Donde los Héroes se Esconden

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Sinopsis

En una isla dominada por el miedo, Dominic trabaja como artista de circo ocultando un secreto que podría condenarlo. Pero cuando extraños sucesos comienzan a sacudir su mundo, se verá obligado a enfrentar verdades que nunca debieron salir a la luz. En una tierra donde todos conocen al villano, encontrar al héroe podría ser la tarea más difícil de todas.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Randommaus
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1= El Hombre que no siente dolor


En esta isla todos conocen al villano. Lo difícil es encontrar al héroe. Y, si existía uno… probablemente estaba trabajando en un circo.

La lona desgastada del Circo Lunal temblaba bajo los gritos de la multitud en Solars. Eran las seis y media de la tarde, y el aire denso de la carpa apestaba a palomitas de maíz, refrescos baratos y madera mojada por la humedad de la pista. Afuera, las luces reflectoras pintaban el cielo con colores deslumbrantes, atrayendo a las masas como polillas a la llama, pero detrás del escenario, la realidad era mucho más oscura.

—¡Vengan todos al Circo Lunal! ¡Rápido! —la voz ronca del Jefe resonaba desde la pista central, ganándole al murmullo de las gradas repletas—. ¡Vengan a ver al magnífico hombre con su truco de magia! ¡El único hombre capaz de clavarse cuchillos sin que le pase absolutamente nada!

En la penumbra de los camerinos, entre espejos rotos, mugre y un olor rancio a moho, un muchacho alto y de complexión fuerte se miraba las manos temblorosas. Dominic apretaba los puños, intentando controlar los latidos desbocados de su corazón. Tenía un físico imponente, esculpido a base de trabajos pesados, pero sus ojos reflejaban una profunda inseguridad. Una timidez ingenua que no encajaba con el don oculto que llevaba en la sangre: su cuerpo era incapaz de procesar el dolor.

—Fuaaaa… Estoy demasiado nervioso —susurró Dominic para sí mismo, buscando aire—. Lo haré bien. No quiero decepcionar al público de hoy. Pero… ¿por qué es tan grande? ¿Por qué el circo está tan lleno?

Una mano ajada y firme se posó sobre su hombro, trayéndolo de vuelta a la realidad. Era Simeon, un hombre mayor cuyas arrugas cargaban con el peso de demasiados inviernos y secretos del pasado.

—Tonto, obvio que vienen todos por ti —le dijo Simeon con una sonrisa cansada pero protectora—. La noticia del magnífico hombre que no siente dolor se ha regado por todo Solars. En serio, el jefe sí sabe cómo atraer a las personas.

Dominic soltó una risala nerviosa, frotándose la nuca.

—Tienes razón. Jajajajaj.

Simeon lo observó con fijeza, notando el brillo de pánico que el muchacho intentaba ocultar con su habitual amabilidad.

—¿Algo más te pasa? Dime qué sucede.

—Ya sabes… —murmuró Dominic, bajando la mirada.

—Acaba de decírmelo, hombre —insistió el viejo, cruzándose de brazos—. Recuerda que estoy algo viejo para andar con juegos.

Dominic se acercó un poco más, bajando la voz hasta convertirla en un hilo tenso.

—Simeon… ¿Seguro que no hay caballeros entre el público?

La pregunta congeló el ambiente por un segundo. En una isla donde la magia real era un boleto directo a la ejecución, lo que Dominic hacía cruzaba una línea muy peligrosa.

—Si te hubieran descubierto, ya estaríamos muertos —sentenció Simeon con una seriedad aplastante.

Afuera, la paciencia del público se estaba agotando. Los abucheos comenzaron a retumbar contra los tablones húmedos, extendiéndose como la pólvora por las gradas llenas de niños y adultos.

—Creo que esto es un timo —reclamó un hombre en la tercera fila—. No va a salir ningún hombre así. Eso no existe.

—Sí, esto es una estafa —secundó una mujer a su lado.

De repente, un espectador se puso de pie en medio de la multitud, con el rostro desencajado por la sospecha y el desespero, gritando a pleno pulmón:

—¡¡¡¿QUÉ PASA CON EL HOMBRE INVENCIBLE?!!! ¡¡¡ES TODO MENTIRA!!! ¿VERDAD? ¡¡¡ESTO LO INVENTÓ EL REY PARA CONSEGUIR NUEVOS ESCLAVOS!!!

