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El Parque de la Locura

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Sinopsis

Un grupo de personas llega a un parque de diversiones tras seguir señales, rumores y sucesos extraños que apuntan a ese lugar como el origen de todo. Con la intención de encontrar respuestas, deciden entrar sin imaginar lo que realmente les espera. Pero el parque no funciona como un lugar normal. Apenas cruzan la entrada, todo deja de ser una simple investigación… y se convierte en algo mucho más peligroso y calculado. Lo que parecía una búsqueda de respuestas termina siendo el inicio de una trampa diseñada para ellos. Y salir no será tan fácil como entrar.

Genero:
Thriller
Autor/a:
Rowel
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

CAPÍTULO 1: Después de clases

El aire frío de la noche oscura, arañaba sus pulmones mientras intentaba respirar, corría con desesperación mientras sus zapatos chocaban sobre la madera húmeda y frágil, los charcos salpicaban con cada paso. Su respiración era pesada, desesperada y con miedo.

Su respiración agitaba era contraste con la música alegre y frenética que sonaba constantemente, una música infantil, totalmente alejada de la situación.

No se atrevía a mirar atrás. El simple pensamiento de girar la cabeza era suficiente para hacer que un escalofrío recorriera su espalda. Sus piernas ardían por el esfuerzo, pero no podía detenerse. No quería detenerse.

No prestaba atención siquiera a su propio camino, solo pensaba en correr, en salir de ahí lo antes posible.

Mientras más se acercaba a la salida, parecía estar más lejos de salir, las atracciones cambiaban de sitio mientras corría, un gran reloj marcaba la misma hora.

11:59

Siempre 11:59.

No importaba cuánto corriera. No importaba cuántas veces atravesara la plaza central. Las agujas nunca avanzaban.

El tiempo parecía detenido.

Congelado.

A ambos lados del camino, las luces de las atracciones continuaban encendidas. Brillaban con colores vivos que se reflejaban en los charcos del suelo, creando destellos rojos, amarillos y azules sobre la madera mojada. A la distancia, la rueda de la fortuna giraba lentamente, iluminando por momentos las nubes oscuras que cubrían el cielo.

Todo parecía normal.

Y eso era precisamente lo que lo aterraba.

Un parque de diversiones debía estar lleno de risas, conversaciones y niños corriendo de un lado a otro. Sin embargo, allí no había nadie.

Solo el sonido de sus pasos.

Solo el ruido de su respiración.

Solo aquella música que nunca se detenía.

Tropezaba constantemente con postes y bancas que aparecían de repente, pero no le daba importancia.

Cada vez que caía se levantaba lo más rápido posible, tenía miedo de que eso lo atrapara.

Entraba en pánico cada vez más, su respiración forzada aumentaba, los latidos de su corazón sonaban como una batería.

BUM

BUM

BUM

Intentaba ignorar el dolor de sus piernas. Cada músculo de su cuerpo parecía arder. Sus rodillas temblaban con cada paso y una punzada constante atravesaba sus tobillos cada vez que golpeaban la madera húmeda del camino.

Pero no podía detenerse.

No debía detenerse.

El aire se sentía cada vez más frío. Cada inhalación era como tragar agujas. Su pecho subía y bajaba de forma desesperada, incapaz de encontrar suficiente oxígeno para mantener el ritmo que exigía su cuerpo.

Corrió.

Y siguió corriendo.

Las luces del parque pasaban a su lado convertidas en manchas de colores. Rojos. Azules. Amarillos. Destellos fugaces que aparecían y desaparecían en la oscuridad.

BUM

BUM

BUM

Sus latidos retumbaban en su cabeza con fuerza, apenas escuchaba la música, apenas escuchaba sus propios pasos, apenas escuchaba su respiración forzada, apenas escuchaba sus pensamientos.

Y había algo que lo aterraba más.

Más que las atracciones cambiando de lugar

Más que la imposibilidad de salir.

La sensación.

Esa sensación constante que lo aterraba y recorría todo su cuerpo.

Lo observaban.

Sentía una mirada fría y constante en su espalda.

Como algo lo seguía sin detenerse.

Sin cansarse.

Lento y a la vez rápido.

En un momento, sus piernas no soportaron más el esfuerzo, una descarga recorrió todo su cuerpo hasta su cerebro, el dolor, el dolor de sentir como los músculos de sus piernas se desgarraron lo hizo caer.

Su rostro asustado cayo en la madera fría y mojada.

El miedo en su cara solo fue aumentando.

Se intento arrastrar.

Pero el miedo hacia temblar sus brazos con tanta intensidad que no tenía la fuerza suficiente para moverse.

Solo le quedaba subir la mirada.

Frente a él, una figura humana estaba de pie, vestido de negro, un rostro imposible de ver.

