Capítulo 1
Los fines de semana ayudaba en el consultorio de mi mamá con las citas y otras tareas administrativas. Desde que se divorció, el consultorio también se volvió su forma de mantenerse ocupada.
Fue en uno de esos fines de semana, revisando la agenda, cuando me enteré de que volvería a ver a Roberto. Mamá lo mencionó como quien habla de un paciente más, pero a mí no me hizo ninguna gracia. Desde la primera vez que lo vi, me provocó una desconfianza difícil de explicar.
Yo tenía dieciocho años. Roberto, diecinueve.
Por lo poco que mamá comentaba de sus pacientes, supe que estaba por entrar a la universidad y que había llegado por recomendación de una amiga. A simple vista, Roberto era un chico fornido, de esos que claramente pasan horas en el gimnasio. Llegaba en carro, usaba playeras sin mangas y tenía toda la pinta de alguien a quien le va bien con las mujeres.
Sin embargo, cada vez que coincidíamos en el consultorio, su lenguaje corporal contaba otra historia. Se le veía desganado, incluso triste, con una falta de confianza imposible de ignorar. El contraste era tan marcado que no podía evitar preguntarme quién era realmente Roberto.
Decidí no darle más vueltas y asumir que era un paciente más. Pero un día, sin previo aviso, dejó de asistir a sus citas.
Más tarde, mamá —Silvana— me explicó que había decidido dejar de atenderlo. Según dijo, había notado que Roberto ya no la veía como su terapeuta, sino más bien como una amiga. Por eso, pensaba que lo mejor sería hablar con él cuando lo necesitara, pero desde ese lugar… no como paciente.
Eso no me cayó bien. Nunca había confiado del todo en él, y la idea de que se vieran fuera del espacio profesional me dejó inquieto… más de lo que me gustaría admitir.
Intenté convencerme de que estaba exagerando. Aun así, un pensamiento incómodo empezó a tomar forma.
Mi mamá no pasaba desapercibida; tenía una presencia serena que imponía sin esfuerzo, una voz firme pero cálida, y una forma de mirar que hacía sentir escuchado a cualquiera. Vestía con discreción, pero era evidente que cuidaba su cuerpo. A sus cuarenta y dos años, conservaba un físico que llamaba la atención sin necesidad de exhibirse.
Tal vez por eso, la idea que empezó a cruzar por mi mente resultó todavía más perturbadora.
Días después recordé que la última vez que Roberto fue al consultorio pasó algo extraño; algo que en su momento no me pareció importante.
Él estaba saliendo mientras yo organizaba unas carpetas. Mamá lo acompañó hasta la puerta, como hacía con todos sus pacientes, pero esa despedida fue distinta.
—Entonces… ¿sí le parece bien, señora Silvana? —dijo él, con una media sonrisa difícil de leer.
Mamá dudó un segundo. Apenas un gesto, pero yo la conocía.
—Podríamos verlo más adelante —respondió ella, con un tono más suave de lo habitual.
Roberto asintió sin apartar la mirada. No era la expresión insegura que yo conocía. Había algo distinto… una seguridad que me dejó intranquilo.
—Me gustaría —añadió él.
El silencio fue breve, pero incómodo. Luego mi mamá sonrió. No era su sonrisa profesional. Era otra.
—Cuídate, Roberto.
Él la miró un momento más antes de irse. En ese momento no le di importancia. Ahora… ya no estaba tan seguro.
Pasaron varios días. Una tarde, el celular de mi mamá sonó en la sala. Lo había dejado sobre la mesa mientras iba al baño. Me acerqué para ver el teléfono: un mensaje de Roberto.
Me detuve un instante. La pantalla se encendió de nuevo y alcancé a leer el texto completo:
“Entonces el miércoles en la mañana, ¿seguro?”
El miércoles en la mañana: el único momento en el que yo no iba a estar en casa.