La mecha se encendió. El miedo a la opresión del Rey AXANDRE III siempre flotaba en el aire, y la multitud estalló en cólera.

—¡¡¡BUUUU!!! ¡¡¡BUUUU!!! ¡ESTE CIRCO ES UN TIMO! ¡NOS TIENEN QUE DEVOLVER EL DINERO!

Entre el caos, un niño pequeño tiró de la falda de su madre, confundido por el odio de la masa.

—Mamá, ¿por qué todos gritan? No tienen paciencia.

La mujer le acarició la cabeza, con una mirada cargada de tristeza y sumisión.

—Hijito, no hables así. Esos hombres han vivido mucho tiempo. Solo tienen miedo.

Antes de que las gradas se convirtieran en una revuelta, las luces principales se centraron en el círculo de la pista. De las sombras emergió el Jefe. Era un hombre bajo, obeso, embutido en un traje elegante que parecía quedarle chico. Su piel era tan pálida y carente de vida que recordaba a la de un vampiro, y su mirada poseía una gravedad tan pesada que cortaba el aire.

—Bien, bien. Ya basta de tanto ruido —soltó el Jefe, su voz fría cubriendo el graderío—. Hay niños en el circo, ¿saben? Por favor, cálmense.

La carpa quedó en un silencio sepulcral, casi doloroso. La tensión se podía cortar con un hilo. El Jefe caminó lentamente, arrastrando sus pasos pesados hasta detenerse justo frente al hombre que había provocado el alboroto.

—Usted, señor. Fue quien gritó primero, ¿no es así?

El espectador, acobardado por la imponente y siniestra presencia del dueño del circo, encogió los hombros.

—No, no. Yo no grité nada, de verdad.

El Jefe arqueó una ceja, ladeando la cabeza con desagrado.

—¿Sabes qué me molesta? Los mentirosos como tú —hizo una pausa dramática, clavando sus ojos oscuros en el sujeto—. Voy a hacer como si me hubieras dicho que sí. Dime… ¿qué te molesta de mi show?

Lo dijo dibujando una sonrisa inquietante, una mueca carente de cualquier rastro de humanidad.

—Yo solo… —tartamudeó el hombre, sudando frío.

—No vayas a decir que nada.

—No, no iba a decir eso —se apresuró a responder—. Es que el espectáculo estaba tardando mucho en empezar.

La sonrisa del Jefe se ensanchó, aunque sus ojos permanecieron helados.

—No hay problema. Eso se soluciona rápido. Déjame buscar al chico.

En las gradas, el niño volvió a susurrarle a su madre, encogiéndose en su asiento.

—Ese hombre da miedo.

—No hables así de las personas —lo reprendió la madre en un susurro, aunque ella misma temblaba.

El Jefe dio media vuelta y caminó hacia los oscuros camerinos. Su expresión cambió de inmediato; la falsa amabilidad desapareció, reemplazada por una mueca de pura frustración y rabia contenida. Al entrar al área de los vestidores, pateó un balde viejo, rompiendo el silencio del lugar.

—Oye, Dominic, ¿por qué no has salido todavía? —escupió el Jefe, dando un paso agresivo hacia el muchacho—. ¿No sabes la que se ha formado ahí fuera? ¡¿NO LO SABES, VERDAD?!

Dominic dio un paso atrás, encogiéndose a pesar de su gran tamaño. Su naturaleza amable le impedía reaccionar con violencia ante los constantes abusos.

—Perdón. Me entretuve hablando con mi amigo —dijo Dominic, bajando la cabeza.

El Jefe desvió su mirada llena de desprecio hacia Simeon, como si viera a una plaga de la que no podía deshacerse.

—¡Por lo de hoy, NO RECIBIRÁS NINGÚN PAGO! —bramó el Jefe, apuntando a Dominic con un dedo acusador—. Todo lo que se recaude hoy será exclusivamente para mí. A ver si así aprendes a no perder el maldito tiempo hablando con Simeon.

Simeon dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre el Jefe y el muchacho.

