Prólogo .ᐟ.ᐟ
La lluvia golpeaba el asfalto como si quisiera borrar la ciudad entera. Jungkook corría con la capucha empapada pegada al rostro, el aliento saliendo en nubes blancas que se disolvían en la noche de Seúl. Sus zapatillas chapoteaba en charcos negros que reflejaban los neones rojos y azules de los bares clandestinos, los mismos que Taehyung controlaba desde las sombras del piso cincuenta y dos.
No miró atrás. No podía permitírselo.
Habían pasado tres semanas desde que escapó del ático de Gangnam. Tres semanas desde que vio la prueba positiva en el baño de mármol negro, la línea rosa brillando bajo la luz fría como una sentencia de muerte. No había llorado entonces. No había tiempo para lágrimas cuando el padre de lo que crecía en su vientre era el mismo hombre que había ordenado ejecuciones mientras le besaba el cuello y le susurraba promesas de eternidad entre jadeos.
Kim Taehyung.
El nombre aún le quemaba la lengua, aunque Jungkook no lo pronunciara en voz alta desde hacía días. Lo repetía en su mente como un mantra inverso: no Taehyung, no Taehyung, no Taehyung. Pero el cuerpo no obedecía. Cada vez que se detenía a respirar, sentía el fantasma de esos dedos largos y tatuados rodeándole la cintura, apretando hasta dejar moretones en forma de huellas digitales. Moretones que habían desaparecido, pero cuyo recuerdo seguía latiendo bajo la piel como una segunda circulación.
Se metió en un callejón estrecho detrás de un restaurante coreano cerrado. El olor a aceite viejo y kimchi fermentado le revolvió el estómago. Últimamente todo lo hacía: el humo de los cigarrillos, el perfume barato de las prostitutas en Itaewon, incluso el aroma metálico de la lluvia. Las náuseas eran constantes, un recordatorio cruel de que su cuerpo ya no le pertenecía solo a él.
Se apoyó contra la pared de ladrillo húmedo, una mano en el abdomen plano —todavía plano, gracias a Dios— y la otra apretando el mango de la navaja que llevaba en el bolsillo de la sudadera. No era rival para los hombres de Taehyung. Lo sabía. Pero al menos moriría intentándolo.
Un coche negro pasó lentamente al final del callejón. Faros apagados. Jungkook se pegó más a la pared, conteniendo la respiración. El vehículo se detuvo un segundo, como si olfateara el aire, y luego siguió. Podía ser cualquiera. O podía ser él.
Cerró los ojos y se obligó a recordar cómo empezó todo.
No había sido amor. Nunca lo fue.
Fue una deuda.
Su hermano mayor, Jimin, había pedido prestado demasiado dinero a la familia Kim para mantener a flote el taller de tatuajes que ambos regentaban en Hongdae. Cuando no pudo pagar, Taehyung apareció en persona. Jungkook lo vio por primera vez esa noche: alto, hombros anchos bajo un traje negro impecable, el cabello oscuro peinado hacia atrás dejando al descubierto la línea afilada de la mandíbula. Un depredador disfrazado de caballero.
Taehyung no gritó ni amenazó. Simplemente miró a Jimin con esos ojos oscuros, casi negros, y dijo con voz baja y aterciopelada:
—Puedo perdonar la deuda. Pero quiero algo a cambio.
Jungkook se ofreció antes de que su hermano pudiera hablar. Fue instinto. Protección. O tal vez solo estupidez.
Al principio Taehyung lo trató como un capricho. Lo llevó a su ático, lo desnudó con paciencia quirúrgica, lo tocó como si estuviera evaluando una pieza de arte valiosa. Jungkook se dejó. Se dejó porque pensó que podía soportar cualquier cosa por Jimin. Se dejó porque el placer era tan intenso que dolía, y el dolor era tan intenso que se parecía al placer.
Noches enteras de sábanas de seda negra revueltas, de Taehyung encima de él, dentro de él, susurrándole al oído palabras en distintos idiomas que Jungkook no entendía del todo pero que le erizaban la piel. “Mío”, repetía Taehyung contra su clavícula mientras lo marcaba con mordidas que dejaban sangre. “Solo mío”.
Y Jungkook, idiota, creyó que era posesión romántica.
Hasta que oyó la conversación.
Estaba en la cocina del ático buscando agua a las tres de la mañana. Taehyung hablaba por teléfono en el despacho contiguo, con voz fría como el acero.
—Encárgate de él. No quiero cabos sueltos. Y si el hermano pequeño se convierte en un problema… también.
El hermano pequeño. Él.
Jungkook se quedó congelado, el vaso temblando en su mano. Entonces lo entendió: no era un amante. Era una garantía. Un rehén bonito con el que Taehyung se entretenía mientras decidía si mataba o no a Jimin.
Esa misma noche robó una mochila, metió lo poco que tenía, y huyó por la escalera de servicio mientras Taehyung dormía. No miró atrás. No podía.
Ahora, en ese callejón maloliente, sintió la primera punzada real en el bajo vientre. No era náusea. Era algo más profundo, más vivo. Un movimiento minúsculo, casi imperceptible. Como alas de mariposa contra las paredes internas.
Se le escapó un sollozo ahogado.
—No —susurró, apretando los ojos—. Aún no. Por favor, aún no.
Se deslizó hasta sentarse en el suelo mojado, rodillas contra el pecho, brazos rodeando el vientre como si pudiera esconderlo del mundo entero. Las lágrimas se mezclaron con la lluvia.
Tenía diecinueve años. Estaba solo. Sin dinero, sin documentos, sin nadie en quien confiar. Y llevaba dentro al hijo de un monstruo.
Pero también llevaba dentro algo más.
Vida.
Y esa vida no iba a conocer nunca el olor a pólvora y sangre que impregna las manos de Kim Taehyung. No iba a crecer escuchando historias de traiciones y venganzas. No iba a aprender a temer el nombre de su propio padre.
Jungkook se limpió la cara con la manga empapada.
—Iremos a Busan primero —murmuró para sí mismo, para el pequeño ser que aún no tenía nombre—. Luego cruzaremos a Japón. O a Tailandia. Donde sea. Lejos.
Se puso de pie con esfuerzo. Las piernas le temblaban, pero el miedo ya no era solo terror. También era combustible.
Dio un paso. Luego otro.
La ciudad lo observaba desde arriba: cámaras en cada esquina, ojos comprados por Taehyung en cada calle. Pero Jungkook ya no era el chico asustado que se entregaba para salvar a su hermano.
Era un padre en fuga.
Y los padres, cuando se trata de proteger, se vuelven letales.
Detrás de él, a varios kilómetros de distancia, en el ático de Gangnam, Taehyung estaba despierto. La cama seguía oliendo a Jungkook: vainilla, sudor y algo más dulce, más adictivo. Frente a él, en la pantalla del ordenador, imágenes granuladas de cámaras de seguridad. Una figura encapuchada corriendo bajo la lluvia.
Taehyung sonrió despacio, esa sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Corre todo lo que quieras, conejito —murmuró, pasando el pulgar por la pantalla, justo donde estaba el rostro borroso de Jungkook—. Al final siempre vuelves a mí.
Apagó la pantalla.
Y en la oscuridad, su mano bajó instintivamente a su entrepierna, recordando el calor apretado que lo había vuelto loco durante meses.
Pronto.
Muy pronto.
Lo recuperaría.
A él.
Y a lo que fuera que Jungkook estuviera escondiendo.