Lo que el Metropolitano se llevó

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Sinopsis

Cuando Hugo descubre que su ex se casará con otro hombre, decide impedir la boda como sea. Sin embargo, la aparición de una nueva vecina pone en peligro todo su plan al ofrecerle algo que nunca esperó encontrar: una razón para dejar ir el pasado.

Genero:
Romance
Autor/a:
Jean
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Parte 1

Una mujer contesta el teléfono y se escucha de fondo a un niño llorar. —Ya, ya… deja de llorar— le dice la mujer. —¿Dónde me decías que iba a estar?—, mientras suena una sonaja. —Mira… mira… el juguetito—, dice ella a su bebé.

—Por Miraflores, en un bar karaoke, saliendo de su trabajo. Te envío el detalle de la dirección y el nombre del sitio por inbox— le digo mientras le reenvío la dirección que me pasó el detective.

—Ve enviándome el pasaje de ida— me dice.

—¿Cuánto sería?— le pregunto.

—El mío y el de las cuatro chicas sería algo de cien soles— me dice.

—Son bonitas, tus amigas, ¿no?

—Ay… no jodas… ya te envié foto de las cuatro; el tipo va a tener para escoger.

—Te voy enviando lo del pasaje; luego te envío la primera parte del pago cuando llegues, la otra parte cuando se vayan y, en caso una chica lo logre, le envío su adicional cuando me mande las pruebas.

—Sí… sí…— dice la mujer mientras sesea para calmar a su bebé.

—¿Te llegó el monto?— le pregunto.

—Déjame chequear— se toma un momento y me responde—. Sí, ya llegó…

—Me tomas foto cuando salgan tú y las chicas— le digo.

—Está bien—

—Chau…— y ambos colgamos.

Entonces suspiro y pienso en cuánto dinero he gastado hasta este momento: casi dos mil soles en mujeres y tres mil en el detective.

Necesito que Álvaro, un sujeto que no conozco, caiga seducido por alguna mujer en cualquiera de los fines de semana que vienen, lo antes posible. Necesito desesperadamente que Álvaro caiga en los brazos de alguna mujer, porque, de lo contrario, Álvaro se casará con la mujer a la que amo.

Usualmente pienso en el muelle de Cerro Azul y en su vista desde ahí, en las banquitas donde nos sentamos y ella me dijo: “Prométeme que nunca te olvidarás de mí”, y yo le prometí que nunca lo haría; y así fue.

Entonces, me dirijo hacia el Metropolitano, bajo a la estación y, desde dentro, veo, pegado en un puente, el cartel que dice “Negrita, no te cases”, que yo mismo colgué, pegado estratégicamente en esa parte para que todos los buses que viajen hacia el centro lo vean, porque sabía que ella lo leería y entendería que era para ella, porque no ha habido nadie más que la llame así.

Suspiro y me quedo viendo el cartel, notando lo patético que es todo esto, lo inútil que es, el sinsentido de pensar en algún plan para evitar que una mujer que no me ama se case con otro hombre al que probablemente sí ama, porque, de otro modo, no hubiera aceptado casarse con él.

Esto está mal y me hace totalmente horrible; sin embargo, no puedo evitar pensar que es necesario que haga algo: es totalmente irracional. Entonces, el bus que me recoge llega y me subo ahí, entro apretado y me acomodo poniendo mi maleta entre las piernas, colgándome de una mano y tambaleándome, pero sin caerme, porque el bus está tan lleno de gente que simplemente no hay espacio adonde caer; entonces, el peso de mi cuerpo reposa entre la multitud que me aplasta.

No dejo de pensar en por qué amo a Roxana si, de todas las mujeres con las que he estado, es la que me hace sentir tan patético; pero, a diferencia de todas con las que estuve antes y después de ella, por lo menos me hace sentir algo.

Hace tres meses, estaba hablando con un amigo en común, normalmente evito tocar el tema de Roxana para que no sepan que la extraño, y me lo dijo así no más, como quien suelta un dato curioso sin mucha importancia.

—Y mi gato estaba arañando mis cosas…— me contaba— y se estaba comiendo mis tarjetas, se comió la tarjeta de Roxana— la mencionó sin querer—, que se va a casar. ¡Qué loco, ¿no?!— me dice como si nada—. Y se comió la tarjeta del proveedor de equipos de impresión; ahora no tengo su número. ¿Me lo puedes pasar?— me dijo.

