Zakopaniye (Eco de sangre)
Hay recuerdos que están arraigados en la mente de forma aislada, sin un antes ni un después. Flotan sin tiempo, porque es imposible saber cuándo se forjaron, excepto por el reflejo de mí misma dentro de esa imagen interior. La observo y me pregunto si sucedió en realidad, si fue un sueño o la remembranza de otra vida.
Me veo hundida en la arena, inmóvil. Tengo los brazos atrapados bajo esa superficie oscura y gris, veteada por una substancia negra, como el petróleo que derraman los barcos en la costa; no sé qué es exactamente, pero deja una arenisca sucia pegada a la piel. Sin embargo, esa no es mi preocupación, ni en el instante que estoy evocando ni en la memoria presente. Lo más aterrador y lo que ocupa completamente mi mente en este momento son los cascos frenéticos de los caballos que bailan alrededor de mi cabeza.
No sé si es un recuerdo real o el fruto de mi imaginación, gestada cuando leía un pasaje similar a mi padre y a mi hermano en el libro Pedro el Grande, de Tolstói el joven. Me veo a mí misma leyendo, a la luz de la lámpara, las miradas atentas de mi padre y mi hermano absorbiendo cada una de mis palabras. Y de pronto escucho cómo mi propia voz empieza a temblar. Mientras avanza la lectura, el miedo va subiendo por mi cuerpo, rodeándome como una enredadera y yo experimento vívidamente, en carne propia, lo que siente ese personaje descrito por el autor con auténtica maestría. Un buen autor, diría alguno, es capaz de hacerte sentir como si estuvieras viviendo lo que lees, pero aquello era diferente: describía algo que yo ya conocía. Vacilo antes de pronunciar las palabras “vida anterior”, me embarga cierta vergüenza —suena supersticioso, lejano a lo científico—, pero la memoria genética existe.
Ya sea un eco heredado o un recuerdo oculto que viaja en la sangre, esa imagen me produce una sensación de pánico difícil de describir. Sentir la inmovilidad forzada, la impotencia de no poder alzar los brazos porque están hundidos con firmeza en la arena, me sumerge en un estado de ansiedad, muy parecido al terror puro. Y ese miedo irracional no tiene nada de ficticio. Ahora mismo, al traer el recuerdo a la superficie consciente, noto cómo se me eriza la piel de la nuca y de los brazos, tal como le ocurría a nuestros ancestros ante la inminencia del peligro. Es la misma respuesta física, grabada en nuestra biología, que todavía hoy denota un estado de alerta máxima.
Les oigo hablar y sus voces resuenan por encima del trepidante pisar de los caballos. Escucho las palabras y un pensamiento asombroso se abre camino en mi mente, bloqueando por un instante el terror para dar paso a la estupefacción. Entiendo lo que dicen, no cada palabra, pero sí el sentido. Lo comprendo a pesar de que no es el idioma que hablo desde que tengo uso de razón; es una lengua extraña pero que suena familiar, cuyos sonidos ya había escuchado en mi infancia, en canciones que venían de un país muy lejano y cuyo significado, ya entonces, intuía pero no lograba dilucidar. Poco a poco, empiezo a distinguir más y más sonidos, la lengua se despierta en mi mente y a pesar del cansancio de forcejear por salir de allí, del terror de sentirme pequeña y desvalida frente a los enormes caballos que me rodean, siento como si fuera descifrando un código oculto que me da acceso al contenido de las palabras. Son ráfagas de sh, zh y ch, sonidos sibilantes y arrastrados donde un sinnúmero de consonantes choca entre sí como tambores llamando a la carga, mezclándose en una cadencia que empieza en una nota muy alta para terminar en un susurro casi melancólico. Las letras suenan duras, pero al mismo tiempo, graves e interrumpidas por una entonación gutural que llama la atención e invita a imitarlo. Lo conozco, pero no lo había escuchado nunca antes en esta vida.
Hablan de mí, de mis labios secos y resquebrajados, de mi cabellera sucia y pegajosa repleta de arena, de mis ojos aterrorizados. Escucho el desdén en sus gargantas y el peso de las botas de los peones cerca de mi rostro. Uno quiere ayudar, pronuncia una palabra que suena a piedad, pero otros le interrumpen desdeñosos y uno de ellos escupe en mi dirección. Un tercero me mira con curiosidad, pero indiferente. Todos conocen el motivo por el cual estoy aquí, es la tierra cobrándose la falta, es el castigo para el adulterio. Y es entonces cuando comprendo que la substancia negra y pastosa que me inmoviliza los brazos no es el petróleo de ningún barco moderno; es la brea hirviente con la que me han sellado a la tierra. Estoy condenada, esperando la muerte.[1]
[1] Zakopaniye (soterramiento): Castigo histórico ruso de los siglos XVII y XVIII para mujeres acusadas de adulterio.








