PROLOGO
—Buenas tardes, señora Fayri. ¿No se le complicó llegar hasta esta colina? —dije mientras sonreía y corría hasta la entrada de la cerca para recibirla.
—Oh, Hana, no era necesario que vinieras a recibirme.
—¿Cómo podría quedarme de manos cruzadas mientras usted carga con todas estas bolsas, siendo una de las personas más cercanas a nuestros padres?
Nuestra familia es cercana a la familia real… pero con la familia Adler, esa amistad trasciende más de diez generaciones. No era solo lealtad, también era historia.
—Hola, señora Fayri, estábamos esperando su llegada —escuché la voz de mi hermano a mis espaldas. Se acercó, tomó las bolsas y me revolvió el cabello como si aún fuera una niña.
—Oye —protesté, apartándolo de un empujón—, ya no tengo cinco años.
—Pero sigues con la misma cara de enojada —respondió sonriendo.
—¡Holaaaa! —gritó Lyra, saliendo disparada y saltando a los brazos de Fayri.
—¡Lyra! —gritamos Aiden y yo al mismo tiempo.
—No se preocupen —rió Fayri—. Puedo tener noventa y cinco años, pero aún puedo cargar a esta chiquitina.
—¡Fayri, ya desperté mis poderes! —dijo Lyra, casi explotando de emoción.
—¿Ah, sí? —respondió Fayri con una sonrisa cálida—. A ver, muéstrame.
Lyra cerró los ojos con fuerza, apretó sus manitos… y una pequeña chispa de luz danzó entre sus dedos.
Nada impresionante.
Pero era suficiente.
—¡Lo hiciste! —dijo Aiden, agachándose a su lado—. ¿Viste? Te dije que no tardarías.
—Yo también amaría poder despertarlo… antes de que sea muy tarde y no tenga otra oportunidad—murmuré, pero ninguno de ellos lo escuchó.
—¿Qué dijiste Hana? —dijo Fayri acercándose a mí y sacándome de mis pensamientos.
—No era nada importante.
Sonreí.
—Bueno, entren —dije, tomando una bolsa—. O el almuerzo nunca va a estar listo.
...
Tres horas después, el cielo comenzaba a teñirse de rosado y violeta.
—¿Dónde están papá y mamá? —preguntó Lyra, acurrucada en mis brazos mientras la mecía suavemente.
—Están en una misión súper secreta —dije, haciéndole cosquillas—. Pero ya casi llegan.
—¿Y si no?
—Siempre vuelven.
O eso era lo que siempre me decía cada noche.
Hasta que un estallido rompió el momento.
Antes de pensar en qué lo había provocado, ya estaba protegiendo a Lyra contra mi pecho. El humo chocó contra mi espalda y, en cuanto tuve oportunidad, me puse en pie y cerré la puerta.
Una segunda ola de humo golpeó con más fuerza.
Antes de dirigirme a mi hermano, aseguré el pasador.
—¿Qué fue eso? —preguntó Aiden.
La puerta explotó.
Madera, vidrio, polvo.
Todo voló.
—¡Agarra a Lyra y sube! —gritó Aiden.
Una bola de fuego atravesó el aire.
Fayri levantó un muro de agua que se congeló al instante.
—Hana, hazle caso.
—¡Pero puedo ayudar!
—¡No! Solo haz caso, Hana —grito Aiden empujándome hacia las escaleras.
Un ruido en la parte trasera de la casa nos llama la atención, mi hermano para de empujarme y se pone en posición de ataque, pero se relaja al ver de quién se trata.
—¡Tío, dile que puedo ayudar!
Me escapo de mi hermano y corro hasta donde está mi tío.
Esperaba que él me entendiera, pero no fue así.
—¡Hana, sube! —grito mi tío apenas llegó.
—¡Pero puedo pelear… puedo ayudarles!
—¡Acá no vas a ayudar en nada!
Eso... me dolió más que cualquier otro golpe.
Subí las escaleras en silencio y entré a mi habitación.
