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Inaudible.

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Sinopsis

En el siguiente cuento de horror cósmico observamos la perspectiva de una entidad incorpórea y errante , la cual habita en los márgenes del mundo humano, tratando de comprender una existencia que le es ajena.

Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Lobreguez.

Era inútil conciliar el sueño o siquiera parpadear buscando dónde terminaba el velo que cubría el firmamento.

Una capa vibrante me envolvía con cada paso. ¿Seguir? ¿Hacia dónde? No estaba seguro. La penumbra del lugar me guió, arrastrándome como hilos a una zona donde mis ojos comenzaron a arder.

Tras un instante, el ulular de pequeñas criaturas asomándose por encima de mi cabeza acompañó el bombeo constante dentro de mi interior. Conforme me adentraba, el vacío de arriba dejó de ser denso; en su lugar, una penumbra lánguida se posicionó.

Líneas que iluminaban cada parte de ese vasto crepúsculo acompañadas por un estruendo gutural.

Deslizándome por la angostura, divisé extrañas criaturas. Tenían tamaños tan contrastantes, de distintos colores, pero lo más fascinante era el sonido que provenía de esos agujeros con incrustaciones blanquecinas y un largo tejido en su interior; cada vez que emitían un sonido, expulsaban gotas de agua.

El agujero en mi pecho comenzó a subir hasta el cuello.

—¡Vah, patrañas las de Dilcia! —el sonido de una criatura encorvada llamó mi atención.

—Vamos, abuelo. Hay que regresar acasa.

Me planté frente a ellos. Abrí mi propio espacio, una y otra vez, y nada. El sonido no salió. ¿Cuál era la diferencia? Si éramos iguales.

Al seguirlos, me percaté de que no eran los únicos que actuaban como si yo no existiera. Otras criaturas solo me rozaban, pero nada más. Choqué con uno de ellos, ambos caímos al piso. Y por un instante, el agujero disminuyó dando brincos en mi interior. Me giré hacia él, pero solo siguió por su camino. Esta vez, líquido escurría dentro de mi orificio, y no solo eso. El mismo tejido blando y fibroso se entrelazó. Pensé que con eso podría generar los mismos sonidos, sin embargo, fue un intento fallido. Al cabo de un rato, comencé a ulular. El sonido era lúgubre. Ni siquiera me hacía gracia.

Cuando la luz cambió de densidad, aprendí que ellos eran una familia. Me fascinó su bullicio, pese a sus incesantes quejidos. En especial cada vez que la joven emitía una palabra, el vacío en mi pecho disminuía.

—Alístate, Delfina. Iremos almercado —decía el abuelo.

—Llevaré la canasta de pan.

A medida que nos acercamos al mercado, el estruendo taladraba mis oídos en todas direcciones. Giré sin poder reconocer de dónde provenía el eco que nos rodeaba. Quizás había cientos de ellos en el mismo lugar.

Con el pasar de una década, Delfina comenzó a pasar más tiempo fuera de casa. Ellos decían que había pasado a la adultez con otro ser, pero el silencio jamás huyó de aquel hogar. El abuelo se recostaba en un rincón, meciéndose por horas. Y esta vez, aunque mi voz se había tornado más plana, también era más firme, pero aún no concebía por qué no me escuchaban.

Hasta que cierto día llegó Delfina gritando a los cuatro vientos que jamás confiaría en él nuevamente. Se encerró en su habitación durante mucho tiempo, solo salía cuandoestaba su familia, pero ella… dejó de emitir sonido alguno.

Y el hueco que hacía décadas se ocultó, retomó su lugar sin mucho esfuerzo. Me acerqué hasta donde ella se encontraba. Comencé a abrir los labios, llamándola. Pero no obtuve respuesta. Atravesé la pared sin mucho esfuerzo. Ahí estaba ella, tendida sobre la cama, agudicé el oído, dejando que su respiración agitada llenará la cavidad de mi pecho. El calor de sus manos rodeando mis muñecas me detuvo en seco. Me giré de prisa,sin saber qué preguntarle primero o si quería conversar conmigo. Pero al instante, mis expectativas se esfumaron.

Delfina contrajo el rostro en más de una ocasión antes de soltar un grito ahogado. Se llevó las manos al pecho y se acurrucó en una esquina de la cama. Lágrimas brotaban de su rostro, mientras intentaba abrir la boca, pero las palabras jamás salieron. Ese día me retiré. Pero su llanto sigue grabado en mi interior hasta el día de hoy.

Me fui de casa del abuelo. Con el transcurrir de las eras, muchas personas lograban verme, otras simplemente decidían ignorar mi presencia. Hasta el dia en que decidí colarme en una casa.

—Leonardo, por favor. La comida ya se sirvió.

—Voy, madre —dijo con pereza.

La casa en la que me hospedo, mantenía buenos anfitriones, dos adultos y dos niños. En ocasiones como las de hoy, se reunía más familia.

De vez en cuando, a Leo lo visitaba un amigo. Adrián. Hace unos años, cuando lo conocí, él se encontraba en el cuarto del fondo, con una tenue luz, y una enorme sábana encima. Me preguntó si yo era el hermano mayor de Leo. Aunque me negué, él se aferraba a mí cada que venía. Al poco tiempo, escuché decir a la madre de Leo,que el padre de Adrián lo había abandonado. Qué criatura tan débil.

Pese a que el hueco en el pecho de Adrián era mayor al mío cuando nos conocimos, últimamente lo veía cada vez más pequeño. Por el contrario, el mío no hacía más que aumentar.

Aunque esperé en el umbral de la puerta, ese día, Adrián no llegó. Ni a la tarde siguiente. Ni a la siguiente. Y así pasó el tiempo.

Y en casa, todo comenzó a cambiar, Leo llegaba tarde a casa, las horas de comida eran eternas. Cuando el horario cambió, los ojos de Leo se perdían en la nada. Pese a las horas que dormía, los parches bajo sus ojos se habían fusionado volviéndose completamente oscuros.

Sin mucho que yo pudiera hacer, el día del festejo llegó. Leo, sentado en una esquina de la mesa. Mientras que del otro lado, el escándalo de su familia se encargaba de tapar las sombras que amenazaban con salir. Leo llevó sus manos a su rostro, doblándose por completo. Dejando escapar un susurro.

—Por favor… por favor… por favor…

De pie frente a él, extendí mi mano, pero antes de llegar, arrugué la frente y apreté el puño, ¿qué podría hacer que ellos no? Solo era…

—Por favor…

La voz de Leo taladró mis oídos. Le di unas palmaditas en la cabeza. Él dejó de temblar en ese momento. Y después de mucho tiempo, me miró directo a los ojos.

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