Prólogo
Razón 1: Porque todavía no sé cómo termina mi historia.
Hay noches en las que el silencio pesa más que cualquier palabra.
No porque esté vacío.
Sino porque está lleno de todo aquello que nunca dijimos.
Recuerdo una de esas noches.
Estaba sentada en el suelo de mi habitación con una libreta sobre las piernas. Afuera llovía. Las gotas golpeaban la ventana como si intentaran llamar mi atención, pero yo seguía mirando la hoja en blanco frente a mí.
Tenía diecisiete años.
Y, aunque nadie lo sabía, estaba cansada.
Cansada de intentar ser la hija perfecta.
La amiga perfecta.
La estudiante perfecta.
La persona perfecta.
A veces sentía que todos esperaban algo de mí y que, por más que me esforzara, nunca era suficiente.
Mi celular vibró.
Era un mensaje de Sofía.
"¿Ya terminaste la tarea?"
Solté una pequeña risa.
De todas las cosas importantes que podían estar pasando en el mundo, mi mejor amiga seguía preocupada por la tarea de historia.
"No."
"¿Entonces qué haces?"
Miré la libreta.
Pensé unos segundos antes de responder.
"Pensando."
Los tres puntitos aparecieron en la pantalla.
"Eso nunca es buena señal."
Y tenía razón.
Porque cuando pensaba demasiado, terminaba haciéndome preguntas para las que no tenía respuestas.
¿Qué quería hacer con mi vida?
¿Por qué sentía que estaba decepcionando a las personas que amaba?
¿Por qué me sentía sola incluso cuando estaba rodeada de gente?
Cerré los ojos.
Después tomé el bolígrafo.
Y escribí.
Razón 1: Porque todavía no sé cómo termina mi historia.
Observé la frase durante varios segundos.
No parecía gran cosa.
Solo una oración.
Unas cuantas palabras.
Pero por primera vez en mucho tiempo sentí algo parecido a la esperanza.
Porque tal vez las cosas podían mejorar.
Tal vez existían momentos hermosos que aún no había vivido.
Tal vez existían personas que todavía no conocía.
Tal vez existía alguien capaz de cambiar mi forma de ver el mundo.
Alguien que aún no aparecía en mi historia.
Alguien llamado Ismael.
Pero yo todavía no lo sabía.
Esa noche cerré la libreta y la guardé en el cajón de mi escritorio.
Pensé que era una simple lista.
Cien razones.
Cien frases.
Cien intentos de recordarme por qué valía la pena seguir adelante.
Lo que no imaginaba era que aquella libreta terminaría convirtiéndose en el mapa de los mejores y peores momentos de mi vida.
Porque algunas razones nacieron entre risas.
Otras entre lágrimas.
Algunas fueron escritas por amor.
Y otras por supervivencia.
Lo que sí sé ahora es que esta historia no empezó cuando conocí a Ismael.
Empezó mucho antes.
Empezó la noche en que decidí que, aunque no entendiera nada de lo que estaba pasando, iba a quedarme un día más.
Y luego otro.
Y otro.
Hasta descubrir las otras noventa y nueve razones.