Tenía a Lyra en mis brazos, aferrada a mi camisa como si esa fuera su forma de asegurarse de que no iría a ninguna parte.
Camino a mi cama y la acuesto sobre ella, para luego abrazarla con todas mis fuerzas.
Comienzo a cantar su canción favorita, para así al menos poder relajarla y relajar también mi mente.
Ya que escuchar cada estruendo me provocaba un escalofrío por todo mi cuerpo.
Acaricio su pelo y ella se acomoda mejor entre mis brazos.
Bajé la mirada hacia ella mientras poco a poco sus ojos comenzaban a cerrarse hasta quedar dormida.
Pero el silencio… duró muy poco.
Un estruendo hizo temblar las paredes del cuarto. Corrí a la ventana y lo vi. Aiden estaba en el suelo.
Fayri tumbada justo a su lado y mi tío, rodeado de sangre… demasiada sangre. Algo dentro de mí se rompió.
No recuerdo haber bajado las escaleras, solo recuerdo estar frente a ellos. Eran altos, demasiado altos para mí en ese momento, y unas capas oscuras ocultaban por completo sus rostros. No podía ver quiénes eran, pero podía sentir sus miradas sobre mí mientras permanecían inmóviles entre los cuerpos de mi familia.
—¿Por qué…? —mi voz temblaba—. ¿Por qué nos hacen esto?
—Era su destino —dijo uno.
—¡Mentira! —grité, cayendo de rodillas junto a Aiden, sostuve su rostro en mis manos—. ¡Aiden, por favor, mírame!
Pero ya sus pupilas ya estaban dilatadas.
Entonces lo sentí.
Algo dentro de mi pecho ardió… pero no como algo normal. Era más profundo. Como si algo que hubiera estado dormido durante años, de repente, hubiera decidido despertar a la fuerza.
Un dolor me atravesó el cuerpo.
Mi respiración se volvió irregular, mis manos temblaban y un calor empezó a expandirse desde mi pecho, subiendo por mi garganta, quemando, como si no estuviera hecha para contenerlo.
—¿Qué es eso? —murmuró uno de ellos.
No lo estaba controlando.
El aire a mi alrededor se distorsionó, como si vibrara con el calor. Bajo mi piel algo se movía, como si quisiera salir, como si estuviera rompiéndome desde dentro. Solté un grito… y entonces pasó.
Una oleada invisible salió de mí, haciendo retroceder a los hombres y agrietando el suelo bajo mis rodillas. Por un segundo… solo por un segundo… sentí algo más. Algo vivo. Algo a lo que no le tenía miedo.
Mis ojos ardían, y aunque no podía verlos, sentía como si algo en mí estuviera cambiando.
—Es una despertada —dijo uno, esta vez con urgencia—. ¡Deténganla!
Pero ya era tarde. O eso pensé.
Porque en el momento en que ese poder intentó expandirse más… un golpe directo en mi cuello hizo que todo colapsara. El calor desapareció de golpe, como si lo hubieran arrancado. Como si alguien hubiera cerrado una puerta dentro de mí justo cuando estaba empezando a abrirse.
Mi cuerpo dejó de responder.
—Él dijo que no atacáramos a los hijos.
—Esto no estaba en el plan.
La oscuridad comenzó a envolverme.
Pero antes de caer por completo… levanté la vista y alcancé a ver el uniforme de la Guardia Real bajo la capa.
Y entonces lo entendí.
Incluso con la conciencia desvaneciéndose, incluso con el cuerpo sin responder… ellos no habían venido por casualidad. No había sido ningún accidente.
Había sido una orden.
Todo esto… la sangre, los cuerpos, el dolor en mi pecho… fue culpa de la familia real.
Una última emoción atravesó el fuego que ardía dentro de mí.
Y no era miedo.
Era venganza.
Y aunque la oscuridad terminó por consumirme... ese pensamiento se quedó.
Algún día...
Iba a hacerlos pagar.