—Ya, ya. Perdón —dijo el viejo con tono plano—. Voy a salir a ver al hombre que no siente dolor. Por cierto, Dominic, no dejes que el cerdo te intimide.

El rostro del Jefe se encendió de furia, las venas de su cuello hinchándose.

—¡Cerdo será tu abuela, idiota! —rugió, empujando a Dominic hacia la cortina—. ¡Sal de una vez, herramienta!

Dominic cruzó el umbral y entró a la brillante pista central. A pesar de los insultos y el maltrato que acababa de recibir, forzó una sonrisa amable, limpia y carente de cualquier pizca de maldad. Su deseo sincero era que la gente se distrajera de sus miserias cotidianas.

—¡DAMAS Y CABALLEROS, NIÑAS Y NIÑOS! —anunció el Jefe, recuperando su voz teatral—. ¡LES PRESENTO A DOM, EL HOMBRE QUE NO SUFRE DOLOR!

El espectáculo comenzó, y con él, el despliegue de lo imposible.

El público contuvo el aliento cuando Dominic tomó la primera daga. Sin titubear, con una calma espeluznante, hundió el acero brillante en su propio brazo. El metal perforó la piel y la carne, pero el rostro del muchacho no mostró ni una sola señal de sufrimiento; solo mantenía aquella sonrisa tranquila. Continuó con espadas y otros objetos punzantes, decorando su cuerpo con acero ante la mirada atónita de la grada.

Los niños soltaron gritos de asombro. Los adultos se quedaron boquiabiertos, incapaces de apartar los ojos de aquella carnicería incruenta.

—¡¿QUÉ LES PARECE?! —gritó Dominic hacia las gradas, extendiendo los brazos con entusiasmo—. ¡¿QUÉ MÁS CREEN QUE DEBERÍA PONERME EN EL CUERPO?! ¡OYE, NIÑO! ¡TE VEO ENTUSIASMADO! ¡DIME TÚ!

Dominic señaló a uno de los pequeños de la primera fila, el mismo que antes había tenido miedo.

—¿Y… yo? —preguntó el niño, parpadeando.

—Sí, tú mismo. Adelante.

El pequeño pensó por un momento, buscando algo que no pareciera tan peligroso.

—Una cubeta con agua.

La pista se quedó en silencio un par de segundos. Dominic parpadeó, procesando la inocente petición, y luego soltó una carcajada limpia y sonora que contagió a parte del público.

—Jajajajaja. Niño, no entendiste bien el concepto. Pero está bien, vamos a usar agua —Dominic hizo una pausa dramática, bajando el tono de voz para que resonara en toda la carpa—. ¡Pero agua HIRVIENDO!

El murmullo de emoción se transformó en un escalofrío colectivo. Los espectadores se inclinaron hacia adelante, quedando al borde de sus asientos. Dos ayudantes del circo arrastraron una pesada cubeta de hierro al centro de la pista; el agua en su interior burbujeaba furiosa, desprendiendo densas columnas de vapor humeante que nublaban la vista.

—¿Listos? —preguntó Dominic, colocándose al lado del recipiente.

Nadie respiraba.

—¡Uno!

El calor del vapor ya le pintaba la piel del pecho de un tono rojizo.

—¡Dos!

—¡Tres!

Con un movimiento certero, Dominic levantó la cubeta y se vació el agua hirviendo directamente sobre la cabeza y el cuerpo. Al instante, cayó al suelo de la pista, retorciéndose violentamente en el suelo mojado, sacudiéndose como si estuviera experimentando las quemaduras más atroces y agonizantes de la historia.

El pánico se apoderó de la carpa como una bestia salvaje.

—¡Alguien ayúdelo! —chilló una señora, tapándose los ojos.

—¡Llamen a un médico! ¡Se está matando! —gritó un hombre, levantándose de su asiento.

—¡Mamá! —lloró el niño.

Varias personas se pusieron de pie, dispuestas a saltar a la pista para detener la tragedia. Pero entonces, de un solo impacto contra las tablas, Dominic se puso de pie de un salto, completamente ileso, con el agua escurriendo por su ropa y la misma sonrisa radiante de siempre.

—¡TARAAAAAN! —exclamó, abriendo los brazos.