Días antes-viernes 16 de octubre de 1987

El sonido de la campana retumbaba por los pasillos de la escuela, provocando el mismo efecto de cada día de la semana, decenas de estudiantes comenzaron a abandonar sus aulas. Conversaciones, risas y el ruido de mochilas cerrándose llenaron los pasillos en cuestión de segundos.

Adrián salió del salón con la mochila colgada de un solo hombro. Caminaba sin prisa, dejando que la multitud avanzara delante de él. No tenía ningún motivo para correr. De todas formas, terminaría llegando al mismo lugar que todos los demás.

Mientras descendía las escaleras, observó a varios estudiantes reunidos junto a la salida principal. Algunos hablaban sobre exámenes, otros discutían sobre deportes y unos cuantos simplemente buscaban cualquier excusa para no irse todavía.

Una voz conocida lo sacó de sus pensamientos.

—¡Adrián!

Antes de que pudiera reaccionar, una mano toca su hombro.

—¿Tu siempre caminas así de lento?

Adrián giro la cabeza.

Mateo sonreía como si acabara de contar el mejor chiste del mundo.

—Hola Mateo

—Eso no responde mi pregunta —dice Mateo

—Porque es una pregunta estúpida —le contesta Adrián

—Entonces es sí

—Y tú hablas demasiado

—Gracias

—No fue un cumplido

—Lo sé

Mateo sonrió aún más

Adrián estaba convencido que Mateo podría hacer un chiste hasta en el fin del mundo.

Ambos continuaron avanzando por el pasillo junto al resto de estudiantes.

Al salir del edificio principal, una ráfaga de aire fresco los recibió.

—Por fin libres —declaró Mateo, levantando los brazos dramáticamente.

—Fueron siete horas de clases, no una condena de prisión.

—Habla por ti.

Mateo siguió caminando hasta detenerse de repente.

—Mira eso.

Adrián siguió su mirada.

Junto a unas máquinas expendedoras, Gabriel golpeaba el costado de una de ellas con evidente frustración.

—Te está ganando una máquina —gritó Mateo.

—Cállate —respondió Gabriel sin apartar la vista.

—La máquina no parece preocupada.

—Mateo.

—¿Sí?

—Cállate. —le dijo Gabriel

Adrián ocultó una sonrisa.

A pocos metros de allí, Valeria descendía las escaleras de la oficina administrativa con varias hojas sujetas contra el pecho. Caminaba con paso firme mientras revisaba algo escrito en ellas.

—¿Qué pasó ahora? —preguntó Gabriel al verla acercarse.

—Nada importante —respondió Valeria.

—Eso significa que pasó algo importante —dijo Mateo.

—Saqué un punto menos de lo que esperaba en matemáticas.

—Ahí está.

—Y ya hablé con el profesor. —dice Valeria

—Ahí está otra vez. —contesta Mateo

Valeria le lanzó una mirada que habría bastado para silenciar a cualquiera.

A cualquiera excepto a Mateo.

Mientras Mateo seguía hablando y hablando sin parar, Adrián noto algo.

A unos cuantos metros del grupo, Nicolás estaba sentado en una banca con un libro, completamente aislado del sonido de los estudiantes y sin darse cuenta de que el grupo ya estaba reunido.

—¿Ese no es Nicolás? —Pregunta Gabriel al grupo.

—Sí es el —contesta Valeria sin darle mucha importancia.

Mateo entrecerró los ojos.

—Parece que vive en otro planeta.

Adrián se quedó callado.

Nicolás paso una página del libro sin levantar la vista ni siquiera cuando el grupo se acercó.

—Holaaa tierra llamando a Nicolás —dijo Mateo con un tono humorístico mientras movía la mano frente al rostro de Nicolás.

—Oh! Hola chicos, ¿qué tal están? —dijo Nicolás

—Esperando a que reaccionaras —dice Valeria

—Tengo hambre —dijo Gabriel de forma inesperada —¿Qué tal si vamos a la cafetería?

—Gabriel, te acabas de comer unas papas —le dice Valeria

—¿Y? —le contesta Gabriel sin preocuparse

Adrián oculta una pequeña sonrisa antes de despedirse del grupo.

El sol del atardecer iluminaba el rostro de Adrián mientras caminaba por la acera en dirección a su casa. Su cabello era oscuro, casi negro azabache. Sus ojos claros reflejaban los colores del atardecer mientras la luz del sol se posaba sobre su rostro.

El cielo estaba teñido de colores vibrantes. Un suave degradado de rojo, naranja y amarillo se extendía sobre el horizonte, bañando las calles con una luz cálida que anunciaba el final del día.

Las personas pasaban a su lado hablando sobre sus propios asuntos. Algunas regresaban del trabajo, otras cargaban bolsas de compras y unos cuantos estudiantes caminaban de regreso a casa después de una larga semana de clases.

Los niños recorrían las calles en sus bicicletas, riendo y compitiendo entre ellos sin preocuparse por nada más.