Quedé en shock por un par de segundos y le dije: —Sí… claro, déjame que lo busco— e hice tiempo tratando de procesar lo que acababa de decir—. Oye… se me presentó un imprevisto, te lo paso en un rato, tengo que colgar— le dije, y colgué.

Todavía me pregunto por qué me tuvo que decir eso, si estábamos hablando de un tema totalmente diferente; si siempre evito hablar de ella, este sujeto solo vino, me habló después de muchos años y me destruyó emocionalmente sin querer.

Entonces, el bus entra en la curva que da al paradero de la estación central del metropolitano, la curva es tan pronunciada que arroja mi cuerpo a un lado y apenas sostengo mi peso con un solo brazo mientras trato de que mi mochila no se salga de entre mis piernas.

Y frena, abre las puertas, espero que la gente baje primero mientras me acomodo el cabello, salgo del bus.

Aquella pregunta siempre rondaba mi mente: ¿Por qué te vas a casar, Roxana? ¿Por qué?

¿Cómo que ya no se va a casar conmigo si yo siempre pensé que en algún momento regresaríamos y nos terminaríamos casando?

Nunca me importó que todas mis relaciones después de Roxana fracasaran porque vivía con la esperanza de que, al final, después de todo, regresaríamos y nos terminaríamos casando, pero eso ya no va a pasar.

Después de un par de semanas, contraté a un detective privado. Se me ocurrió un plan: hacer que Álvaro, el prometido de Roxana, fracasara manteniendo sus votos.

El detective lo investigó a fondo. Descubrió que Álvaro nunca engañó a Roxana, que él es un sujeto agradable, muy sociable, con muchos amigos. Él, de treinta y uno, y ella, de veinticinco, se conocieron el año pasado porque trabajaron en la misma empresa. Finalmente, acabado el año, Álvaro se movió a otra empresa, pero eso no importó porque ellos ya tenían una relación y, finalmente, él le propuso matrimonio este año.

—Le propuso matrimonio a los seis meses de relación— dijo el detective mientras encendía un cigarro—. ¿Quién se casa a los seis meses? ¿Quién decide casarse tan rápido?— pregunta él.

—Alguien muy enamorado— respondo, sabiendo que casi con el mismo tiempo de relación yo le dije a Roxana que me quería casar con ella; que no se lo pedía en ese momento porque apenas estaba a media carrera, que cuando los dos egresáramos y tuviéramos trabajo nos casaríamos. Ella sonrió; nunca me dijo qué opinaba, solo me besó y me dijo que me amaba.

—Sí… y ella también, porque lo aceptó sin dudar— me dijo el detective, notándome afligido—. No— dice, sacándose el cigarro y poniéndolo sobre el cenicero de su escritorio—. No… pero es que estas son huevadas, caprichos de jóvenes; uno, para casarse, tiene que conocer bien a su pareja. Seis meses de noviazgo son cualquier huevada— me dice—. ¿Tú hace cuánto la conoces?— me dice.

—Ya diez años— le respondo mientras veo cómo revolotea el humo y recuerdo que pensaba que, ni bien regresáramos, tal vez al mes, pedirle que se casara conmigo.

—Eso sí es un buen tiempo… Mira, lo que yo te puedo decir es que lo que se hace de prisa, se hace mal. De experiencia te digo, mírame…— dice levantando los brazos.

Lo veo con su camisa celeste, con el cuello percudido y ese bigote de brocha.

—Ya tengo casi cincuenta años y yo sé de estas cosas— agarra el cigarro y se lo vuelve a poner en la boca—. Este patita ni lo ha pensado bien; ese matrimonio muere al toque. Ni la conoce bien él ni ella a él—

El detective me ayudó a afinar el plan. Me detalló los calendarios de cumpleaños de los compañeros de oficina de Álvaro; normalmente se iban en grupo a un karaoke o bar a la salida cuando era el cumpleaños de alguien. Entonces, planeamos llevar a un grupo de chicas que el detective conocía para que seduzcan a Álvaro, para que hagan como que se conocieron casualmente y decir que simplemente pasó; luego, la chica que logre seducir a Álvaro guardará pruebas que el detective enviará a Roxana, y ese sería el fin de su propuesta de matrimonio.

—Un plan redondo— dijo el detective.

—Sí— dije yo.

—¿Y luego qué?— me preguntó.

—No sé…— le dije.

—¿Cómo piensas recuperar a la chica?—

-No lo sé.

Es que realmente nunca pensé en qué pasaría cuando el plan se efectuara; ni siquiera tenía un plan para recuperar a Roxana cuando cancelara su matrimonio. Aun hasta ahora, no tengo ni idea de qué hacer en caso el plan funcione.

