El Escape - Parte 1
"La rigidez del silencio"
Revisó el sobre con manos temblorosas; el papel blanco con impresiones negras la saludaba mientras una ligera sonrisa se vislumbraba entre sus labios apretados. Se percató de que no podía abrir la boca. La mandíbula le dolía; era un dolor tan hondo que llegaba hasta sus sienes, y su lengua se sentía rígida y ardía. Un ligero movimiento, dos, tres... cada uno con mayor intensidad que el anterior. Al fin pudo abrir la boca y soltó un suspiro que había ignorado que tenía guardado.
—Mamá, ¿todo terminó?
—No, queridos, esto recién está empezando.
Viernes, 5:00 a. m.
—¿Tienes todo listo?
—Sí, cariño, pero me faltará dinero. Aquí está la lista. ¿Estás seguro de que debemos gastar tanto? —preguntó temerosa de la respuesta de él. Había estado demasiado tiempo calmado y ya sentía que se acercaba una tormenta; quisiera poder huir en este momento, o que existiera algún mecanismo que le permitiera pasar los días volando y atravesar esa quincena rápidamente, o que ese día no existiera jamás en el calendario.
—Pide que alguien te preste; a fin de mes devolvemos.
—Pero, amor, la vez pasada me dijiste lo mismo y nunca me diste para devolver.
El rostro de él empezó a cambiar; las piernas de ella comenzaron a temblar. ¿Por qué abrió la boca? ¿Por qué inconscientemente siempre quería rebelarse? De manera automática, bajó la cabeza con sumisión mientras esperaba la respuesta de él.
—¿Pero igual pagamos, no? —fue su respuesta mientras su celular sonaba. Miró quién llamaba y colgó mientras terminaba de ponerse el calzado; luego manipuló el teléfono y el de ella sonó con el característico «¡Yape!»—. Haz que te alcance. Si necesitas algo más, me avisas.
El tipo se paró, se acercó a ella y la besó en los labios.
—Que todo quede hermoso, como a mí me gusta. Vendrán mis compañeros de trabajo; tienes que verte hermosa. Sabes que me gusta presumir de que tengo una esposa tan linda y amable, y además una gran anfitriona.
—Está bien —respondió ella con un ligero toque de timidez.
Finalmente, la casa estaba sola y el día apenas comenzaba.
Preparó el desayuno con rapidez, con la rapidez que le daba la práctica: algo simple, avena con leche, pan con mantequilla y papas fritas con forma de emojis de rostros alegres. Preparó las loncheras de los niños y se metió a la ducha de volada; si no lo hacía en ese momento, no tendría tiempo.
«Debo decir que esa llamada me salvó la piel en ese momento», reflexionó mientras le caía el primer chorro de agua tan caliente que casi hervía. Una sonrisa casi traviesa se dibujó en sus labios al recordar el dicho popular: las mujeres se bañan con agua hirviendo porque eso les recuerda el lugar de donde vinieron... el infierno. Una suave risa brotó de sus labios, haciéndola sentir cálida.
Terminó la ducha y se cambió rápidamente. La ropa aún seguía remojada en dos tinas en un rincón del cuarto de baño; no tenía tiempo para terminar. «Debo hacerlo», se dijo mientras lo anotaba de manera mental para recordarlo luego. «Oh, también debo agradecer cuando sepa quién es», recordó. También había que anotarlo y nunca olvidarlo.
Se acercó a la cama de los niños; los observó por un momento y fue una sensación ligera, pero entrañable.
—Hey, chuckies, es hora de levantarse, mami tiene que ir a trabajar.
Los movió un poco, pero no daban visos de querer despertar.
—Chicos, no me hagan enfadar —levantó un poco la voz.
Para los niños, esa voz alzada los despertó de manera abrupta; la miraron con los ojitos soñolientos.
—Mami, no quiero ir a la escuela, tengo sueño.
—Fer, mami tampoco quiere ir a trabajar, pero tiene que hacerlo —respondió mientras le ponía las pantuflas en los pies y la empujaba suavemente hacia la ducha; mientras tanto, la pequeña niña hacía presión para quedarse en su sitio.
—Mami, ¿puede Tony bañarse primero esta vez?
—Fer, te hice caritas para llevar al colegio, ¿no quieres?
—¡Siii! —gritó la niña, a la que se le pasó de inmediato el sueño y, feliz, se dirigió a la ducha.
—Papi, hay que levantarse —dijo mientras se dirigía a la cómoda a sacar ropa interior para los niños.
Cuando dio la vuelta, Tony ya estaba sentado en la cama, mirándola con esos ojos tan grandes y expresivos, pero sin pronunciar una palabra. Lo miró y se preguntó: «¿Por qué no habla? Si lo hacía muy bien». Su mente empezó a sacar cuentas: Tony había dejado de hablar hacía un año y medio. Simplemente un día no pronunció más palabras; ella no le dio importancia, pues la casa, el trabajo y otras cosas le quitaban horas de su vida. Mentalmente anotó: Prioridad: llevar a Tony al médico.
Fer salió de la ducha riendo feliz, mientras ella, de forma automática, llevó a Tony de la mano, le sacó el pijama y lo metió a la ducha.
—Tony, báñate rapidito, que ya se está haciendo tarde y debes tomar desayuno.
Lo dejó en la ducha y salió.
—Fer, ¿aún no te has cambiado? —preguntó al ver que la niña había encendido el televisor y estaba viendo Peppa Pig.
—Sí, mamá —dijo mientras le mostraba su pequeño pie con una media rosa.
Su pequeña era muy inteligente e independiente, y ella reforzaba esa independencia. Algo dentro de su mente surgió como un mantra: «Independencia es seguridad. Independencia es fuerza. En la independencia no hay debilidad».
Aguzó el oído; el agua de la ducha no sonaba. Se acercó y vio a Tony de pie en la ducha, sin hacer absolutamente nada. Ella lo miró y quiso gritar: «¿Por qué no te has bañado?». Pero algo en él la contuvo; respiró hondo. Él no era culpable de su mal humor. Contó hasta tres, se calmó y luego habló mientras actuaba:
—Tony, cuando pido que te bañes, debes hacer lo siguiente: abres la llave de esta manera, te metes en el agua, luego te pones champú en la cabeza, te enjuagas, luego te jabonas de esta forma y vuelves a enjuagarte. ¿Has entendido?
El pequeño la miró mientras inclinaba la cabeza hacia un costado, una actitud que lo hacía semejante a un pajarito; su corazón se llenó de dolor y no sabía por qué.
—Tony, ¿lo entendiste? —volvió a preguntar.
El pequeño movió la cabeza en señal de asentimiento. Lo secó rápidamente y se fueron a la habitación.
—Mamá, tú siempre cambias a Tony, pero a mí me dejas hacerlo sola; no es justo —replicó Fer.
Encontró una mirada; un nudo se formó en su corazón al sentir que estaba haciendo con su pequeña lo que le hicieron a ella.
—Cariño, es que tú estás más grandecita. Este año cumplirás cinco y eso te hace la ayudante de mami; Tony tiene tres años, aún es pequeñito y hay cosas que mami debe enseñarle. ¿Te parece si mañana te baño y te cambio yo?
—Está bien, mami, es una promesa; y la miss dice que las promesas no se rompen.
—Prometido —respondió sin vacilación—. «Pronto, muy pronto», se repitió.

Continuará...