El sonido de los zapatos de Adrián golpeando el cemento se mezclaba con el murmullo lejano de la ciudad.

A ambos lados de la calle, los árboles de otoño comenzaban a desprender sus hojas. Tonos naranjas, amarillos y marrones descendían lentamente hasta cubrir el césped, ocultando poco a poco el verde que aún resistía bajo ellas.

Adrián observó a un grupo de niños pasar en bicicleta por la calle. Reían a carcajadas mientras competían por llegar primero a la esquina.

Los siguió con la mirada hasta que desaparecieron al final de la avenida.

Siempre le había parecido curioso lo fácil que era para algunas personas lanzarse a hacer cosas sin pensarlo demasiado.

Gabriel era así.

Mateo también.

Incluso Valeria, a su manera.

Tomaban decisiones, cometían errores y seguían adelante.

Adrián, en cambio, solía quedarse observando.

Pensando.

Esperando.

A veces demasiado.

Mientras caminaba hacia su casa, se perdió en sus pensamientos.

Pensó en las tareas que aún tenía que entregar, en qué haría al llegar a casa y en cómo había transcurrido el día. Sus pensamientos saltaron de un tema a otro sin ningún orden en particular.

Pensó en sus amigos.

Pensó en los días que se acercaban.

Y, por un instante, pensó en qué habría pasado si hubiera actuado.

Caminó un par de minutos más hasta llegar a su casa.

Era un hogar de dos pisos con un pequeño patio delantero. El césped apenas podía verse bajo la capa de hojas naranjas y marrones que se habían acumulado durante los últimos días.

Tendría que recogerlas tarde o temprano.

En medio del patio, su hermano pequeño jugaba con un carrito de juguete, completamente concentrado en su propia aventura.

Entonces lo vio.

Los ojos del niño se iluminaron al instante.

Se puso de pie y corrió hacia él tan rápido como sus pequeñas piernas le permitían.

—¡Hermano! —gritó Georgie con alegría.

Adrián apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que el niño saltara a sus brazos.

—Hola. ¿Cómo estás, pequeño?

Georgie frunció el ceño inmediatamente.

—Yo no soy pequeño.

Adrián soltó una pequeña risa.

—¿Ah no?

—No.

—Tienes razón. Ya eres enorme. Un gigante.

Georgie asintió con total seriedad.

—Sip.

—¿Mamá está en casa? —preguntó Adrián mientras dejaba a Georgie en el suelo.

El niño negó con la cabeza.

—Todavía no llega.

Adrián suspiró.

No era una sorpresa.

Últimamente parecía pasar más tiempo fuera de casa que dentro de ella.

Georgie volvió a jugar con su carrito mientras Adrián observaba el patio.

Las hojas seguían acumulándose.

La cerca necesitaba pintura.

Y el porche llevaba semanas con una tabla rota.

Su padre había prometido arreglarla.

Otra vez.

La puerta principal se abrió de golpe.

Adrián no necesitó mirar para saber quién era.

—¿Ya llegaste? —preguntó una voz cansada desde el interior de la casa.

—Sí.

—Bien. Hay platos en el fregadero.

Ni un “hola”.

Ni un “¿cómo te fue?“.

Solo otra tarea más.

Adrián bajó la mirada.

—Está bien.

Tomó aire y entró en la casa.

A veces sentía que era más sencillo cumplir con lo que esperaban de él que intentar explicar cómo se sentía.

Entró en su casa y todo seguía igual.

La misma mesa de madera ocupando el centro del comedor.

La misma televisión pequeña encendida en una esquina de la sala.

Y su padre sentado frente a ella con una cerveza en la mano.

Ni siquiera apartó la vista de la pantalla cuando Adrián entró.

Durante unos segundos, el único sonido en la habitación fue el del televisor y el leve zumbido del refrigerador en la cocina.

Era una escena tan común que Adrián podría haberla descrito con los ojos cerrados.

Va a la cocina y sin decir una palabra empieza lavar los platos de forma cansada.

Unos minutos después, la noche cae completamente.

Georgie entra rápidamente a la casa, sentándose en la mesa del comedor.

Adrián trae consigo un plato pasta recién hecha y la coloca en frente de Georgie.

El olor es exquisito, Georgie sonríe al ver la comida, Adrián sonríe al verlo comer con entusiasmo.

Adrián sube las escaleras de madera que cruje, el barandal necesita reparación hace años.

Llega a su cuarto, su lugar seguro.

Las paredes están decoradas con posters de bandas famosas, una estantería llena de libros con colores brillantes que contrastan totalmente con el ambiente.

Apenas entra, tira la mochila a la cama, se sienta sobre su escritorio y se queda mirando a la nada pensando, sobre pensando, mientras afuera se escuchan niños jugar en la noche.

Recuerda su tarea de mañana, toma su mochila, y la abre, el único sonido en la habitación, el de la cremallera de su mochila abriéndose.

Este es un día como siempre, después de clases.

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