No toqué el celular. No hice nada. Solo me quedé mirando unos segundos más. Escuché que mamá regresaba y me aparté. Cuando volvió, tomó el teléfono y leyó el mensaje. Se quedó pensativa. Unos segundos después respondió y guardó el celular en su bolsillo.
Esa noche casi no hablamos, pero ya no pude dejar de pensar en eso. Algo estaba pasando.
El día llegó. Yo tenía que ir a la universidad a dejar unos papeles. Antes de salir, pasé por su recámara y la vi. La vi diferente.
Se había puesto unos jeans oscuros perfectamente entallados, que delineaban con claridad la forma de sus glúteos, dándoles un aspecto firme y redondo. También llevaba una blusa verde de manga larga que, al ser ceñida, destacaba su figura con mucha clase.
—¿Vas a salir? —pregunté.
—No —respondió ella—. Va a venir Roberto un rato.
—¿Aquí?
—Sí. Quiere platicar unas cosas.
Asentí. No pregunté más. Pero ya sabía que no era algo improvisado.
Salí. El trámite no me tomó demasiado, pero todo el tiempo sentí una angustia constante. Cuando regresé, abrí la puerta sin hacer ruido y los vi. Estaban en el patio. No parecían sorprendidos.
—Entonces… —dijo él.
Ella sonrió. La misma sonrisa que vi aquel día. Mamá se acercó a él y le dio un beso en la mejilla, como de despedida normal, pero enseguida él la abrazó. Ese abrazo duró un poco más de lo habitual.
Cuando se separaron, Roberto me vio.
—Qué onda —dijo.
—Hola…
—¿Cómo te fue? —preguntó mamá.
—Bien —dije.
—Bueno, me retiro —se despidió Roberto, y se dirigió hacia la puerta.
Esperé a que la puerta se cerrara y la miré. No se veía rara. Eso fue lo primero que me incomodó. No había nervios. No había prisa. No había culpa. Solo esa calma suya de siempre… pero ahora ya no me parecía la misma.
—¿Qué? —preguntó, al notar que la estaba mirando.
Negué con la cabeza.
—Nada.
Sostuvo mi mirada un segundo más, como si evaluara algo. Luego se dio la vuelta y caminó hacia la cocina. La seguí con la vista. El abrazo había sido demasiado largo. Demasiado cercano.
—¿Quieres comer? —preguntó desde la cocina.
—Ahorita voy.
Mi voz salió más seca de lo que esperaba. Escuché cómo abría la llave del agua, el ruido de los trastes. Entonces se dirigió hacia la sala por un momento. Pasó junto a la mesa del centro, sacó su cargador y dejó su celular ahí cargando, antes de regresar a la cocina.
No lo miré de inmediato. Esperé un par de segundos. El sonido del agua seguía corriendo. Me acerqué. La pantalla estaba apagada. Lo tomé. Esta vez no dudé. Solo lo desbloqueé.
La conversación seguía abierta. Mis ojos fueron directo al último mensaje enviado por ella:
“Sí. A esa hora estamos solos.”
Sentí un nudo en el estómago. No era sorpresa. Era confirmación. El miércoles en la mañana: el único momento en el que yo no iba a estar.
No hacía falta leer más. Estaba planeado. Dejé el celular exactamente donde estaba y volví a mi lugar. Me quedé sentado, mirando hacia la cocina, escuchando el sonido del agua correr como si nada hubiera cambiado.
Pero ya había cambiado. Y esta vez, no tenía cómo convencerme de lo contrario.
Continuará…
💡 Nota del autor: ¡Gracias por leer el primer capítulo de El paciente de Mamá! Si quieres leer los siguientes capítulos con 2 semanas de anticipación, acceder a los relatos One-Shot exclusivos y entrar a nuestra comunidad privada externa sin censura, te invito a unirte a mi círculo privado.
👉 https://www.patreon.com/cw/AndreiBS