Realmente nunca tuve un plan concreto para recuperar a Roxana, porque siento que todos los planes dependen de mi seguridad para con ella, de acercarme de un modo en que le vuelva a parecer interesante, gracioso, guapo o lo que sea. Pero, eso no va a pasar, porque para Roxana soy un insecto patético que se arrastra por el suelo miserablemente, un pedazo de basura diminuto que recuerda vagamente, pero que cuando recuerda, solo recuerda que este insecto patético la ama.

Desde que perdí a Roxana, yo sé que nunca me volvió a ver igual, porque pareciera que, cuando pierdes a una mujer, la pierdes para siempre. Porque cada vez que volvíamos a hablar era cuando ella terminaba con alguno de sus novios, y yo sé que ella me hablaba porque sabía que yo me moría por ella y contestaría siempre, porque siempre estaría con ella. Y ella, yo sé que sabe que la amo, pero no me ve como alguien digno de amor.

Lo supe cuando terminé con ella y descubrí que se burlaba de mí con sus amigas.

A veces me pregunto cómo alguien que en algún momento me amó y con quien viví tantas cosas tan intensas podría luego burlarse tan cruelmente de la persona a la que amó. Pero eso es algo en lo que trato de no pensar mucho.

Mi “plan”, si así se le puede llamar, era que finalmente después de tantos años y tantas relaciones fallidas, Roxana solamente regrese conmigo.

Entonces salgo de la estación central, subo al centro comercial que se encuentra sobre la estación y me voy a la avenida a buscar un taxi.

Tomo el primer taxi que encuentro y me dirijo hacia casa.

Llevaba tres meses contactando mujeres que el detective me había presentado: chicas guapas con amigas igual de guapas, chicas a las que les asignaba la misión. Tuvimos como siete misiones entre cumpleaños de compañeros y celebraciones de cierre de proyecto en las que enviamos a las chicas, pero ninguna funcionó.

Tal vez Álvaro era el hombre más fiel del mundo.

Llegué a la recepción del departamento. En la entrada, una mujer con muchas bolsas pesadas entra a la recepción. La ayudo a pasar sus bolsas; noto que son bolsas acolchadas, tal vez llenas de ropa o frazadas.

—Gracias— me dice, dejando una de sus bolsas en el piso y enderezándose.

Entonces la miro de frente y noto que es exorbitantemente hermosa.

Y pongo la cara que siempre pongo cuando veo a una mujer que me resulta hermosa, esa cara que uno tiene cuando se pierde mirando a un punto fijo y pareciera que el cerebro se le desconectó del cuerpo.

“No es para mí”, me susurro a mí mismo, como tratando de aterrizar. Normalmente digo eso cuando alguien me gusta, porque pensar que algo no es para ti es la mejor manera de tocar tierra.

Entonces sale Juan, el encargado de la recepción, desde su oficina con un manojo de llaves y se las entrega a la mujer. —Señorita Lucero, estas son sus llaves; me las dejó encargadas el señor García—

—Hola, Juan— le digo al chico de la recepción y él me saluda de vuelta.

—Somos vecinos— me dice la chica.

—Mucho gusto— le digo nervioso—. Me llamo Hugo—, estirando la mano.

—Lucero— dice ella estrechando mi mano -mucho gusto-

—¿A qué piso va?— le pregunto formalmente.

—Al veinte— me dice ella.

—Yo también— le digo. Entonces miro sus bolsas y le digo—: Déjame ayudarte a subir esas cosas, me queda de paso—

Lucero se ríe. —Sí, por favor— dice—. Qué caballero—

Subimos las cosas y, dentro del ascensor, me pregunta: —¿En qué departamento vives, Hugo?

—En el 2006—.

—Yo viviré en el 2005— me dice.

—Ya veo— le digo.

—¿No eres ruidoso, no?— me pregunta.

—No… ¿y tú?

—Solo los domingos— me dice ella.

—¿Por qué los domingos? —

—Porque una casa sin ruido los domingos, no es casa— me dice riendo.

—Así era la casa de mis padres— le digo.

—La de mis padres también, por eso quiero mantener la tradición— y se ríe.

—¿Hace cuánto que no vives con tus padres?— le pregunto.

—Deja de hablarme como señora ¿Cuántos años tienes? —

—Veintisiete—

—Yo también tengo veintisiete— me choca el codo con su brazo—. No me trates de usted—

—Es que me puse nervioso—

—¿Así que te pongo nervioso?— me dice riéndose.

