Mis Queridas Mascotas

Sinopsis

En un país marcado por la historia de la guerra y los experimentos que dieron origen a los híbridos, Alexandria solo buscaba una vida tranquila. A sus veinte años, con esfuerzo y soledad, logró comprar un pequeño terreno en el pueblo rural de Akatsume, un lugar donde humanos e híbridos trabajan codo a codo para construir algo diferente: una comunidad. Su vida cambia de golpe cuando, por culpa de un amigo imprudente, termina a cargo de dos hermanos híbridos de zorro que esconden más de lo que aparentan. Lo que comienza como un arreglo temporal se transforma poco a poco en un lazo sincero, mientras nuevos rostros llegan, algunos buscando refugio y otros huyendo de un pasado marcado por cadenas. Entre risas compartidas bajo la fogata, reconstrucciones después de la pérdida y caminos inciertos por recorrer, Alexandria aprenderá que "hogar" no siempre es el lugar donde naciste... sino donde eliges quedarte, junto a quienes deciden luchar a tu lado. Los personajes usados en esta historia pertenecen al anime de Kimetsu No Yaiba, créditos a su autora: Koyoharu Gotouge

Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

Lo que el mundo llamó híbridos

Antes de que existieran leyes para protegerlos, antes de que hubiera centros de adopción, contratos, inspecciones o pueblos dispuestos a llamarlos vecinos, los híbridos nacieron con otro nombre.

Proyecto de Adaptación Bélica.

Así los llamaron en los primeros documentos.

No eran niños. No eran personas. No eran familias.

Eran resultados.

El mundo aún recordaba una guerra larga, una de esas que dejaban ciudades agujereadas, campos sin cosecha y gobiernos demasiado desesperados como para preguntarse si ciertas ideas merecían existir. En laboratorios sellados, bajo el respaldo de familias ricas, militares, científicos y políticos que luego negarían haber firmado nada, comenzaron a mezclarse líneas humanas con rasgos animales.

Querían soldados.

Seres con la inteligencia de un humano y los sentidos de una bestia. Cuerpos capaces de resistir frío, hambre, heridas y órdenes. Híbridos que rastrearan mejor que perros, treparan mejor que gatos, corrieran más que caballos o mordieran con la fuerza de lobos.

Cuando la guerra terminó, el mundo fingió horror.

Fue muy cómodo hacerlo cuando ya no necesitaban crear monstruos para ganar batallas.

Los laboratorios fueron cerrados. Algunos responsables juzgados. Otros compraron silencio, limpiaron apellidos, financiaron hospitales, escuelas y organizaciones de caridad. Los híbridos sobrevivientes fueron repartidos entre centros, refugios, familias, coleccionistas, granjas, compañías y hogares que decían querer ayudarlos.

La palabra “soldado” desapareció poco a poco.

En su lugar aparecieron otras:




  • Mascota.
  • Sirviente.
  • Ayudante.
  • Propiedad.
  • Carga.

Con el tiempo, la mayoría de la gente olvidó que los híbridos habían nacido del miedo y de la ambición. Empezaron a verlos como algo cotidiano, aunque no necesariamente justo.

Había híbridos normales, los más comunes dentro de lo que ya era extraño.

Híbridos de lobos, como los hermanos Shinazugawa, creados para rastrear, resistir y pelear en grupo. Sanemi, con su cuerpo lleno de cicatrices y una rabia entrenada a golpes, llevaba en la sangre la fuerza de un depredador social. Genya, más joven, aún conservaba algo de cachorro bajo la dureza: olfato agudo, instinto de manada, necesidad de pertenecer aunque el mundo le hubiera enseñado a desconfiar.

Híbridos de comadreja, como Zenitsu Agatsuma, eran menos impresionantes a simple vista, y quizá por eso muchos los subestimaban. Pero las comadrejas eran rápidas, nerviosas, sensibles al peligro. Sus híbridos solían tener reflejos excelentes, oído fino, cuerpos ligeros y una capacidad casi irritante para detectar amenazas antes que otros. El problema era que esa misma sensibilidad podía convertir el mundo en un lugar demasiado ruidoso, demasiado grande, demasiado aterrador.

