejor..., no abarcarlos como si fueran una parte importante de su tiempo. –

Shawn se sentía como si le estuviesen reprendiendo por no ser un buen adulto.

–Además, es usted introvertido, lo que dificulta que conecte en una primera cita. – Añadió. –Le seré sincero, su perfil es de los que presentan el mayor reto, pero no se desanime, eso no quiere decir que no vayamos a encontrar parejas potenciales, sino que quizás no sean tan constantes como en otros casos. –

–Entonces, ¿soy una especie de anomalía? –

–No se crea señor Oak, recibimos muchos perfiles como el suyo, y a todos hemos logrado emparejarlos, pero además, usted cuenta con una ventaja poco común en este tipo de perfiles, goza usted de atractivo físico. –Incidió el doctor. –Por lo general gente con sus gustos y aficiones no suelen presentar una apariencia que cause una buena impresión, pero usted no tiene ese problema, tal vez objetivamente no sea precisamente un modelo o un actor, pero digamos que es agradable de ver, creo que éste es el rasgo que más deberíamos potenciar para encontrarle pareja. –

Shawn se quedó perplejo.

–Espere un momento, ¿vamos a potenciar el físico cuando es algo que no es tan importante para las mujeres? ¿No es eso un error? –

–Huy, señor Oak, se sorprendería de cómo han cambiado los gustos femeninos. El mundo está tan digitalizado que ahora no sólo es importante el trasfondo de la pareja sino que también se vea bien en la foto. –

No sabía si sentirse halagado o insultado.

–Entonces, ¿dice usted que mi personalidad, aficiones y forma de vida deben pasar a un plano secundario? –

–Oh, claro que no, son cosas importantes, pero ayudará a que lo acepten mejor si usted primero entra por el ojo. – Corrigió el doctor y dejó de observar su monitor para centrar su atención en Shawn. –Por eso necesitamos que nos entregue sus mejores fotos, que sean lo más actuales y menos retocadas posibles. –

–Entiendo. – Dijo él aún no muy convencido.

–Una vez los envíe rellenaremos el resto de su información y pondremos el programa a funcionar. Cuando esté en marcha le aseguro que apenas tardará unos días en recibir su primera cita. –

–¿Y cómo funciona esto exactamente? –

–Se lo explicaré. Con sus datos nosotros buscamos perfiles que más se adapten al suyo, y una vez los tengamos, enviaremos a cada uno un aviso de cita programada. Ambos recibirán la foto del otro, algunos datos personales, y se programará el lugar o evento que condicione la mejor interacción entre ambos, adaptándose por supuesto, a sus horarios. Cuando llegue la fecha señalada, deberá presentarse al sitio y hora estipulados en la cita. –

–Comprendo. –

–Muy bien señor Oak. Con esto hemos concluido su entrevista. En cuanto recibamos el pago y sus fotos, entrará usted a formar parte del programa Lovection. ¡Vaya usted diciendo adiós a su soltería! Ha sido un placer, que tenga buena tarde señor Oak. –

–Muchas gracias, igualmente. –

El monitor se apagó y Shawn se quedó con una extraña sensación. La sensación de que más que metido en un programa de citas, se había metido en un programa que lo evaluaba como individuo competente y funcional.