Chapter 1
Martes 24 de noviembre de 2026
Kunsthistorisches Museum — 7:26 a.m.
El clima dentro del museo era inusualmente frío. En la primera planta se encontraba el vigilante en turno, listo para realizar la primera inspección del día antes de la ronda de limpieza y preparación para la apertura. Un olor inusual inundaba el corredor frente a la Staircase; molesto, pensando que algún visitante había dejado algún objeto extraño, comenzó a subir las escaleras. A los pies de la escultura de Antonio Canova se encontraba un bulto oscuro.
Decidido a llegar al fondo del asunto, levantó la luz de su linterna y reconoció la figura de un hombre arrodillado.
—Eh, oiga, no puede estar aquí. El museo aún se encuentra cerrado. ¿Quién es usted?
El extraño no respondió, así que el guardia continuó subiendo las escaleras. Al llegar a su lado, pateó accidentalmente un recipiente con agua.
—¡Maldición! ¿Es usted de limpieza? Esta zona no debe limpiarse con agua o dañará las esculturas.
Aún sin respuesta, decidió mirar al hombre de frente, creyendo que podría tener audífonos o haberse quedado dormido. Sin embargo, algo estaba mal. El hombre no se movía, no parecía respirar.
Se acercó un poco más y apuntó la luz directamente al rostro del hombre. La piel grisácea, los labios azulados y el pequeño rastro de espuma en la comisura de la boca bastaron para hacer retroceder al guardia.
—Mierda…
Veinte minutos después, una ambulancia y la WEGA llegaron a la zona. Debido a la posición rígida del cuerpo y a los rastros de espuma, los paramédicos no pudieron hacer nada; aquello ya no era una emergencia médica, sino una escena del crimen. En menos de treinta minutos, la plaza Maria-Theresien-Platz estaba acordonada. Nadie salía. Nadie entraba.
Un oficial se acercó al cadáver, guantes en mano, buscando alguna identificación. Junto a las rodillas encontró una credencial parcialmente húmeda.
Dr. Franz Von Hasenburg
Consejero de Seguridad de la Cancillería Federal
El oficial palideció inmediatamente y tomó la radio.
—Aquí está el oficial Gruber. La víctima corresponde a Franz Von Hasenburg. Solicito oficialmente el retiro de civiles y oficiales WEGA de la zona y aviso inmediato a la BKA sobre el hallazgo.
Distrito Döbling — Viena
Aleksander Egei se encontraba frente a la encimera de la cocina de su departamento. Su ropa recién planchada: pantalón negro de vestir y una camisa blanca impecable, sin una sola arruga. La corbata, a medio anudar, descansaba alrededor de su cuello.
El olor a café negro inundaba la habitación. Dio un sorbo y frunció el ceño. Estaba amargo. No era particularmente fanático del café dulce, pero tampoco soportaba la amargura excesiva.
Tomó el azucarero, listo para agregar otro terrón, cuando su teléfono comenzó a vibrar. Era una llamada de la oficina.
—Egei.
—Egei, aquí la central. ¿Se encuentra aún en Döbling?
—Sí, en mi residencia. Estoy a punto de salir hacia la central.
—Olvide la central. Diríjase al distrito uno: Kunsthistorisches Museum. El primer respondiente de la policía local acaba de reportar el hallazgo de un cuerpo en la escalinata principal.
—¿Homicidio? ¿Por qué debemos ir nosotros? ¿No debería encargarse la jurisdicción local?
—No puedo darle todos los detalles, pero no es un hallazgo normal. Es alguien importante. El oficial… creo que su nombre era Gruber… reportó el hallazgo y solicitó apoyo federal inmediato. El comisionado lo quiere en el lugar cuanto antes; usted es el agente de turno más cercano. La WEGA ya acordonó la zona, retiró a sus oficiales para evitar contaminación de la escena y congeló el área. ¿Cuánto tardará en llegar?
Aleksander observó el café aún humeante sobre la encimera antes de responder.
—Quince minutos. Estoy en camino.
—Bien. Entre por la lateral. El oficial Gruber lo estará esperando en el vestíbulo y le dará los detalles.
Kunsthistorisches Museum
Aleksander entró siguiendo las indicaciones y encontró al oficial Gruber esperándolo cerca del vestíbulo principal. El hombre lucía nervioso, demasiado nervioso.
—No sé cómo explicárselo, oficial… es algo que nunca antes había visto.
Si aquello conseguía alterar a un oficial local, Aleksander se preparó mentalmente para encontrarse con una escena especialmente sangrienta. En sus años de servicio había visto toda clase de cosas antes de ser transferido a la BKA.
Caminaron a paso apresurado hacia la escalinata principal. Para evitar contaminación, no se había dejado a nadie cerca del cuerpo; sin embargo, a pocos pasos del lugar comenzaron a escuchar un silbido. Un ritmo lento, suave, extrañamente tranquilo para una escena del crimen. El sonido descendía desde lo alto de las escaleras y rebotaba contra el mármol del museo.
Algo en aquella melodía resultaba vagamente familiar para Aleksander.
—¿No dijiste que habías despejado la zona?
Gruber tragó saliva.
—Señor, se lo juro. No había ningún ser vivo aquí. Yo mismo hice la ronda antes de su llegada.
Aleksander desaceleró el paso.
—Detrás de mí. Y no dispare hasta que yo lo ordene.
—Entendido.
Comenzaron a subir la escalinata directamente hacia la escultura.
Al fondo de las escaleras se encontraba la obra de Antonio Canova, Theseus Besiegt den Kentauren, y a sus pies el cadáver arrodillado, cubierto por una capa negra de lino húmedo. A un costado descansaban una palangana de agua y un viejo trapo sucio; al acercarse pudieron notar las manos del muerto atrapadas entre un ovillo de hilo que aún permanecía medio enredado entre sus dedos rígidos.
Pero aquello no fue lo que llamó la atención de Aleksander.
Fue el hombre sentado detrás de la escultura.
Su traje oscuro, perfectamente hecho a medida, permanecía impecablemente limpio. Ni una sola arruga. Ni una sola mancha. La calma con la que observaba la escena resultaba profundamente incorrecta. Entre sus manos sostenía una corona.
—Esto es una escena del crimen. ¿Quién es usted y cómo entró aquí?
El desconocido dirigió brevemente la mirada hacia Gruber, apenas un segundo, antes de volver a fijarla sobre Aleksander. Era evidente que el oficial local no era quien realmente captaba su interés.
Sus ojos estaban puestos únicamente en él.
Entonces se puso de pie, alisando distraídamente las inexistentes arrugas de las mangas de su traje, y comenzó a caminar hacia ellos. El movimiento puso inmediatamente nervioso a Gruber, que aferró el arma entre las manos.
—¡Deténgase o disparo!
—Basta, Gruber. Baje el arma —ordenó Aleksander sin apartar la vista del hombre—. Este sujeto es nuestro principal sospechoso; lo necesitamos vivo.
El desconocido sonrió apenas. No parecía preocupado en lo más mínimo por el arma apuntándole al pecho.
Aleksander dio un paso al frente.
—Señor, necesito que me diga su nombre. Voy a leerle sus derechos.
Al escuchar su voz, el hombre se detuvo. Luego, con una teatralidad inquietantemente elegante, cayó de rodillas. Colocó una mano sobre el pecho y, con la otra, ofreció la corona hacia Aleksander.
—Nikolai. Mi nombre es Nikolai Orlov. Para servirle.
Sin borrar la sonrisa de su rostro, levantó lentamente la mirada y sostuvo los ojos de Aleksander una vez más.
—Ecce Theseus, ad laberinthum reversus.