También existían híbridos de gatos, perros, aves, jabalíes, cabras, conejos y muchas otras especies. Algunos eran fuertes. Otros ágiles. Otros buenos para labores domésticas, vigilancia, compañía, transporte o trabajo de campo. La sociedad los clasificó según su “utilidad”, como si una vida pudiera ordenarse en estantes.

Pero había otra categoría.

Una que los documentos antiguos escribían con tinta más cuidadosa.

Híbridos míticos.

No eran comunes. No se creaban en grandes cantidades. Costaban demasiado, fallaban demasiado, morían demasiado. Su existencia era una mezcla de ciencia, arrogancia y leyendas usadas como modelo.

Los híbridos míticos no estaban basados en animales ordinarios, sino en criaturas que la humanidad había temido, venerado o inventado durante siglos.




  • Kitsunes.
  • Dragones.
  • Serpientes antiguas.
  • Bestias de agua.
  • Criaturas que no pertenecían del todo al mundo natural, aunque respiraran dentro de él.

Kyojuro y Senjuro Rengoku eran híbridos de kitsune, aunque al llegar a muchos lugares preferían ocultarlo. Para el mundo, era más sencillo decir que eran zorros rojos. Menos peligroso. Menos llamativo. Los kitsunes eran raros incluso entre híbridos: sensibles a la energía emocional de quienes los rodeaban, longevos en teoría, astutos por naturaleza y con una capacidad de adaptación casi sobrenatural. Algunos informes hablaban de una resistencia extraña al fuego, de sentidos espirituales, de una inteligencia difícil de domesticar.

Eso último los volvía poco deseables para ciertos compradores.

Un zorro podía ser mascota. Un kitsune, jamás del todo.

Tengen Uzui era un híbrido dragón, una de las variantes míticas más inestables y codiciadas. Los dragones podían presentar fuerza superior, resistencia física, escamas parciales, sentidos agudos y una presencia casi imposible de ignorar. Algunos tenían afinidad con elementos específicos, aunque no siempre de forma evidente. Tengen, brillante hasta cuando intentaba ser discreto, había convertido su rareza en espectáculo antes de permitir que otros la convirtieran en cadena.

Giyuu Tomioka era otra clase de dragón.

Un dragón de agua.

Silencioso, frío a simple vista, profundamente ligado a ríos, corrientes y humedad. Los registros sobre dragones de agua eran pocos, pero todos coincidían en algo: eran difíciles de controlar, no porque fueran violentos, sino porque el agua misma no obedecía jaulas. Podía adaptarse a cualquier forma, filtrarse entre grietas, esperar durante años y aun así partir piedra cuando llegaba el momento.

Los híbridos míticos eran vistos como tesoros, amenazas o errores caros, dependiendo de quién los mirara.

Para algunos coleccionistas, eran símbolos de estatus. Para antiguos militares, armas fallidas o potenciales. Para organizaciones de protección, vidas que necesitaban cuidado especial. Para la gente común, muchas veces, eran rumores.

Porque un híbrido normal podía caminar por una plaza y ser señalado con curiosidad.

Un híbrido mítico podía cambiar el destino de un pueblo entero sin proponérselo.

Pero normal o mítico, común o legendario, todos cargaban con la misma herida original:

Ninguno había pedido nacer para servir.

Ninguno había pedido llevar en la sangre el capricho de otros.

Y aun así, el mundo insistía en preguntarles para qué servían antes de preguntarles quiénes eran.

Por eso existían lugares como Akatsume.

Pequeños, imperfectos, tercos.

Pueblos donde un híbrido podía trabajar, equivocarse, pagar deudas, hornear pan, cortar leña, casarse, tener hijos, dormir bajo un techo sin cadenas y, con suerte, escuchar su nombre sin que sonara a registro.

No era un paraíso.

Nada construido por manos humanas lo era.

Pero era un comienzo.

Y en un mundo donde tantos híbridos habían sido creados para la guerra, usados como herramientas y abandonados cuando dejaron de convenir, a veces un comienzo era suficiente para cambiarlo todo.

Muchos años después de los laboratorios, en una granja pequeña a las afueras de Akatsume, una joven de cabello rojo y ojos verdes descubriría esto de la peor manera posible.

Ella no odiaba a los híbridos.

No les temía.

No los despreciaba.

Simplemente no quería uno.

La vida, por supuesto, no pensaba pedirle permiso.