El circo entero se quedó petrificado, congelado en una transición abrupta entre el terror y la incredulidad.

—Jajajajaja. ¡Todos creyeron que me iba a morir! ¿Verdad que fue divertido? —preguntó Dominic, limpiándose la cara con la mano.

Tras unos eternos segundos de confusión, la tensión se rompió. Alguien comenzó a reír en el fondo, y pronto una ola de aplausos y ovaciones estalló en las gradas. El público adoraba el peligro, adoraba creer que era solo un truco de magia extremadamente bien ensayado.

El show continuó su curso ascendente. Dominic caminó hacia el soporte de armas y levantó una espada larga y brillante, cuya hoja reflejaba la luz de las antorchas.

—Y ahora… ¿qué tal si les muestro que puedo cortarme una mano y hacer que vuelva a crecer?

Los niños abrieron los ojos como platos; algunos, aterrorizados, se cubrieron el rostro con las manos, dejando apenas un espacio entre los dedos para mirar. Dominic alzó el arma con ambas manos, concentrando la atención de todos. La espada descendió a una velocidad brutal, cortando el aire con un silbido limpio.

—¡FIUM!

El golpe fue seco. Por la posición del cuerpo de Dominic, pareció que la hoja había cercenado su extremidad por completo. Los gritos de horror no se hicieron esperar.

—¡AAAAAH! —chilló una mujer en las primeras filas.

Sin embargo, un par de segundos después, Dominic extendió ambos brazos hacia el frente, mostrando sus dos manos intactas, moviendo los dedos con picardía. Era un truco de perspectiva clásica de circo, una ilusión perfecta.

Los suspiros de alivio recorrieron las gradas, seguidos de una ovación aún más ruidosa. Todos aplaudían, todos celebraban el ingenio del truco. Todos, excepto una persona.

En una de las filas intermedias, una anciana de cabellos blancos y rostro surcado por profundas arrugas se puso de pie de golpe. Sus ojos fijos en Dominic no reflejaban diversión, sino un terror primitivo, sagrado y absoluto.

—¡AAAAAAAH! —su grito rasgó el júbilo de la carpa, helando la sangre de los presentes.

Dominic bajó la espada, parpadeando confundido ante la reacción de la mujer.

—¿Señora? —preguntó con suavidad.

La anciana extendió un brazo tembloroso, apuntando al muchacho con un dedo incriminatorio. El miedo la hacía temblar como una hoja en la tormenta.

—¡ESO ES MAGIA! ¡BRUJERÍA!

Un murmullo pesado y cargado de sospecha comenzó a gestarse entre los adultos del público. La palabra "magia" en la Isla Albert no era un juego; era sinónimo de maldición, persecución y muerte.

—¡LO QUE HICISTE NO ES NORMAL! —continuó gritando la mujer, con la voz rota por el desespero—. ¡ESO SOLO PODÍA HACERLO EL DIOS VIDA!

Los murmullos se convirtieron en un clamor de nerviosismo. La gente comenzó a mirarse entre sí, buscando las salidas de la carpa. Si los caballeros del Rey se enteraban de que había magia real en ese lugar, pagarían justos por pecadores.

—¡ES MAGIA! ¡SOCORRO! ¡NOS VAN A MATAR A TODOS!

El ambiente festivo se extinguió por completo. El pánico colectivo amenazaba con desatar una estampida.

Viendo que su negocio y su cabeza corrían peligro, el Jefe reaccionó rápido. Bajó de la plataforma y caminó lentamente hacia la anciana. Su rostro forzó una expresión de supuesta preocupación y benevolencia, pero sus ojos brillaban con una frialdad asesina.

—Señora… —dijo el Jefe, aclarándose la garganta con suavidad fingida—. ¿Podría acompañarme un momento? Le explicaré detalladamente cómo funciona el truco detrás del escenario para que se quede tranquila.

La anciana tragó saliva, mirando a su alrededor. Nadie la defendió; el miedo colectivizado los mantenía estáticos. Con las piernas temblando, la mujer terminó asintiendo y siguió los pasos pesados del Jefe. Ambos cruzaron la carpa y desaparecieron detrás de la gran lona trasera.