—No… un poco—

Deja su bolsa en el piso, se gira y me mira; me toca el cabello y me lo acomoda. —Me di cuenta de que te pusiste nervioso—

Entonces me giro hacia ella. —¿Se notaba?—

—Me pregunté por qué un hombre guapo y caballeroso se pondría nervioso—

Me sonrojé. —Es parte de mi encanto—

—Ah… eres un atrevido… te haces el tímido para seducir mujeres— me dice y se ríe.

Ambos nos reímos.

—Y yo casi caigo— me dice.

El ascensor se detiene y llegamos al piso veinte.

Metemos las cosas de Lucero en su departamento y me cuenta que es la primera vez que vive sola, que se acaba de mudar de la casa de sus padres. Yo también le cuento que es mi primera vez viviendo solo, que me mudé hace un año.

—Es bueno hacer amigos— me dice mientras saca de sus bolsas una cafetera junto con un paquete de café—. ¿Cafecito?— me pregunta.

—Claro, ¿cómo no?— le digo.

Entonces ella se pone a preparar el café. —Hubiera quedado más gracioso si te ofrecía el café a la entrada, como “¿Quiere pasar usted a tomar una tacita de café?”— dice Lucero.

—¿No sería mucha molestia? — le respondo y ella se ríe.

Nos tomamos el café, mientras nos hablamos con chistes inexplicablemente graciosos y noto que ya nos hemos quedado casi dos horas hablando.

—¿No querrás quedarte a ver televisión?— me pregunta.

—¿Qué hay en la tele?— le digo.

—¿A esta hora? Creo que la novela del cuatro— me dice.

—¿Esa que es muy mala?—

—A mí me gusta…— dice en un tono infantil.

-Me encantaría- le digo.

—Pero… mis padres me dijeron que no debía meter hombres desconocidos en el departamento—

—Mucho gusto… me llamo Hugo— le digo, estirando la mano.

Lucero se ríe. —Eres un tonto— me dice—. Ya se hace tarde, no quiero romper la regla de mis padres el primer día—

—Está bien— le digo sonriendo mientras me dirijo hacia la puerta.

—Espera— me dice ella mientras rebusca entre sus cosas y saca un keke llamado “bimbolete”—; toma, para el lonchecito—

Recibo el keke. —Gracias, Lucero, eres muy amable— le digo—. La próxima vez te traeré algo—

—Sí… vuelve a tomarte un café conmigo, pero traes…— se queda pensando.

—¿Un kekito?— le pregunto.

—¿Un pancito con queso?— me pregunta.

—Mejor un pancito con queso— le digo sonriendo mientras salgo de su departamento.

—Espera— me dice acercándose a mí, poniéndose de puntas, colgándose de mi cuello y dándome un beso en los labios—. Ahora sí—

—Ahora sí— le digo recogiéndola en mis brazos.

—Ya… anda…— me dice.

—Sí… sí… ya me voy— le respondo, soltándola.

Y veo cómo no cierra su puerta y me ve entrar a mi departamento hasta que le digo adiós.

Al cerrar la puerta suspiro casi extasiado, “¿Qué acaba de pasar?” me pregunto. Y entro feliz para sentarme en el sofá y, de repente, otra vez ese olor a desgracia, a vergüenza que me recuerda que no merezco nada, que yo estoy manchado indignamente por la vida. Y me preguntó si Lucero habrá podido oler eso, si tal vez, por amabilidad no me dijo nada.

Me dirijo al baño para olerme los dedos y siento que ese olor esta impregnado en mis manos. Me las lavo, me las lavo, me las lavo… desesperadamente, con asco, con miedo, con vergüenza. Miro al espejo y veo mi rostro manchado, desencajado. Me huelo la ropa y percibo que esta se ha impregnado con ese olor nauseabundo. Entonces me agito y me hiperventilo, pero es peor, porque siento que el olor emana de mi aliento, porque en realidad, el olor sale desde el fondo de mi ser.

Me meto a la ducha y me baño con asco, me lavo los dientes, me bebo el enjuague bucal y el olor simplemente no se va.

Regreso a casa y antes de recordar porque siempre huelo asi, miro el celular y encuentro un mensaje que dice “Ya cayó”, de la mujer con la que hablé en la tarde antes de entrar al Metropolitano.

“Ya cayó” me dice y luego “Estoy yendo a un hotel con él, se fue al baño”.

Aquella noche Alvaro le fue infiel a Roxana y no sé por qué siento que yo también lo fui.

¡Cuéntale a Jean lo que piensas sobre este capítulo!
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