El vuelco (1973)
Durante toda mi vida he tenido el presagio de un desastre inminente. Y lo extraño es que no he vivido tales desastres, no más ni menos, creo, que lo que otros viven a lo largo de sus vidas. Pero la sensación de que la felicidad puede terminar en cualquier momento, de que un coche puede acabar con una vida querida, de que un paso en falso puede lanzarte al abismo... cientos de sucesos que, si dejo volar mi imaginación, adoptan caracteres de tragedia griega.
Quizás todo nació entonces, ese día en que abrí los ojos de pronto, con la mente clara, como si no hubiera estado dormida profundamente segundos antes. Sentía que algo me había despertado, pero no sabía qué. Me sentía liviana, con ganas de empezar el día, como si esperara, como si supiera que me iba a traer algo especial.
Tenía tan solo quince años. A esa edad, todos los días son una promesa.
La luz se filtraba por la ventana con sus cortinas delgadas. Santiago era una ciudad limpia en aquel tiempo, donde a las siete de la mañana de un día de septiembre el cielo azul brillaba con colores distintos al gris marrón que hoy en día la inunda y la convierte en una ciudad sucia, en la que la majestuosa blanca montaña es solo el verso de una canción o el resultado efímero de una noche de lluvia.
El sonido del teléfono a mi lado me hizo dar un respingo, aunque ya sabía quién era. Era la misma voz familiar y querida que cada mañana me deseaba buenos días, pero que hoy sonaba agitada. Solo alcancé a escuchar: «Quédate en casa, quédate tranquila, porque ha comenzado hoy…».
Por un momento no supe qué era lo que había comenzado. No lo supe o no lo quise imaginar. Pero si hubiera podido mirar hacia el futuro, más allá de los pequeños sucesos cotidianos que habían sido mi existencia hasta entonces y que se suponían serían mi vida en adelante, habría sabido que ese instante sería decisivo. Que ese momento era un fin y un comienzo. Era el inicio de una nueva era, de un nuevo destino para mi país y para mí. Era el término de todo lo que había conocido, el fin de una etapa tal como estaba ya trazada, pero que hoy daba un vuelco en ciento ochenta grados. Era un día como toda una vida.
La radio, sin embargo, despejó muy pronto cualquier duda sobre qué era lo que había comenzado. Y la historia del país comenzó a escribirse con letras distintas: de sangre, humillaciones, vejaciones y subhumanidades. No todos las sufrieron físicamente o en carne propia, pero el país entero las sufrió en su ser mismo, en la forma de relacionarse, de hacer historia y de vivir. Después de ese día, nada volvió a ser igual.