Antes de perderse en las sombras, el Jefe se giró hacia la pista y ordenó con voz cortante:

—¡DOMINIC! ¡SIGUE CON EL ESPECTÁCULO!

—S-Sí, jefe —respondió el muchacho, tragando grueso y tratando de recuperar la atención de un público que ya no sonreía con la misma confianza.

Mientras tanto, la penumbra de la parte trasera del circo se tragó a los dos sospechosos. Era una zona muerta, un callejón oscuro rodeado de cajas de madera viejas, carretas rotas y la estructura de las gradas vacías. No había luces reflectoras aquí, no había aplausos. Solo el silencio denso de la noche de Solars.

El Jefe se detuvo en seco y se volvió lentamente hacia la anciana, ocultando sus manos detrás de la espalda.

—Dígame, señora. ¿Todavía duda de mi truco?

—Yo sé lo que vi —replicó la anciana, plantando cara a pesar del miedo—. Eso era magia.

—Por favor, baje la voz —advirtió el Jefe, sus facciones endureciéndose en la oscuridad.

—No.

La mujer dio un paso adelante, impulsada por una devoción ciega a las viejas leyes de la isla.

—He pasado toda mi vida callándome cosas. No voy a hacerlo ahora. El Rey debe saberlo.

El Jefe cerró los ojos durante un instante, asimilando las palabras. Su mente, retorcida por la codicia y el pánico a perder el control de su circo, calculó las consecuencias en un parpadeo. Si esa vieja chismosa traía a las autoridades o armaba un escándalo, su mina de oro se acabaría para siempre

—Señora… es un truco de magia. Nada más —repitió, abriendo los ojos, que ahora lucían completamente vacíos.

—No te creo.

El silencio que siguió se volvió espeso, casi sólido.

—¿Entonces no va a cambiar de opinión? —preguntó el Jefe con un hilo de voz.

—No.

El Jefe bajó la cabeza, soltando un suspiro que sonó más a resignación que a furia.

—Ya veo.

Un escalofrío repentino recorrió la espina dorsal de la anciana. La atmósfera se había vuelto mortalmente peligrosa. Dio un paso atrás, buscando la salida con la mirada.

—¿Qué va a hacer?

El Jefe levantó lentamente la mirada, mostrando una expresión desprovista de cualquier rastro de piedad.

—Lo que nunca debí hacer.

El reflejo del acero cortó la penumbra. Una daga apareció en la mano del Jefe, moviéndose con una velocidad sanguinaria que delataba un pasado mucho más violento de lo que su apariencia gorda sugería.

—Espera… —alcanzó a murmurar la mujer.

—Lo siento.

El sonido del metal silbó en la oscuridad, seguido de un golpe sordo. El cuerpo de la anciana colapsó contra el suelo cubierto de aserrín y mugre, quedando completamente inmóvil.

Durante varios segundos, el Jefe permaneció estático, con la daga goteando en su mano derecha, observando el cadáver a sus pies. El silencio de la noche pareció cerrarse sobre él. De repente, el peso de lo que acababa de hacer golpeó su mente corrupta. Su respiración comenzó a acelerarse, volviéndose errática y desesperada.

—¿Qué… qué hice? —susurró, retrocediendo un paso, con los ojos desorbitados. El pánico, el verdadero pánico de verse descubierto, comenzó a suplantar su frialdad—. No… esto no debía terminar así.

Se llevó ambas manos a la cabeza, sueltando la daga ensangrentada, que cayó con un eco metálico.

—¡Maldición! ¡Maldición!

Miró el cuerpo de la anciana una última vez. Su mente criminal comenzó a trabajar a mil revoluciones por minuto. No podía dejar que esto arruinara su estatus . Tenía que encontrar un culpable, alguien prescindible, alguien que apestara a esclavo.

Apretó los dientes, recuperando la compostura a la fuerza, y recogió el arma.

—Tengo que arreglar esto… y tengo que hacerlo rápido —murmuró con una sonrisa macabra naciendo en sus labios pálidos.

Limpió el acero en su traje, acomodó su chaqueta ensangrentada en la oscuridad y volvió a caminar hacia la luz de la pista principal, como si nada hubiera pasado….

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